Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

La pala chocó contra algo que no era piedra.

El sonido fue sordo, amortiguado por la tierra húmeda, pero en el silencio de Sa Caleta resonó como un disparo.

Me detuve. El mango de madera me rozaba las ampollas reventadas de las palmas, la piel en carne viva pegada a la madera por el sudor y la sangre.

El viento del norte aullaba entre los pinos del acantilado, arrastrando el olor a resina y a salitre.

La marea estaba baja, dejando al descubierto las rocas negras de la cala, afiladas como cuchillos.

No había luna. Solo la luz amarillenta y temblorosa de mi linterna frontal, que cortaba la oscuridad en un haz estrecho y polvoriento.

—Vamos, Elena. Vamos, joder —murmuré, escupiendo arena que el viento me había lanzado a la boca.

Hundí la pala de nuevo. La tierra cedía con un crujido húmedo.

Cada palada era un esfuerzo titánico. Los músculos de mis hombros ardían, la espalda me gritaba con cada flexión.

Pero el dolor físico era un ancla. Me mantenía cuerda.

Evitaba que el audio de mi hermana, ese mensaje de voz con su voz rota y temblorosa, me destrozara la cabeza.

“Dile a Sofía que la quiero. Que nunca la abandoné.”

Una lágrima caliente me cayó en la mejilla, mezclándose con el barro seco.

La limpié con el dorso del guante de nitrilo.

Me había puesto el equipo completo antes de salir de la cabaña: bata impermeable, guantes, mascarilla, el kit de toma de muestras colgado al cinto.

Parecía una cirujana a punto de operar en un vertedero.

La pala volvió a golpear. Esta vez, el sonido fue distinto. Plástico.

Me arrodillé en el borde del hoyo. La tierra me llegaba a la cintura.

El olor cambió. Ya no era solo tierra mojada y posidonia.

Era un olor dulzón, pesado, que se pegaba al fondo de la garganta.

El olor inconfundible de la muerte reciente, fermentando bajo el calor de la descomposición acelerada por la tierra.

Aparté la tierra con las manos enguantadas, ignorando la pala. Mis dedos rozaron una superficie lisa, resbaladiza. Una lona de polietileno negro, de las que se usan para cubrir piscinas o esconder cosechas ilegales. Estaba sellada con cinta americana en los bordes.

Saqué el cutter del kit. La hoja deslizó por la cinta con un rasgido agudo. El aire escapó de la bolsa con un suspiro fétido, una bocanada de gases que me hizo girar la cabeza y contener la respiración.

Dentro estaba ella.

La luz de la linterna bañó su rostro. Elena. Mi hermana.

No había envejecido. La muerte tiene esa crueldad de congelar el tiempo.

Su piel tenía el tono grisáceo de la cera vieja, los labios teñidos de un azul oscuro.

Los ojos estaban abiertos, fijos en la lona, las pupilas dilatadas y opacas, mirando un horror que yo nunca llegaría a ver.

Llevaba la misma ropa de la noche que desapareció: unos vaqueros negros, una camiseta blanca ahora manchada de tierra y fluidos, y las botas de cuero.

El corazón me latía en los oídos, un tambor desbocado. Quería abrazarla. Quería cerrar esos ojos de un golpe. Quería gritar hasta desgarrarme las cuerdas vocales.

Pero era forense. Y ella me necesitaba viva y cuerda.

—Hola, hermanita —susurré, la voz ahogada por la mascarilla—. Vamos a ver qué te hicieron.

Saqué la cámara del kit. Empecé a disparar. Flash tras flash, iluminando la fosa con destellos blancos y cegadores. Documenté la posición del cuerpo, la ropa, la tierra adherida. Luego, pasé a la inspección táctil.

No podía hacer la Y incisión allí. No tenía la mesa, ni la luz quirúrgica, ni el tiempo. Pero tenía mis manos y mi experiencia.

Palpé el cuello. No había corte. No había degollamiento como a Valera.

Mis dedos bajaron por la tráquea hasta el esternón.

Encontré la fractura. El hueso hioides, roto.

Estrangulación manual. Pero al presionar la zona, noté algo más.

Unos pequeños puntos hundidos en la piel del cuello, apenas visibles bajo la suciedad.

Acerqué la linterna. Eran marcas de inyección. Múltiples. Microinyecciones.

—Te drogaron, Elena. Te paralizaron para que no pudieras luchar.

Bajé a las manos. Estaban rígidas por el rigor mortis, que empezaba a ceder con la descomposición. Los dedos estaban cerrados en un espasmo. Le separé las yemas con cuidado, forzando las articulaciones. Bajo las uñas, rotas y llenas de tierra, había algo que no era arena.

