CAPÍTULO 9
El motor fuera de borda de la neumática aullaba, un chillido metálico que se clavaba en la base de mi cráneo.
El mar de Ibiza se había vuelto una bestia parda y escupida, levantando paredes de agua negra que golpeaban el casco de goma con la violencia de un martillo pilón.
Cada impacto me sacudía la columna, enviando descargas de dolor por las vértebras.
El agua helada me calaba hasta los huesos, mezclándose con el sudor frío que me empapaba la espalda.
Olía a gasolina de dos tiempos, a salitre podrido y a la bilis que me subía por la garganta cada vez que la proa se elevaba para caer en blanco al otro lado de la ola.
Juan llevaba el timón. Tenía los ojos fijos en la oscuridad, la mandíbula bloqueada, las manos blancas sobre la consola.
La luz de los instrumentos de la salpicadura le marcaba las arrugas profundas de la cara, transformándolo en un viejo de cincuenta años.
Llevaba diez años siendo mi Cabo, mi escudo, mi carcelero.
Esta noche era solo un cómplice más en la puta deriva.
—¡Cien metros a babor! —grité, ahogando mi propia voz con el estruendo del viento y el motor. Señalé hacia la masa oscura que se recortaba contra las luces lejanas del puerto—. ¡Es el Es Vedrà!
El yate era un leviatán de acero y cristal, sesenta metros de obscenidad flotante que se mecía con una elegancia insultante a pesar del temporal.
No había luces en las cubiertas superiores.
Costa había ordenado apagarlas para salir sin ser visto, aprovechando la tormenta para borrar su estela en los radares de la capitanía.
Juan redujo la velocidad. El motor pasó de un rugido a un ronroneo grave. Nos acercamos a la popa, aprovechando la sombra que proyectaba el casco sobre el agua agitada. La escala de baño de teca brillaba con un barniz oscuro, resbaladiza por la sal.
—Amarras —ordenó Juan, cortando el motor.
El silencio que cayó sobre la neumática fue repentino, roto solo por el chapoteo del mar contra el casco y el crujido de la goma al rozar el acero del yate.
Me puse de pie, luchando contra el balanceo, y lancé la cuerda con cabo alrededor de una de las cornamusas de acero inoxidable de la plataforma de baño. El nudo se tensó con un chasquido seco.
Subimos.
Mis botas de goma chirriaron sobre la teca pulida.
El contraste me mareó. Pasamos del caos helado y apestoso del mar a un santuario de lujo silencioso.
El aire aquí olía a sándalo, a cuero de coche nuevo y a ese aroma clínico y caro que dejan los aires acondicionados de alta gama.
No había ni rastro de la isla que yo conocía.
No había olor a fritanga, a hachís, a miseria.
Costa había construido una burbuja donde la realidad no podía entrar.
—Motor. Abajo —masculló Juan, sacando su pistola. El acero negro brillaba bajo las luces de cortesía empotradas en el suelo, que bañaban la cubierta de un ámbar tenue.
Bajamos por la escalera de caracol que conducía a las entrañas del barco.
Con cada peldaño, el olor a sándalo daba paso al olor a ozono, a grasa caliente y a gasoil.
El zumbido de los generadores principales me vibraba en los dientes.
El calor era asfixiante, un muro invisible que me golpeó la cara al abrir la puerta estanca de la sala de máquinas.
Era una catedral de metal. Dos motores diésel MAN de mil caballos cada uno, pintados de un azul marino impecable, dominaban el espacio. Las tuberías serpenteaban por el techo como venas de acero.
Me acerqué al motor de estribor. El que alimentaba las hélices principales.
Saqué mi kit forense de la mochila. No llevaba explosivos, ni C4, ni ninguna de las mierdas que usan en las películas. Llevaba algo mejor. Llevaba química.
Abrí el compartimento de reactivos. Saqué un frasco de ácido fluorhídrico concentrado, el que usaba para disolver tejidos óseos calcificados cuando necesitaba acceder a la médula sin contaminar la muestra.
Y un bote de cianuro de potasio en polvo, un residuo que a veces aparecía en intoxicaciones laborales y que guardaba por pura paranoia científica.
—Tapa el cárter de refrigeración —le dije a Juan, señalando un conducto de aluminio bajo la culata.
Él se agachó, forzando la placa de acceso con un destornillador que había cogido de la caja de herramientas del barco. El metal gimió.
Vertí el ácido directamente sobre el sensor de temperatura y el termostato.
El líquido incoloro empezó a burbujear al contacto con los residuos de aceite, emitiendo un vapor acre que me hizo picar los ojos.
El ácido se comería el aluminio en menos de diez minutos, fundiendo el sensor y bloqueando la válvula.
Cuando Costa intentara sacar el yate a más de diez nudos, el motor no detectaría el sobrecalentamiento.
Se griparía. Se partiría el bloque por la mitad.
—Listo —indicó Juan, limpiándose la grasa en el muslo.
Un crujido metálico, distinto al ritmo de los generadores, nos heló la sangre.
Pasos en la pasarela de rejilla que rodeaba los motores.
