Ibiza bajo la piel CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Juan murió tres veces aquella noche. O al menos eso me pareció mientras la lluvia golpeaba el tejado de uralita y el viento aullaba entre los pinos como un animal herido.

La primera vez fue al amanecer, cuando la fiebre le subió a cuarenta grados y empezó a delirar, llamando a su madre en voz baja, pidiéndole perdón por cosas que yo no conocía.

La segunda, al mediodía, cuando la herida volvió a abrirse y la sangre empezó a manchar el sofá de cuero rajado, formando un charco oscuro que se extendía bajo sus pies descalzos.

La tercera, al anochecer, cuando dejó de respirar.

Elena le hizo la reanimación con las manos temblorosas, apretando su pecho huesudo, gritándole que no se atreviera a morir, que no se atreviera a dejarla sola otra vez.

Darío le sujetó los brazos, inmovilizándolo, mientras yo le inyectaba la última dosis de adrenalina que quedaba en el botiquín de Marc.

Juan tosió, escupiendo sangre y bilis, y volvió a respirar. Un jadeo ronco, superficial, que me sonó a milagro y a maldición al mismo tiempo.

—No te mueras, Cabrón —siseó Elena, golpeándole el pecho con el puño cerrado—. No te atrevas a morir ahora. No después de todo.

Juan abrió los ojos. Me miró. Sus iris, normalmente oscuros, estaban grisáceos, lavados por la pérdida de sangre y la fiebre. Sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que no le llegó a los ojos.

—Dile a Darío —murmuró, la voz un hilo de papel mojado—, que el dinero de la pensión está en una caja de zapatos, debajo de la cama de su habitación. Que no se lo gaste todo en putas.

Darío soltó una risa seca, cargada de lágrimas que no derramó.

—Cállate, Juan. Descansa.

—No puedo descansar —replicó Juan, cerrando los ojos—. Todavía no he terminado de pagar.

No pregunté qué quería decir con eso. No importaba. En Ibiza, todos pagamos. Unos con la vida, otros con la conciencia, otros con el silencio.

Llegaron al anochecer del segundo día. No eran los rusos de Moscú que Elena esperaba.

Eran cuatro hombres de traje oscuro, con caras de burócratas cansados y maletines de cuero negro.

Subieron por el camino de tierra en dos coches negros, sin sirenas, sin luces, deteniéndose frente a la casa con una discreción que me heló la sangre.

Darío salió a recibirlos, la pistola en la mano, el vendaje del costado empapado de nuevo. Yo me quedé dentro, con Juan y Elena, vigilando por la ventana tapiada.

—Soy el coronel Volkov —dijo el hombre que iba delante, un tipo de unos cincuenta años, con el cabello canoso y una cicatriz en la mejilla—. De la Dirección Principal de Inteligencia. Hemos venido a recoger lo que es nuestro.

—¿Qué es vuestro? —preguntó Darío, la voz tensa.

—Los hombres que han operado en esta isla sin autorización —respondió Volkov, con un acento del este apenas perceptible—. Los que han manchado el nombre de nuestro país. Los que han matado a civiles inocentes. Los que han convertido Ibiza en un vertedero.

—¿Y qué vais a hacer con ellos? —insistió Darío.

Volkov sonrió. Una sonrisa torcida, triste, que no le llegó a los ojos.

—Lo que se hace con la basura, Cabo Santos. Se limpia.

Darío bajó la pistola. Los dejó entrar.

Volkov se arrodilló junto a Juan, examinándolo con ojos clínicos, desprovistos de cualquier emoción. Luego miró a Elena.

—Usted es la hermana de Marcos Valera —dijo, no como una pregunta, sino como una constatación.

Elena asintió, un gesto mínimo.

—Soy Elena Vance —respondió, la voz firme—. Y Valera era mi amante. No mi hermano.

Volkov arqueó una ceja. Sacó una carpeta del maletín, la abrió, pasó las páginas.

—Tenemos información contradictoria, señorita Vance. Según nuestros archivos, usted es la hermana de Sofía Vance, la forense. Y Marcos Valera era un contable que intentó traicionarnos.

—Valera no nos traicionó —replicó Elena, la voz cargada de una rabia que no intentaba ocultar—. Valera intentó sacar la mierda a la luz. Y ustedes lo mataron.

Volkov cerró la carpeta. Se puso de pie, mirándonos a todos, uno por uno.

—Valera era un ladrón —murmuró, la voz baja, cargada de una resignación que le encorvaba los hombros—. Robó dinero de nuestros socios. Intentó venderlo a los americanos. Y pagó por ello. Como pagarán todos los que intenten robarnos.

—Nosotros no les hemos robado nada —expulsé, dando un paso al frente, la pistola en la mano—. Solo hemos querido que paguen por sus crímenes.

Volkov me miró. Sus ojos estaban fríos, calculadores, evaluándome.

—Doctora Vance —dijo, la voz plana, carente de emoción—.

