CAPÍTULO 3 #2
—¡El tatuaje! —le grité, señalando el cadáver del tipo del escorpión, cuya camisa se había abierto al caer, revelando el mismo símbolo geométrico en el pecho—. ¡Él es de los tuyos! ¡Dime quién dio la orden!
Darío tragó saliva. Miró a Juan, que estaba asegurando la zona, luego me miró a mí.
—El arquitecto —susurró, la voz quebrada—. El que diseña los hoteles. Él limpia la isla. Él...
Un segundo disparo resonó. No venía de los guardias.
Darío se tensó. Un hilo de sangre oscura empezó a brotar de su hombro, empapando la camiseta negra. Se desplomó contra mí, pesando de repente como un saco de cemento.
Detrás de la barra, un camarero que había estado agachado bajó el arma. Era un hombre mayor, de rostro curtido, con los ojos completamente vacíos.
Juan se giró. Disparó. El camarero cayó.
Pero el daño estaba hecho. Darío respiraba con dificultad, la sangre le burbujeaba en los labios. Me miró. Sus ojos, esos ojos que habían sido los de mi hermano pequeño, se estaban apagando.
—Dile a Elena... —jadeó, agarrando mi muñeca con dedos resbaladizos—. Dile que lo siento.
Su mano se relajó. El peso de su cuerpo se volvió inerte.
Me quedé arrodillada en el barro y la sangre, el zumbido en mis oídos ahogando los gritos de los detenidos. Juan se acercó. Se arrodilló a mi lado. No dijo nada. Solo puso su mano grande y áspera sobre la nuca de Darío, cerrándole los ojos con los dedos.
El olor a pólvora, a cobre y a orina me llenó los pulmones. La isla había cobrado su peaje. Y yo acababa de ver cómo pagaba con mi propia sangre.
La cabaña de Juan estaba en el extremo norte de la isla, cerca de Portinatx, escondida entre acantilados que caían a un mar negro y embravecido. Era su refugio. El lugar donde nadie lo buscaba.
Eran las cuatro de la mañana. Habíamos dejado a Darío en el quirófano del hospital. Estaba vivo, pero la bala había rozado el pulmón. Lo habían inducido al coma.
Juan se sirvió un vaso de whisky barato. No me ofreció. Bebió de un trago, dejando el vaso sobre la encimera de madera con un golpe sordo. Llevaba la camisa manchada de la sangre de su hermano. No se había cambiado.
Me quedé de pie junto a la ventana. El viento aullaba fuera, sacudiendo los cristales.
—El arquitecto —dije, rompiendo el silencio. Mi voz sonaba extraña, metálica, como si no me perteneciera—. Víctor Costa. Diseña todos los resorts de la costa norte.
Juan no se giró.
—Costa es intocable, Sofía. Tiene a los jueces en el bolsillo y a los políticos cenando en su mesa.
—Acaba de ordenar matar a tu hermano.
Juan se giró. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos ardían con una fiebre oscura. Cruzó la habitación en tres zancadas. Me agarró por los brazos. Su apretón fue duro, desesperado.
—Darío se metió donde no debía. Sabía las reglas.
—¡Es tu hermano! —grité, forcejeando para soltarme.
—¡Es un soldado que se saltó el guion! —rugió él, acercando su rostro al mío.
Podía oler el whisky en su aliento, ver las venas palpitando en su cuello—.
¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no me duele aquí?
—Se golpeó el pecho con el puño libre, un sonido hueco y carnoso—.
Pero si bajamos la guardia, si mostramos debilidad, nos devoran a todos. A ti te devoran.
Lo empujé. Él no me soltó. Nos quedamos allí, en la penumbra de la cabaña, respirando el mismo aire viciado, midiendo la distancia entre la rabia y el abismo.
—Estoy tan cansado, Sofía —susurró de pronto. La furia se drenó de su cuerpo, dejándolo flácido, viejo—. Llevo diez años construyendo este dique para que la marea negra no inunde tu vida. Para que tú sigas creyendo que la ley sirve para algo. Y Darío lo ha roto todo en una noche.
