CAPÍTULO 4
Me vestí en la penumbra, los dedos torpes abrochando los botones de la camisa que Juan había dejado hecha un puto desastre.
El frío de la mañana me calaba hasta los huesos, pero no era solo el aire.
Era la resaca de lo que acabábamos de hacer, la certeza de que habíamos cruzado una línea que no tenía vuelta atrás.
Juan ya estaba despierto, sentado en el borde de la cama, encendiendo otro cigarrillo. La luz grisácea que se filtraba por la ventana le marcaba las ojeras, le acentuaba los pómulos hundidos. Parecia diez años mayor que la noche anterior.
—Tengo que ir al hospital —dije, atándome las botas—. Ver cómo sigue Darío.
—No te dejarán entrar. Está en la UCI, bajo vigilancia. —Exhaló el humo, una nube azul que se disipó en el aire frío—. Además, Costa ya sabe que estás metida en esto. Si te ve merodeando por el hospital, te cazarán antes de que llegues a la puerta.
—¿Y qué coño propones, Juan? ¿Que me quede de brazos cruzados mientras tu hermano se pudre en una cama?
Se giró hacia mí. Sus ojos estaban inyectados en sangre, la mirada dura como el pedernal.
—Propongo que uses esa puta cabeza tuya para algo más que para follar.
—Se levantó, tirando la colilla al cenicero de latón—.
Darío está seguro por ahora. Costa no va a enviar a un sicario a la UCI del hospital.
Demasiado riesgo. Pero si tú apareces por allí, le estás dando la excusa perfecta para eliminar dos pájaros de un tiro.
Me quedé de pie, las manos en las caderas, la rabia hirviéndome en las venas.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Esperamos a que Costa nos sirva la bandeja de plata con su cabeza?
—No —dijo, acercándose a mí. Me puso las manos en los hombros, sus dedos fríos a través de la tela de la camisa—. Vamos a hacer lo que tú haces mejor, Sofía. Vamos a escuchar a los muertos.
La morgue estaba vacía a las siete de la mañana. El técnico de turno, un tal Miguel, estaba en la cafetería, fumándose el tercer pitillo del día. Aproveché para entrar sin que nadie me viera.
El cuerpo de Marcos Valera seguía en la camilla, rígido, pálido bajo las luces quirúrgicas. Me puse la bata, los guantes, la mascarilla. El ritual de siempre. Pero esta vez, mis manos temblaban.
Volví a examinar la herida del cuello. El corte era limpio, preciso, pero había algo que me había pasado por alto la primera vez. Un detalle minúsculo, casi invisible.
Saqué la lupa y me incliné sobre la herida. Allí, en el borde inferior del corte, había una marca. Un pequeño rasguño, apenas visible, en forma de semicírculo. Lo había hecho el filo de la hoja al retirarse, un gesto involuntario del asesino. Pero no era un rasguño cualquiera. Era una firma.
Saqué mi móvil y busqué en la base de datos de la Interpol. Había pasado años recopilando información sobre patrones de asesinato, sobre asesinos en serie, sobre cártels. Y había encontrado algo.
El semicírculo. Era la marca de "El Cirujano", un sicario que había operado en los Balcanes hacía diez años. Se decía que trabajaba para los rusos, pero luego desapareció. Nadie sabía si estaba muerto o si se había retirado.
Hasta ahora.
Guardé las fotos en mi móvil. Saqué el teléfono de Valera de la bolsa de evidencias. Lo había cargado toda la noche. La pantalla se encendió.
El chat de Signal seguía abierto. Había un mensaje nuevo, recibido dos horas antes de que mataran a Valera.
"La reunión es en Sa Caleta. Medianoche. Ven solo. Trae los documentos."
El remitente: un número de teléfono que no reconocí. Pero el mensaje tenía una ubicación adjunta. Sa Caleta. Una cala al sur de la isla, conocida por ser punto de encuentro de traficantes y okupas.
Saqué una copia de seguridad de todo el contenido del teléfono y lo guardé en un pendrive. Luego, volví a meter el móvil en la bolsa.
Cuando salí de la morgue, Juan me esperaba en el pasillo. Llevaba dos cafés en las manos.
—¿Qué has encontrado? —preguntó, pasándome uno.
—Una firma —dije, dando un sorbo. El café estaba quemado, amargo, pero me despertó—. El asesino de Valera es un profesional. Un tal "Cirujano". Trabajó para los rusos en los noventa.
Juan apretó la mandíbula.
—Joder. Eso complica las cosas.
—Ya lo creo que las complica. Pero hay más. Valera tenía una reunión anoche en Sa Caleta. Alguien lo citó allí.
—¿Quién?
—No lo sé. Pero apuesto a que fue Costa. O alguien de su círculo.
Juan se pasó la mano por la cara, frotándose los ojos.
—Sa Caleta es territorio de los albanos. Si Costa envió a Valera allí, es porque necesitaba algo de ellos. O porque quería tenderle una trampa.
