43. El corcho
El corcho
Pedaleaba con fuerza, cuesta arriba. Saludaba a la gente al pasar y respiraba de nuevo el olor a pan recién hecho de por las mañanas.
Esquivaba carromatos y niños con habilidad mientras tatareaba y sonreía al viento, que le daba la bienvenida a la isla.
Pensó en lo mucho que había echado de menos la sensación de subirse a una bicicleta.
Emocionada, hablaba con Clara, quien la miraba desde la pantalla del móvil, que estaba sujeto al oxidado manillar.
—¡No me lo puedo creer! ¡¿En la puta proa del velero?! ¡¿Al atardecer?! Hermana, ¿qué me estás contando?
—No. Es que no te lo imaginas. —Llamar a su amiga para contárselo todo sobre el viaje era lo primero que había hecho al poner un pie en la isla y despedirse de Marco—.
Pero es que, además de ahí, en su camarote, en la encimera, en las escaleras, en la librería…
¡Ni un rincón nos dejamos! Te lo juro, no podíamos parar, Clara, ¡no podíamos!
¡Me tenía completamente hechizada! Ymira que he echado polvos, ¿eh? , pero esto… Esto es otra cosa.
—Hombre, ¡y tanto que sí lo es! —Su amiga, al otro lado del teléfono, gesticulaba incrédula—.
Para empezar, porque le tenías más ganas que yo a cualquier pavo que se me haya cruzado alguna vez en la vida.
¡Y, para continuar, porque te estás tirando al tío que más te ha gustado desde que te conozco!
¿Eres consciente de la envidia que te tengo?
—Y eso también, claro. —Helena sonrió y se recostó sobre el sillín. Ya no necesitaba agarrarse para dirigir la bicicleta—. Pero, bueno, aparte de eso, el viaje increíble.
—No te jode.
—¡Hablo en serio! Hicimos más cosas. También… hablamos. Yvimos Creta.
—Una polla, no te lo crees ni tú.
—¡Que sí! Bueno, en Creta estuvimos apenas dos horas.
Me dio tiempo a comprar un par de vestidos preciosos que te tengo que enseñar porque te encantarán.
Iba guapísima, me sentía como en una película.
—Miró al frente, con los ojos llenos de luz—.
He vivido en una película romántica casi una semana.
La verdad es que solo quería estar con él, navegando.
El mar, Éter con nosotros, las estrellas por la noche.
Daría lo que fuera por otros tres días más. Yotros tres, y otros tres…
—Es que es de película todo lo que has vivido, nena. —Hizo una pausa, cambiando el tono—. Ylo de que le contarás sobre Sofi, muy heavy también.
—Ya. Eso es bastante fuerte.
—Dice mucho de él —añadió Clara—. Yde vosotros. Te confesaré que a una parte de mí le jode que haya conseguido en seis días más que yo en diez años. —Se rio—. Pero no tanto. Al fin y al cabo, ¡eso es el amor! ¡Mi amiga está enamorada y yo no puedo dejar de estar feliz por ello!
Helena se puso tensa al escuchar aquellas palabras. Claro que era amor.
—Sí, ha sido un antes y un después, la verdad. Me ha ayudado bastante. No solo contárselo, sino también sus consejos. Tendrías que escucharle hablar. Se te caería la baba.
—Seguramente —rio Clara—. ¿Me lo presentarás algún día?
—Sí, pues como no lo encierre en una jaula y le obligue a subirse al avión conmigo…, complicado.
—¿Qué dices? Hombre, tendrá que venir en algún momento, digo yo, ¿no?
—Qué va. Su vida se resume a su rutina, su barco y su isla. No le saques de ahí. Ano ser que yo vuelva por Hydra, no creo que nos veamos otra vez.
Clara la miró sin saber qué responder.
—No te creo.
—Pues créetelo.
—Si le gustas, cogerá aviones por ti. Estoy segura.
A Helena le dolió la tripa tan solo de pensarlo.
—Pues habrá que comprobarlo —dijo con cierto tono de tristeza, sabiendo que nada de aquello ocurriría—. ¿Cambiamos de tema?
—Claro. —Su amiga se puso seria—. ¿Adónde vas? Suena muchísimo el viento.
—¡A lo del carrete que te conté! —Una sonrisa volvió a dibujarse en el rostro de Helena—. Hemos llegado esta mañana a Hydra y me han entrado los mensajes de estos últimos días. Uno de ellos era de Adhara diciéndome que ya tiene las fotos.
—¿Y bien? —preguntó su amiga con suavidad—. ¿Estás preparada?
—No del todo, pero necesito esta última respuesta para regresar a Madrid tranquila —suspiró.
—No creo que vaya a ser el contenido de ese carrete lo que haga que vuelvas a casa con respuestas, nena. Te escucho y no eres la misma. Yeso lo has logrado tú sola, con tu fuerza y tu valentía. Cualquier cosa que pueda mostrarte ese carrete ahora no significará nada.
