Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

El cristal trasero del Range Rover era un mosaico de telarañas blancas. Cada bache en la carretera de Santa Eulària hacía crujir el vidrio a punto de ceder. Juan tenía los nudillos blancos en el volante, la mandíbula tan apretada que le temblaba un músculo bajo la barba de tres días.

Olor a pólvora quemada. Sabor a cobre en la lengua.

El sudor me pegaba la camisa al pecho, fría y áspera.

Mis manos estaban en mi regazo, apretando la micro-SD de Elena hasta que el plástico me cortó la cutícula.

Una gota de sangre oscura brotó, mezclándose con la suciedad de mis uñas. No la limpié. El dolor era un ancla.

—Gira en el desvío de Can Ros —dijo Juan. Su voz era un raspado de lija.

No pregunté por qué. Conocía los caminos de tierra del interior mejor que las palmas de mis manos.

Giré el volante. Los neumáticos patinaron en el barro, escupiendo grava contra los bajos, y nos adentramos en el bosque de pinos.

La luz de los faros rebotaba en los troncos, creando un túnel de sombras que se movían como dedos esqueléticos.

Paramos frente a una masía abandonada cerca de Sant Miquel. El tejado estaba hundido en un lado, las ventanas tapiadas con tablones de palé y carteles de "Propiedad Privada" borrados por la intemperie. Era un punto ciego. Ni la Guardia Civil ni los drones de Costa se molestarían en mirar aquí.

Juan apagó el motor. El silencio que cayó dentro del coche fue más ensordecedor que los disparos. Solo el golpeteo de la lluvia en el techo y mi propia respiración, corta y superficial.

—Hemos declarado la puta guerra —murmuró Juan. No me miraba. Seguía escaneando la oscuridad del bosque a través del parabrisas agrietado.

—La guerra la declararon ellos cuando metieron a Elena en una bolsa de plástico —respondí. Abrí la puerta. El aire frío y húmedo me golpeó la cara, trayendo el olor a resina de pino y a tierra mojada.

Salimos. El barro me llegaba a los tobillos. Juan sacó las armas del coche, metiéndolas bajo su chaqueta empapada. Empujó la puerta de madera podrida de la masía. El chirrido de los goznes oxidados sonó como un animal agonizando.

El interior olía a mierda de gato, a hachís rancio y a humedad centenaria.

El haz de mi linterna barrió las paredes desconchadas, revelando colchones manchados, botellas de vino barato rotas y jeringuillas oxidadas.

El refugio de los desechables de la isla.

Los que la maquinaria de Costa trituraba y escupía.

—Asegura la puerta —ordenó Juan.

Arrastré un sofá de cuero rajado hasta bloquear la entrada. Juan encendió una linterna de obra, apoyándola en una mesa de comedor coja. La luz blanca y dura iluminó el polvo que flotaba en el aire.

Dejó las pistolas sobre la mesa. Sacó un trapo grasiento y un bote de aceite. Empezó a desmontar su Sig Sauer con movimientos mecánicos, ensayados. El chasquido del metal separándose sonó obsceno en el silencio de la masía.

Me senté frente a él. Saqué mi kit forense portátil de la mochila.

El cierre metálico brilló bajo la luz. Lo abrí.

El olor a alcohol isopropílico y a látex me envolvió, un olor limpio, estéril, que contrastaba con la podredumbre del lugar.

Era mi armadura. Mientras tuviera los guantes puestos, era la doctora.

No la hermana en duelo. No la cómplice de un motín.

Saqué el tubo de ensayo con las esquirlas de latón. Lo destapé. El olor metálico, ácido, me llenó las fosas nasales. Vertí el contenido sobre un portaobjetos de cristal. Acerqué el microscopio digital, conectándolo a la tablet.

La pantalla se iluminó. Las esquirlas ampliadas parecían montañas de un paisaje alienígena, surcadas por micro-rayaduras paralelas.

—No es latón de construcción —dije, ajustando el enfoque. El zumbido del ventilador de la tablet era el único sonido aparte de la respiración de Juan—. Mira los patrones de desgaste. Son micro-fracturas por torsión. Y hay restos de cloruro sódico cristalizado. Sal marina.

Juan no levantó la vista de su arma. Estaba pasando un hisopo por el cañón.

—En cristiano, Sofía.

—Elena no arañó una caja fuerte de banco.

