42. Resurrección #2
—Tú sigue intentándolo. —Negó riéndose—. Supongo que la rutina que quiero se parece a esta, sí. Tampoco conozco muchas más. Debería seguir viajando y descubriendo mundo para saberlo.
—Esa es una buena opción.
Helena, pensativa, observó el amplio horizonte que se abría ante ellos.
¿Cuántos mundos? ¿Cuántas vidas diferentes?
¿Cuántas rutinas posibles? Marco aprovechó para apartar a Éter de entre ambos y acercarse a ella.
El cuerpo de Helena se estremeció al notarle tan cerca.
Estaba convencida de que nunca dejaría de pasarle aquello.
Comenzaba a anochecer. Ambos llevaban solo el bañador, pero no tenían frío.
El sol teñía de dorado sus cuerpos y todo cuanto alcanzaba con su luz.
—¿No hay nada más allá de tu trabajo que te interese? —dijo Marco mirándola de cerca.
—Sí. Muchas otras cosas. Pero este es el trabajo que me ha tocado, ¿no?
Yo no estudié una carrera. Terminé el instituto de milagro.
Tendría que volver a formarme en algo. De hecho, debería empezar por hacer currículum.
Un puesto en la empresa de mis padres en los últimos siete años no creo que sea una cualidad que busquen en muchas empresas.
—Formarse es una buena idea. Hay muchas opciones —afirmó él con entusiasmo—.
Yencima te estarías dando un tiempo para pensar, para hacer cambios en tu vida.
Estoy seguro de que tienes dinero ahorrado de sobra como para poder darte una tregua.
Puedes parar y ver qué camino te apetece tomar.
¿Alguno que quieras probar o que tuvieras apartado?
Helena se miró las manos, nostálgica. Jugaba con sus anillos mientras Marco le planteaba opciones.
—Sí que hay algo, pero la sola idea de pensarlo hace que me entren náuseas.
—¿La fotografía? —Marco había querido llegar hasta ahí durante toda la conversación, pero necesitaba que lo hiciera ella.
Helena asintió y alcanzó su cámara, que reposaba sobre el libro.
—Siempre compartimos ese sueño. Pero era eso, compartido.
Cuando ella se fue, nuestro sueño se fue con ella.
—La acariciaba con la yema de los dedos, sin dejar de mirarla—.
Para empezar, porque he tardado diez años en volver a entrar en nuestro cuarto rojo.
Te diré que me removió bastante, pero menos de lo que esperaba.
Supongo que, al haber pasado tanto tiempo, hay muchos detalles de la escena que se me han olvidado.
No recuerdo ni siquiera cómo era el proceso de revelado paso a paso.
—Las lágrimas brotaron de sus ojos con naturalidad—.
Siempre decíamos que empezaríamos trabajando en la empresa de nuestros padres, haríamos contactos y llegaríamos a ser artistas reconocidas a nivel mundial.
Era muy divertido soñar con aquello. Sobre todo, teniendo en cuenta que lo iba a hacer acompañada de mi hermana mayor.
Nunca me planteé nada más. Estaba convencida de que lo conseguiríamos.
¿Cómo se recorre un camino que trazaste junto con alguien que ya no está?
—Creando el tuyo propio —soltó Marco con firmeza—, pero sin olvidar que, en el nuevo, ella te acompañará de otra forma.
—Que yo cree mi propio camino es algo que, sin duda, ella habría querido. —Helena pronunció aquellas palabras casi por instinto, pero supo que una pequeña semilla acababa de plantarse en su interior. Se rio nerviosa y Marco la miró extrañado.
—¿He dicho algo raro? —preguntó él.
—¡No! Es que… ¡me emociona! Sentir que puedo empezar de nuevo. Me da como mariposas aquí. —Se señaló el estómago—. Creía que no volvería a sentir esto nunca.
Marco la observó con detenimiento. Le parecía la chica más guapa que había visto en su vida. Era la viva imagen de la emoción, de alguien volviéndose a enamorar de la vida. Le arrebató la cámara de las manos y le ordenó que no se moviera.
—¿Ahora? —preguntó ella, recolocándose el moño despeinado y los mechones de pelo sueltos.
—Sí, ahora. —Marco miró por el visor—. Vamos a inmortalizar el instante preciso en el que por fin despertaste.
Helena contuvo las lágrimas para no llorar de nuevo y apoyó la cabeza en el codo izquierdo, que a su vez se apoyó en la cuerda del velero.
Sonrió levemente, con los ojos brillantes de emoción.
Escuchó el clic. Hacía mucho que no se colocaba delante del objetivo.
Saboreó aquel instante para poder ponerle un olor y un sonido al revelar la foto. Su hermana y ella siempre lo hacían.
—Qué pena que no puedan verse —se lamentó Marco mirando la cámara—. Estoy seguro de que es la mejor foto que te han hecho nunca.
Ella rio.
—Desde luego, abuela no necesitas.
—Lo digo en serio, estás preciosa.
Marco no se reía ni sonreía. Iba en serio.
De pronto, el tocadiscos de la cocina comenzó a sonar.
—Éter… —protestó Marco mirando hacia la escotilla—. Ya estará hurgando a ver dónde puede encontrar algo de comer.
Se levantó para ir a por él, pero Helena lo frenó.
—No importa, me apetece un poco de música —le dijo agarrándole del bañador.
Él asintió cumpliendo órdenes. «Can’t Help Falling in Love», de Elvis Presley, comenzó a sonar y los dos se miraron, colmados de asombro ante aquellas estrofas sonando en ese preciso instante.
—Lo de los gatos mágicos no sé, pero esto desde luego es lo más cercano a una señal que podría haber —insinuó Marco.
—Será una señal por tu parte, porque falling in love, falling in love … A mí dame tiempo —le vaciló Helena.
—Lo siento, madrileña, ya no cuela. Vas de chica dura, pero me lo está diciendo el universo.
—¿Quién te dice que el universo ha puesto esta canción por nosotros y no porque era la que tocaba en el aleatorio?
—Porque la ha puesto tu gato mágico.
Helena rio y decidió rendirse.
—¿Tienes siempre una respuesta para cualquier cosa que diga? No hay manera, ¿eh?
—Hay una —contestó Marco rápido, conciso y serio.
No necesitaron más palabras, más debates ni más canciones. Helena miró sus labios, gruesos y ansiosos. Su comisura derecha se elevó levemente, dando bandera verde a sus instintos. Marco acercó su boca a la de ella y susurró:
—Solo hay una manera de hacerme callar.
Sus labios se rozaron y Helena pudo sentir el calor de sus palabras rozando su piel. Su mano alcanzó su pelo negro y, entrelazando los dedos en sus espesos rizos color carbón, la acercó con fuerza hacia él.
Marco, encendido ante el calor y la suavidad de su boca, la agarró del muslo y la subió a su regazo.
La cogió de las mejillas y la separó un segundo, mirándola a los ojos.
Lo hizo con intensidad y pasión, asegurándole con la mirada que, si seguían, él estaba dispuesto a amarla hasta el final.
Ella le suplicó que lo hiciera y, con el último rayo de sol posándose sobre sus cuerpos, sus almas se fundieron reencontrándose en esta vida, tal y como lo hicieron en todas las anteriores y como lo harían en todas las siguientes.