Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 1
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Ibiza bajo la piel

Ibiza bajo la piel

Por Juan Vicente Moreno

© inepub.com

CAPÍTULO 1

El fango de Cala d'Hort se aferraba a mis botas de goma con un sonido de succión obsceno, como si la tierra misma quisiera retenerme.

El olor a posidonia podrida se mezclaba con el cobre de la sangre y el diésel de los arrastreros que faenaban a lo lejos, creando una pasta espesa que se pegaba al paladar.

Me llevé el dorso de la mano a la frente, cuidando de no mancharme la cara con el yodo.

El viento de levante azotaba los acantilados, helado, cortante, levantando granos de arena que se clavaban en la piel como agujas de vidrio.

Bajo la luz grisácea de las seis de la mañana, el cadáver parecía una pieza de marfil abandonada en la orilla.

Estaba boca arriba, los brazos extendidos en un ángulo antinatural, como si hubiera intentado abrazar el mar antes de morir.

La espuma de las olas lamía sus dedos, acariciándolo con una ternura que contrastaba con la violencia de su final.

Me arrodillé. El chándal de neopreno me apretaba en las axilas, el sudor frío me pegaba la ropa interior a la piel.

Bajo el borde azul de mis guantes de nitrilo, mis uñas, pintadas la semana pasada de un rojo carmín, contrastaban con la palidez mortecina de la víctima.

Pasé los dedos enguantados por su mandíbula.

La piel tenía la textura de la cera fría, esa rigidez que solo llega después de horas sin vida.

—Otro mantero —dijo Darío.

Su voz rasgó el silencio, cargada de una prisa que no encajaba.

Estaba a tres metros de mí, fumando. El brillo del cigarrillo era lo único cálido en aquel paisaje de pizarra y salitre.

Olía a Estrella Damm rancia y a sudor agrio.

Darío siempre olía a ansiedad, a esa necesidad de moverse, de hacer algo, de no quedarse quieto el tiempo suficiente para pensar.

No levanté la vista. Separé los labios del muerto con dos dedos. Las encías estaban azuladas, los dientes ligeramente separados, como si hubiera muerto con una palabra en la punta de la lengua.

—Míralo bien, Darío —dije, manteniendo el tono plano, clínico—. Los manteros no llevan un reloj de cuarenta mil euros en la muñeca izquierda. Ni tienen los callos de un oficinista en las yemas de los dedos.

Darío dio una calada profunda. El humo se estancó entre nosotros, denso, picante. El cigarrillo le temblaba en la mano.

—A lo mejor se lo robó a un turista. Ya sabes cómo funciona esto antes de que empiece la temporada. Los okupas de la finca de Sant Josep se ponen nerviosos. Los manteros se vuelven codiciosos. Alguien cruza la línea.

—A lo mejor —murmuré. Deslicé la mano hacia el cuello.

El corte era limpio. Demasiado limpio. No había bordes irregulares, no había titubeos, no había esa vacilación que delata a un asesino improvisado.

La hoja había seccionado la carótida con la precisión de un cirujano que conoce la anatomía de memoria.

La sangre había empapado la arena negra, creando un halo oscuro que las gaviotas ya empezaban a picotear, atraídas por el hierro.

Escuché los pasos pesados detrás de mí. El crujido de la grava bajo las botas reglamentarias. Juan.

El Cabo Santos se detuvo a mi lado. No miró el cuerpo de inmediato; me miró a mí.

Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño, buscaron alguna grieta en mi máscara de indiferencia.

Olía a lana húmeda y a menta fuerte, el chicle que masticaba para no dormir.

Juan cargaba con el peso de la isla en los hombros, y se le notaba en la curvatura de su espalda, en la tensión de la mandíbula, en la forma en que apretaba los puños cuando creía que nadie lo miraba.

—¿Causa? —preguntó Juan. Su voz era un tronar bajo, apagado por el viento.

—Desangramiento —respondí, señalando la herida con la pinza—.