Ni la de un trastero. —Pasé el dedo por la pantalla, trazando las rayas—.

Esto es latón naval. De una escotilla. O de una compuerta estanca.

Específicamente, de una de las viejas cerraduras manuales que se usan en los yates de más de treinta metros.

Las que cumplen con la normativa de seguridad marítima para evitar que se abran con el balanceo.

Juan detuvo su movimiento. El hisopo quedó suspendido en el aire. Levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre, las ojeras marcadas como moratones.

—Costa tiene tres yates —expresó, la voz baja, calculadora—. El Es Vedrà, el Formentera y el Ibiza.

—Abre la SD —comentó, señalando la tablet con el trapo.

Conecté la micro-SD original. La contraseña HITS funcionó de nuevo. El archivo de vídeo que había visto antes seguía allí, pero al final de la carpeta había un documento de texto. Lo abrí.

Era un manifiesto de carga. Fechado esa misma mañana.

Es Vedrà. Destino: Mónaco. Salida: 00:00 horas. Pasajeros: V. Costa. Carga: Caja 42. Bodega principal.

—El yate zarpa a medianoche —dije. Miré el reloj de la tablet. Eran las once y cuarto. Menos de cuarenta y cinco minutos.

—No llegamos —Juan volvió a su arma, encajando la corredera con un chasquido seco—. El puerto deportivo está cerrado. Hay albaneses en el muelle, y la UCO de Costa estará dentro, esperando a que aparezcas. Si nos acercamos a la pasarela, nos acribillan antes de que puedas sacar la placa.

—No vamos a entrar por la pasarela.

Antes de que pudiera responder, el crujido de la grava fuera nos heló la sangre.

Juan apagó la linterna de un golpe. La oscuridad nos tragó. Solo la luz azulada de la tablet iluminaba nuestros rostros. Me agarró del brazo, tirando de mí hacia el rincón más oscuro de la habitación, detrás del sofá bloqueado. Sacó su pistola, apuntando a la puerta.

Pasos pesados en el porche. El crujido de la madera podrida. Alguien probó el picaporte. Luego, un golpe seco.

—Juan. Abre la puta puerta. Sé que estás ahí.

La voz de Darío.

Juan soltó el aire en un siseo. Guardó el arma y fue a apartar el sofá. Abrí la puerta.

Darío cayó hacia adentro, apoyándose en el marco. Estaba empapado. Llevaba una sudadera con capucha empapada de sangre oscura en el costado izquierdo. Su rostro estaba pálido, los labios azulados, los ojos brillantes por la fiebre o por el miedo. Olía a cobre, a sudor agrio y a agua de sentina.

—Joder, Darío —murmuró Juan, agarrándolo por el brazo sano para arrastrarlo al interior.

Lo tumbaron en el suelo, sobre un colchón manchado que apestaba a moho.

Me arrodillé a su lado. Rasgué la sudadera con las tijeras quirúrgicas del kit.

La herida era un desgarro irregular en los oblicuos.

No había sangrado arterial, pero la piel estaba sucia, con restos de yeso y astillas de madera.

—Te han dado una paliza, no un disparo —dije, presionando la zona con los dedos enguantados. Darío gruñó, un sonido gutural, animal.

—Los albaneses... —jadeó Darío, agarrándome la muñeca. Sus dedos estaban helados, dejando un rastro de sangre en mi guante de nitrilo—. Me encontraron en Sa Penya. Me llevaron a un garito abandonado. Me preguntaron por la tarjeta. Les dije que la tenías tú. Que ibas al puerto.

—Les has vendido —dijo Juan. Su voz era plana, carente de emoción. Pero vi el temblor en su mano izquierda.

—Les he dado lo que querían oír para que me soltaran y poder escapar —escupió Darío, intentando incorporarse. El dolor lo dobló de nuevo, haciéndole soltar un taco ahogado—. No soy un puto traidor, Juan.

Me puse de pie, limpiándome la sangre en los pantalones.

—Necesito saber una cosa, Darío —dije, mirándolo desde arriba. La luz de la tablet proyectaba sombras duras en su rostro demacrado—. ¿Por qué lo hace Costa? No me vengas con la mierda de "limpiar la isla". ¿Cuál es la puta lógica? ¿Por qué matar a mi hermana? ¿Por qué matar a Valera?