Juan me empujó detrás de un depósito de combustible de acero. Se pegó a la pared, levantando la pistola. Yo me agaché, sacando mi Sig Sauer. El corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que temí que el ruido del metal rebotando en mi esternón me delatara.
Un hombre bajó por la escalera. Llevaba un mono de mecánico azul, manchado de grasa. Era uno de los albaneses de Sa Caleta, el de la cicatriz en la ceja. Llevaba una llave inglesa grande en la mano derecha y una linterna en la izquierda. El haz de luz barrió la sala, acercándose a nosotros.
Juan tensó los hombros. Iba a disparar. El estampido en ese espacio cerrado de acero nos dejaría sordos, y el eco alertaría a todo el barco.
Le toqué el brazo. Un toque rápido, firme. Déjame a mí.
Él me miró, los ojos muy abiertos en la penumbra. Dudó un segundo. Luego, bajó el arma un milímetro.
El albanés llegó al final de la pasarela. Dirigió la luz hacia el motor de estribor. Vio el vapor. Vio el charco de ácido.
—Çfarë... —empezó a decir, girándose hacia nosotros.
No le di tiempo a terminar. Me lancé desde detrás del depósito. No disparé. El ruido era mi enemigo.
Choqué contra él. El impacto lo hizo retroceder, golpeándose la espalda contra la barandilla de la pasarela. La linterna cayó al suelo, rodando y proyectando sombras frenéticas en el techo. La llave inglesa se le escapó de la mano, resonando contra las planchas de metal.
El albanés era grande, olía a cebolla y a tabaco negro. Me agarró por el cuello de la chaqueta, levantándome. Sus dedos se cerraron sobre mi tráquea, cortándome el aire. Las manchas negras empezaron a bailar en los bordes de mi visión.
Metí la mano derecha en el bolsillo de mi bata. Mis dedos rozaron el plástico frío de una jeringa precargada. Cloruro de potasio. Lo usaba en la morgue para detener el corazón de los animales de laboratorio antes de la extracción de órganos. Indoloro en la inyección, letal en segundos.
Le clavé la aguja en el cuello, justo en la vena yugular, y empujé el émbolo con el pulgar.
El albanés gruñó, aflojando la presión en mi garganta. Me dejó caer. Caí de rodillas sobre la rejilla, tosiendo, aspirando aire a bocanadas.
Él se llevó las manos al pecho. Sus ojos, inyectados en sangre, me miraron con una confusión absoluta.
No entendía qué le estaba pasando. El potasio entró en su torrente sanguíneo, alterando el gradiente eléctrico de las células de su miocardio.
Su corazón pasó de latir a sesenta pulsaciones a fibrilar en una milésima de segundo.
Se llevó una mano al pecho, la boca abierta en un grito mudo. Cayó de rodillas. Luego de lado. Sus botas golpearon el metal una vez, dos veces. Y se quedó quieto.
Juan se acercó. Se agachó, le puso dos dedos en el cuello. Miró el reloj.
—Muerto —dijo. Su voz sonaba extrañamente distante. Me miró. No había reproche en sus ojos. Solo un reconocimiento frío. Acababa de cruzar la línea. Ya no era la doctora que examinaba los cadáveres. Era la que los fabricaba.
Me puse de pie, temblando. Me limpié la baba de la barbilla con el dorso de la mano.
—Tenemos cinco minutos antes de que alguien se pregunte por qué el motor de estribor está echando vapor —dije, guardando la jeringa vacía en el kit—. Vamos a por la caja.
Subimos a la cubierta principal. El salón era una obra de arte obscena. Sofás de cuero blanco, mesas de cristal, paredes forradas de caoba. En el centro, una pintura al óleo de un paisaje ibicenco colgaba ligeramente torcida.
Me acerqué. Pasé los dedos por el marco. No había polvo. Detrás del cuadro, la pared era de un material diferente. Más frío.
—La caja fuerte —musité.
Juan apartó el cuadro. Detrás había una caja fuerte digital, empotrada en el acero del casco. Un teclado numérico brillante.
Saqué mi kit de nuevo. Saqué un pincel de pelo de camello y un bote de polvo de aluminio en aerosol. Pulvericé una nube fina sobre el teclado. Soplé con cuidado.
Las huellas dactilares de Costa aparecieron como fantasmas grises sobre el plástico. Pero lo que me interesaba no eran las huellas completas. Era el desgaste. Los números que se usan más a menudo tienen el recubrimiento mate desgastado por la fricción de los dedos, dejando una mancha brillante.
Los números brillantes eran el 4, el 2, el 8 y el 0.
42. El número en el pecho de Elena.
—Elena me dejó la primera parte —susurré.
Tecleé 4-2-8-0.
Un pitido agudo. El LED pasó de rojo a verde. El mecanismo de los cerrojos se retractó con un chasquido pesado, hidráulico.
Tiré de la manilla. La puerta de acero se abrió.
Dentro no había lingotes de oro. Ni diamantes. Había tres cosas.
Un disco duro externo de metal negro. Un pasaporte español con la foto de Elena. Y un teléfono móvil viejo, de esos de botones, con la pantalla iluminada.
