41. Todo lo que soy #2
»Un buen día, Sofía decidió enseñarme lo que ella llamaba “el estudio mágico”.
Hasta entonces no me había dejado pasar al laboratorio porque decía que era muy pequeña para entender lo que ocurría allí dentro.
Yo me moría de ganas por saberlo y, siempre que se encerraba durante horas en aquella misteriosa habitación de la casa, intentaba mirar por la rendija de la puerta o escuchar lo que pasaba dentro, pegando la oreja a la fría madera blanca.
No podía percibir nada más allá de la potente voz de Etta James o la sequedad de mis retinas, cansadas de mirar la luz roja que se deslizaba por debajo de la puerta.
Y, por fin, cuando consideró que ya tenía los conocimientos suficientes como para saber más, me dejó pasar.
»Sofía revelaba todas las fotos que hacíamos con la cámara allí dentro.
Sí, tenía su propio estudio de fotografía.
Mis padres siempre le daban todo lo que quería.
Era su niña, su primer amor. Todo con tal de retenerla en casa y hacerla feliz.
Con tal de que las fantasías que un día tuvo de pequeña se esfumaran, de hacer que se sintiera parte de aquel hogar y de aquella familia.
Un cuarto entero para ella sola. Para que pudiera crecer y desarrollar su pasión por aquel mundo.
»Recuerdo el día que entré ahí por primera vez como uno de los más felices de mi vida. Mi hermana era mi musa, mi inspiración, mi modelo que seguir. Era feliz entrando por fin a su jardín secreto. Me mostraba sus partes más privadas. Me hacía sentir especial, cómplice.
»Quedé fascinada por aquel lugar desde el primer momento.
Lo que para ella eran grandes bandejas de plástico con líquido de revelado, para mí eran rebosantes calderos de líquido mágico.
Las cuerdas donde colgaba a secar las fotos eran hilos con los que catapultarse de un lugar a otro.
Donde ella veía estanterías, yo imaginaba grandes columnas de hierro que sostenían las paredes de aquel reino rojo.
Porque no era el mundo real. Las luces de led que evitaban que las fotografías de mi hermana se quemasen para mí eran un claro indicador de que estábamos en otro universo, en el que la música salía de un círculo negro llamado tocadiscos y las fotos podían pasar de la película al papel.
Fuera de ese cuarto no podían hacerlo. Pero allí cobraban vida y me saludaban.
Yyo hablaba con ellas. Era mi mundo feliz. Nuestro mundo feliz.
»Pero todo cambió cuando Sofía terminó el instituto.
Mis padres insistían en que estudiara y ella no quería.
Lo típico. No recuerdo muy bien aquella época, tan solo que discutían a menudo y que Sofía cada vez pasaba más tiempo fuera de casa.
Se negó a dedicar su tiempo a algo que no tuviera que ver con la fotografía.
Frecuentaba fiestas todos los días de la semana que podía e iba mucho por ahí con sus amigos y con sus novios.
Volvió la Sofía rebelde de la que nuestros padres siempre nos hablaban con poco aprecio.
Yo no la había conocido hasta entonces, claro.
»Aunque, siendo sincera, la nueva Sofía no me disgustaba.
De hecho, fue esa Sofía la que me animó a cerrar la puerta de mis mundos de Yupi y enfrentarme a la vida real.
La que me animó a plantarle cara a la niña pesada de mi clase que quería hacerme la vida imposible: me tiraba las pegatinas al váter, no me dejaba jugar con las otras chicas y, cuando no la invitaba a mi cumple, averiguaba dónde era y se presentaba allí con su padre, sin yo poder echarla porque los míos me regañarían por hacerlo.
Ycuando le dejé las cosas claras, como bien podrás deducir, no pasó nada.
Ella tan solo me veía como una niña repipi a la que le gustaba el rosa y llevaba cada año un estuche de tres niveles distinto.
Pero solo éramos eso: niñas. En lugar de tirarme del pelo o seguir buscándome las cosquillas, me propuso jugar juntas a buscar unas hadas que creía haber visto en un cuartillo secreto de los baños del colegio.
Fue con diez años cuando me hice amiga de aquella niña de pelo negro, carácter fuerte y colmillos afilados: Clara.
Era como tener a mi hermana en el cole y eso me gustaba.
»Las peleas en casa eran cada vez más frecuentes y todo parecía cambiar dependiendo de la semana y del humor con que pillaras a mi hermana.
Pero había una cosa que no cambiaba: los findes de escapada para hacer fotos y las tardes en el estudio con ella.
Eso siempre me gustó. Apesar de todo, de lo malo, de ser la oveja negra, de sus diferencias, ella y yo seguimos siendo una.
Allí dentro, entre aquellas cuatro paredes rojas, éramos nosotras contra el mundo.
Las de siempre, haciendo lo de siempre: ser felices revelando recuerdos y haciendo nuestra magia.