Darío me miró. Sus ojos, normalmente tan arrogantes, tan llenos de chulería, estaban vacíos. Eran los ojos de un hombre que había mirado al abismo y había descubierto que el abismo le devolvía la mirada con su propia cara.

—Costa no odia a los pobres, Sofía —dijo, la voz apenas un susurro ronco—. No odia a los manteros, ni a los okupas, ni a los yonquis de Sa Penya. Los ve como una plaga. Como ratas en los cimientos de un palacio.

Hizo una pausa, tosiendo. Una burbuja de sangre le asomó en la comisura de los labios. Juan le limpió la cara con el trapo grasiento, un gesto torpe, casi paternal.

—Él cree que está salvando la isla —continuó Darío—.

Cree que sin él, Ibiza sería un vertedero.

Que los hoteles de cinco estrellas no pueden existir si los cimientos están podridos.

Se cree el puto jardinero. Y cuando ves una mala hierba, no la odias.

Simplemente la arrancas. Para que las rosas crezcan.

—Elena era una rosa para él —dije, el sabor a bilis subiendo por mi garganta.

—Elena era una mala hierba que sabía demasiado —corrigió Darío—. Iba a vender los planos de la red. A quién pagaba Costa, qué jueces estaban en nómina, qué políticos cerraban los ojos. Iba a tumbar el palacio entero. Costa no la mató por odio. La mató por higiene.

El silencio que siguió fue denso, asfixiante. El olor a sangre y a moho se mezclaba con el de la pólvora de nuestras ropas. Tres hermanos rotos en una masía abandonada, rodeados de fantasmas.

—El yate zarpa en treinta minutos —dije, rompiendo el silencio. Guardé las muestras en el kit y cerré la cremallera—. La caja 42 está en la bodega del Es Vedrà. Si ese yate sale del puerto, las pruebas se pierden en el Mediterráneo. Y Costa se va a Mónaco a cenar con los tipos que le pagan.

—No podemos asaltar el yate, Sofía —apuntó Juan, poniéndose de pie. Se ajustó el cinturón con la funda—. Hay seis albaneses en el muelle. Al menos cuatro hombres de Costa a bordo. Y la UCO corrupta estará vigilando la pasarela.

—No vamos a asaltarlo —dije, sacando la Sig Sauer de la funda. El metal frío me reconfortó, un recordatorio de la realidad física de lo que estábamos a punto de hacer—. Vamos a hacer que el yate no pueda zarpar.

Juan me miró. Entendió.

—Sabotaje —murmuró.

—Sé cómo hacer que un motor diésel de mil caballos se calce y se parta por la mitad —dije, metiendo el cargador en la empuñadura con un chasquido seco—. Y sé cómo hacer que un cuerpo parezca que murió de un infarto en la cubierta de popa, para que el pánico cunda y la capitanía marítima intervenga.

Darío intentó sentarse, apoyándose en los codos. El dolor le crispó el rostro.

—Yo voy con vosotros.

—Ni loco —indicó Juan, tajante—. Tienes una contusión renal y tres costillas fisuradas. Si te mueves rápido, te desmayas. Te quedas aquí. Si no volvemos en dos horas, llamas a la UCO de Madrid. A la de verdad. Les dices todo.

—¡No me dejéis fuera, Juan! —gritó Darío, intentando ponerse de pie. Se dobló por la mitad, tosiendo sangre.

Juan se agachó junto a él. Le puso una mano en la nuca, obligándolo a tumbarse de nuevo.

—Esta es tu penitencia, hermano —dijo Juan, la voz baja, áspera—. Tú ayudaste a construir esta puta jaula. Ahora te quedas dentro y esperas a que nosotras la derribemos.

Se puso de pie y me miró.

—Vamos a necesitar lanchas. Y necesitamos entrar por el agua. Por la zona de los espigones de poniente.

Asentí. Guardé el kit en la mochila y me la eché al hombro. El peso me ancló a la tierra.

Salimos de la masía. La lluvia había amainado, dejando una niebla espesa que se aferraba a los pinos. El aire olía a ozono y a sal. Subimos al Range Rover. El motor rugió, rompiendo el silencio del bosque.

Condujimos hacia el norte, hacia el puerto deportivo. Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos, una mancha de neón y pecado sobre el horizonte negro.

Elena estaba en esa caja. La verdad estaba en esa caja. Y yo iba a abrirla, aunque tuviera que hundir el puto yate en el proceso.