Hydra 40. Vivir es una elección
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40. Vivir es una elección

Vivir es una elección

—¿Más vino? —le preguntó él.

—Sí, por favor.

La misma mesa plegable en la que habían desayunado les servía para las cenas y las comidas.

Marco había sacado lo que él llamaba «el mantel de las ocasiones especiales».

Un paño de cuadros blanco y rojo carmín al más puro estilo italiano.

Aquel velero y aquella experiencia sin duda eran una situación especial para ella.

Le enterneció la idea de que para él también lo fuera.

Bajo la luz de la luna y las estrellas, se llenaban el estómago el uno frente al otro, con dos mantas grandes cubriendo sus cuerpos y la calma de la noche sobre ellos.

—¿Te acuerdas de lo que me dijiste en la primera cena? ¿Lo de que antiguamente brindaban para comprobar que nadie engañaba a nadie? —dijo Helena alzando su copa para brindar.

—Ajá. —Marco alzó la suya y la chocó levemente.

—He estado pensando en ello —continuó ella—, y me parece curioso, pues, si por las mujeres fuese, el brindis en la actualidad no existiría.

—¿A qué te refieres?

—Nos he imaginado a Clara y a mí en esa situación y…

no nos haría falta. Si nos sentáramos a una mesa y sospechara, desconfiara o algo le diera mala espina, tan solo tendría que mirarme.

—Bebió de su copa—. Por no hablar de lo innecesario de chocar las copas con brusquedad y con unos berridos que espantan incluso a los muertos, pero eso ya es otra historia.

Lo de siempre, ¿no? Si el mundo estuviera gobernado por mujeres, las cosas serían muy distintas.

—Son muchas las cosas que podrían haber cambiado el presente y, sin embargo, todo cuanto conocemos actualmente existe porque así ocurrieron —puntualizó él—. Pero sí, desde luego. No te negaré que nuestra falta de sexto sentido nos ha hecho tener que recurrir a métodos más… toscos.

—Groseros, bastos y vulgares —añadió ella—. Pero sin juzgar, ¿eh? No somos coetáneos, no debo hacerlo. —Pensó en la cara de asco que pondría Clara al escucharla decir aquello.

—Bueno, ahora que lo pienso, te diré que alguna vez me puse a ligar con la misma tía que Sebas en una fiesta y tan solo tuvo que mirarme —dijo él con sorna.

Helena puso los ojos en blanco.

—No sé si lo usamos para lo mismo, pero sí, supongo que, llevado a lo simple, es eso.

Marco la miró mientras comía los spaguetti ai funghi que le había preparado.

Ninguna de las chicas que se había intentado ligar en fiestas se parecía a aquella que tenía delante.

No sabía identificar por qué y a la vez estaba seguro de que el motivo era tan simple como el de ella: lo supo desde el día en que la vio sentada con Sebas comiéndose un helado de pistacho.

—Helena…, sobre lo de antes… —dijo buscando las palabras correctas.

A ella se le puso la piel de gallina como le pasaba cada vez que escuchaba su nombre saliendo de su boca.

—¿Qué de antes?

—Lo que me has comentado que sentiste al verme en el puerto la primera vez, sobre el banco del muelle. —Dejó la copa de vino y la miró fijamente—. No he tenido la oportunidad de decir que… a mí también me pasó.

Helena abrió los ojos, sorprendida.

—Te diré que me gustaba vivir en la fantasía de que podría haber sido mutuo, pero ahora veo que es una realidad. —Sonrió ella triunfante.

—Bueno, pues ya lo sabes. Para que luego no me digas que soy un chico misterioso, reservado e inaccesible. También siento y expreso, como el resto de los mortales.

—Menos echarte flores y más contarme con pelos y señales tu versión. Ahora te toca a ti.

Marco ladeó la cabeza mientras sonreía. Le caía bien y le parecía repelente a más no poder.

¿Era posible aquello? Había leído que ese tipo de contradicciones solo se daban cuando el amor llamaba a la puerta.

En cualquier otra ocasión, no habría aguantado más de cuarenta y ocho horas seguidas con una persona que le llevara tanto la contraria o le pegara tantos cortes.

—No sé si ocurrió tan de golpe como te pasó a ti, pero sí que era una sensación que no había experimentado nunca.

Helena bebió vino de la copa, tratando de ocultar su gozo al escuchar aquellas palabras.

—Estaba en el banco a punto de encenderme un piti cuando alcé la vista hacia el bar.

De pronto te vi. Con el pelo recogido, la postura de chica que parece tranquila, pero que en realidad controla cada uno de sus gestos, y el vestido blanco pegado al cuerpo.

Te prometo que al verte pensé: «Mierda».

No solo por tu físico, ya sabes. —Se rascó la garganta mirándola de arriba abajo—.

Fue algo más. Fue como si al verte algo me dijera que estabas ahí puesta para mí.

Incluso te sonará absurdo, pero sentía que tú también me mirabas, aunque no lo hicieras.