—O las dos cosas —dije—. Tenemos que ir allí.
—¿Estás loca? Si Costa sabe que Valera fue a Sa Caleta, habrá enviado a sus hombres a limpiar la zona. Si aparecemos, nos matarán.
—No si vamos de paisano. Y si vamos preparados.
Me miró. Sus ojos buscaban algo en mi rostro, quizás duda, quizás miedo. No encontró nada.
—Eres una puta cabezota, ¿lo sabías?
—Lo sé. ¿Vienes o no?
Sonrió. Una sonrisa torcida, cansada, pero genuina.
—Voy a buscar el coche.
Sa Caleta estaba a veinte minutos en coche. La carretera serpenteaba entre acantilados rojos, el mar brillando a lo lejos como una lámina de plata. La niebla de la mañana empezaba a levantarse, dejando al descubierto un cielo gris plomizo.
Aparcamos a un kilómetro de la cala, ocultos tras un muro de piedra seca. Juan sacó dos pistolas del maletero. Me pasó una.
—¿Sabes usar esto? —preguntó.
—Soy forense, Juan, no idiota. Sé disparar.
Asintió, satisfecho. Sacó una chaqueta negra del asiento trasero y se la puso. Yo hice lo mismo.
Caminamos hacia la cala, pegándonos a los acantilados. El olor a sal y a posidonia podrida era intenso. El sonido de las olas rompía contra las rocas, un ritmo monótono, hipnótico.
Cuando llegamos al borde del acantilado, nos tumbamos boca abajo y miramos hacia abajo.
La cala era pequeña, de arena roja, rodeada de acantilados. Había tres coches aparcados en la arena. Dos todoterrenos negros y una furgoneta blanca. Alrededor, unos diez hombres. La mayoría llevaban chaquetas de cuero y botas militares. Albanos, sin duda.
En el centro, junto a una hoguera apagada, había dos hombres hablando. Uno era alto, rubio, con una cicatriz en la mejilla. El otro era más bajo, moreno, con un traje caro que desentonaba con el entorno.
Juan sacó unos prismáticos del bolsillo y me los pasó.
Enfoqué al hombre del traje. Era Víctor Costa. El arquitecto. El que diseñaba los hoteles de lujo. El que, según Darío, "limpiaba la isla".
Costa estaba hablando con el albanés, gesticulando. El albanés asentía, pero su postura era tensa, agresiva. No era una reunión amistosa.
De repente, Costa sacó un sobre del bolsillo interior de la chaqueta y se lo tendió al albanés. El albanés lo abrió, miró el contenido y sonrió. Una sonrisa cruel, depredadora.
Luego, el albanés hizo un gesto. Dos de sus hombres se acercaron a la furgoneta blanca y abrieron las puertas traseras.
De dentro sacaron a tres personas. Tres chicos jóvenes, de origen subsahariano, con las manos atadas y los ojos vendados. Los empujaron hacia la orilla, obligándolos a arrodillarse en la arena.
El albanés sacó una pistola. Se la puso en la nuca al primero de los chicos.
—¡Joder! —murmuré, apretando los dientes.
Juan me quitó los prismáticos. Su rostro estaba pálido, la mandíbula tensa.
—Están ejecutándolos —dijo, la voz ronca—. Testigos. Probablemente vieron algo que no debían.
—Tenemos que hacer algo.
—¿Qué? ¿Bajar ahí y enfrentarnos a diez tipos armados? Nos matarían en dos segundos.
—No podemos dejar que los maten, Juan.
Me miró. Sus ojos estaban llenos de rabia, de impotencia.
—Sofía, no podemos salvarlos. Si intervenimos, moriremos nosotros también. Y entonces, ¿quién va a detener a Costa? ¿Quién va a vengar a Darío?
El disparo resonó en el aire, seco, brutal. El chico cayó de cara en la arena. La sangre empezó a manchar la arena roja, creando un contraste horrible.
El albanés apuntó al segundo chico.
Cerré los ojos. No podía mirar. Pero el sonido del segundo disparo me atravesó como un cuchillo.
Cuando abrí los ojos, el tercer chico estaba de pie, temblando, la sangre de sus compañeros salpicándole la cara. El albanés le hablaba, probablemente ofreciéndole una "oportunidad". El chico asintió, desesperado.
Costa se acercó al chico, le puso una mano en el hombro y le dijo algo. Luego, se giró hacia sus hombres y dio unas instrucciones. Los albanoses empujaron al chico hacia la furgoneta.
Costa se alejó, subió a su coche y se marchó. Los albaneses lo siguieron en los todoterrenos.
Solo quedaron dos hombres junto a la furgoneta. Empezaron a cavar un hoyo en la arena, para enterrar a los dos chicos muertos.
Juan me agarró del brazo y me arrastró hacia atrás, alejándonos del acantilado.
—Vámonos —dijo, la voz quebrada—. Ya hemos visto suficiente.
