CAPÍTULO 2
La lluvia empezó a caer cuando salí del hospital.
No era la lluvia suave de otoño, sino un aguacero torrencial que golpeaba el asfalto con furia, levantando nubes de vapor que olían a aceite quemado y basura mojada.
El limpiaparabrisas de mi coche luchaba contra el diluvio, moviéndose con un ritmo hipnótico que no lograba despejar la cortina de agua.
Conduje sin rumbo fijo. Las calles de Ibiza Town estaban vacías a esa hora, los comercios cerrados, las persianas bajadas. Solo los bares de la zona portuaria mantenían sus puertas entreabiertas, dejando escapar el ruido de las máquinas tragaperras y el olor a cerveza rancia.
Mi mente daba vueltas al tatuaje. Las líneas entrelazadas, el patrón geométrico.
Lo había visto en las fotos de mi hermana Elena.
Lo había visto en los archivos que robé de la comisaría hace tres años.
Lo había visto en mis sueños, una y otra vez, hasta que las líneas se grabaron en mi retina como una cicatriz.
¿Qué hacía ese símbolo en el costado de un hombre muerto? ¿Qué conexión tenía con Elena? ¿Y por qué Juan me había pedido que lo olvidara?
Giré hacia el puerto viejo. Los yates de lujo se mecían en sus amarres, golpeando los neumáticos con un sonido sordo, rítmico. Las luces de los bares se reflejaban en el agua negra, creando manchas de color que se deshacían con cada ola.
Aparqué frente a un local llamado "El Sótano". La entrada estaba oculta tras una puerta de metal oxidado, sin letrero, sin ventanas. Solo un intercomunicador con un botón que no funcionaba. Llamé tres veces, haciendo una pausa entre cada golpe.
La puerta se abrió con un chirrido. El calor me golpeó la cara, denso, húmedo, cargado de olor a sudor, tabaco y perfume barato. El bajo de la música electrónica vibraba en el suelo, subiendo por mis piernas, instalándose en mi pecho.
El local estaba lleno. Cuerpos apiñados, moviéndose al ritmo de los bajos, sudor brillando bajo las luces estroboscópicas. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, turistas y locales, todos mezclados en una masa informe que se agitaba como un organismo vivo.
Busqué a Darío con la mirada. Lo encontré en una esquina, junto a la barra, hablando con un tipo de pelo largo y camiseta de tirantes.
Darío llevaba la camisa desabotonada hasta el pecho, el pelo húmedo de sudor o de lluvia, no estaba segura.
Su postura era relajada, pero sus ojos escaneaban la habitación con la tensión de un depredador.
Me abrí paso entre la multitud. Los cuerpos se pegaban al mío, hombros contra pechos, caderas contra caderas. El olor a alcohol y drogas era asfixiante. Alguien me derramó cerveza en el brazo. No me molesté en limpiarla.
Llegué a la barra. Darío me vio y su expresión cambió. La relajación desapareció, reemplazada por algo que podía ser alarma o irritación.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, inclinándose hacia mí para que pudiera oírlo sobre la música.
—Buscarte —respondí.
—No estoy de servicio.
—Lo sé.
El tipo de pelo largo nos miró. Ojos inyectados en sangre, pupilas dilatadas. Sonrió, mostrando dientes manchados de nicotina.
—¿Tu hermana? —preguntó Darío.
—Forense —corregí.
El tipo se encogió de hombros y se giró hacia la barra. Pidió dos chupitos de algo que olía a gasolina.
Darío me agarró del brazo y me arrastró hacia el fondo del local, donde un pasillo estrecho llevaba a los baños. La música se amortiguó un poco, pero el bajo seguía vibrando en las paredes, en el suelo, en mis huesos.
Empujó la puerta de los baños de mujeres. Estaba vacío. El olor a lejía y marihuana me recibió. Me miró en el espejo, evitando mis ojos.
—No deberías estar aquí, Sofía.
—Tú tampoco.
—Estoy trabajando.
—¿Trabajando? ¿En un garito de mierda a las dos de la mañana?
Se giró hacia mí. Su rostro estaba tenso, la mandíbula apretada.
—Estoy siguiendo una pista.
—¿Sobre qué?
—Sobre el muerto de Cala d'Hort.
—¿Y qué tiene que ver este lugar con él?
Darío no respondió. Se pasó la mano por el pelo, un gesto nervioso que hacía desde que éramos niños.
—Escucha, Sofía —dijo, bajando la voz—. Hay cosas que no entiendes. Cosas que no puedes entender. Déjalo. Vete a casa. Olvida el tatuaje. Olvida a Elena.
—No puedo.
—Tienes que poder. —Se acercó, invadiendo mi espacio. Olía a sudor, a alcohol, a algo metálico que no identifiqué—. Porque si sigues tirando de este hilo, vas a descubrir que Elena no era quien creías. Y eso va a destruirte.
—¿Qué sabes tú de Elena?
Su expresión cambió. Por un segundo, vi algo en sus ojos. Dolor. Culpa. Miedo.
—Sé que no desapareció —dijo—. Sé que se fue. Por voluntad propia.
—Mientes.
—¿Ah, sí? —Se inclinó hacia mí, su aliento caliente en mi cara—. Entonces, ¿por qué tiene el mismo tatuaje que el muerto? ¿Por qué llevaba ese símbolo en la muñeca? ¿Por qué nadie la ha visto en tres años?
Me quedé sin palabras. La música vibraba en las paredes, en mi pecho, en mi cabeza.
—¿Cómo sabes lo del tatuaje? —pregunté.
—Porque yo también lo tengo.
Se levantó la camisa, mostrando el costado derecho. Allí, justo encima de la cadera, el mismo símbolo. Líneas entrelazadas, patrón geométrico.
