45. Una última elección #2
—No me lo ha contado, realmente. —Marco dio la primera calada y se sentó junto a ella—.
Le he dicho que quería que lo hicieras tú.
—Se giró para mirarle a los ojos, pero él no hizo lo mismo—.
Aunque no entiendo cómo es posible que yo te hable de mi duelo y de mi hermana durante seis días y tú no me hayas hablado de esto.
—No te he comentado nada precisamente por eso, porque no me gusta hablar de ello. No tengo padres, no hay más. Fallecieron cuando tenía trece años. Casi ni me acuerdo de ellos.
—Ya, pero… —Helena trató de encontrar las palabras adecuadas—. No sé, yo te hablé de mi duelo. Quizá tú podrías haberme hablado del tuyo. Habría entendido por qué sabes tanto sobre la superación y la pérdida. Podría haber sabido mucho más de ti.
—¿Para qué? —preguntó Marco, seco.
—¿Cómo que para qué?
—¿Acaso importa? Al fin y al cabo, es un tema que no va a ningún lado. No es lo mismo que lo de tu hermana. Tú necesitabas hablarlo, sigues lidiando con ello. Yo lo pasé hace años ya. No necesito hablarlo ni volver a revivir nada de aquella etapa.
—Pues no sé… Por saber más de ti. —A Helena le entristeció escuchar sus argumentos—. Por compartirlo con alguien que se interesa por ti. Aunque ya no te duela, creo que es una parte importante de tu historia.
Marco la miró y le dio otra calada al cigarro, tratando de aflojar con el humo la enredadera que oprimía su garganta.
—Mi historia no importa, porque es pasado.
—¡Y dale con el puto pasado de los cojones!
—Se levantó y se puso frente a él—. ¡Que sí, que vives el presente!
¡Que eres un tío zen y no eres un ser, eres un alma!
¡Genial! ¿Te imposibilita eso el compartir algo con la persona que tienes a tu lado?
¿Con alguien a quien se supone que aprecias?
¿Oacaso soy la única que tiene ganas de compartirlo todo contigo?
No se arrepintió ni por un momento de haber dicho todo aquello. Jamás se arrepentiría de nuevo de expresar lo que su corazón sintiera. Marco la miró a través de los rizos negros que descendían por su frente.
—¿Compartir el qué, Helena? ¿El helado de pistacho que te vas a tomar antes de regresar a Madrid, antes de no volver a vernos nunca más?
Helena se cruzó de brazos y le miró muy seria. Era un cobarde.
—Sabes muy bien que no va por ahí mi pregunta. —Se mantuvo serena—. Quizá me equivoque y esto no sea tan mutuo como yo creía.
—Sí lo es.
—Sí, ya veo.
Marco tiró el cigarro, se llevó las manos a la cabeza y se revolvió el pelo. Con los codos apoyados aún sobre las rodillas, entrelazó las manos. La idea de no volver a verla le presionaba el pecho y le dolía tanto que tan solo quería huir de allí.
—Venga, ¿qué quieres? ¿Que te lo cuente? ¿Que comparta contigo una de las peores etapas de mi vida? ¿Que nos regocijemos juntos en el dolor y lloremos y nos despidamos habiendo hablado por última vez de mis padres muertos? Pues perfecto, vamos a hablar de mis padres muertos.
En ese preciso instante, Helena entendió que sería inviable hablar con él de un tema eclipsado por el verdadero problema de todo aquello.
—Marco, sabes que tengo que irme.
Él la miró, descolocado.
—Ya lo sé, Helena. No sé a qué viene todo este drama en el último momento.
—No quiero dramas. Ya he tenido suficientes estos días.
—Dejó que la brisa le acariciara el pelo—.
Yestos últimos años. —Inhaló con tristeza—.
Tan solo quería saber por qué no te ha salido compartir eso conmigo.
Pero ya tengo la respuesta. No has querido porque me iré y volverás a tu vida de lobo solitario.
Huirás en tu velero y me dejarás atrás. Entonces yo ya no formaré parte de ti, puesto que tu pasado no tiene importancia.
Ni siquiera tenías pensado intentarlo. No entra en tus planes esforzarte por mantener en tu vida a alguien que quieres.
No tienes el valor suficiente para compartir tu camino con nadie.
Marco no pudo discutirle aquello. Claro que no quería caminar por dos caminos y, por supuesto, que quería huir hacia delante y no volver a saber nada de aquella chica que había puesto su mundo patas arriba. Su frustración venía justo de ahí.
—Es justo eso, Helena —dijo encogiéndose de hombros—.
Yo no sé lo que es cuidar de los míos. No sé lo que es mantener amistades de toda la vida como tú has hecho con Clara, ni vivo en una familia unida y convencional en la que se cena todos juntos y se ven partidos de fútbol en el mismo sofá.
Tienes mucha suerte, a pesar de lo malo, de tener la vida y la familia que te ha tocado.
De tener personas a tu alrededor que te llaman, se interesan por ti y te dan la mano.
Yo tengo dos contadas y ni siquiera sé cómo cuidarlas o mantenerlas.
¿De verdad piensas que voy a ser capaz de hacerlo con alguien que está a un mar de distancia y que volverá por aquí a saber cuándo?
Helena no se pensó su respuesta.
—¿Recalcas mi suerte y dejas escapar la tuya con tanta facilidad? ¿Sin tan siquiera plantearte que, quizá, sí que eres capaz de amar y ser amado de manera recíproca e incondicional?
—No estoy hecho para eso, Helena. Vivo en una isla pequeña, tengo un trabajo humilde con un velero que me pude comprar gracias al dinero que me dejaron mis padres al fallecer y sin un plan de vida ni un rumbo a largo plazo.
