44. El gran sauce
El gran sauce
—Bien, pues si no quieres sentarte, no nos sentaremos.
Helena cerró los ojos conteniendo las lágrimas.
—Voy a repetir la pregunta y, por favor, te pido que te dejes de rodeos. —Abrió los ojos, desesperada—. ¿Conociste a mi hermana? Y, si es así, ¿has sabido todo este tiempo quién era yo?, ¿qué había dentro de ese carrete? y ¿por qué entré a esta tienda el primer día?
Las preguntas se acumulaban rápidamente en su cabeza una tras otra, en fila, esperando a ser resueltas o, de lo contrario, estallaría.
Su cabeza iba a mil por hora.
—Jovencita, me temo que voy a responderte que sí. Sí, a todas tus preguntas —contestó Adhara con una calma que solo hizo crecer los nervios de la joven.
—Adhara, yo…, esto no… —dijo Helena bajando la voz—. No me esperaba esto. ¿Cómo que sí? ¿Qué significa que sí? ¿Quién eres y por qué la conocías? ¿Por qué tenéis una puta foto juntas?
—Puedo dar respuesta a todas tus dudas, mas no esperes que lo haga hasta que no te tranquilices. —Éter maulló y Adhara lo miró—. Sí, supimos quién eras desde un primer momento. Éter también. Tu hermana y tú no solo vibráis igual, sino que compartís la misma aura.
Helena tuvo que apoyarse en una de las polvorientas estanterías para no caerse. Revisó el corcho, el suelo, la trastienda. Sofía había estado allí. Una parte de ella siempre lo había sabido, pero la confirmación de que su hermana había pisado aquel mismo suelo la descompuso de nuevo en mil pedazos.
Un dolor punzante en el pecho le impedía respirar con normalidad.
Imaginarse a su hermana allí, rebosante de felicidad y de vida, la devolvió al mundo real.
No importaba cuánto viajara o cuánto tratara de escapar, su ausencia siempre volvía.
Comenzó a llorar y se deslizó hacia el suelo despacio, temiendo derrumbarse del dolor.
Lloró unos minutos mirando la fotografía que sus manos aún sostenían.
YAdhara le dejó hacerlo, aguardando su dolor y su pena junto a Éter.
Aquella sonrisa, aquel brillo… Sostenía entre sus dedos la viva imagen de su hermana en su más pura esencia.
Había olvidado cómo era su sonrisa, sus ojos llenos de emoción.
Era feliz, fue feliz. Y, por mucho que le doliera, lo era incluso más estando lejos de casa.
Buscando su camino y viviendo su propia vida.
Algo que nunca había hecho Helena por miedo y por culpa.
Por haberla idolatrado hasta el final de sus días.
Adhara se sentó despacio junto a Helena, en su misma posición. Miró al frente y comenzó a hablar:
—Era una chica excepcional, ¿sabes?
Helena la miró con los ojos bañados en dolor.
—La conocí varios años después de llegar a Hydra.
Ella venía mucho por aquí. Bueno, qué te voy a contar que no sepas, ¿no?
—Adhara intentó que Helena respondiera, sin éxito—.
Buscaba algo. Vivía ansiosa por encontrar el sentido de la vida, su lugar en el mundo, su misión…
Y, claro, me cautivó desde un primer momento porque me recordaba mucho a mí misma.
Supongo que ya te puedes imaginar por qué he vivido en tantos países.
Yo también buscaba. Vivía perdida por culpa de aquella sed insatisfecha de respuestas.
La conocí justo el año en que dejé de buscar.
Yal verme reflejada en ella, quise enseñarle todo lo que había aprendido.
Quise que no perdiera su vida como había hecho yo.
Viviendo siempre en el mañana. En lugares que ni siquiera existían.
Helena reprimió un llanto que Éter trató de consolar acariciándola con su suave cola. Helena lo aupó y miró a Adhara.
—¿Encontró ese lugar? ¿Llegó a ser feliz aquí?
—No sé si tengo una respuesta para esa pregunta, querida.