Pero fíjate en la trayectoria. El ángulo de entrada es de arriba a abajo, de izquierda a derecha.

El asesino es diestro, mide al menos un metro ochenta y conoce el cuello humano.

Un vendedor ambulante asustado que forcejea en la arena no hace este tipo de corte. Esto es una ejecución.

Darío apagó el cigarrillo pisoteando la arena. El gesto fue brusco, innecesario.

—La prensa ya tiene el soplo, Sofía. El delegado quiere cerrar esto hoy. Un robo que se fue de las manos. Los turistas empiezan a llegar la semana que viene. No podemos tener pánico.

—La prensa puede escribir lo que le dé la gana, Darío.

Pero la carne no miente. —Me puse de pie, las rodillas crujiendo.

Me quité el guante derecho, el sudor me había vuelto las manos pringosas.

El aire frío me golpeó los dedos húmedos.

Miré a Darío directamente a los ojos. Él desvió la mirada hacia el mar, hacia las olas grises que rompían con un ritmo monótono, hipnótico—.

¿Por qué tanta prisa por cerrar un caso que ni siquiera has abierto?

Darío apretó los puños. Los nudillos se le pusieron blancos. Por un segundo, el miedo cruzó su rostro, crudo y vulnerable, antes de que la máscara de chulería volviera a encajar en su sitio.

—Porque si no lo cerramos hoy, mañana aparecerá otro —dijo, escupiendo las palabras en la arena—. Y la isla se nos va a ir de las manos.

Juan puso una mano pesada en el hombro de su hermano. No fue un gesto de afecto, sino de contención.

—Recógelos, Sofía —dijo Juan, sin mirarme, con la vista fija en el horizonte donde la silueta de Es Vedrà emergía como un diente negro y podrido—. Llévatelos a la morgue. Yo me encargo de la prensa.

Asentí. Volví a arrodillarme junto al muerto. El viento aulló, levantando un velo de sal que me quemó los ojos. Mientras metía el cuerpo en la bolsa negra y sellaba la cremallera, ahogando el silencio de la cala, supe que Darío no tenía miedo de que la isla se les fuera de las manos.

Tenía miedo de que yo descubriera quién la estaba sujetando.

La morgue del Hospital Can Misses olía a formol, a lejía y a café quemado.

El zumbido de los fluorescentes se mezclaba con el rumor de los equipos de refrigeración, creando una sinfonía mecánica que me acompañaba desde hacía siete años.

Siete años desde que volví de Barcelona, desde que dejé atrás la ciudad y sus luces, desde que acepté que Ibiza no era solo fiestas y drogas, sino también silencio y secretos.

Deslicé el cuerpo sobre la camilla de acero inoxidable. El metal frío absorbió el calor residual de la bolsa. Encendí las luces quirúrgicas. El haz blanco iluminó la escena, revelando detalles que la luz natural había ocultado.

Me puse una bata limpia, guantes nuevos, mascarilla. El ritual era sagrado. Cada gesto, calculado. Cada movimiento, preciso.

Comencé por el rostro. Rasgos europeos, piel bronceada pero no quemada, cabello castaño corto, bien cuidado. Las manos confirmaban lo que había sospechado: uñas limpias, cutículas cuidadas, callos en las yemas de los dedos índice y medio de la mano derecha. Escribía mucho. O tecleaba.

Desvestí el cadáver con cuidado. El chándal era de marca, caro. La camiseta interior, de algodón egipcio. La ropa interior, Calvin Klein. Todo nuevo, todo caro. Esto no era un mantero. Esto era alguien que quería parecer un mantero.

Corté la ropa con tijeras quirúrgicas, evitando dañar el cuerpo. Bajo la camiseta, encontré el primer indicio: un tatuaje en el costado derecho. Un símbolo geométrico, líneas entrelazadas formando un patrón complejo. Lo reconocí de inmediato.

El corazón me dio un vuelco.

Era el mismo símbolo que mi hermana llevaba tatuado en la muñeca la noche que desapareció.