Usted es forense. Sabe tan bien como yo que los crímenes no se pagan.

Se olvidan. Se archivan. Se entierran. Y luego, cuando la tierra se mueve, cuando los cadáveres empiezan a oler, cuando los secretos amenazan con salir a la luz, entonces se queman.

Como vamos a hacer nosotros con esta puta isla.

Sacó un sobre del maletín. Lo dejó sobre la mesa.

—Aquí hay dos millones de euros —murmuró, la voz baja—. En efectivo. Sin rastreo. Es para ustedes. Para que se vayan. Para que olviden. Para que no vuelvan a pisar Ibiza en sus vidas.

—¿Y si no aceptamos? —preguntó Darío, la voz cargada de una rabia que le crispaba el rostro.

Volkov sonrió. La misma sonrisa torcida, triste, que no le llegó a los ojos.

—Entonces los mataremos a todos. A usted, a su hermano, a la forense, a la hermana.

Y luego mataremos a Juan Santos, en el hospital, mientras duerme.

Y luego mataremos a Lucía, en el Mercado Viejo.

Y luego mataremos a Marc, en su barco. Y luego mataremos a todos los que saben la verdad.

Y luego olvidaremos que alguna vez existieron.

El silencio que siguió fue denso, asfixiante. Solo se escuchaba el golpeteo de la lluvia en el tejado y la respiración entrecortada de Juan.

Elena se acercó a la mesa. Cogió el sobre. Lo abrió, contando los billetes con dedos expertas. Luego, lo tiró al suelo.

—No aceptamos su puta sangre —dijo, la voz firme, cargada de una convicción que me heló la sangre—. No aceptamos su dinero. No aceptamos su silencio. Y no vamos a irnos.

Volkov me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no había visto antes. No era miedo. No era culpa. Era respeto. El respeto de un hombre que acaba de descubrir que la mujer que creía una víctima era, en realidad, una guerrera.

—Entonces moriremos todos —musitó, la voz baja, cargada de una resignación que le encorvaba los hombros—. Porque no vamos a dejar que esta mierda salga a la luz. No vamos a dejar que los nombres se publiquen. No vamos a dejar que la verdad destruya lo que hemos construido.

—Ya es demasiado tarde —replicó Elena, la voz firme—. Lucía ya ha publicado los nombres. Ya están en internet. Ya están en los periódicos. Ya están en todas partes. Y no van a poder borrarlos.

Volkov cerró los ojos. Un gesto de dolor que le crispó el rostro. Cuando los abrió, la máscara de burócrata había caído, dejando al hombre roto que había debajo.

—Entonces hemos fracasado —murmuró, la voz quebrada—. Hemos fracasado en limpiar esta isla. Hemos fracasado en proteger a los nuestros. Hemos fracasado en todo.

Se giró hacia sus hombres. Hizo un gesto con la cabeza. Ellos asintieron, sacando sus pistolas.

—Matadlos a todos —ordenó Volkov, la voz plana, carente de emoción—. Y luego quemad la casa. Y luego volved a Moscú. Y decid que hemos fracasado. Que Ibiza se vaya al carajo.

Darío fue más rápido. Sacó la pistola, disparó dos veces. El primer hombre cayó, la bala impactándole en el pecho, levantándolo del suelo y lanzándolo hacia atrás. El segundo hombre disparó, la bala rozando el hombro de Darío, arrancándole un grito ahogado.

Yo disparé tres veces. El segundo hombre cayó, la sangre empapando su traje oscuro. El tercer hombre disparó, la bala impactando en la pared, a centímetros de mi cabeza.

Volkov sacó su pistola. Apuntó a Elena.

Pero antes de que pudiera disparar, Juan se incorporó. Con un esfuerzo sobrehumano, con la última fuerza que le quedaba, agarró la pistola que Darío había dejado caer. Apuntó a Volkov. Disparó.

La bala impactó en el pecho de Volkov. El coronel cayó de rodillas, la sangre manando entre sus dedos, empapando su traje caro. Miró a Juan, los ojos llenos de sorpresa, de incredulidad, de respeto.

—Buen disparo, Cabo —murmuró, la voz un hilo ronco—. Buen disparo.

Cayó de lado, muerto.

El silencio que siguió fue absoluto. Solo se escuchaba el golpeteo de la lluvia en el tejado y la respiración entrecortada de Juan.

Me acerqué a él. Estaba pálido, sudoroso, la mano apretada en la pistola. Lo abracé. Su cuerpo estaba helado, empapado, oliendo a pólvora y a sangre. Pero estaba vivo. Estaba aquí. Estaba respirando.

—Idiota —susurré, las lágrimas mezclándose con la lluvia en mi rostro—. Pensé que estabas muerto.

—Casi —replicó él, devolviéndome el abrazo, apretándome con una fuerza que me dejó marcas en la piel—. Pero todavía no.