Condujimos en silencio de vuelta a Ibiza Town. El peso de lo que acabábamos de ver nos aplastaba. Dos chicos muertos. Ejecutados como perros. Y nosotros, escondidos en el acantilado, impotentes.
Cuando llegamos a la cabaña, Juan se sirvió un whisky. Yo me senté en el sofá, las manos temblando, la imagen de los chicos muertos grabada en mi retina.
—Costa está trabajando con los albaneses —dijo Juan, dejando el vaso sobre la mesa—. Probablemente les paga para que eliminen a los testigos. A los que saben demasiado.
—Y a los inmigrantes ilegales —añadí—. Los usan como carne de cañón. Para proteger sus garitos, para transportar droga, para lo que sea. Y cuando ya no los necesitan, los matan.
Juan se dejó caer en el sofá, a mi lado. Se pasó la mano por la cara, agotado.
—Esto es más grande de lo que pensábamos, Sofía. Costa no es solo un arquitecto corrupto. Es el puto amo de la isla. Controla la construcción, la política, la policía y ahora, también a los albaneses.
—Entonces, ¿cómo coño lo detenemos?
Juan no respondió. Se quedó mirando el vaso de whisky, como si buscara respuestas en el fondo del líquido ámbar.
De repente, su móvil sonó. Lo sacó del bolsillo y miró la pantalla. Su rostro palideció.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Es el hospital —dijo, contestando la llamada—. Sí, soy Juan Santos... ¿Qué? ¿Cuándo?... Sí, voy para allá.
Colgó. Se levantó de un salto.
—Darío ha despertado —dijo, la voz tensa—. Pero hay un problema.
—¿Qué problema?
—Dice que tiene que hablarme. A mí solo. Y que es urgente.
Me levanté.
—Vamos.
—No, Sofía. Tú no puedes ir. Si Costa sabe que Darío ha despertado, enviará a alguien a rematarlo. Tienes que quedarte aquí.
—No voy a quedarme aquí mientras tú vas solo.
—Sofía, por favor. Es mi hermano. Tengo que ir solo.
Lo miré. Sus ojos estaban llenos de miedo. Miedo por su hermano. Miedo por mí.
—Vale —dije, finalmente—. Pero si algo sale mal, si no tienes noticias mías en una hora, llama a la UCO. Diles todo. Diles lo de Costa, lo de los albaneses, todo.
Asintió. Me besó en la frente, un beso rápido, desesperado. Luego, salió corriendo.
Me quedé sola en la cabaña. El viento aullaba fuera, sacudiendo los cristales. Me serví un whisky, imitando a Juan. Bebí de un trago, sintiendo el ardor en la garganta.
Saqué el pendrive con la copia del teléfono de Valera. Lo conecté a mi portátil. Empecé a revisar los archivos.
Había cientos de fotos. Fotos de obras, de planos, de contratos. Pero también había fotos de personas. Políticos, empresarios, policías. Todos con el símbolo geométrico tatuado en alguna parte del cuerpo.
Y entonces, lo vi.
Una foto de Elena. Mi hermana. Llevaba el mismo tatuaje en la muñeca. Estaba sonriendo, abrazada a Víctor Costa.
La fecha de la foto: dos semanas antes de que desapareciera.
El mundo se me vino encima. Elena no había sido secuestrada. No había sido asesinada. Ella se había unido a ellos. Voluntariamente.
¿Por qué? ¿Qué la había llevado a hacer eso?
Seguí buscando. Encontré un archivo de audio. Lo reproduje.
La voz de Elena llenó la habitación.
"Juan, no tengo elección. Ellos tienen a Sofía. Si no hago lo que dicen, la matarán. Tengo que infiltrarme. Tengo que encontrar pruebas desde dentro. Pero si algo sale mal, si no lo consigo... dile a Sofía que la quiero. Que nunca la abandoné. Que solo intentaba protegerla."
El audio terminó. Me quedé helada.
Elena no me había abandonado. Había estado protegiéndome. Había estado intentando detener a Costa desde dentro.
Y había fracasado.
Saqué el móvil. Llamé a Juan.
—¿Qué pasa, Sofía? —Su voz sonaba tensa, agitada.
—Juan, escúchame. Elena no se unió a ellos. Se infiltró. Estaba intentando detener a Costa. Y ellos la mataron.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Sofía, ahora no puedo hablar. Estoy en el hospital. Darío dice que sabe dónde está el cuerpo de Elena.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Dónde?
—En Sa Caleta. En el mismo lugar donde enterraron a los chicos.
La sangre me hirvió en las venas.
—Voy para allá.
—¡No, Sofía! Es peligroso. Espera a que yo...
Colgué. Salí corriendo de la cabaña. Subí al coche. Conduje como una loca hacia Sa Caleta.
Iba a encontrar a Elena. Iba a sacar su cuerpo de esa puta arena. Y luego, iba a quemar la isla entera con Costa dentro.