Cerré los ojos. Respiré hondo. El olor a formol me llenó los pulmones, anclándome al presente. No podía permitirme el lujo de las emociones. No aquí. No ahora.

Continué la inspección. En la muñeca izquierda, el reloj.

Un Patek Philippe Nautilus, referencia 5711.

Esfera azul, correa de acero. Valor estimado: ochenta mil euros.

En el bolsillo del chándal, encontré un teléfono móvil.

La pantalla estaba rota, pero el dispositivo aún funcionaba. Lo guardé en una bolsa de evidencias.

Procedí a la autopsia.

La Y incisión fue limpia. El bisturí se deslizó por la piel con la facilidad de un cuchillo caliente sobre mantequilla.

Separé los colgajos, exponiendo la cavidad torácica.

Los órganos estaban en su sitio, sin signos de enfermedad.

El corazón era fuerte, los pulmones limpios.

Este hombre no fumaba, no bebía en exceso, se cuidaba.

Examiné la herida del cuello más de cerca.

El corte había seccionado la carótida izquierda, pero también había dañado la tráquea.

La precisión era quirúrgica. El asesino sabía exactamente dónde cortar para causar la muerte rápida, pero también sabía cómo hacerlo para que pareciera un trabajo amateur.

Tomé muestras de sangre, orina, contenido estomacal. El análisis toxicológico revelaría si había drogas o venenos en su sistema. Pero algo me decía que no encontraría nada. Este hombre había muerto sobrio.

Mientras cosía la incisión, mi mente daba vueltas al tatuaje. El símbolo. Lo había visto en las fotos de la desaparición de mi hermana. Lo había visto en los archivos policiales. Lo había visto en las pesadillas que me despertaban sudada a las tres de la mañana.

¿Quién era este hombre? ¿Qué conexión tenía con mi hermana? ¿Y por qué Darío quería cerrar el caso tan rápido?

Terminé la autopsia. Eran las once de la mañana. El sol ya había salido, y la luz se filtraba por las ventanas de la morgue, creando reflejos en el acero. Me quité la bata, los guantes, la mascarilla. El aire frío me golpeó la cara sudada.

Salí de la morgue. El pasillo estaba vacío. Mis tacones resonaban en el suelo de linóleo, un eco metálico que me seguía como un fantasma.

En la cafetería, Juan me esperaba. Dos cafés sobre la mesa. El suyo, negro. El mío, con leche. Sabía lo que me gustaba.

—¿Qué encontraste? —preguntó sin preámbulos.

Me senté. El café estaba caliente, el vapor me acarició la cara.

—No es un mantero —dije—. Es alguien importante. Alguien con dinero, con contactos. Y tiene un tatuaje.

Juan se tensó. Su mano se cerró alrededor de la taza.

—¿Qué tipo de tatuaje?

—Un símbolo geométrico. Líneas entrelazadas.

Juan cerró los ojos. Respiró hondo. Cuando los abrió, su mirada era diferente. Más dura. Más cansada.

—Sofía —dijo, bajando la voz—. Olvida el tatuaje. Olvida todo. Cierra el caso. Di que fue un robo. Di que fue un mantero. Di lo que quieras. Pero olvídate de esto.

—¿Por qué? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Porque si sigues tirando de este hilo, vas a descubrir cosas que no quieres saber. Cosas que yo no puedo protegerte.

—¿Qué cosas, Juan?

Me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. Miedo.

—Cosas sobre tu hermana —dijo—. Cosas sobre Darío. Cosas sobre mí.

El café se me hizo un nudo en el estómago.

—¿Qué sabes tú sobre mi hermana?

Juan no respondió. Se puso de pie, dejó un billete de veinte euros sobre la mesa y se fue.

Me quedé sola en la cafetería. El café se enfriaba. El sol entraba por la ventana, cegador. Y supe que la isla que creía conocer, la isla que había aceptado como mi hogar, era solo una fachada.

Debajo, en las sombras, algo podrido esperaba.

Yo iba a encontrarlo.