Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Los faros del coche patrulla cortaron la niebla de Talamanca como cuchillas romas.

El motor se caló. La puerta del conductor se abrió y cerró con un golpe seco que el mar se tragó al instante.

Juan no encendió la luz interior. Se sentó a mi lado, trayendo consigo el olor a lana mojada, a tabaco negro y a esa fatiga crónica que se le había pegado a los huesos.

Durante un minuto, el único sonido fue el golpeteo irregular de la lluvia contra el techo del Skoda y el rumor sordo del Mediterráneo rompiendo contra los bloques de hormigón del espigón.

—Darío te lo ha contado —dijo. No era una pregunta. Su voz sonaba rasposa, como si hubiera estado tragando cristales.

—Me ha dicho que Elena se unió a ellos. Que el muerto era un traidor.

Que la isla necesita una poda. —Giré la cabeza para mirarlo.

La luz ámbar de una farola le cortaba el rostro por la mitad, dejando el otro lado en una sombra densa—.

Dime que está mintiendo, Juan. Dime que es la cocaína hablándole.

Juan apoyó la frente en el volante. Sus nudillos estaban blancos, la piel tirante. No me miró.

—Darío es un idiota con una placa y un complejo de Dios —murmuró—. Pero no miente sobre lo que ve. Lo que no te ha dicho es que él no es el que sostiene las tijeras de podar. Él solo barre las hojas.

—¿Y tú? ¿Tú qué haces, Juan? ¿Aguantar la escoba?

Soltó una risa seca, carente de humor. Se pasó una mano por la cara, arrastrando la barba de dos días.

—Yo hago que la isla no se queme, Sofía.

Tú crees que esto es un pueblo de pescadores con malas artes.

No lo es. Es una máquina de triturar dinero y escupir cadáveres.

Si dejamos que los cárteles de fuera, los rusos, los albanos, los que mueven la papeleta en los puertos deportivos, campen a sus anchas, Ibiza se convierte en Medellín.

La gente que vive aquí, los que no tienen yates, los que trabajan en los campos los devoran.

—¿Y la solución es un escuadrón de la muerte con tatuajes geométricos?

—La solución es el control —dijo, girándose por fin.

Sus ojos estaban inyectados en sangre, brillantes por la falta de sueño y algo más, algo que se parecía demasiado a la desesperación—.

Alguien tiene que poner orden. Y el Estado no puede.

La ley es un chiste para los tipos que mueven cien millones en negro.

Así que usamos sus propias reglas. Eliminamos a los que se salen del guion. Mantenemos el equilibrio.

—Elena no era un equilibrio. Era mi hermana.

El silencio que siguió fue más pesado que el aire húmedo del coche. Juan cerró los ojos. Cuando los abrió, la máscara del Cabo de la Guardia Civil había caído por completo, dejando al hombre roto que había debajo.

—Elena descubrió la contabilidad, Sofía. Iba a venderla a los federales. Iba a meter a medio consejo de administración en la cárcel y a dejar la isla en manos de los lobos. No tuve elección.

El frío me subió desde las botas hasta la garganta. El sabor a bilis me quemó la lengua.

—¿La mataste?

—No —dijo, y la convicción en su voz me heló más que la negación—. Yo no toco a civiles. Pero no pude protegerla de los que sí lo hacen. La perdí. Como te estoy perdiendo a ti ahora mismo.

Se inclinó hacia mí. Su mano rozó mi mejilla. Sus dedos estaban ásperos, fríos. No hubo ternura en el gesto, solo una necesidad cruda de anclaje, de verificar que yo seguía ahí, que seguía siendo de carne y hueso y no un fantasma más de esta isla.

—Vete a casa, Sofía. Deja el teléfono del muerto en una bolsa y olvídate de lo que hay dentro.

Me aparté de su mano. El contacto me dejó la piel erizada.

—El teléfono ya está en mi bolsillo. Y lo que hay dentro no me gusta.

Abrí la puerta del coche. La lluvia me golpeó la cara, fría y sucia. No miré atrás mientras caminaba hacia mi propio vehículo. El motor arrancó a la primera. En el retrovisor, vi la silueta de Juan en el Skoda, inmóvil, como una gárgola vigilando un cementerio.

La morgue a las ocho de la mañana olía a café rancio y a ozono. El técnico informático, un chico pálido con ojeras hasta la barbilla, me entregó una tablet.

—El móvil estaba jodido, doctora. La placa base estaba doblada. Pero he conseguido extraer la partición encriptada.

Dejé la tablet sobre la camilla de acero, junto al cadáver de Marcos Valera —así lo había identificado la Interpol tras cotejar sus huellas dactilares. No era un mantero. Era auditor forense para un fondo de inversión con sede en Ginebra.

La pantalla mostraba un chat de Signal. Los mensajes estaban borrados, pero el metadato de las ubicaciones GPS seguía intacto.

Valera no había estado en Pacha ni en los clubs de la marina.

Sus últimos tres días los había pasado en un radio de dos kilómetros alrededor de una finca abandonada en el interior, cerca de Sant Mateu.

Volví al cuerpo. La toxicología había terminado. El informe parpadeaba en el monitor.

—No fue solo el corte en la carótida —murmuré para mí misma, pasando el dedo por el papel impreso—. El corazón tenía signos de taquicardia extrema.

