Hydra 45. Una última elección
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45. Una última elección

Una última elección

—Vale, pero sabes lo que te quiero decir, ¿verdad? —le preguntó Helena, muy seria—. Tienes que dejarme intervenir. Entiendo que quisieras protegerme, pero esto ya es personal.

—Cariño, lo sé. Pero esos hombres son ¡unos locos! —argumentó Adhara—. Tan solo piensan en el dinero que les podría dar una atracción turística como esta. Me queda un año para buscarme al mejor abogado del mundo, aunque, como comprenderás, no sé dónde encontrarlo.

Helena la cogió de las manos, segura y firme.

—Mis padres y yo llevamos una de las empresas de organización de eventos más grandes de España.

¿No crees que, en cuanto a abogados se refiere, podemos hacer algo?

Cogeré vuelos, recopilaré información y haremos los trámites que hagan falta.

Pero este terreno y este sauce son tuyos y eso no te lo va a quitar nadie.

De hecho, en cuanto se lo cuente todo a mis padres, por muy escépticos que sean, estoy segura de que también colaborarán de lleno.

Sofía fue su niña. Ayudar a mantener vivo algo que ella amaba es algo que siempre intentarán por encima de todo.

Ambas descansaban en uno de los sofás de la tienda.

Helena encontraba a Adhara más familiar que nunca y la anciana veía ante ella a una joven muy distinta a la que entró por primera vez en su hogar.

Helena miraba hacia arriba, cerrando los ojos de vez en cuando, para sentir más de cerca la presencia de su hermana.

No necesitaba datos científicos ni hechos que lo verificaran.

Sofía estaba allí. Aquellas raíces a las que había estado dando los buenos días durante dos semanas formaban parte de ella.

Con razón se sentía tan a gusto en aquel lugar.

—Deduzco que ya no necesitas ver el contenido de las fotos recién reveladas, ¿verdad? —Adhara rio con cierto alivio. No había sido fácil escondérselo todo a aquella muchacha cabezota como ella sola.

—Creo que voy a dejarme de fotos por un ratito —rio Helena mientras se terminaba su tila, preparada con mimo por Adhara tras aquel día de fuertes emociones—. Tendré que volver a visitarte más veces y, ahora que sé que mi hermana descansa aquí, con más motivo aún.

—Estás en tu casa, querida. Desde el primer momento en que entraste por esa puerta.

—¡Me obligó a entrar ella! Me dejó las pistas bien claritas. Solo que no fui capaz de echarle ovarios… —Miró hacia arriba y gritó—: ¡Te he encontrado, hermana! ¡Ya no te librarás de mí en verano porque estaré aquí! ¡Todos!

Adhara rio y añadió:

—Helena, Sofía está en todas partes. No tienes que volver al viejo sauce para sentirla. Puedes hacerlo cuando quieras, desde cualquier parte del mundo.

—Lo sé. —Helena sonrió de alivio—. Es una de las cosas más importantes que me llevo de todo esto.

La siento ahora, la sentí en el velero y la llevo sintiendo todo este mes.

Solo que, antes de este viaje, no la dejaba entrar.

Llevo diez años en un bloqueo emocional que no me ha permitido sentir nada más allá de lo terrenal.

Pero Sofía ya no está en la tierra y, para acceder al más allá, debo dejar que los sentidos me guíen hasta ella.

—Helena miró a Adhara y, con cierto tono de vergüenza, añadió—: Marco me ha ayudado con todo esto, he de confesarte.

Adhara se rio. AHelena le pareció que Éter también lo hacía.

—Ya te lo he dicho. No hay sentimiento más poderoso que ese —afirmó la anciana.

—No, desde luego que no. Es curioso, mientras que tú me llevas hacia mi hermana y me conectas con ella, él me conduce hacia mí. Me anima y me impulsa a conectar conmigo misma.

—Me lo creo. Si de algo sabe mi nieto, es precisamente de conexiones con uno mismo. Lo lleva en la sangre.

—Es admirable lo mucho que sabe. Que sabéis —se corrigió con rapidez.

—Es lo que tiene no haber tenido una vida fácil. —Adhara se encogió de hombros y removió su té—. Una pérdida a tan temprana edad como la suya te hace crecer muy rápido. Qué te voy a contar. —Negó con la cabeza.

Helena no la seguía.

—¿Qué pérdida sufrió Marco?

La mujer la miró desconcertada. Helena notó que le costaba encontrar las palabras y Adhara supo que le caería una buena bronca más tarde.

—Qué tonta soy. No pensé que no lo supieras. Qué tonta…

Fue entonces cuando la cabeza de Helena hizo clic, conectando y entendiéndolo todo. Adhara, su abuela. Su tío…

—Sus padres —dijo llevándose la mano a la boca—. Adhara, yo no tenía ni idea. No me lo ha contado, no sabía nada. —Sintió ira, rabia, impotencia, todo a la vez—. ¿Llevo seis días hablándole de mis mierdas y de mi duelo y no se ha dignado a contarme nada de esto?

—Oh, querida, no te enfades con él. Es un chico de pocas palabras y estoy segura de que ha querido, pero le cuesta más de lo que crees.

—No, no me enfado. Hoy estoy cansada, ya no quiero enfadarme más.