Sus manos bajaron de mis brazos a mi cintura. No fue un abrazo. Fue una rendición.
Lo miré. Vi las líneas de expresión marcadas alrededor de sus ojos, la barba canosa, la cicatriz en la barbilla.
Vi al hombre que me había traído café a la morgue cada mañana durante tres años.
Al hombre que me había mentido. Al hombre que era el único en el mundo que entendía el peso de los muertos que yo cargaba.
No lo aparté.
Cuando me besó, no hubo dulzura. Fue un choque de dientes y labios, un beso con sabor a sal, a whisky y a sangre seca. Me empujó contra la pared de piedra fría de la chimenea. Sus manos buscaron el borde de mi camisa, arrancando los botones con una urgencia torpe, desesperada.
No era amor. Era supervivencia. Era dos náufragos aferrándose al mismo trozo de madera podrida en medio de una tormenta.
Me levantó en peso. Enredé las piernas en su cintura, sintiendo el roce áspero de su uniforme contra mis muslos. Me llevó hasta la cama estrecha del rincón, dejándome caer sobre las sábanas que olían a él, a tabaco y a soledad.
Se quitó la camisa manchada, revelando un torso marcado por cicatrices antiguas, algunas de bala, otras de navaja. Se arrodilló entre mis piernas. Sus manos, grandes y callosas, recorrieron mi cuerpo, mapeando cada curva, cada cicatriz, como si quisiera memorizarme antes de que el mundo se acabara.
Cuando entró en mí, el aire se me escapó de los pulmones en un suspiro ronco. No hubo preliminares suaves, solo la fricción cruda de la piel contra la piel, el sonido húmedo de nuestros cuerpos moviéndose al ritmo del viento que azotaba la cabaña.
Cerré los ojos. En la oscuridad de mis párpados, no vi a Juan. Vi a Darío cayendo. Vi a Elena sonriendo con ese tatuaje en la muñeca. Vi el símbolo geométrico grabado en la carne de un hombre muerto.
Pero el dolor físico, la fricción, el calor asfixiante de Juan sobre mí, anclaban mi mente. Cada embestida era un recordatorio de que yo estaba viva. De que mi corazón latía, de que mi sangre corría caliente por mis venas, a diferencia de la de los cadáveres que me esperaban en la morgue.
Juan me agarró de la cadera, sus dedos clavándose en mi piel, dejando moretones que durarían días. Marcas. Pruebas de que existía.
Grité su nombre cuando el orgasmo me golpeó, un sonido roto, animal, que se perdió entre el aullido del viento del norte. Él se dejó caer sobre mí, enterrando la cara en mi cuello, respirando con dificultad, su corazón martilleando contra mi pecho.
Nos quedamos allí, en la penumbra, sudorosos, temblando. El olor a sexo y a tabaco llenaba la habitación pequeña.
Juan rodó a un lado, apoyando la espalda en la cabecera de madera. Encendió un cigarrillo. El brillo rojo iluminó su perfil en la oscuridad.
—Costa no actuará mañana —dijo, exhalando el humo hacia el techo de vigas—. Esperará a que Darío despierte. O a que muera.
Me incorporé, apoyando la barbilla en mis rodillas. El frío de la habitación me golpeó la piel sudada.
—Entonces tenemos hasta entonces —dije, la voz rasposa—. Para encontrar las pruebas. Para hundirlo.
Juan me miró. Sus ojos estaban oscuros, ilegibles.
—Si vamos a por Costa, Sofía no habrá vuelta atrás. Ni para él. Ni para nosotros. La isla se quemará.
Miré por la ventana. La lluvia había vuelto a empezar, lavando los cristales, intentando borrar la suciedad del mundo.
—Que se sume —dije—. Yo ya estoy muerta por dentro desde que Elena desapareció. Solo me queda asegurarme de que ellos ardan conmigo.