Hydra 41. Todo lo que soy #3
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41. Todo lo que soy #3

»Aquella tarde de diciembre, lo preparamos todo para ponernos manos a la obra con un nuevo carrete.

Yo tenía una presentación muy importante de la asignatura de Historia del Arte al día siguiente y se la recitaba a mi hermana en voz alta mientras ella sonreía, concentrada en la tarea de meter cada revelado correctamente en la hidroquinona diluida.

»Yo me movía de un lado a otro de la habitación, nerviosa, tratando de no olvidar ninguno de los detalles que quería transmitir durante mi exposición.

Recuerdo que llovía y que esa tarde no pusimos música para que me concentrase mejor.

Sofía me miraba de vez en cuando y asentía, divertida y nostálgica, recordando los viejos tiempos en los que ella también había tenido que aprender semejantes tostones, como los llamaba.

“El colegio no te enseñará nada que no te enseñe el viajar y descubrir mundo”, me decía también cuando mis padres no escuchaban.

»Yo daba vueltas y vueltas alrededor de la mesa donde había colocadas cinco bandejas plásticas llenas de líquido.

Miraba al frente, estaba distraída y movía las manos de manera exagerada.

En una de aquellas vueltas, sin querer golpeé una bandeja y todo el líquido se vertió sobre el barniz del parqué del estudio.

»A partir de ahí no recuerdo mucho más. He ido hilando cosas a lo largo de los años, pero lo tengo borroso.

Todo pasó muy rápido. Líquido reactivo, un derrame, una ligera inclinación, la hidroquinona deslizándose hacia una regleta de enchufes y una chispa.

La luz roja fundiéndose a negro, un empujón de mi hermana y un grito.

Gritó mi nombre antes de empujarme. Ella sí que lo vio y reaccionó.

Vio el líquido fluyendo como un río y lo cerca que estaba mi pie de los enchufes.

Corrió hacia mí y me alcanzó. Me arrojó contra las estanterías con tanta fuerza que por un momento pensé que la luz se había ido debido a mi impacto contra el interruptor.

»Cuando me levanté tras el golpe, a oscuras, con la espalda y la cabeza bombeando sangre y dolor debido al golpe, grité su nombre.

No obtuve respuesta. En la espesura de la oscuridad alcancé su cuerpo electrocutado con las manos y la sacudí, tratando de obtener las palabras que mi corazón ansiaba.

Mis pulsaciones se elevaron. Llamé a mis padres.

Cuando subieron, me hicieron salir de la habitación. Yeso hice.

»Ya bajo la luz del pasillo y al escuchar la primera inhalación ahogada de mi madre, que daría paso a un llanto desconsolado, me desmayé.

Había sido todo muy rápido. Estaba en shock y mi mente no terminaba de entender nada de lo ocurrido, pero supongo que mi cuerpo y mi corazón sí que lo sabían.

Ydecidieron apagarse para dejar así de escuchar y sentir todo lo que la oscuridad que dejaba atrás quería revelarme.

Ojalá pudiera contarlo con más detalle, pero, debido a la conmoción, lo que pasó después de aquello es una nube gris en mi cabeza formada por lagunas e imágenes difusas que de vez en cuando se me aparecen en mis peores pesadillas.

»Me desperté en una camilla de hospital.

Mis padres me sujetaban la mano y, entre lágrimas y besos, me preguntaron cómo estaba.

No respondí. Tan solo pregunté por mi hermana.

No necesité una respuesta. La mano fría de mi madre, mi padre sentándose a mis pies.

La mirada de ambos y la ausencia de palabras.

No lloré de inmediato. Les dije que fueran a hablar con los médicos o que me trajeran a uno, que debía de haber un error y que yo podía arreglarlo.

No podía ser real. Sofi estaba bien y todo aquello tan solo había sido un susto.

Esas cosas no pasaban en la vida real. Solo en las pelis.

»No volví a moverme. Pasé un año entero tumbada, sin querer comer, levantarme o ir a la escuela.

Desde que salí de aquel maldito hospital decidí que la vida no debía continuar si mi hermana mayor no estaba en ella.

No quería seguir viviendo. Prefería la muerte a continuar mi existencia sin ella. Era yo la que debería estar muerta.

»Algo que me pesa todavía hoy es que nunca me enteré de cómo se vivió aquello en casa.

No supe cómo se lo tomó Adri, quien ese día no perdió una, sino dos hermanas.

Ocómo lo sobrellevaron mis padres, que perdieron en un abrir y cerrar de ojos al amor de su vida.

No fui al tanatorio ni al funeral. No me levanté de la cama en un año entero, excepto para ir al baño o comer algo en las madrugadas en las que me desvelaba después de dos días sin ingerir nada.