—Se rio y dejó la taza de té sobre la mesita—.

No quiero, pero… ¿cómo no me ha dicho nada?

Oh, por Dios, con razón sabe tanto de la muerte y del duelo.

No son los putos libros… Madre mía, por eso evita tanto hablar de su pasado.

—Se recogió sobre sí misma llevándose las manos a la cabeza y haciéndose un ovillo.

—Helena. —Adhara la cogió de las muñecas tratando de esclarecer su mente—. No pasa nada. Marco no te ha dicho nada porque no le gusta indagar en nada más allá que él mismo y su presente. Aprendió a defenderse de esa forma. Para él está bien, no necesita hablar de ello.

—Pero ¡cómo que no! ¡Sus padres! ¡Cómo no va a querer hablar de sus padres!

—Sus padres ya no están para él, querida. Estamos su tío y yo. Viajamos hasta Hydra el mismo año en que fallecieron para empezar una nueva vida los tres juntos. Fue un accidente de coche. —Cogió aire con fuerza—. Era mi hija.

—Tu hija… —Helena se rompió en mil pedazos al sentir el dolor de Adhara en aquellas palabras.

—Sí. Mi hija. La mujer más hermosa del planeta Tierra.

Por dentro y por fuera. Era serena, testaruda y pícara, como él.

Tenía el mismo pelo largo y ondulado que tú, pero negro carbón como el suyo.

Ysus ojos… —Negó con la cabeza—. Aveces, cuando Marco me mira, siento por un momento que es mi pequeña la que lo hace.

—Oh, Dios mío, Adhara, cuánto lo siento. —Helena se secó las lágrimas—. Yyo aquí echándote la bronca por tener una foto de mi hermana y hablando de ella sin parar. Madre mía. Perdóname.

—La próxima vez que te disculpes por algo, me cabrearé, señorita —dijo Adhara, seria—.

No hay nada que perdonar. Todos tenemos batallas.

Ylas llevamos por bandera, por dentro y por fuera, pues son todo lo que somos.

Está bien hablar de ellas. Ytú lo has hecho, todo lo que has necesitado.

Es algo que me gustaría que mi nieto entendiese.

No se puede ser el salvador del pueblo todo el tiempo, el tipo fuerte y solitario que se vale por sí mismo.

Helena se estremeció ante aquello. Eso era justamente todo lo que veía reflejado en él.

—Tengo que hablar con Marco —dijo Helena levantándose de golpe—. Yo llevo mucho tiempo encerrada en mí misma y no he sabido reconocerlo hasta ahora. No sé si él lo estará o no. Quizá los dos lo estábamos.

El sol comenzó a caer y Helena se despidió de Adhara y del viejo sauce como se merecían, prometiéndoles volver.

Era su última tarde en la isla. El ferri salía en tres horas y, con el mazo de fotos en la mano, la cámara al cuello y el corazón lleno de emociones que la hacían sentir viva, puso rumbo al puerto.

No era un adiós. Sus pies pedalearían por aquellos baldosines de nuevo, pero le quedaba una única cosa por hacer.

Una cosa que no estaba en sus planes, como nada de lo vivido en aquella isla, que despedía a una nueva Helena colmada de enseñanzas y experiencias.

Cuando llegó al puerto, dejó caer la bici en la acera y corrió hasta llegar al velero.

Caminó por el mismo muelle en el que habían atracado esa misma mañana.

Juntos. Como dos enamorados que vuelven de su luna de miel y les cuesta despedirse, decirse el último adiós.

Tras llegar, le habían quedado las horas justas para recoger sus cosas, abandonadas en la oficina de turismo, despedirse de Adhara, de Éter, coger el carrete y decirle adiós a Hydra.

No podía seguir retrasando su partida. Su nueva vida la esperaba.

Llamó a Marco, sin respuesta. No estaba en el velero.

Su cuerpo se tensó al pensar que no volvería a verle, pero luego recordó que habían quedado en despedirse en el puerto.

Divisó el banco en el que le vio por primera vez liándose un cigarro y decidió esperarle ahí.

Al sentarse, miró hacia el bar imitando la imagen que tuvo él la primera vez que la vio.

«Será cabrón, él también lo sintió», pensó mientras sacaba la cámara de su funda.

Ella aún no lo sabía, pero aquella escena se quedaría grabada en su corazón para siempre.

Pasaron quince minutos hasta que Marco apareció. Se la quedó mirando, con las manos en los bolsillos. La contempló mientras tiraba fotos. Quiso tener él también una cámara para volver siempre que pudiera a ese recuerdo: Helena sobre su banco favorito.

Se acercó y él sonrió al verla. Marco se apoyó sobre sus rodillas y la besó con pasión, olvidando que, en pocas horas, no volverían a verse.

—Marco. —Ella le apartó con delicadeza, intentando desprenderse del hechizo de sus labios—. Tu abuela me lo ha contado. Lo de tus padres.

Marco no dijo nada. Se separó de ella y la miró con una mueca que Helena no supo identificar.

Dirigió la vista al horizonte, agarró el cigarrillo de su oreja izquierda y lo encendió con ansia.

Permanecieron varios segundos sin decir nada.

Allí, sobre ese banco, Helena recordó otra vez al chico misterioso cuyos silencios la volvían loca.