El asesino le había inyectado algo antes de degollarlo.

Un bloqueador neuromuscular. Aconitina concentrada, mezclada con un derivado sintético.

El veneno lo había paralizado, manteniéndolo consciente, sintiendo cómo le abrían el cuello, pero sin poder mover un músculo ni gritar. Una crueldad clínica.

Guardé el informe en mi bolso. Agarré la tablet. Salí de la morgue sin pasar por la cafetería. El pasillo del hospital estaba lleno de enfermeras que cambiaban de turno, el olor a desinfectante me taladraba las fosas nasales.

Conduje hacia el norte. La carretera serpenteaba entre pinos retorcidos y rocas rojas. La lluvia había amainado, dejando una niebla espesa que se aferraba al asfalto.

La finca de Sant Mateu no aparecía en los mapas oficiales. El acceso era un camino de tierra batida, lleno de baches que hicieron chirriar los amortiguadores de mi coche. Aparqué a cien metros, oculta tras un muro de piedra seca.

El lugar era una masía del siglo XVIII, con las ventanas tapiadas con tablones de palé. Pero de dentro salía el pulso sordo de un generador diésel y el bajo vibrando de la música electrónica. Un garito ilegal.

Me acerqué a pie, pegándome a la pared de piedra.

El olor a marihuana, a sudor y a fritanga barata salía por las rendijas de las puertas.

Había dos tipos en la entrada. No eran manteros.

Eran chicos jóvenes, de origen subsahariano, con chaquetas de chándal demasiado gruesas para el clima y ojos que no paraban de moverse.

Llevaban machetes ocultos bajo las chaquetas; se les notaba en la forma en que apoyaban el peso del cuerpo, en la tensión de los hombros.

Inmigración ilegal usada como carne de cañón para proteger la cocaína y las fiestas clandestinas.

Saqué mi placa, la guardé en el bolsillo interior de la chaqueta y caminé hacia ellos.

—Guardia Civil —dije, manteniendo la voz baja, plana—. Necesito hablar con el que lleva la caja.

El de la izquierda, un chico con una cicatriz blanca cruzándole la ceja, sonrió. Mostró unos dientes perfectos, demasiado perfectos para la vida que llevaba.

—Aquí no hay caja, señora. Solo música.

—Abre la puerta.

No lo hizo. Su mano se movió hacia la cintura.

No pensé. El instinto de siete años lidiando con cadáveres me hizo retroceder un paso, sacando la Sig Sauer de la funda sobaquera. El cañón apuntó directamente a la rodilla del chico.

—Si sacas eso, te vuelo la rótula y te dejo desangrarte en el barro. Abre.

El chico me miró. Vio mis ojos. Vio que no estaba faroleando. La puerta se abrió.

El interior era una nave diáfana, el suelo de tierra apisonada cubierto de colchones manchados y botellas rotas.

Cincuenta personas. Chicas con tacones de aguja bailando en jaulas de metal, turistas despistados buscando la siguiente raya, y los verdaderos dueños del lugar: hombres con camisetas de marca y miradas de tiburón, sentados en sofás de cuero traídos quién sabe cómo hasta aquel agujero.

En el centro, junto a una mesa con montañas de billetes de cincuenta, estaba Darío.

No llevaba el uniforme. Llevaba vaqueros, una camiseta negra y una cadena de oro gruesa. Estaba discutiendo con un tipo calvo, de cuello grueso, que tenía un tatuaje de un escorpión en la nuca.

Me vio. Su rostro palideció.

—¡Sofía! —gritó Darío, apartándose de la mesa—. ¡¿Qué cojones haces aquí?!

El tipo del escorpión se giró. Sacó una pistola de debajo de la mesa.

El caos estalló sin previo aviso. No hubo gritos de aviso, solo el estruendo ensordecedor de un disparo que astilló el marco de la puerta a mi lado. Me tiré al suelo, rodando tras un sofá de cuero. Los clientes empezaron a gritar, pisoteándose para salir.

—¡Al suelo, todos al suelo! —rugió una voz detrás de mí.

Juan.

Apareció por la puerta trasera, seguido de tres guardias civiles del GAR. El destello de los flashes de los cañones iluminó la nave en ráfagas estroboscópicas. El olor a pólvora se mezcló con el de la sangre y el vómito.

El tipo del escorpión disparó de nuevo. Juan se movió con una eficiencia letal, dos disparos secos. El hombre cayó sobre la mesa, aplastando las montañas de billetes.

Pero el garito era un polvorín. Los chicos de la puerta, los inmigrantes armados con machetes, entraron en pánico al ver a la Benemérita. Uno de ellos, un chaval que no tendría más de diecisiete años, se abalanzó sobre uno de los guardias con el machete en alto.

—¡No dispares! —grité.

Fue inútil. El guardia disparó. El chico cayó, el machete resbalando de su mano, la sangre manchando la tierra apisonada.

Darío estaba en el suelo, cubriéndose la cabeza con los brazos. Me arrastré hasta él. Lo agarré por el cuello de la camiseta y lo levanté a medias.

—¡Valera! —le grité, sacudiéndolo—. ¡El auditor! ¿Quién lo trajo aquí?

Darío me miró. Tenía los ojos desorbitados, la nariz sangrando.

—No sé de qué hablas, Sofía. Juro que no sé...