CAPÍTULO 6
El motor del Range Rover robado ronroneaba con una suavidad obscena, un contraste perverso con el caos que me destrozaba las neuronas.
Olía a cuero nuevo, a ambientador de pino y al rastro almizclado del sudor del narcoteca que me lo había dejado "prestado" en la puerta de su chalé de Jesús.
Solo había tenido que esperar a que entrara en la casa arrastrando a una chica de quince años medio desnuda y con la nariz destrozada.
Cuando la puerta blindada se cerró, deslicé la llave de contacto, metí la primera y pisé el acelerador.
El tipo ni se enteró. En esta isla, la maldad es tan cotidiana que nadie presta atención a un ruido más.
La lluvia golpeaba el parabrisas en ráfagas diagonales, distorsionando las luces de neón de los polígonos industriales hasta convertirlas en manchas de sangre y bilis.
Mis manos estaban agarrotadas en el volante.
Los nudillos blancos. El frío de la ropa empapada se me había metido en los huesos, pero el temblor que me sacudía los muslos no era por la temperatura.
Era la adrenalina licuándose, dejando un residuo tóxico en las venas.
Saqué el tubo de ensayo del bolsillo. Lo sostuve bajo la luz amarillenta del techo.
Las esquirlas cobrizas que había raspado de bajo las uñas de Elena brillaban como polvo de hadas macabro.
No era óxido. Era latón. Aleación de cobre y zinc.
Y el patrón de las micro-rayaduras no era de una bisagra ni de una cerradura barata.
Era el tambor de una caja fuerte empotrada.
De las que se usan en los trasteros de alta seguridad.
Guardé el tubo y miré la pantalla del portátil, que había enchufado al mechero del coche. La micro-SD de Elena estaba en la ranura. La pantalla de inicio pedía una contraseña.
Cuatro caracteres.
Pensé en el número grabado a fuego en su esternón. 42.
Tecleé los números. Acceso denegado.
Maldije en voz alta, golpeando el volante con la palma abierta. El claxon aulló en la carretera vacía, un grito metálico que se perdió en la tormenta.
Elena no era de números simples. Era de códigos, de acertijos, de las putas canciones de los Beatles que tarareaba cuando estudiaba para los exámenes de derecho.
42. ¿Qué coño era 42? En la guía del autoestopista era la respuesta al sentido de la vida.
Pero Elena no leía a Douglas Adams. Leía a los clásicos.
Cerré los ojos. El olor a cuero del coche me asfixiaba. Visualicé su rostro. La noche que desapareció. Llevaba una camiseta de los Sex Pistols. Never Mind the Bollocks. Pista cuatro. Canción dos. Holidays in the Sun.
Tecleé: HITS.
La pantalla parpadeó. El icono de la carpeta se abrió.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. El sabor a bilis me subió por la garganta.
No había documentos de contabilidad. No había fotos de políticos follando con menores. Había un solo archivo de vídeo y un plano en PDF.
Abrí el plano. Era el subsuelo del puerto de Ibiza. El viejo almacén de aduanas, el que Costa había comprado para "rehabilitar" y convertir en lofts de lujo. Pero el plano mostraba un nivel inferior, no declarado. Un búnker. Y en el centro, marcado en rojo, un símbolo: una caja fuerte. Caja 42.
Tragué saliva. El latón. Las esquirlas. Elena había arañado la caja fuerte. Había intentado abrirla, o al menos había dejado su marca en ella para que yo supiera dónde mirar.
Abrí el vídeo.
La imagen era oscura, granulada. La cámara estaba apoyada en el suelo, grabando desde un ángulo bajo.
Elena estaba de rodillas, las manos atadas a la espalda con bridas de plástico.
La sangre le manchaba la boca, un hilo oscuro que le caía por la barbilla hasta el escote.
Detrás de ella, la silueta inconfundible de Víctor Costa.
Llevaba un traje de lino blanco, impecable, a pesar de estar en un sótano húmedo.
—El problema de vosotros los idealistas, Elena —decía la voz de Costa, tranquila, casi pedagógica— es que creéis que la moral es una ley de la física. Que el bien siempre empuja hacia arriba. Pero la moral es un lujo. Y el lujo se paga.
Elena escupió. La saliva aterrizó en la punta de sus zapatos italianos.
—Vete a la mierda, Costa. La UCO ya tiene los discos.
Costa se agachó. Su rostro entró en el encuadre. Tenía los ojos de un tiburón muerto: negros, planos, sin un atisbo de empatía.
—La UCO tiene lo que yo quiero que tengan. Un par de peces pequeños para que la prensa cene tranquila. Pero tú te has metido en la maquinaria, cariño. Y la maquinaria tritura.
Se levantó y hizo un gesto fuera de cámara. Alguien arrastró a Elena. El vídeo se cortó en negro.
Cerré el portátil de golpe. El corazón me martilleaba contra las costillas como un animal enjaulado. La habían matado en ese sótano. Y la caja 42 era la única prueba que quedaba. La prueba que la había llevado a la tumba.
El chirrido de unos neumáticos frenando en la grava me hizo dar un respingo.
Saqué la Sig Sauer de la funda sobaquera. El metal estaba helado contra mi palma sudorosa. Me bajé del Range Rover, pegándome a la chapa fría.
Un coche patrulla de la Guardia Civil, sin rotular, estaba aparcado a diez metros. La puerta del conductor se abrió.