Como si tu cuerpo vibrara a lo lejos y mis sentidos reconocieran tu frecuencia.

Sacó su paquete de liar y se escondió en el gesto de desmenuzar tabaco antes de continuar.

—También supe que desde ese momento no podría dejar de reconocerte estuvieras donde estuvieses.

De hecho, me acordé de Brian Weiss. Me ha parecido demasiada casualidad verte leyéndolo esta tarde.

Me acordé de él y de las otras vidas. También recuerdo pensar en que quizá estuviera sugestionándome por mis años como lector de este tipo de temas.

—Hizo una pausa para ver si Helena decía algo, pero solo le escuchaba muy atenta—.

Pero entonces vi que Sebas estaba sentado contigo y, si existen los celos, eso es definitivamente lo que sentí en aquel momento.

—Sonrió entre dientes y el filtro se le quedó pegado en la comisura inferior izquierda—.

Me asusté por estar sintiendo todo aquello en tan solo dos minutos.

No se me ocurrió otra cosa para acercarme a vuestra mesa que inventarme lo de pedir fuego.

No suelo dejarme llevar por ningún pecado capital, pero en este caso…

ni yo mismo sabía lo que estaba haciendo. Sebas, claro está, lo supo al momento.

Helena le miró fijamente. Sabía que a los hombres les gustaba inventarse historias bonitas para embelesarla.

Aella y a todas. Pero en aquel instante, con la luz plateada de la luna alumbrándolos y los ojos de él pidiendo una respuesta a gritos, supo que no mentía.

Que aquello era tan cierto como todo lo que sintió ella aquel día.

Que todo había estado preparado para que sus almas se encontrasen en aquel preciso espacio-tiempo.

Que aquella historia no podría borrarla jamás de su memoria, por muchas otras vidas que viviera. Respiró hondo y contestó:

—Lo primero, gracias. Por abrirte conmigo. Me pongo nerviosa cada vez que lo haces, pero me gusta.

Marco la miró y esperó a que siguiera. Enrolló el cigarrillo que tenía entre las manos, con el corazón a mil por hora y sin saber cómo se paraba aquello porque nunca había tenido que hacerlo.

—Lo segundo… —Ella adoptó un tono más jocoso, suavizando el asunto—. ¿Era necesario que te acercaras, cogieras una silla, la arrastrases hasta nuestra mesa y te sentases de brazos cruzados sin saludar? ¡¿De qué nos iba a servir en todo esto que vinieras haciéndote el chulo?!

Marco soltó una carcajada y sus nervios con ella.

—Joder, perdóname, yo qué sé. Estaba nervioso, fui por impulsos. No soy como tú. No pienso cada puto movimiento.

—Pues menudo impulso, hijo. Me hizo no querer acercarme a ti durante una semana entera por lo nerviosa que me ponía tu actitud de chico callado y antipático.

—Eso ya no es mi problema. Te lo dije el primer día y te lo repito ahora.

No cumplo con las expectativas de nadie.

No diré lo que quieres oír ni seré correcto socialmente hablando si no quiero serlo.

Quería que te quedaras con mi cara y funcionó.

Supongo que a los otros chicos que te entraron, se presentaron y te comieron la oreja con lo que querías oír no se les ocurrió ese truco.

—No hacía falta ningún truco —soltó ella.

—Tampoco hacía falta que dijera nada. —Se llevó el mechero a los labios y se encendió el cigarro—. Tan solo era tu ego pidiendo a gritos que reaccionara de alguna manera para poder manejar la situación y hacer de las tuyas una vez más.

—Y dale con el ego. Cómo te gusta esa palabra… —se exasperó Helena—. Ahora, por lo menos, ya sé de dónde viene —dijo mirando los dos libros que habían dejado sobre los cofres.

—Es que tienes mucho. Eres el ejemplo perfecto de persona que no es capaz de dejarlo a un lado. Lo usas para todo. Para sobrevivir, coexistir y tomar decisiones.

Helena le maldijo por poner sobre la mesa aquel tema.

—Te sorprendería la Helena de Madrid. Aquí lo he dejado un poco a un lado. La de allí es mucho peor. No voy a permitir que les quites méritos a mis avances.

— Touché . No conozco a la Helena de antes. ¿Has avanzado mucho? —dijo tratando de controlar la risa.

Helena le imitó entornando los ojos.

—Poco a poco. Sigo sin ser capaz de controlarlo por completo aún.

—Los libros siempre son una buena herramienta.

—Ya. —Nostálgica, recordó las horas de paz que había experimentado durante toda la tarde leyendo a su lado—.

No es fácil, ¿sabes? En Madrid, digo. Allí todo va rápido.

La gente, la vida, el trabajo… Todo es urgente.

El poco tiempo que tengo libre lo invierto en consumir contenido rápido o leer noticias.

Tendría que hacer malabares para sacar una tarde como la de hoy en mi rutina de la ciudad.

¡Tendría que hacerle un hueco en mi agenda!

Literalmente. —Ladeó la cabeza y añadió—: No es como aquí. Mírate. —Le señaló con un leve gesto—.