Agarré el disco duro. Pesaba. Era la contabilidad, los sobornos, los nombres. La cabeza de la hidra.
De repente, el teléfono móvil vibró en mi mano. La pantalla parpadeaba. Una llamada entrante.
No había nombre. Solo un número con prefijo de Mónaco.
Juan me miró, tensando la pistola hacia la puerta del salón.
—No contestes —masculló.
Pero mis dedos ya se movían. Deslicé el icono verde. Me llevé el teléfono a la oreja.
—Dígame —dije. Mi voz sonó plana. Muerta.
Al otro lado de la línea, el sonido del mar y el viento. Y luego, una voz. Tranquila, pedagógica, con ese acento afrancesado que usaba para dar entrevistas en la prensa económica.
—Doctora Vance —comentó Víctor Costa—. Veo que ha encontrado mi juguete.
El aire se me congeló en los pulmones.
—¿Dónde está, Costa? —pregunté.
—Estoy en el helicóptero, cariño. Despegando de la cubierta superior. —Hubo una pausa. Escuché el sonido inconfundible de las palas cortando el aire—. Me iba sin usted. Me parecía una lástima. Pero veo que tiene el disco.
—Se acabó, Costa. La UCO tiene la ubicación del yate. En diez minutos estarán aquí.
Costa soltó una risa seca, carente de cualquier humor.
—La UCO está en mi nómina, Sofía. Los que vienen no son de la UCO. Son los amigos de los albaneses. Los que no dejan testigos. Y van en una lancha rápida. Llegarán en cuatro minutos.
El corazón me dio un vuelco. Miré a Juan. Él leyó la verdad en mi rostro.
—¿Por qué me llama, Costa? —curioseé, apretando el teléfono contra mi oreja, el sudor frío bajando por mi espalda.
—Porque quiero que sepa una cosa antes de que muera —dijo él, la voz bajando a un susurro íntimo, casi cariñoso—. Elena no se infiltró para detenerme, Sofía. Elena se infiltró para robar el disco para sí misma. Iba a venderlo a los rusos. Iba a quedarse con mi parte del pastel.
—Miente —escupí.
—Mire en el fondo de la caja, doctora. Debajo del pasaporte.
Solté el teléfono un segundo. Metí la mano en la caja fuerte. Mis dedos rozaron algo frío y pesado en el fondo. Lo saqué.
Era una agenda de cuero negro. La abrí. En la primera página, con la letra inconfundible de mi hermana, había una lista de nombres. Y al lado de cada nombre, una cifra. Y en la última página, una nota.
Para los Volkov. Entrega en Mónaco. Precio: 5 millones.
El mundo se inclinó. El suelo de caoba pareció moverse bajo mis pies. El olor a sándalo se volvió rancio, asqueroso.
Elena no era la heroína. Elena era una de ellas.
—La moral es un lujo, Sofía —indicó la voz de Costa en el teléfono, que seguía pegado a mi oreja—. Y su hermana no podía pagarlo. Que descansen en paz. Las dos.
La línea se cortó.
Me quedé mirando la agenda. Las letras bailaban ante mis ojos. Todo lo que había hecho. Todo por lo que había matado. Todo el dolor. Una puta mentira.
Juan me agarró por los hombros, sacudiéndome.
—¡Sofía! ¡Mírame! ¡Nos han picado! ¡Tenemos que salir de aquí!
Levanté la vista. Sus ojos estaban desesperados. Pero los míos estaban vacíos.
—Elena nos vendió, Juan —susurré, la voz quebrada, sintiendo cómo algo dentro de mí se rompía, un hueso que llevaba tres años sosteniendo mi peso—. Ella no quería salvar la isla. Quería venderla.
—¡Me da igual lo que quisiera tu puta hermana! —gritó Juan, arrastrándome hacia la puerta—. ¡Si nos quedamos aquí, nos van a descuartizar! ¡Muévete!
El sonido de un motor fuera de borda, potente y cercano, rompió la noche. El chirrido de un casco de fibra de vidrio impactando contra el acero del yate resonó en la cubierta.
Habían llegado.
Juan me empujó hacia la escalera de la cubierta superior. Saqué la agenda del suelo. La miré un segundo. Luego, la tiré al sofá de cuero blanco.
Agarré el disco duro. Si Elena era una puta, al menos iba a asegurarme de que su legado sirviera para quemar el puto reino.
Salimos a la cubierta superior. La lluvia me golpeó la cara, lavando la sangre y el sudor. Frente a nosotros, la cubierta de vuelo del helicóptero estaba vacía. Pero por la borda de babor, seis hombres con pasamontañas y armas automáticas estaban subiendo por las escaleras de acceso.
Estábamos atrapados. En un yate de sesenta millones de euros, en medio del Mediterráneo, con la verdad en la mano y la muerte subiendo por la borda.
Juan se colocó a mi lado, levantando su pistola.
—¿Cuántas balas te quedan? —preguntó, sin mirarme.
Conté los cartuchos en mi mente. Siete en el cargador. Uno en la recámara.
—Ocho —dije.
Él sonrió. Una sonrisa torcida, loca, de hombre muerto.
—Pues vamos a hacer que cuenten.