42. Resurrección
Resurrección
Helena se despertó con los labios de Marco posados sobre la frente.
Cerró de nuevo los ojos sintiendo el calor de su respiración.
La abrazaba, protegiéndola de la fría brisa de la noche, junto con varias mantas que seguramente había puesto él mientras dormían.
Se permitió volver a vivir la noche anterior durante unos minutos antes de levantarse.
Al terminar de contárselo todo, Marco no dijo nada, tan solo se apoyó en el respaldo del asiento del balcón de popa y la atrajo hacia él para abrazarla de espaldas contra su torso.
Ambos se quedaron largo rato mirando en dirección al inmenso mar y Helena se dejó acunar mientras las lágrimas brotaban de sus ojos.
Pero esta vez fue distinto. Fueron lágrimas ligeras, de alivio.
Se sintió bien. Supo que Sofía, allá donde estuviera, la escuchaba y le daba la mano.
Podía sentirla en el abrazo de Marco, en el calor de Éter sobre su regazo y en el sonido rítmico del mar.
Sofía era todas aquellas cosas. Sofía estaba allí.
Volvió a abrir los ojos y le observó con detenimiento.
Sus pestañas negras se movían al ritmo rápido de sus sueños y su respiración era larga y pausada.
No conseguía encontrar la manera de agradecerle lo mucho que su presencia la estaba ayudando en aquel viaje.
No solo se había hecho con su corazón sin ella esperarlo, sino que su serenidad y su manera de ver la vida acunaban sus miedos y sus dudas.
Nunca se había abierto con nadie, que no fuera Clara o su familia, como lo había hecho con él la noche anterior.
Esa mañana fue la primera vez en todo el viaje que terminó de entender qué hacía allí.
Todos los caminos la habían llevado hasta ese preciso instante.
El olor a tostada de aguacate con huevo poché y zumo de naranja recién exprimido despertó a Marco aquella penúltima mañana de mayo.
Él no había dormido tan bien como Helena, aunque no le importaba.
Se había desvelado en varias ocasiones por el peso de ella sobre su brazo, pero se movía un poco, se recolocaba y volvía a abrazarla, sin importarle cuántas veces más tuviera que hacerlo.
—Si me despiertas así todos los días, prometo invitarte más veces. —Se desperezó sobre los escalones que daban a la cocina.
Helena estaba terminando de montar las tostadas sobre la encimera de caoba brillante.
—Me encantaría decirte que sí, pero te advierto que será el único desayuno que sepa hacerte.
—No me quejaré.
Marco se acercó a ella y la abrazó. Fue extraño. Un abrazo entre dos personas que un mes antes no se conocían, pero que comenzaban a sentirlo todo.
—¿Cómo has dormido? —le preguntó Helena, sin mirarle a los ojos.
—No mejor que tú, desde luego. —Marco se subió a la encimera.
—Siento haberte estado aplastando toda la noche. —Se disculpó con la mirada—. Muy bonito lo de dormir ahí fuera, pero no tan cómodo como este sofá.
Desayunaron en silencio. Ambos hablando con sus pensamientos, que, debido a la gran cantidad de sensaciones de las últimas horas, no hacían más que gritar y entrometerse en la calma mental que trataba de inducirles el mar.
Helena pensaba en Sofía. En lo bien que le había venido hablar de aquello la noche anterior.
La vida aquella mañana parecía distinta.
Como si alguien le hubiera dado la oportunidad de renacer y empezar de cero.
Sentía sus pies como si los tuviese sobre un nuevo comienzo.
Marco pensaba en todas las veces que había hecho aquel viaje.
En ninguna había deseado tanto que su destino estuviera en la otra punta del mundo.
Quería tardar en llegar una eternidad. Había leído sobre ello.
El amor era algo así como encontrar a alguien con quien compartir la eternidad y que eso no te asuste.
La idea de coexistir al lado de otra alma para siempre nunca antes le había sonado tan dulce.
—Marco, por cierto… —Helena irrumpió en sus pensamientos de pronto, con las comisuras de los labios manchadas de aguacate—. ¿Qué se hace, entonces, en estos casos?
—¿De qué estamos hablando? —La pregunta le pilló por sorpresa.
—Ayer, toda la conversación sobre mi duelo…
—Tragó el trozo de tostada que estaba masticando y se limpió la boca—.
Empezó porque me dijiste que nada es para siempre.
Que los sentimientos, las experiencias, la memoria…
, todo se transforma, y que nunca permanece igual.
—Dejó la servilleta bajo el plato para que no se volase—.
Bien, pues como podrás comprobar, no es que lo mío haya evolucionado mucho en estos años.
¿Qué harían Brian Weiss o Eckhart Tolle en este caso? —le vaciló ella.
Marco la miró con admiración.
—En este caso, creo que la única que tiene la respuesta eres tú.
—Vaya, hombre —protestó.
—Aunque sí puedo darte un consejo, y es que te debes al momento presente.
No existes en ningún otro espacio-tiempo que no sea este.
Las Helenas de las que me has hablado ya no existen.