»Un par de años después, Sofía empezó a trabajar para poder viajar en busca de respuestas a su inconformismo.
Era un claro ejemplo de que, tarde o temprano, todo aquello que algún día nos llamó siempre vuelve a hacerlo.
Las puertas que cierras de pequeño, obligado por alguien que no eres tú mismo, no se cierran.
Un niño no cierra, entorna. Por si acaso.
Para poder volver cuando nadie mire o echar un vistazo de vez en cuando.
Yeso hizo Sofía. Como si doce años después alguien hubiera vuelto a llamarla desde el otro lado, sus ganas de huir y descubrir mundo regresaron. Yesta vez nadie pudo impedírselo.
»Pasaba muchas horas trabajando en la tienda de revelado que teníamos debajo de casa.
Le resultaba fácil y ameno. Lo hacía durante todo el año para poder viajar en verano.
Así estuvo cinco años. Mis padres no apoyaban su decisión de trabajar para gastárselo todo, pero, ya sabes, distintas generaciones y distintas formas de ver la vida.
No podían entender a mi hermana, pero tampoco querían.
Ella estaba viviendo todo lo que a ellos les había faltado.
Mi madre lo vivía como un castigo. Mi padre como una consecuencia.
Se culparon durante muchos años por no haber intentado reconducirla desde más pequeña.
Por no haberse tomado en serio aquellas fantasías infantiles que su cabeza había alimentado ante su indiferencia.
Pero no eran los culpables porque ellos hicieron todo lo que estaba en su mano.
Mi hermana era un espíritu libre, un alma con sed de descubrir quién era.
Lo único que hicieron mal mis padres fue no asumirlo desde un primer momento y tratar de retenerla con nuevos hermanitos y regalos caprichosos.
»Sofía me explicaba que viajaba porque quería encontrar “el sentido de la vida”.
Yo la escuchaba fascinada, sin entenderla.
Al fin y al cabo, una adolescente de quince años no podía comprender aquello.
Ella desaparecía durante tres meses y volvía en septiembre.
Me enseñaba todo lo que había capturado en imágenes durante ese tiempo y yo hacía lo mismo.
Las suyas eran fotografías de lugares exóticos y desconocidos para mis ojos.
Las mías eran fotos en la piscina con mis amigas que hacía para poder subirlas a Tuenti o fotos de Adri enterrado en un montón de arena con forma de cola de sirena.
Nos las enseñábamos y nos contábamos la historia detrás de cada imagen, y aquello nos llenaba y nos hacía felices.
Porque eso nunca cambió, siempre estábamos la una para la otra al volver al estudio.
»En septiembre de 2016, Sofía tenía veintiséis años, como yo ahora.
Volvió de su viaje emocionadísima. Me acuerdo de cómo le brillaban los ojos al hablar de los nosecuántos sitios en los que había estado.
Me dijo que había mucho trabajo por hacer y que tenía un montón de cosas que enseñarme.
No te exagero cuando te digo que trajo como diez carretes ese verano.
»Nos llevó tiempo. Sofía echaba muchas horas en la tienda de revelados porque, como cada septiembre, no tenía ni un duro y debía empezar de cero.
Íbamos a carrete por mes. Revelar a mano no es un proceso sencillo ni mucho menos rápido.
En septiembre pasamos a papel su viaje por Túnez y la costa amalfitana, en octubre sacamos Sicilia, en noviembre Menorca y en diciembre…
En diciembre tocaba revelar el carrete de Atenas.
»Le gustaba el Mediterráneo, como podrás imaginar.
Sobre todo, Grecia. AGrecia volvía cada verano.
Era su lugar favorito. Nunca desistió de su fantasía de que algo de aquella civilización formaba parte de ella.
Aunque te confieso que, de los últimos carretes, nunca llegaba a ver ni una sola foto, porque a ella le gustaba dejar “lo mejor para el final” y, cuando llevábamos tres meses revelando, yo me cansaba.
Nunca llegaba a ver las fotos de Grecia.
Se acercaban los exámenes finales, tenía menos tiempo, no me apetecía recordar nada de las vacaciones…
De nuevo, diferentes etapas de la vida. Sin más.
Supongo que una parte de mí se ponía incluso un poco celosa de que le gustara más todo aquello que Madrid, que su propia casa.
Pero en ese momento no sabía identificarlo.
Me encerraba en mi cuarto a estudiar, con mis cosas, y ella lo entendía.
Aunque yo seguía yendo al estudio, porque me encantaba, lo hacía para revelar mis fotos o para pasar tiempo con ella.
Me forzaba a mostrar indiferencia a modo de protección.
Nunca me interesó siquiera la historia de esa tal Helena de Troya, pero fingía que sí porque a Sofía le brillaban los ojos cada vez que me la contaba. Yeso me hacía muy feliz.