Enterramos a los rusos en el bosque, detrás de la casa. Cuatro tumbas poco profundas, cubiertas de tierra y agujas de pino. No pusimos cruces. No pusimos nombres. Solo dejamos que la lluvia los borrara, que el tiempo los olvidara, que la isla los devorara.

Juan sobrevivió. La fiebre bajó al tercer día.

La herida dejó de supurar. Los antibióticos que Marc había guardado hicieron su trabajo, la infección retrocediendo, la piel cerrándose, cicatrizando.

Pero Juan no era el mismo. Sus ojos estaban más hundidos, más oscuros, más cansados.

Hablaba menos. Sonreía menos. Como si la verdad que habíamos descubierto, la verdad sobre la isla, sobre sí mismo, sobre nosotros, le hubiera robado algo que no podía recuperar.

Elena decidió quedarse. Dijo que quería limpiar la isla.

Que quería asegurarse de que los nombres que Lucía había publicado no se olvidaran.

Que quería construir algo nuevo, algo mejor, algo que no estuviera construido sobre los cadáveres de los demás.

Yo no intenté convencerla de lo contrario.

Sabía que era una batalla perdida. Sabía que la isla la devoraría, como nos había devorado a todos.

Darío volvió a la Guardia Civil. Dijo que quería limpiar el cuerpo desde dentro.

Que quería asegurarse de que no hubiera más Martínez, más Costa, más rusos operando en la sombra.

Yo no intenté convencerlo de lo contrario.

Sabía que era una batalla perdida. Sabía que el cuerpo lo devoraría, como nos había devorado a todos.

Marc desapareció. Una mañana, su barco ya no estaba en la cala. Sus huellas en la arena habían sido borradas por la marea. No dejó nota. No dejó mensaje. Solo dejó una botella de whisky en la mesa de la casa, con una nota manuscrita: "Para cuando necesiten olvidar".

Yo volví a la morgue.

El Hospital Can Misses había sido reconstruido. La morgue estaba nueva, limpia, con azulejos blancos y acero inoxidable reluciente. Los compresores de las cámaras frigoríficas zumbaban con un ritmo constante, hipnótico. El olor a formol y a lejía me recibió como un viejo amigo.

Me puse la bata, los guantes, la mascarilla. El ritual. La armadura. Mientras tuviera los guantes puestos, era la doctora. No la hermana en duelo. No la cómplice de un motín. No la asesina que había gaseado a tres hombres en su propia sala de autopsias.

El cadáver de la camilla era un hombre de unos cincuenta años, con el rostro hinchado por la descomposición. Causa de la muerte: ahogamiento. Lo habían encontrado en la playa de Talamanca, con los bolsillos llenos de piedras.

Empecé la Y incisión. El bisturí se deslizó por la piel con la facilidad de un cuchillo caliente sobre mantequilla.

Separé los colgajos, exponiendo la cavidad torácica.

Los órganos estaban en su sitio, sin signos de enfermedad.

El corazón era fuerte, los pulmones limpios.

Este hombre no fumaba, no bebía en exceso, se cuidaba.

Pero en el estómago, pegado a la mucosa gástrica, había algo que no debería estar ahí. Una micro-SD. La misma que había encontrado en la boca de Elena, en la boca del ruso de Sa Caleta, en la boca de tantos muertos.

La saqué con las pinzas. La guardé en un tubo estanco. La etiqueté. La archivé.

No la abrí. No la leí. No la entregué a nadie.

Porque había aprendido la lección. Había aprendido que la verdad no libera. La verdad encadena. Había aprendido que la justicia no existe. Solo existe el poder. Y el poder, en Ibiza, siempre gana.

Terminé la autopsia. Cosí la incisión. Limpié la mesa. Apagué las luces.

Salí de la morgue. El pasillo estaba vacío. Mis tacones resonaban en el suelo de linóleo, un eco metálico que me seguía como un fantasma.

En la cafetería, Juan me esperaba. Dos cafés sobre la mesa. El suyo, negro. El mío, con leche. Sabía lo que me gustaba.

—¿Qué tal el día? —preguntó, sin levantar la vista del periódico.

—Normal —respondí, sentándome frente a él—. Un ahogado. Nada especial.

Juan asintió, volviendo a su periódico. No preguntó más. No necesitaba preguntar. Sabía que yo sabía. Sabía que él sabía. Sabía que ambos sabíamos que nunca hablaríamos de ello.

Miré por la ventana. El sol se ponía sobre Ibiza, tiñendo el cielo de un rosa pálido que se extendía como una mancha de sangre diluida.

Las luces de los clubs empezaban a parpadear, los neones encendiéndose, la música electrónica empezando a golpear las paredes.

La isla seguía girando, ajena a nuestra miseria, ajena a nuestros secretos.

Entendí que la guerra por Ibiza había terminado. Que la guerra por nuestras vidas había terminado. Que la guerra por la verdad había terminado.

Pero la guerra por el silencio acababa de empezar.

Y nosotros éramos los guardianes.