»Perdí la noción del tiempo y, a día de hoy, creo que también un poco la cordura.

No era solo que no quisiera saber nada del mundo, sino que no deseaba estar viva.

Sentía que, si cerraba los ojos, me despertaría.

Imaginaba todo lo que podría haber cambiado aquel día desde el preciso instante en que me levanté.

Si hubiera ido a repasar la presentación con Clara a la biblioteca, si me hubiese echado una siesta, repasado más lejos de las bandejas o sentado en una silla, quietecita.

Cuando los abría de nuevo y comprobaba que mi cuerpo seguía en la cama, rompía a llorar.

»Lloraba hasta quedarme sin aire, hasta empapar la almohada con todo el líquido que mi cuerpo podía expulsar.

Así era como me quedaba dormida. Olloraba hasta desmayarme del cansancio o mi mente recreaba la escena una y otra vez.

Su grito aún resonaba en mis tímpanos como un eco que me obligaba a regresar hasta aquel preciso instante.

»A medida que el tiempo iba pasando, venían a buscarme a la habitación cada vez con más frecuencia.

Algunas veces era Adri intentando que bajase al salón para ver una película con él.

Otras veces eran mis padres con alguna pregunta irrelevante, tratando de obtener una respuesta o reacción por mi parte.

Clara venía mucho también. Todas las semanas, de hecho.

Estuvo un año acercándose a saludar y a recordarme que estaba ahí.

¡Un año cada semana! Fue quien me enseñó que nada vale más que una amiga que no te deja sola mientras el mundo se te cae encima.

»Ellos también lo pasaban mal, pero a mí no me importaba.

En mi cabeza estaba convencida de que yo me encontraba peor.

De que el trauma me lo había llevado yo y no ellos.

Ellos habían perdido una hija, pero yo una hermana.

Ellos no la querían tanto como yo. Yo, yo y yo.

Una adolescente en proceso de duelo. No sé si hay algo peor que eso.

Ymás cuando la adolescente siente que debería estar muerta y que la pesadilla en la que su vida se ha convertido no es real.

Sé que fue un año entero porque, por suerte, tengo esto.

Mi vida entera escrita, a excepción de ese periodo que tardé en volver a ser una persona funcional.

»Y así, de pronto, sin saber muy bien por qué ni cuándo, de un día para otro, dejé la cama.

Llevaba más de cinco días sin llorar. Aquello era un récord, desde luego.

Me levanté y salí de mi cuarto para ir al baño.

Tenía el rostro desfigurado después de llevar meses postrada.

Me miré en el espejo. Era un monstruo con ojeras, rastas en el pelo y un cuerpo que no reconocía de lo delgado que estaba.

Me toqué la cara. Recuerdo que lo que más me impactó fue sentir el calor que irradiaban las palmas de mis manos sobre mis mejillas congeladas.

Fue justo en ese instante, mirando mi reflejo, cuando caí en la cuenta de que tenía unos padres que habían perdido a una hija, un hermano que había perdido a su hermana mayor y una amiga que llevaba un año viviendo su vida sin mí.

Me di cuenta de que, a pesar de todo, el sol entraba por la ventana del baño y la vida, por mucho que mis párpados hubieran querido pausarla, seguía su curso.

»Bajé por inercia al salón buscando a mi familia.

¿Te puedes creer que una parte de mí tenía la esperanza de encontrar a Sofía sentada en el sofá con todos, viendo el partido del domingo?

Una esperanza con la que me he acostumbrado a vivir.

Todavía hoy me sigue pasando. Me pasa sobre todo cuando entro en casa.

Me imagino que aparece de repente y nos dice que ese sábado se escapó del hospital sin que lo supiéramos, aprovechó para huir lejos y que todo este tiempo ha estado viajando.

No te imaginas cuántas veces he soñado con eso.

»Pero, por supuesto, no estaba. Tan solo me encontré con la mirada de mis tres seres queridos.

“Los que aún no he matado y todavía siguen vivos”, pensé.

Me miraban sin decir nada, pero con cierta alegría y emoción.

Fue Adri el que me invitó a sentarme con ellos.

Que iban uno a cero y que me estaba perdiendo un partido interesante.

»Y eso hice. Me senté al lado de mi madre y vi el partido.

Bueno, miento, no lo vi. Tan solo lloré mirando a la pantalla de un televisor que me enseñaba unas imágenes que mi mente no procesaba, pero con las quejas de mi padre y Adri hacia el árbitro de fondo y con la calidez de mi madre abrazándome con fuerza.

Creo que ella también simulaba que veía el partido.

Lo único que hice ese día fue llorar en distintos escenarios.

Pensé que podía seguir haciendo aquello el resto de mi vida.

Lloraba con ellos, con Clara. Con todos. Atodas horas.