Pero yo diría que sí. Quizá no encontró lo que buscaba, pero sí algo distinto que resultó ser mucho más.
El cartel de la entrada, la frase que te trajo hasta esta isla, lo puso ella.
—Los ojos de Helena se abrieron incrédulos—.
Esta tienda, el sauce bajo el que hoy lloras, la inauguré junto a tu hermana.
Ella tuvo la idea de aprovechar estas raíces.
Era tan joven pero tan pasional… Yyo tenía tanto que aprender de ella…
Una joven de veinte años dándole ideas de negocio a una vieja mujer de casi setenta que estaba empezando a entender el sentido de la vida.
Yo pensaba que ya era tarde, pero Sofía me convenció de lo contrario.
Nunca es tarde, para nada. Así surgió este negocio.
Mi primer y único negocio, mío y solo mío.
Yde ella. —Los ojos de Adhara se achinaron y unas lágrimas de emoción humedecieron sus finas y delicadas arrugas—. Era excepcional.
—Donde todo cobra sentido —suspiró Helena acariciando a Éter e inhalando con fuerza.
—Eso es. Sofía les encontró el sentido a muchas cosas en esta isla, querida.
—¿Por qué? ¿Qué tenía esto que no tuviera Madrid?
—Esa creo que es una pregunta que te puedes responder tú misma tras un mes por aquí.
—Ya… —Helena bajó la cabeza.
—Además, tu hermana estaba hecha para vivir en otras coordenadas. Hay almas que nacen en el lugar equivocado. Quizá por una cuestión de tiempos o por capricho del destino. Yeso tu hermana lo sabía. Como suele pasarle a ese tipo de personas, no tardó en salir en busca de su verdadero origen.
—Pero ¿te dijo si fue Hydra un lugar en el que se hubiera quedado a vivir?
—Solía mencionar Grecia, en general. Le gustaban muchas islas y rincones de este país.
Pero sí, Hydra fue el lugar donde más sentido encontró a su experiencia vital y a su espiritualidad.
Bueno, y, al igual que tú… —la miró con picardía—, también encontró el amor.
Yeso, querida, es una fuerza superior a cualquier otra.
—¿El amor? —preguntó Helena, que no se esperaba escuchar aquello—. ¡Nunca me comentó nada de eso!
—Ah, no, querida, esa ya es otra historia. Vayamos por partes. Lo primero, no quiero que vuelvas a mirarme con la desconfianza con la que me has mirado hace unos minutos.
Helena se odió a sí misma por un momento. No se había parado a pensar en que todo aquello también le dolía a ella.
—Lo segundo. ¿Ves el resto de las fotos del corcho?
—Sí. Son rincones de Hydra. He estado en todos.
—Correcto. Todos y cada uno de ellos capturados por tu hermana.
—Se levantó y reunió las imágenes en una sola mano para mostrárselas a Helena—.
Las revelaba siempre en diciembre y en enero me llegaban.
Se le daba muy bien. Lo lleváis en la sangre.
Reconocí la cámara que te cuelga del cuello desde el primer día, querida.
Esta vieja tendrá mala vista, pero muy buena memoria.
Helena la miró desconcertada. Tan solo tenía que haber entrado a la trastienda antes y haber preguntado.
Le avergonzaba su falta de valentía y la poca empatía que se había apoderado de ella al toparse con los ojos de su hermana.
Se disculpó con Adhara y le devolvió la fotografía.
Salían guapísimas. Estaban llenas de vida.
Vida. Aquella palabra resonaba con más fuerza de lo normal dentro de Helena.
—¿Cuándo fue la última vez que la viste? —preguntó Helena despacio, tratando de suavizar sus palabras.
—El último verano de su vida. —Sus arrugas se potenciaron bajo la luz de la nostalgia de su sonrisa—.
Se fue de aquí prometiéndome, al igual que los veranos anteriores, que me enviaría las fotos en cuanto las revelase.
Pero nunca llegaron. —Hizo una breve pausa y Helena le dio la mano rompiendo a llorar de nuevo—.