Saqué las pinzas y el hisopo. Raspé con delicadeza. En la punta del algodón quedó un residuo. No era tierra. Era un polvo fino, de un tono cobrizo. Óxido. Y algo más. Pequeñas esquirlas. Las metí en un tubo de ensayo de plástico y lo sellé.

Le levanté la camiseta. El torso estaba cubierto de hematomas. Moretones oscuros, en diferentes fases de curación. La habían torturado. Le habían pegado patadas en las costillas, le habían dado puñetazos en el abdomen. Pero en el centro de su pecho, justo sobre el esternón, había una marca.

No era el símbolo geométrico. Era una quemadura. Un círculo perfecto, del tamaño de una moneda de dos euros, con la piel carbonizada y levantada.

Me incliné más, el olor a carne quemada y putrefacción revolviéndome el estómago. Dentro del círculo, grabado en la carne viva antes de cauterizarla, había un número.

42.

¿Qué coño era eso? ¿Un código? ¿Una cuenta atrás?

Le revisé la boca. Los labios estaban partidos. Le abrí la mandíbula con los dedos. La lengua estaba hinchada, mordida. Pero en el paladar, pegado con una sustancia viscosa, había un objeto pequeño y duro.

Metí dos dedos. Lo rasgué. Cayó en mi palma enguantada.

Una micro-SD.

Elena la había escondido en su propia boca. Sabía que la iban a registrar. Sabía que la iban a matar. Pero sabía que yo la encontraría. Sabía que le abriría la boca.

Guardé la tarjeta en un tubo estanco.

De repente, el crujido de la grava sobre el acantilado me heló la sangre.

Apagué la linterna frontal. La oscuridad me engulló. Me pegué al fondo del hoyo, cubriendo el cuerpo de Elena con la lona, quedando yo enterrada bajo la tierra suelta de los bordes.

Arriba, en el borde del acantilado, aparecieron dos haces de luz blanca. Barrían la arena de la cala.

—Ai është këtu. Kontrolloni varrin —dijo una voz. Acento albanés. Grave, rasposo.

—Dreqin. Era erë qelbur —respondió otra voz, más joven, nasal.

Escuché el deslizamiento de la tierra. Habían empezado a bajar por el sendero empinado que daba a la cala.

El pánico me subió por la garganta, ácido. Estaba en una tumba, con el cadáver de mi hermana, y dos sicarios armados bajaban a comprobar si el entierro estaba intacto.

Miré a mi alrededor. A mi derecha, la pared de tierra del acantilado. A mi izquierda, el mar. Delante, la salida.

No podía salir por donde habían venido. Me verían.

Deslicé la mano hacia la funda sobaquera. Saqué la Sig Sauer. El metal frío me reconfortó, un recordatorio de que no era solo una doctora. Era una mujer que había decidido ir a la guerra.

Los pasos en la arena estaban cerca. A diez metros. Cinco.

—Pse është hapur? Kush e ka hapur? —gruñó el primero.

Vieron la pala. Vieron el agujero.

Me quité las botas. Dejé el kit de forense al lado del cuerpo de Elena. Solo me quedé con la pistola, la micro-SD en el bolsillo interior de la chaqueta y el tubo de las muestras en el otro.

Los haces de luz barrieron el borde del hoyo. Si bajaban la luz tres grados, me darían de lleno.

Me impulsé con las piernas. No hacia arriba. Hacia el lado.

La arena cedió bajo mis pies descalzos. Me deslicé por la pared lateral del hoyo, rodando hacia la zona de sombra que proyectaban las rocas negras de la orilla. El impacto contra las piedras me sacó el aire de los pulmones. Me mordí el labio para no gritar. El sabor a cobre me llenó la boca.

—Kujdes! Dikush është këtu! —gritó el joven.

Un disparo rompió el aire. El sonido fue ensordecedor en la cala cerrada. La bala impactó en la tierra, a medio metro de mi cabeza, lanzándome un chorro de arena a la cara.

Me arrastré sobre el vientre. Las piedras me cortaban la piel de las rodillas y los codos. El agua helada del mar me mojaba los calcetines, subiendo por mis piernas.

—Qëllim! Qëllim atë!

Otro disparo. Luego otro. Estaban disparando a ciegas, asustados, convencidos de que había un comando de la Guardia Civil o de los rusos allí.

Llegué al agua. El frío me mordió los muslos. Me sumergí hasta el cuello. El agua me tapó los oídos, amortiguando los gritos y los disparos. Solo escuchaba mi propia respiración, agitada, desesperada.