—¿Cuándo te lo hiciste? —pregunté, la voz apenas un susurro.
—Hace un año.
—¿Y Elena?
—Elena me lo presentó. A ella y a un grupo de personas. Personas que creen que la isla necesita ser limpiada. Personas que están dispuestas a hacer lo que sea necesario.
—¿Qué tipo de personas?
—Personas con dinero. Con poder. Personas que controlan esta isla desde las sombras.
—¿Y qué hacen?
Darío sonrió. No era una sonrisa alegre. Era amarga, cansada.
—Hacen lo que sea necesario para mantener el orden. Para proteger lo que es nuestro. Para eliminar a los que amenazan el equilibrio.
—¿Como el muerto de Cala d'Hort?
—El muerto de Cala d'Hort era un traidor. Robó dinero. Iba a hablar. Tenía que desaparecer.
—¿Y tú lo mataste?
—No. Pero sé quién lo hizo. Y sé por qué.
—¿Por qué?
—Porque iba a exponer todo. A la prensa. A la policía. A todo el mundo. Iba a destruir la isla.
—¿Y tú estás de acuerdo con eso? ¿Con matar gente?
—No estoy de acuerdo. Pero entiendo por qué se hizo. A veces, el bien mayor requiere sacrificios.
—Eso es una puta mierda, Darío.
—¿Ah, sí? —Se acercó más, su rostro a centímetros del mío—. Entonces, ¿qué propones? ¿Que dejemos que la isla se pudra? ¿Que los manteros, los okupas, los traficantes, los inmigrantes ilegales se apoderen de todo? ¿Que Ibiza se convierta en un vertedero?
—No. Pero esto no es la solución.
—¿Y cuál es? ¿Hablar? ¿Pedir por favor? ¿Esperar a que el sistema funcione? El sistema está roto, Sofía. Siempre lo ha estado. Y la única forma de arreglarlo es desde fuera. Desde las sombras.
Lo miré. Mi hermano pequeño, el que me seguía a todas partes cuando éramos niños, el que lloraba cuando se caía de la bici, el que me prometía que siempre me protegería. Ahora era un extraño. Un hombre con los ojos duros, la mandíbula apretada, las manos temblorosas.
—¿Elena sabe esto? —pregunté.
—Elena es parte de esto.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que ella no desapareció. Ella se unió a ellos. Ella eligió este camino.
—No es verdad.
—¿Ah, no? Entonces, ¿por qué no ha vuelto? ¿Por qué no ha llamado? ¿Por qué no ha dado señales de vida en tres años?
No respondí. Porque no tenía respuesta. Porque esas mismas preguntas me habían mantenido despierta durante mil noches.
Darío me miró. Sus ojos estaban húmedos, pero su voz era firme.
—Déjalo, Sofía. Por favor. Por tu bien. Por el mío. Por el de Elena.
—No puedo.
—Tienes que poder.
—No.
Se quedó en silencio. La música vibraba en las paredes. Alguien golpeó la puerta del baño, pidiendo entrar. Darío no se movió.
—Entonces, estás sola —dijo—. Y si estás sola, no puedo protegerte.
—Nunca te pedí que me protegieras.
—No. Pero lo voy a hacer de todos modos. Porque te quiero. Porque eres mi hermana. Y porque sé lo que son capaces de hacer si se sienten amenazados.
Se giró y abrió la puerta. El ruido de la música inundó el baño, ahogando el silencio.
—Vete a casa, Sofía. Y reza para que no descubran que estás investigando.
Salió. Me dejó sola en el baño, con el olor a lejía y marihuana, con el bajo vibrando en mis huesos, con la verdad aplastándome como una losa de piedra.
Elena no había desaparecido. Elena se había unido a ellos. Elena era parte de esto.
Y yo tenía que decidir qué hacer con esa información.
Salí del baño. El pasillo estaba lleno de gente, cuerpos sudorosos, ojos brillantes, risas ahogadas por la música. Me abrí paso hacia la salida, empujando, esquivando, luchando por respirar.
Cuando salí a la calle, la lluvia había parado. El aire olía a sal y a asfalto mojado. Las luces de los bares se reflejaban en los charcos, creando manchas de color que se deshacían con cada paso.
Subí al coche. Las manos me temblaban en el volante. No sabía a dónde ir. No sabía qué hacer. Solo sabía que no podía volver a casa. No todavía. No hasta que pudiera mirar al espejo sin ver la cara de mi hermana.
Conduje sin rumbo. Las calles estaban vacías, los comercios cerrados, las persianas bajadas. Solo los bares de la zona portuaria mantenían sus puertas entreabiertas, dejando escapar el ruido de las máquinas tragaperras y el olor a cerveza rancia.
Aparqué frente a la playa de Talamanca. El mar estaba en calma, las olas lamiendo la arena con un sonido suave, rítmico. Las luces de los hoteles se reflejaban en el agua, creando un camino de oro que llevaba al horizonte.
Me bajé del coche. El aire olía a sal y a posidonia. La arena estaba fría bajo mis botas. Caminé hasta la orilla, dejando que las olas me mojaran los pies.
Saqué el móvil. Llamé a Juan.
—¿Sofía? —Su voz estaba dormida, pero se despejó al reconocer mi número—. ¿Qué pasa?
—Necesito verte.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Dónde?
—En la playa de Talamanca.
—Voy para allá.
Colgué. Me quedé mirando el mar, las olas lamiendo la arena, las luces de los hoteles reflejándose en el agua.
Elena no había desaparecido. Elena se había unido a ellos. Elena era parte de esto. Pero yo iba a descubrir hasta dónde llegaba todo esto. Aunque me costara la vida.