Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El limpiaparabrisas chirriaba contra el cristal, luchando una batalla perdida contra el diluvio.

Conduje el Range Rover hacia el sur, esquivando los charcos que reflejaban los neones parpadeantes de los locales de alterne.

Dejamos atrás la zona turística, la Ibiza de postal, y nos adentramos en las entrañas de Sa Penya.

El barrio se tragó la luz. Las calles eran estrechas, empinadas, asfixiantes.

El olor a aceite de fritanga rancia se mezclaba con el hedor a orina seca y a colillas apagadas en la acera.

Bajo los toldos de los portales, bultos envueltos en mantas se movían con lentitud.

Inmigrantes varados, los que no tenían dinero para las discotecas ni para los yates.

Chavales subsaharianos con las zapatillas destrozadas, vendiendo hachís a granel a cualquiera que se atreviera a parar el coche.

Magrebíes mirando al vacío, con los ojos hundidos y la piel curtida por el sol y la miseria.

La isla de la felicidad les escupía a la cara cada mañana, y ellos se limitaban a limpiar la baba.

Juan iba en el asiento del copiloto, limpiando el cañón de su Sig Sauer con un trapo grasiento. El olor a pólvora vieja y aceite Ballistol llenaba el habitáculo, ahogando el ambientador de pino.

—Explícame esa puta locura otra vez —dijo, sin levantar la vista del arma—. Antes de que nos maten.

—Costa espera que vaya al búnker con la tarjeta —dije, girando el volante para esquivar a un chaval que arrastraba un carrito de la compra lleno de chatarra—.

Si llego allí, me mata y coge la tarjeta.

Si no llego, envía a los albaneses a rastrearme.

Necesitamos que los albaneses y los hombres de Costa se maten entre ellos.

O al menos, que la Guardia Civil de fuera, la UCO de verdad, entre en el búnker por una razón que no sea yo.

—¿Y cómo coño provocamos eso?

—Con un muerto.

Juan detuvo su movimiento. El trapo quedó suspendido en el aire. Me miró. Sus ojos eran dos pozos negros en la penumbra del coche.

—No me jodas, Sofía.

—Necesito un cadáver, Juan. Uno que no esté en el sistema.

Un John Doe. Lo vestimos con la ropa del contable de Costa, la que vi en los planos de la SD.

Le ponemos la tarjeta falsa en el bolsillo, una copia que he hecho en la impresora del coche, y lo dejamos en la entrada de servicio del búnker.

Con un par de disparos a bocajarro y la escena manipulada, parecerá que el contable intentó huir, que los albaneses lo interceptaron y lo ejecutaron por traición.

La UCO tiene el búnker vigilado. Si ven un cadáver y disparos, entrarán.

Costa estará ocupado limpiando su propia casa.

Juan soltó el aire por la nariz. Un resoplido cansado. Volvió a su arma.

—Para conseguir un John Doe que no esté en el sistema, tenemos que entrar en la morgue de Can Misses. Y la morgue está en el hospital. Y el hospital está lleno de guardias civiles que le deben favores a Costa.

—Por eso vamos a entrar por la rampa de los cadáveres.

Aparqué el coche en un callejón sin salida, bajo la sombra de un contenedor de obra. El motor se caló. El silencio que siguió fue pesado, roto solo por el tamborileo de la lluvia en el techo.

—Si nos pillan, me quitan la placa. Me meten en la cárcel. Y a Darío lo matan —dijo Juan. Su voz no tenía rabia. Solo una resignación fría, de piedra.

—Si no hacemos esto, Darío muere de todos modos. Y Elena no habrá servido para nada.

Me giré hacia él. La luz ámbar de una farola le cortaba el rostro. Parecía un fantasma. Sin decir nada, abrió la puerta y se bajó bajo la lluvia. Lo seguí.

La rampa de acceso a los depósitos cadavéricos olía a lejía concentrada y a carne dulce.

El sonido de los compresores de las cámaras frigoríficas vibraba en el suelo de hormigón, subiendo por las suelas de mis botas.

Juan forzó la puerta trasera con una palanca que sacó del maletero. El metal cedió con un quejido agudo.

Entramos. El pasillo estaba en penumbra, iluminado solo por las luces de emergencia que bañaban las paredes de un verde enfermizo.

Mis pasos eran silenciosos. Conocía cada baldosa, cada rincón de este sótano.

Había pasado aquí más horas de mi vida que en mi propia cama.

Este era mi reino. El lugar donde los secretos de la isla se desnudaban bajo mis bisturíes.

Llegamos a la cámara de los indocumentados. Tres cuerpos. Tres cajones de acero inoxidable.

Saqué la tarjeta maestra de mi bolsillo. La pasé por el lector. Un pitido seco. El primer cajón se deslizó hacia fuera con un siseo de aire frío.