Marco inhaló el humo y lo expulsó, confundido.

—¿Qué pasa?

—Tu vida es esto. —Ella encogió los hombros con cierto tono de tristeza—.

Tu vida es estar seis días en un velero sin cobertura, sin nada que hacer, sin nadie con quien conversar.

Claro que puedes hablar de ego, leer libros de crecimiento personal o aprender a cocinar platos elaborados.

Si yo tuviera esta vida, también tendría tu cabeza.

Marco la miró fijamente a los ojos antes de continuar. Estaba tan en desacuerdo con ella que no sabía por dónde tirar.

—¿Acaso te crees que yo tengo esta mentalidad por «la vida que me ha tocado»?

—Un poco sí. La isla es un buen lugar para desarrollar tu mente de esa manera.

—La mente no se desarrolla de una forma u otra en función del entorno, Helena. Es un factor, sí. Pero no el único. Si así fuera, ¿por qué Sebas no la tiene? O, mejor dicho, ¿por qué hay gente en tu ciudad que sí?

Ella le miró confundida.

—Vivir es una elección. Mientras sigas dejándoles tus decisiones y forma de pensar a tu exterior, tu interior jamás tomará las riendas de nada.

No importa lo que pase fuera si lo de dentro sabe volver a la calma.

Ahora estamos en este velero, pero te recuerdo que cuando voy a Atenas a trabajar las cosas no son así.

De hecho, te aseguro que son incluso peores que en tu ciudad.

Y, sin embargo, por mucho que pasee por esas calles destrozadas, llenas de personas infelices y turistas ansiosos por explotar sus únicos tres días de vacaciones, en mi mente siempre vuelvo al velero.

Con cada paso que doy, recuerdo el vaivén que sentimos ahora.

Escucho cómo respira el mar y entonces la frecuencia de mi mente disminuye.

—Se colocó el dedo índice sobre la frente—.

Todo eso no existe sin esto de aquí. Es esto lo que decide cómo se percibe y cómo se procesa lo del exterior.

Helena permanecía inmóvil, masticando aquello y esperando a que continuara.

—No puedo estar de acuerdo con nada de lo que has dicho porque yo también fui como tú.

Ylo cambié. Ytodo el mundo puede hacerlo.

El ser humano se diferencia del resto de los animales porque sabe buscarle un sentido a su existencia.

Si te conformas con el sentido que ha decidido alguien o algo por ti, estás eligiendo que así sea.

Se quedaron un rato en silencio, comiendo y dando pequeños sorbos a sus copas de vino blanco.

Helena no tenía ninguna respuesta para aquello.

Jamás se había planteado las cosas como lo hacía aquel chico.

No tenía cómo rebatírselo ni cómo ponerlo en duda.

AMarco el silencio le hizo preguntarse si quizá había sido demasiado brusco.

No todo el mundo estaba preparado para escuchar ese tipo de cosas. Se acordó de su abuela.

—¿Y qué se hace cuando, a pesar de haber sido siempre como tú, una persona con mucho mundo interior, autocrítica y con interés por despertar de la nube gris en la que los demás vuelan en automático, te lo arrebatan todo?

—preguntó ella de pronto, despertando la curiosidad de Marco—.

El sentido que le dabas a tus historias y fantasías, tus sueños, tus ganas de vivir…

¿Cómo se recupera todo eso cuando tu cuerpo y tu mente quedan anulados para siempre?

Marco analizó lo que acababa de preguntarle.

—Nada es para siempre —dijo encogiéndose levemente de hombros—.

Los sentimientos, las experiencias, la memoria…

Todo se transforma. Nunca permanece igual y, si lo hace, es porque hay un bloqueo.

—La miró tratando de pedirle con la mirada que se abriera, que podía confiar en él—.

Ypara eso creo que necesito que me cuentes más.

Le gustaba lo que había entre ellos. Apesar del orgullo, los miedos y las diferencias, se entendían.

Sabía que tenía que ser él quien forzara la máquina de un corazón tan bloqueado como el de Helena.

Ella le observó pensativa. Aquellos ojos serenos y seguros la hipnotizaban.

Su alma, como si de un imán se tratase, la invitaba a juntarse con él y confesarle sus más íntimos secretos.

Se levantó y cogió su bolso para rescatar la cámara de su interior.

Se sentó junto a Marco, quien posó la palma de su mano sobre la rodilla de ella al sentir el ligero temblor que dominaba su cuerpo.

Los sonidos y el leve movimiento del barco invitaron a Helena a cerrar los ojos.

Respiró hondo para transportarse a aquel diciembre de 2016 y meter la llave en la ranura que tanto terror le había causado durante los últimos años.

Sintió el dolor, el miedo y aquel vacío de nuevo. Sintió cómo la paciencia de Marco la sostenía. Cómo las palabras del mar la consolaban y cómo el frescor de la brisa nocturna se llevaba el nudo que tenía en la garganta. Yentonces comenzó a hablar.

—Se llamaba Sofía. Mi hermana mayor.