Avancé por la orilla, pegada a las rocas, usando el ruido del mar para cubrir el chapoteo. Cada vez que una ola rompía, me movía. Cuando la ola retrocedía, me quedaba inmóvil, congelada en el agua negra.

Tardé veinte minutos en recorrer los cien metros que me separaban del sendero de los contrabandistas, una ruta oculta entre la vegetación que subía hacia la carretera.

Cuando por fin salí del agua y me interné en el pinar, me dejé caer tras un tronco podrido. Estaba temblando. El frío, la adrenalina, el shock. Me quité la chaqueta empapada. Saqué el tubo estanco del bolsillo. Estaba intacto. La micro-SD también.

Me puse las botas descalzas, ignorando el dolor de la piel macerada. Saqué el móvil. La pantalla estaba agrietada, pero funcionaba.

Llamé a Juan.

Sonó cuatro veces. Cinco. Seis.

—Pronto —contestó una voz. No era Juan.

Era Darío.

Me quedé helada. El corazón me dio un vuelco.

—¿Darío? ¿Estás en la UCI?

—Me han dado el alta hace una hora, Sofía —dijo. Su voz sonaba diferente. Más grave. Más cansada. Sin el rastro de chulería que siempre lo acompañaba—. Juan me ha contado lo del audio. Lo de Elena.

—Darío, escúchame. Estoy en Sa Caleta. La he encontrado. La han matado.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio pesado, denso.

—Lo sé —dijo Darío.

—¿Qué? ¿Cómo que lo sabes?

—Sé que la mataron, Sofía. No sé que la has encontrado. Pero sabía que irías. Conozco a mi cuñada. Sé cómo piensas.

—¿Tu cuñada? —repetí, el cerebro intentando procesar la palabra.

—Elena y yo... —Darío se aclaró la garganta. El sonido fue áspero—. Éramos amantes, Sofía. Desde antes de que ella desapareciera. Por eso me infiltré. Por eso me tatué esa puta marca. Para estar cerca de ella. Para protegerla. Y fallé.

El mundo giró a mi alrededor. El olor a pino y a salitre se volvió asfixiante. Mi hermano pequeño. Mi hermana.

—Joder, Darío... —susurré, dejando caer la cabeza contra la corteza áspera del tronco.

—Escúchame bien, Sofía —interrumpió, la voz endureciéndose, volviéndose metálica—. No llores ahora. No hay tiempo. ¿Tienes lo que ella guardó?

—Sí. Una tarjeta. Y unas muestras.

—Bien. Costa tiene a sus hombres registrando la isla. Juan está en la comisaría, intentando ganar tiempo, fingiendo que no sabe que has ido a Sa Caleta. Pero el delegado ha recibido una llamada anónima. Saben que estás fuera de control.

—¿Qué hago, Darío?

—Vuelve a la cabaña. No vayas al hospital.

No vayas a comisaría. Tienes que sacar esa tarjeta de la isla.

Hay un tipo en el puerto de Botafoc. Un pescador viejo, tuerto.

Se llama Mateo. Dile que vas de parte del Cabo Santos.

Él te llevará a Formentera. Desde allí, contacta con la UCO en Madrid.

Sáltate a la Guardia Civil de Ibiza. Están todos comprados. Todos.

—¿Y tú? ¿Y Juan?

—Nosotros nos quedamos a limpiar la mierda —dijo Darío. Hubo una pausa. Escuché el pitido de un monitor médico de fondo. Estaba en el hospital, no en la cabaña—. Si no volvemos, Sofía asegúrate de que esos cabrones ardan.

La llamada se cortó.

Me quedé mirando la pantalla negra del móvil. El viento soplaba entre los pinos, moviendo las ramas como dedos esqueléticos.

Me puse de pie. Me sequé la cara con el dorso de la mano. El barro, la sangre, las lágrimas. Todo mezclado.

Elena había muerto por protegerme. Darío y Juan estaban jugando a la ruleta rusa para darme una salida.

No iba a huir a Formentera. No iba a dejar que se enfrentaran solos a Costa y a los albaneses.

Guardé el móvil. Agarré la pistola. Empecé a caminar por el sendero oscuro, hacia la carretera.

Iba a necesitar un coche. Iba a necesitar acceso a un ordenador seguro. Y, sobre todo, iba a necesitar descifrar qué coño significaba el número 42 grabado en el pecho de mi hermana.

La isla me había tragado. Pero yo iba a ser la indigestión que los matara a todos.