El vapor blanco escapó, golpeándome la cara.

El olor a formol y a heces frías me llenó las fosas nasales.

Dentro había un hombre. Cuarenta y tantos años, piel cetrina, tatuajes de prisiones del este de Europa descoloridos en los antebrazos.

Causa de la muerte: sobredosis de heroína cortada con fentanilo.

Otro desechable. Otro número en las crónicas de sucesos que nadie lee.

—Este sirve —dije. Mi voz sonaba extrañamente tranquila. La voz de la doctora. La voz que no sentía nada.

Juan me ayudó a sacar el cuerpo. Pesaba. El rigor mortis había empezado a ceder, haciendo que las extremidades fueran una masa blanda y traicionera. Lo arrastramos hasta la camilla de ruedas. El ruido de las ruedas sobre el linóleo sonó como un disparo en el silencio del sótano.

De repente, el chirrido de unas botas en el pasillo exterior.

Juan se congeló. Su mano voló a la pistola. Me agarró del brazo y me arrastró hacia el almacén de lencería clínica, al fondo del pasillo. Empujó la puerta de rejilla y nos metió dentro, cerrándola con cuidado.

El espacio era minúsculo. Estanterías de metal llenas de sábanas blancas y batas azules.

El olor a polvo y a detergente industrial era asfixiante.

Nos pegamos a la pared del fondo. Juan me cubrió la boca con su mano grande y áspera.

Su pecho chocaba contra el mío. Podía sentir el latido de su corazón, rápido, desbocado, contra mis costillas.

A través de la rejilla de la puerta, vi pasar dos sombras. Dos guardias civiles. No eran de la isla. Llevaban los uniformes impecables, las botas relucientes. UCO. O al menos, eso parecían. Pero en esta isla, hasta los buenos llevaban la conciencia sucia.

—...te digo que el cabo Santos ha pedido un permiso de veinte minutos para revisar los archivos de la morgue —decía uno de ellos. Su voz era un murmullo grave que rebotaba en las paredes de azulejos.

—Santos está loco. Si Costa se entera de que está metiendo las narices, lo cuelga de un gancho de matadero —respondió el otro.

Pasaron de largo. Sus pasos se perdieron hacia la salida.

Solté el aire. El corazón me golpeaba la garganta. Me giré para mirar a Juan.

Estaba pegado a mí. Tan cerca que podía contar las gotas de sudor en su frente. Sus ojos estaban oscuros, dilatados por la adrenalina y la falta de oxígeno. Me miraba la boca. Yo miraba la suya.

No hubo palabras. No las hubo nunca en este tipo de momentos. Era la biología pura, cruda, de dos animales que acaban de esquivar a la manada. La adrenalina pedía una vía de escape, y el sexo era la única válvula de presión que nos quedaba.

Juan me agarró de la nuca. Sus dedos se enredaron en mi pelo húmedo por la lluvia y el sudor. Me atrajo hacia él y me besó.

No fue un beso suave. Fue un choque. Dientes contra labios, lengua contra lengua, un sabor a café rancio, a tabaco y a desesperación. Me empujó contra las estanterías. Las latas de gasa y los botes de suero cayeron al suelo con un estrépito sordo que amortiguó el ruido de mis jadeos.

Sus manos bajaron por mi espalda, buscando el borde de mi camisa, arrastrando la tela hacia arriba.

El aire frío de la habitación me golpeó la piel desnuda de la espalda, pero el calor de sus palmas me quemaba.

Me levantó en peso, apoyándome contra la pared de metal.

Enredé las piernas en su cintura, sintiendo el bulto duro de su pistola en la funda sobaquera presionando contra mi muslo.

Se bajó la cremallera de los pantalones con un movimiento torpe, impaciente.

No hubo preliminares, no hubo caricias. Cuando entró en mí, el aire se me escapó de los pulmones en un suspiro ronco.

El dolor fue agudo, rápido, seguido de una fricción húmeda y caliente que me ancló al suelo, al presente, a la vida.

Me agarró de las caderas, sus dedos clavándose en mi piel, dejando marcas.

Cada embestida era un golpe seco, rítmico, acompasado con el zumbido de los compresores al otro lado de la puerta.

Cerré los ojos. En la oscuridad de mis párpados, no veía a Juan.

Veía a Elena en la fosa. Veía a Darío sangrando. Veía el número 42 grabado en la carne.

Pero el dolor físico, el calor asfixiante de Juan, el olor a su sudor y a su piel, me mantenían cuerda. Me recordaba que yo también estaba hecha de carne y hueso, que mi sangre todavía corría caliente.

Grité su nombre, un sonido ahogado contra su hombro, cuando el orgasmo me golpeó. Un espasmo violento que me sacudió de la cabeza a los pies. Él se dejó caer contra mí, enterrando la cara en mi cuello, respirando con dificultad, su corazón martilleando contra mi pecho como un pájaro atrapado.