—Tienes razón, me he expresado mal —dijo Helena, dejando la bicicleta tumbada sobre la acera—. Digamos que es la pieza que me falta para completar el puzle, pero, desde luego, no la necesito.
—Eso es.
—Te dejo, que acabo de llegar. Luego te llamo.
Helena entró a trompicones en la tienda y miró hacia todos los rincones, inquieta.
Adhara no estaba. Pensó en llamarla, pero recordó que el móvil y ella no eran buenos amigos.
Gritó su nombre un par de veces, sin obtener respuesta.
Se recolocó el pelo, el bolso al hombro y el conjunto violeta formado por una falda plisada y un top de corte egipcio que había escogido aquella mañana.
Su mente iba a mil por hora. Preguntas fugaces se apoderaban de su cuerpo a medida que las manecillas del reloj avanzaban durante la espera.
Se dirigió hacia los cojines del té para sentarse cuando un golpe seco llegó desde la trastienda a sus tímpanos.
—¿Éter? —preguntó entrando en tensión.
Nunca había pasado a la trastienda. Existen ciertos lugares que la intimidad no permite cruzar.
Yla trastienda de Adhara era uno de ellos.
Pero ¿y si estaban robando? O,peor aún, ¿y si un notario malvado se había colado en la tienda, aprovechando que Adhara estaba fuera, para registrarla?
Desde que era pequeña, la mente de Helena había sido experta en montarse películas dignas de un Oscar en ese tipo de situaciones.
Quizá fuera Marco. Le encantaría que fuese Marco.
Decidió armarse de valor y entrar, pues no se lo perdonaría si le pasase algo al viejo sauce en su presencia.
Caminó despacio, con pies de plomo para no hacer ruido.
Al cruzar el viejo marco con flores talladas que daba paso al rincón más íntimo de aquel lugar, los ojos de Helena se encontraron con un polvoriento almacén lleno de trastos por ordenar, etiquetas escritas en tela y herramientas de metal oxidado cuyo uso desconocía.
En la anterior ocasión, presa de los nervios, no tuvo la oportunidad de pararse a observar.
Esta vez, presa de la curiosidad, pudo comprobar que era Adhara quien, con unos cascos antirruido, trabajaba sobre la mesa de madera tan concentrada como siempre.
El sol entraba por la única ventana que había en aquella estancia.
Un rayo de luz partido en cuatro alumbraba a la anciana.
Su larga melena plateada se movía al compás de sus brazos y su cuerpo, que estaban centrados en la tarea que tenía entre manos.
Éter, a su lado, revisaba lo que iba haciendo mientras disfrutaba de un delicioso cuenco de leche fresca.
Helena sintió alivio al comprobar que no había ningún ladrón.
Tan solo la mujer a la que llevaba todo el día deseando ver.
Se acercó a ella despacio para no asustarla. Se deleitó con cada una de las herramientas y objetos que había esparcidos por el suelo y colgados por las paredes. Figuritas de madera, coladores, una colección de dedales, una… ¿hoz? Aquella mujer nunca dejaría de sorprenderla.
Al fondo a la derecha, colgado sobre la pared, un corcho lleno de fotografías, papeles y calendarios tachados. AHelena le recordó el que solían usar ellas en el estudio para anotar recordatorios y controlar tareas.
Alzó la mano para tocar el hombro de Adhara con delicadeza, pero se detuvo en seco al descubrir lo que el corcho repleto de documentos, recetas y fotos le revelaba.
Su corazón se aceleró. Se le secó la boca y sintió unas ganas terribles de salir corriendo.
Su mente quería gritar y llorar, pero no era capaz de mover el cuerpo. Sus extremidades no respondían.
Éter maulló mirando a la anciana, como para advertirle lo que estaba ocurriendo.
Esta, sacada de golpe de su tarea, contempló los ojos del gato y no necesitó ni un solo maullido más para saber quién estaba detrás.
Se quitó los cascos antirruido y se giró para encontrarse con la mirada descompuesta de Helena, mezcla de temor y enfado, que Adhara calmó de inmediato tomándole la mano.
—Hola, querida —dijo casi susurrando.
Helena apartó la mano lentamente. No quería misterios, adivinanzas ni lecciones de vida. Tan solo quería saber por qué los ojos de su hermana Sofía la miraban desde la pared de aquel herbolario perdido en mitad del mar Egeo.
—¿Conociste a Sofía? —No comprendía cómo aquellas palabras habían podido salir de su boca.
Los ojos de Adhara le suplicaron paciencia.
—¿Quieres sentarte, querida?
—No quiero sentarme, Adhara. Quiero que me expliques qué es esto.
Con más rabia y brusquedad de las que le habrían gustado, arrancó la fotografía del corcho y la puso entre ellas. En la imagen, Sofía sostenía la cámara entre las manos y Adhara, apoyada en su hombro, posaba para la posteridad.