Hydra 41. Todo lo que soy
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41. Todo lo que soy

Todo lo que soy

—Me sacaba diez años. Mis padres la concibieron muy jóvenes.

Fue un «accidente». Mi madre siempre contaba que fue un disgusto terrible.

Ella y mi padre llevaban tan solo año y medio saliendo.

Se plantearon dejarlo, abortar, mudarse a otro país, darla en adopción…

Muchas opciones. Al final decidieron seguir adelante, sabiendo lo que una paternidad temprana conllevaría y todo a lo que tendrían que renunciar.

»Sofía llegó al mundo sin llorar. Con la boca cerrada y los ojos comunicándoles a sus progenitores que llevaba nueve meses escuchando lo que tenían pensado hacer con ella.

Pero mis padres, a pesar de las infinitas dudas que habían tenido hasta ese momento, en cuanto aquellos ojos negros los miraron por primera vez, se quedaron prendados de ella.

»La Sofía que no lloraba y mantenía la boca cerrada duró poco.

Era la niña más rebelde del mundo. Todo lo contrario a mí, aunque muy parecida a mi hermano Adrián.

Era de tez morena, con los ojos y el pelo negros como el carbón.

Le gustaba chillar, saltar y correr hacia donde la llevara el viento.

Le fascinaban las nuevas aventuras y los lugares desconocidos.

Era muy especial, ¿sabes? Ya desde pequeña mostraba interés por conceptos o cosas muy diferentes de los que movían a los críos de su edad.

Aseguraba que existía la magia y que ella no pertenecía a este mundo.

Que su alma era vieja y que tenía curiosidad por descubrir su origen.

¡Decía eso con tan solo ocho años! Mis padres, claro, se reían y se autoconvencían de que eran cosas de la edad, pero siempre los preocupó en cierto modo su inconformismo.

Al fin y al cabo, no dejaba de ser una niña que se sentía fuera de lugar, a la que no le bastaba con lo que tenía.

Yese es uno de los valores que mis padres siempre nos han tratado de inculcar. El ser agradecidos con lo que tenemos.

»Fueron diez años muy complicados. Mis padres pasaron los veintitantos viajando poco, trabajando mucho y tratando de llevar una vida normal.

Pero no lo era. No eran iguales al resto de sus amigos.

Sus amigos no tenían que volver el domingo por la noche a casa de sus suegros para recoger a la niña o saltarse la sesión de gimnasio para ir a buscarla a la guardería.

Siempre cuentan que no fue sencillo, pero que aquello los unió.

No solo como pareja, sino también como amigos, como compañeros de vida y como dos almas con una misma misión: cuidar de aquella criatura tan única y especial.

Ella era un regalo que, a pesar de su carácter y sus ganas de traer problemas, les recordaba por qué hacían lo que hacían.

Les daba un sentido a sus vidas. Les hacía reír juntos, soñar juntos, remar juntos y querer recorrer el mismo camino.

»Fue entonces cuando fundaron la empresa.

Apesar de seguir ambos en la universidad y de no tener ni un duro, querían que Sofía se criara en un núcleo familiar carente de cambios e inestabilidad.

Les fue bien organizando eventos desde un principio.

Poca inversión y muchos contactos. Justo lo que necesitaban.

Al año pudieron irse a vivir de alquiler a un piso a las afueras de Madrid y ahí la criaron juntos.

»El día de su noveno cumpleaños, Sofía volvió del colegio hablando sin parar de la lección que habían dado ese día en Historia, sobre la antigua Grecia.

Fascinada, se obsesionó hasta tal punto que aseguró haber encontrado su lugar, lo que quería ser de mayor: «griega», comenzó a responder cada vez que algún adulto se lo preguntaba.

Mi madre siempre cuenta que su respuesta hacía reír a muchos y les causaba ternura.

Pero Sofía los miraba con firmeza, segura de sí misma, diciéndoles que se reían porque, cuando uno se hace grande, no es capaz de recordar lo que significa esa pregunta.

»Mi hermana fue un regalo para mis padres.

Una lección de vida. Una enseñanza. Todo lo que pudieran darle con tal de hacerla feliz y de retenerla a su lado se lo darían.

Yahí llegué yo. Tiempo después, mis padres quisieron darle un hermanito.

Tenía diez años y le costaba relacionarse con los de su edad, así que pensaron que la mejor opción sería forzarla a hacer un nuevo amigo.

Fui, hablando mal y pronto, concebida para ella.

»Siempre me han dicho que, en cuanto Sofía se asomó a mi cuna en el hospital, quiso cogerme. “Es tu hermana”, le dijeron mis padres. “Lo sé, pero no se va a sentir sola como yo, porque voy a jugar mucho con ella”, fue su respuesta.

»Me llamo Helena porque Sofi así lo decidió.