Apesar de ello, como ya era costumbre, le escribí en abril del año siguiente para contarle cómo iba la tienda, Éter y las ganas que teníamos de recibirla. Tampoco hubo nunca una respuesta.
Ambas se quedaron mirando al suelo, con los pies y las piernas rendidos ante ellas.
—Y entonces llegó el verano —prosiguió—.
Yno la vi por aquí. No volvió a su lugar favorito, a su isla sanadora.
Pensé que quizá habría encontrado otro lugar con más sentido que este.
Yme alegré por ella. Muchísimo. Al fin y al cabo, de eso se trata la vida, de sentir amor y alegría por los que deciden partir y tomar un camino distinto que los llevará hacia grandes mundos.
—Se giró hacia Helena y la miró tan profundamente que esta pensó que la atravesaría el alma—.
Pero, en octubre de ese año, recibí una carta de tu casa. De tus padres.
Helena ahogó un suspiro, llena de sorpresa.
—Firmada por un tal Adri. —Adhara le guiñó un ojo y le dio la mano, transmitiéndole fuerza, comunicándole que lo sabía todo, cada detalle de la historia—.
Su hermano, decía que era. —Helena asintió sin dejar de llorar—.
Un muchacho muy avispado, por cierto. La carta tenía algunas faltas de ortografía, pero un lenguaje muy curioso para un chaval de diez años. Me lo contó todo.
—¿Todo? ¿Sabes cómo…? —Helena la miró—. ¿Cómo ocurrió?
—Todo, querida. Ven aquí.
Se sumieron en un abrazo que Helena sintió como si tuviera el mismo tacto que el de su madre después de estar un año en la cama. Como la calidez de Sofía diciéndole que todo iba a ir bien. Que estaban bien.
—Ven conmigo —le pidió Adhara levantándose y ofreciéndole la mano.
Salieron de la trastienda y de la tienda. Se detuvieron frente a la puerta y Helena miró el cartel.
—Tu hermana no es esa frase —le dijo alzándole la barbilla hacia el gran sauce.
—¿El sauce? ¿También puso ahí el sauce o qué?
Adhara rio para sí.
—Nadie puso ahí el sauce. Él lleva aquí siglos y siglos.
Pero, como ya habrás podido deducir, este sauce es mágico.
Yexiste por un motivo. El otoño siguiente a la muerte de tu hermana, ocurrió algo extraordinario.
Este grandullón no perdió sus hojas. Como lo oyes.
Es un árbol de hoja caduca. Debería haberlo hecho.
Llevaba años haciéndolo. Yo he sido siempre testigo de ello.
»No me entraba en la cabeza cómo era posible que todos los árboles de la isla estuvieran oficialmente desnudos y este viejo amigo permaneciera intacto.
Sus hojas cambiaron levemente de color, pero no se cayeron.
Desde aquel diciembre, no volvieron a caerse nunca.
Cambian de tonalidad, desde rojizos y ámbares hasta verdes azulados.
Por sus ramas pasan nidos, insectos y sucesos meteorológicos, pero sus hojas no se caen.
»Desde entonces, es famoso entre la gente de la isla por ser el viejo sauce que nunca cambia.
Algunos lo llaman magia, otros dicen que es un árbol sintético.
Algunos vecinos quieren talarlo porque dicen que tanta brujería en un árbol puede ser mal augurio y otros incluso pretenden hacerse con este local para poder tenerlo en propiedad y experimentar y hacer dinero con sus propiedades rejuvenecedoras y extraordinarias.
Supongo que ya te imaginarás por qué estoy tan empeñada en que, pase lo que pase, no puedan explotar estos metros cuadrados.
Helena la miró. No daba crédito a lo que Adhara le contaba.
—¿Me estás diciendo que…?
—Sí. Te estoy diciendo que no hay árbol sintético ni brujería que valga. Yo sé muy bien qué le ocurre a este viejo sauce, cariño. —Adhara, Éter y Helena volvieron a alzar la vista hacia sus fuertes ramas—. Tu hermana encontró su lugar.