Juan.
Llevaba el chándal arrugado, la chaqueta empapada y la barba de tres días. Pero lo que me heló la sangre no fue su aspecto. Fue la forma en que sostenía su arma reglamentaria. Apuntando directamente a mi pecho.
—Baja el hierro, Juan —dije. Mi voz sonó extrañamente calmada, clínica. La voz que usaba en la morgue cuando un familiar se ponía histérico.
—Tira la puta tarjeta al suelo, Sofía. —Su voz temblaba. No de frío. De rabia. O de miedo.
—¿Qué te ha pasado, Juan? ¿Costa te ha llamado? ¿Te ha dicho que si no le llevas mi cabeza te va a cortar las piernas a Darío en la UCI?
Juan apretó los dientes. El músculo de su mandíbula palpitó bajo la luz de las farolas.
—Darío no está en la UCI, Sofía. Se ha fugado. Se ha arrancado las vías y se ha pirado hace dos horas. Y ahora está desaparecido. Costa está loco. Ha mandado a los albaneses a registrar los hospitales, los bares, las putas clínicas. Si Darío cae en sus manos, lo van a despellejar.
—Entonces tienes un problema mayor que yo.
—¡Tengo el problema de que mi hermano pequeño va a morir por tu puta terquedad!
—gritó Juan. El eco de su voz rebotó en las paredes de piedra de la antigua finca abandonada donde nos habíamos citado.
Bajó el tono, convertida en un siseo venenoso—.
Dame la tarjeta. Yo me encargo de Costa.
Se la doy, cerramos el trato, y Darío vive.
Tú te vas a la Península. Te olvidas de Elena. Te olvidas de todo.
Lo miré. Analicé su postura. El peso mal distribuido, la respiración superficial, las pupilas dilatadas. Estaba al límite. No era un policía corrupto haciendo su trabajo. Era un animal acorralado intentando salvar a su cría. Y yo era el depredador que había invadido su territorio.
—Si le das la tarjeta, Costa nos matará a todos de todos modos —dije, sin bajar la pistola—. Él no deja cabos sueltos, Juan. Lo sabes tan bien como yo. Lo viste en Sa Caleta. Lo viste con tus propios ojos mientras disparaban a esos chavales.
—¡No me jodas con la moral, Sofía! —Juan dio un paso adelante, el cañón de su pistola oscilando una fracción de milímetro—.
¡Tú no estás en mi piel! ¡Tú no tienes que mirar a la cara a tu hermano mientras se desangra en una camilla y rogarle a Dios para que no se muera!
¡Yo llevo diez años tragando mierda para que esta isla no se vaya al carajo!
¡Diez años haciendo la cama a los monstruos para que gente como tú pueda dormir tranquila y jugar a ser la forense honrada!
La verdad de sus palabras me golpeó en el estómago. No había cinismo en su voz. Solo una desesperación cruda, desnuda, que olía a fracaso y a whisky barato.
—No te pedí que me protegieras, Juan —dije, bajando la voz, obligándome a mantener el tono firme—. Y no te pedí que jugaras a ser Dios. Pero Elena murió intentando detener a esos monstruos a los que tú les haces la cama. Si le das la tarjeta a Costa, su muerte no habrá servido para una mierda.
—Su muerte ya ha servido —escupió él—. Me ha jodido la vida. Me ha jodido a mi hermano.
—Y si sigues así, te va a joder a ti también.
Nos quedamos mirando. La lluvia caía a cántaros, empapándonos, lavando la sangre seca de mis manos, el sudor de su frente. Dos pistoleros en la oscuridad, apuntándose al pecho, separados por diez metros de barro y diez años de mentiras.
Juan miró mi pistola. Luego miró mis ojos. Buscaba una grieta. Una duda.
No la encontró.
Lentamente, con un movimiento que le crujió los huesos del hombro, bajó el arma. La seguridad se deslizó hacia abajo con un chasquido metálico que sonó a sentencia. Guardó la pistola en la funda. Se pasó las manos por la cara, arrastrando la piel flácida y cansada.
—Eres una puta cabezota, Sofía —murmuró, la voz rota.
—Lo sé.
—Costa va a enviar a los albaneses a buscarte. Han rastreado el GPS de tu coche. Están a diez minutos de aquí.
Me giré hacia el Range Rover. Las luces de posición estaban encendidas. Estúpida.
—Tengo la ubicación de la caja fuerte —dije, guardando mi arma y corriendo hacia el coche—. En el almacén del puerto. El búnker de Costa.
Juan me siguió, subiendo al asiento del copiltero de un salto.
—Ese sitio es una fortaleza, Sofía. Hay al menos seis tíos armados. No podemos entrar ahí.
—No vamos a entrar —dije, metiendo la primera y pisando el acelerador. Los neumáticos patinaron en el barro antes de agarrar el asfalto—. Vamos a hacer que ellos salgan.
—¿Y cómo coño piensas hacer eso?
Lo miré. Una sonrisa fría, carente de cualquier alegría, se me dibujó en los labios.
—Soy forense, Juan. Sé exactamente cómo hacer que un cuerpo hable. Y sé cómo hacer que un edificio entero huela a muerte.
Pisé el acelerador a fondo. El motor rugió, devorando la carretera hacia el puerto. La guerra por Ibiza acababa de empezar. Y yo ya no estaba dispuesta a limpiar los cadáveres. Iba a empezar a fabricarlos.