Incluyendo a la que encerraste hace mucho.
Todas viven en tu mente. —Mojó un poco de tostada en la yema—.
Olvidarte de ellas es una elección mucho más complicada que la de decidir qué tipo de café te apetece cada mañana al despertarte o la de escoger la tapicería de tu nuevo coche, pero, por supuesto, todo se resume en lo mismo: una elección.
—Una elección… —repitió ella mirando al infinito.
—Yo te miro y solo veo a la Helena que navega en este velero conmigo, sentada frente a mí, con cara de recién levantada y Éter pidiéndole sardinas en su regazo.
—El felino maulló para recordarles que eso era todo por lo que se había unido al viaje—.
Creo que existe un bloqueo porque no las quieres dejar ir.
Porque sientes que, de algún modo, sirven para justificar tus dudas y miedos actuales.
Todo este tiempo, te has estado refugiando en ellas para poder decir «soy una chica fría y racional».
El día que descubras que solo son un producto de tu mente, estarás lista para avanzar y para saber qué es lo que realmente quieres en esta vida.
En tu vida. Una vida en la que tu hermana existió y existirá siempre porque, para bien o para mal, todo vive en nuestra mente.
YSofía estará ahí el día de tu boda y de tu cincuenta cumpleaños.
Todos los días hasta el último. Porque es el ser humano el que escoge lo que existe o lo que no.
Eres tú la que da sentido a tu existencia. Ytenemos la suerte de poder elegir.
Debatieron sobre la vida después de la muerte y Helena, por primera vez, lo pudo hacer sin un nudo en la garganta; sobre seguir el camino que la sociedad quiere que sigas; sobre el futuro; sobre el miedo a la soledad…
Se entendían tan bien que hasta Éter podía sentir la sincronía y la melodía que sus palabras bailaban.
Era un ritmo precioso que nacía de la admiración, la curiosidad y el amor de dos almas que llevaban toda la vida buscándose.
Eran casi las siete de la tarde cuando Marco le preguntó sobre lo que menos le apetecía pensar a Helena en aquellos momentos.
—Oye, ¿y sabes ya qué vas a hacer cuando vuelvas? No solo con el tema del carrete y la conclusión que saques, sino… Ya sabes. Madrid, tu vida. Hydra no es mal sitio para vivir… —insinuó bromeando, pero suspirando con esperanza.
—¿No habías dicho que tenía que deberme al momento presente? —Arrugó la nariz, evitando la pregunta.
— Touché —respondió él.
Estaban sentados en la proa del velero con los pies colgando. Ella dejó a un lado la lectura que había escogido para esa tarde y reunió su mata de pelo en una sola mano, recogiéndola en un moño desaliñado.
—¿Te gustaría que me viniera a vivir aquí?
—No quiero que respondas a mi pregunta con otra pregunta. La mía primero —le ordenó él cruzándose de brazos y apoyándose sobre el guardamancebo que los protegía de caer al mar.
—No lo sé. Ni siquiera tengo idea de qué voy a hacer cuando vuelva a pisar tierra firme. Ha sido solo un mes y una semana, pero mi mente y mi corazón están convencidos de que llevo aquí un año entero.
—Eso es porque el tiempo es relativo.
—Ya. ¿Y es relativo el pánico que me da el tener que volver a esa ciudad? Asu… ¿ritmo?
—No. Eso, de hecho, es algo que tienes que escuchar. Nada más.
—Ya, dicho así es fácil.
—Puede ser todo lo fácil que quieras que sea.
—Oh, ¡por Dios! Aveces dices cosas y te prometo que escucho a Clara.
—Nos llevaríamos bien, estoy seguro.
—Sí, yo también lo creo. —Helena sintió una punzada de dolor en el pecho al caer en que nunca se conocerían—.
Pero no es tan sencillo. Tengo un trabajo, una familia, un futuro.
Bueno, miento. No tengo ningún futuro allí.
Fue en parte por lo que decidí tomarme un descanso.
Antes de venir tuve una especie de «crisis de los veintiséis».
De repente, la gente de mi edad se está empezando a casar, se han ido a vivir con sus amigos o están publicando en LinkedIn que los han ascendido a mánager de proyectos en la empresa de sus sueños.
Yahí sigo yo. Desde los dieciocho haciendo lo mismo, consumiendo lo mismo, levantándome en el mismo lugar de siempre.
—Nunca es tarde para cambiar eso.
—No creo que lo sea. La cosa es que no sé ni por dónde empezar.
—Podrías empezar por lo que más te condiciona de todo. —Marco se encogió de hombros, lo veía claro—. Por el curro.
—¿En qué sentido?
—La Helena que me has presentado, desde que ocurrió lo de Sofía, lleva siete años currando de lo mismo.
Podrías probar otras cosas. Eso cambiaría mucho tu rutina, aunque antes deberías determinar qué tipo de rutina te apetece exactamente.
La de levantarte a las nueve y hacer vida lenta en una islita llena de gente feliz no es mala.
Helena soltó una carcajada.