Nos quedamos allí unos segundos, pegados, temblando. El frío del metal contra mi espalda empezó a calarme.

Juan me bajó despacio. Mis pies tocaron el suelo. Me alisé la camisa con manos temblorosas. Él se abrochó los pantalones, evitando mi mirada.

—No vuelvas a hacer eso —dije, la voz rasposa.

—No me pidas que no lo haga —respondió él, pasándose una mano por la cara.

Recogimos el cuerpo. Lo metimos en una bolsa negra, la cerramos y la cargamos entre los dos hacia la rampa. El peso muerto del cadáver nos obligaba a coordinar cada paso, cada giro. El sudor me pegaba la ropa al cuerpo.

Salimos a la lluvia. Cargamos la bolsa en el maletero del Range Rover. El olor a muerte fresca se mezcló con el olor a cuero y a ozono.

Cerré el maletero de un portazo.

—Al puerto —señale, subiendo al coche.

Juan arrancó el motor. Las luces delanteras cortaron la oscuridad, iluminando la lluvia que caía implacable.

Condujimos en silencio hacia el puerto de Ibiza. Las siluetas de los yates de lujo se mecían en el agua negra, como tiburones dormidos. El viejo almacén de aduanas se alzaba al final del muelle, una mole de piedra y hormigón rodeada de una verja de obra.

Aparcamos a doscientos metros, en la sombra de un almacén de redes.

—Hay dos coches fuera —susurró Juan, mirando por los prismáticos—. Dos todoterrenos negros. Cuatro tíos en la puerta. Albaneses.

—Perfecto —dije, sacando la bolsa de plástico del maletero—. Ayúdame a bajarlo.

Arrastramos el cuerpo hasta la entrada de servicio del búnker, un callejón lateral cubierto por andamios. Lo dejamos tirado en el charco de agua y aceite. Le puse la copia de la tarjeta en el bolsillo de la chaqueta que le habíamos puesto. Saqué mi pistola.

—¿Qué haces? —inquirió Juan, tensándose.

—Le doy credibilidad a la escena —dije.

Apunté al suelo, a un metro del cadáver, y disparé dos veces. El estruendo rebotó en las paredes de piedra del callejón, ensordecedor. El olor a pólvora se mezcló con el de la lluvia y la putrefacción.

Luego, apunté al cadáver. Al hombro. Disparé una vez más. La bala atravesó la tela y la carne muerta, levantando un spray de sangre oscura y coagulada que salpicó la pared.

Guardé el arma.

—Ahora, a correr —apunte.

Nos giramos para volver al coche. Pero antes de que diéramos dos pasos, las puertas del almacén principal se abrieron de par en par.

La luz blanca de los focos interiores nos cegó.

—¡Al suelo! —gritó Juan.

Nos tiramos al asfalto mojado.

De la puerta salieron tres hombres. No eran los albaneses de la entrada. Llevaban trajes oscuros, impermeables. Los hombres de Costa.

Uno de ellos miró hacia el callejón. Vio el cadáver. Vio la sangre.

Y luego, nos vio a nosotros.

—¡Ahí están! —gritó el hombre, sacando una escopeta recortada de debajo del abrigo.

El primer disparo de la escopeta astilló el ladrillo a tres centímetros de mi cabeza. El sonido me dejó los oídos pitando.

—¡Al coche! —rugió Juan, devolviendo el fuego. El destello de su pistola iluminó la noche en un fogonazo amarillo.

Eché a correr. El asfalto resbalaba bajo mis botas. La lluvia me cegaba. Detrás de nosotros, los albaneses de la puerta principal empezaron a gritar, sacando sus armas al escuchar los disparos.

El caos estalló. Los hombres de Costa disparaban a los albaneses, creyendo que nos habían tendido una trampa. Los albaneses devolvían los disparos. El aire se llenó de un ruido ensordecedor, de gritos en albanés y en español, de cristales rompiéndose y de metal chocando contra metal.

Llegué al Range Rover. Abrí la puerta de un tirón. Juan se lanzó al asiento del conductor. Yo me tiré al copiltero, cerrando la puerta de un golpe justo cuando una bala impactaba en el cristal trasero, creando una telaraña de vidrio.

Juan metió la primera y pisó el acelerador. El coche derrapó, las ruedas traseras chillando sobre el asfalto mojado, y salimos disparados hacia la carretera.

En el retrovisor, vi el almacén envuelto en llamas. Los disparos seguían sonando, una sinfonía de muerte y traición.

Saqué la micro-SD original del bolsillo. La apreté en la mano hasta que el plástico me cortó la piel.

Habíamos plantado la semilla. Ahora, solo quedaba ver cómo ardía la cosecha.