No se pueden tener compañeros de vida cuando ni siquiera tienes un plan ni aspiraciones más allá de leer libros y ver caer el sol cada día.
—Se puede cuando es justo eso lo que busca la otra persona. Alguien que, en su ritmo frenético y lleno de planes, te dé la mano de vez en cuando y te recuerde que existen los atardeceres. Ylas estanterías llenas de aprendizajes. Ylas pausas. Yel sonido del mar.
Los ojos de Helena se llenaron de lágrimas que descendieron por sus mejillas formando ríos de honestidad y amor.
El corazón de Marco se ablandó. Aquellos ojos verdes inundados en sal tenían razón: le gustaba ser un lobo independiente, pero no solitario.
Y, sobre todo, le gustaban el amor y la compañía que aquella chica le brindaba.
Le gustaba mirar hacia delante e imaginarse una mañana con ella.
Yotro día, y el siguiente. Solo Helena había conseguido que se replantease su vida y su futuro más allá del horizonte de Hydra.
Catorce años en aquel pequeño rincón del mundo nunca le habían sabido a poco, hasta que supo que a mil millas de distancia existía ella.
Le secó las lágrimas con los pulgares y ella sonrió, en paz.
—Lloro porque al parecer es lo único que sé hacer desde que llegué aquí.
—Rio exhausta—. Pero que sepas que no es de tristeza, sino de orgullo conmigo misma por estar siendo capaz de ver las cosas tan claras y sin miedo.
Por estar siendo aún más sincera contigo y porque, a pesar de que no estés en el mismo punto que yo, me siento muy afortunada de haberte conocido.
Me has enseñado cosas que no olvidaré nunca. Yte doy las gracias por ello.
Esta vez fue la garganta de Marco la que se hizo un nudo. Tuvo que mirar hacia arriba y pestañear rápido para no llorar.
La bocina del barco anunciando que quedaba una hora para la partida sonó y ambos se miraron sabiendo lo que tocaba.
Helena puso la palma de la mano sobre su rostro, acariciándole el pómulo con el pulgar.
Le dio un beso suave en la mejilla y cogió su bolso y la cámara.
Marco sintió sus labios sobre su piel más que nunca, si aquello era posible.
Quería gritar, rogarle que no se fuera. Pero sabía que no era una opción.
Helena le dijo que no era un adiós, a lo que Marco respondió cogiéndola de la muñeca, acercándola a su cuerpo y abrazándola por los hombros tan fuerte que a ella le costó incluso respirar.
Sin separarla de su pecho, dejó que su musculatura se destensara al sentir el de ella.
Apoyó la barbilla sobre su cabeza y cerró los ojos.
—Quiero intentarlo.
Helena se separó de él de golpe, con los iris brillantes de esperanza.
—¿Cómo dices? —Un hilo de voz salió de su garganta, ahogado.
—Que quiero intentarlo. No me preguntes el qué, porque no tengo ni puta idea, pero la idea de no volver a verte es algo que no sé gestionar, así que decido no hacerlo.
—Todo es una elección. —Le imitó sonriendo, con los ojos aún llenos de lágrimas.
Él la miró, ardiente de ganas de besarla de nuevo.
—Te elijo a ti. Amil millas de distancia o a un millón. Elijo el presente. Elijo recalcar mi suerte por haberte encontrado en esta vida y elijo no dejarla escapar.
Ella se colgó de su cuello, sollozando de amor y riendo de alivio. Él la acunó, lleno de miedos y adrenalina.
—¿Me escribirás? —preguntó él, con ella aún en sus brazos.
—Te llamaré cada día, si es lo que quieres.
—Eso también. —El cuerpo de Marco se llenó de calor, nadie le llamaba todos los días—. Pero me refiero a escribirme bien.
—¿Tipo? ¿Por WhatsApp?
—Por carta.
Helena se rio sin separarse de él.
—¿Así de romántica me vas a hacer ser?
—Sí. Quiero una carta. Una al mes. En la que me pongas al día de tu vida y me digas lo mucho que me echas de menos. Prefiero una carta al mes que un mensaje al día.
—Hecho. Una carta al mes. Te mantendré actualizado.
Permanecieron unos minutos en silencio compartiendo calor e ilusión.
—Y, Helena, respecto a otros chicos u otras chicas…
Ella se apartó de golpe, mirándole fijamente.
—Ni lo digas —le regañó—. Ya lo sé. Me has dicho de intentarlo, no de ennoviarnos hasta que la muerte nos separe. Mantener el contacto y venir a verte de vez en cuando. Con eso me conformo. Además…
—Ni lo digas —la imitó él—. Lo sé. No encontrarás esto con nadie más.
—Puedes estar seguro.
—Lo estoy. Yo también lo siento.
Helena enredó los dedos en su pelo y le besó. Sus pulsaciones se aceleraron y sus cuerpos buscaron fusionarse. Marco rodeó su cintura con fuerza y la atrajo hacia él.
—¿Crees que nos da tiempo a pasar por tu velero antes de subirme al ferri? —preguntó mirando hacia el barco con media sonrisa dibujada.
—Como te meta en casa, te aseguro que no sales.
—Es verdad, es verdad. —Llevó la mirada al cielo—. Esto va a ser más jodido de lo que pensaba.
—No pasa nada, sé que en un abrir y cerrar de ojos volveremos a vernos.
—Cuenta con ello.
Él la miró, echándola de menos sin aún haberse despedido. Le apartó un mechón del rostro y le acarició el cuello.
—¿Tienes miedo? —susurró ella leyéndole el pensamiento.
—Mucho.
—Bien. Eso es que estamos haciendo lo correcto.