Se empeñó en ir con mi padre al registro y, subiéndose a una banqueta para llegar al mostrador, se aseguró de que lo escribía bien.

“Helena con H, como Helena de Troya”, le dijo a la funcionaria.

Me gusta mi nombre, la verdad. En el colegio acarreaba escuchar la misma pregunta que tanta pereza me daba responder, pero siempre me ha gustado porque me lo puso ella.

»Cuando contábamos esta historia, ella decía: “Y ese fue el comienzo de una bonita amistad”, pero yo siempre le discutía que no éramos amigas.

Que las amigas son dos desconocidas que un día se encuentran, pero que ella ya estaba ahí cuando yo salí del vientre de mamá.

Yo nunca tuve que conocerla. No apareció en mi vida.

Ya estaba allí cuando yo llegué. Pero ella no me hacía caso.

Tan solo me abrazaba con fuerza, sin dejarme respirar, y me decía: “¡Pues qué suerte! ¡Yo tuve que esperarte diez años!”.

»Crecer con Sofía a mi lado tuvo sus partes buenas y sus partes malas, pero todas esas partes conformaron y moldearon las mías.

Sus gestos y sus palabras influenciaron mi sistema de pensamiento, mis creencias y mis ideales.

Quizá no puedas entenderlo porque no tienes hermanos.

Clara no lo entiende tampoco. Una hermana es alguien que, si algún día te llega a faltar, sentirás que te han arrebatado para siempre una parte de ti.

Como cuando te amputan una pierna y de vez en cuando te despiertas porque te duele o te pica, pero cuando vas a tocarla o a rascarte no está.

Yentonces te vuelves a dormir deseando no haber despertado para que pudiera seguir picándote o doliéndote.

»Éramos la dupla perfecta. Desde que nací, tener a Sofía a mi lado me transmitía tal seguridad que me atrevía a hacer cualquier cosa.

Me lanzaba desde lo alto de cualquier muro porque ella estaría abajo para cogerme; corría sin rumbo porque sabía que ella gritaría mi nombre para que encontrara el camino de vuelta a casa; me permitía hablar con desconocidos, aceptar retos o hacer nuevos amigos sin vergüenza alguna porque no existía el fracaso.

Sofía siempre me acompañaba y me abrazaba al final del día.

»Aunque no todo eran ventajas. Tantos años protegida y bien cuidada me convirtieron en una niña creativa, soñadora y romántica en exceso.

Mientras que ella era dura y capaz de enfrentarse a cualquier cosa, yo ni siquiera sabía identificar los peligros.

Nunca viví en el mundo real como el resto de los seres humanos.

Me crie entre algodones, en mi reino de pétalos de rosa y purpurina.

Hubo un tiempo en el que la culpé de mi inocencia.

Por supuesto, no lo era, pero cuando eres una adolescente engreída y sabionda piensas que todo lo malo que te pasa no es, ni por asomo, culpa tuya.

»Cuando Sofía cumplió quince años le regalaron su primera cámara de fotos.

Me acuerdo perfectamente de que sacó un ocho de media en el instituto y mis padres se la dieron como premio.

Aquella cámara lo era todo para ella. Lo recuerdo como si fuera ayer.

La llevaba todo el día colgada al cuello, incluso para comer.

Tiraba fotos a todo lo fotografiable y a lo que no lo era.

Alas toallitas húmedas sobre la repisa del váter; al maquillaje de mamá desperdigado por el lavabo del baño; a los periódicos reciclados de papá y a las amenazantes grietas del techo de la terraza de mis abuelos.

Yo tenía cinco años y no entendía muy bien por qué tanto revuelo por un cacharro de plástico que guardaba toallitas, unas grietas o unos viejos periódicos.

Pero, cuando crecí un poco, lo entendí. Ella me hizo entenderlo.

»Cuando se sacó el carnet de conducir, comenzó a llevarme cada fin de semana a un escenario distinto.

Juntas jugábamos a hacer magia para ver quién conseguía la foto más especial.

Con la mejor luz, la mejor perspectiva o los mejores colores, efímeros y brillantes a través del objetivo.

Para mí era solo un juego, un reto. Para ella, una pasión.

Soñaba con hacer de aquello su profesión y consiguió contagiármelo.

Porque eso es algo que ella hacía muy bien.

Compartir. La frase “todo lo mío es tuyo” jamás fue tan real como entre nosotras.

»Todo lo mío era suyo. Mi vida era suya, y viceversa.

Tan solo había amor y devoción mutua. Ysu amor por la fotografía era tal que me lo transmitió.

Siempre supe que esa fue una de sus mayores alegrías en la vida.

Desde entonces, en mi caso, cuando algún adulto me hacía la pregunta de “¿qué quieres ser de mayor?”, mi respuesta siempre era la misma: fotógrafa.