39. En otra vida #2
—Bueno, quizá porque, técnicamente, no lo eres.
La Helena de ahora no es la que escribió aquello.
No soy capaz de relacionarme con mi «yo» de cinco años.
Compartimos cuerpo, pero nada más. Ya no tenemos en común ni vida ni mente ni círculo de amigos.
Es como un conocido de tu pasado con el que alguna vez compartiste techo, y ya.
—Sí. Si lo ves así. Y… —Marco preguntó con cuidado. Sabía ya que estaba cubriendo su cupo de preguntas diarias—. Aquellos años en los que no escribiste, ¿qué pasó?
Helena retiró la mirada del manto de espuma y le miró.
Pensó mucho su respuesta. Él supo que lo estaba haciendo y se arrepintió.
Demasiado pronto, ¿quizá? Demasiada confianza para haberla conocido hacía tres semanas.
¿Qué iba a contarle a él? ¿Y por qué se había interesado tanto si nunca lo hacía con nadie?
Pero en el gesto de Helena no había enfado o duda.
Tan solo agradecimiento. Una fugaz sonrisa se dibujó en sus labios y sus ojos le susurraron: «Gracias por preguntar».
Por primera vez desde que se habían conocido, ella no necesitaba que él hablara.
Yél no tenía la sensación de que ella necesitara seguir hablando.
La consoló en silencio y ella le dio las gracias con el color del mar reflejado en sus iris.
Helena iba a decir algo para romper el —ya no tan incómodo— silencio entre ambos, pero Marco se le adelantó.
—¿Café? —preguntó separándose del mástil y girándose hacia las escaleras.
—Sí, por favor —respondió ella.
Desayunaron café con leche y tostadas con queso feta, fresas y miel, sobre una mesa plegable que montó Marco.
Él tenía razón. El tiempo en cubierta pasaba muy diferente al tiempo que ella conocía.
Desayunaron con calma, disfrutando de cada bocado.
Riéndose por las hazañas de Marco y Sebas en la isla, las fiestas de Clara y Helena en las que la noche se había tornado turbia y las anécdotas de ella en el trabajo con sus padres como jefes.
Para cuando se quisieron dar cuenta, ya eran las doce del mediodía y llevaban horas hablando sin parar.
El sol a esas horas pegaba más fuerte y decidieron darse un baño.
Plegaron juntos las velas y el barco se quedó quieto flotando en mitad de la nada. Helena se agobió al darse cuenta y Marco la tranquilizó contándole mucha información sobre las especies marinas que rondaban por esas aguas y los sucesivos días de sol y calma que tenían por delante.
—No es por eso. Es porque acabo de caer en que estoy en mitad de la nada con un chico que en realidad no conozco. Podrías ser un asesino en serie y que terminase aquí la trama de mi existencia —respondió ella.
—Silénciate y disfruta, anda.
—Esa es justo la respuesta que me darías si fueras un asesino en serie —concluyó.
Marco la cogió como si de un saco de patatas se tratase e hizo el amago de tirarla por la borda.
Helena gritaba y se resistía, sin éxito alguno.
La lanzó al agua y se tiró tras ella. Al caer, un silencio atronador se apoderó del interior de Helena.
Sumergida en la inmensidad, abrió los ojos y, con la visión difusa por el salitre y el azul intenso del cielo reflejándose a su alrededor, vio cómo Marco se acercaba a ella.
Se quedaron inmóviles unos segundos, flotando, sintiendo la electricidad que desprendían sus cuerpos al estar tan cerca.
Helena, con el corazón a mil por hora y los pulmones echando de menos el oxígeno, fue la primera en ascender.
Cuando él fue a salir, le hizo una aguadilla.
Supo que había sido una mala decisión en el preciso momento en que se la devolvió sin dudarlo.
Ella preparó su plato estrella para comer: huevos turcos con pimentón, acompañados de patatas asadas y queso fundido.
El único plato que sabía cocinar. Almorzaron resguardados del sol, el cual, a esas horas del día, era insoportable.
Marco se echó la siesta sobre una hamaca en la cubierta y Helena se dedicó a navegar por la estantería de libros que había tras la escalera principal.
Se perdió durante horas entre títulos y sinopsis de novelas históricas, de crecimiento personal y biografías.
Ella no leía. No era algo que le hubiese llamado nunca, pero siempre le había fascinado lo mucho que se puede conocer a alguien por su librería.
Si ella tuviera una, no se parecería en nada a aquella.
Yeso también le fascinaba. Lo diferentes que eran, y lo mucho que sus cuerpos y almas se llamaban a pesar de ello.
Subió a la cubierta con un libro entre las manos de un tal Brian Weiss titulado Muchas vidas, muchos maestros .
Miró a Marco, que soñaba sobre la hamaca.
Dormía plácidamente sin camiseta, con tan solo un bañador ancho negro que le llegaba por encima de las rodillas y sus inseparables anillos y collar.
Tuvo que esforzarse para apartar la vista de su torso, que ascendía y descendía al ritmo de su respiración.
Le hipnotizaba su figura. Su manera de vivir y de ser.
Recordó sus brazos alrededor de su cintura al tirarla al agua.
Su calor. Se estremeció y devolvió la vista al libro tratando de controlar sus impulsos.
Leyó la sinopsis. ¿Un psicólogo capaz de hacer regresiones a otras vidas? ¿Qué fumada era aquella?
Pasó la tarde leyendo su nuevo descubrimiento y haciendo fotos a las irisaciones que el viento dibujaba sobre las olas del mar. En una de esas, de pronto, se percató de que no estaban solos. Un grupo de delfines navegaba junto a ellos, los saludaban, saltaban y posaban para ella.
—¿Has visto eso, Éter? —susurró emocionada para no despertar a Marco de su siesta—. ¡Delfines, Éter! ¡Delfines! —Helena sonrió al comprobar que él también los veía.
Sus lágrimas acompañaron los saltos de aquellos mamíferos acuáticos hasta que se desviaron para continuar su ruta en otra dirección.
Había vivido toda su vida encerrada en la gran ciudad.
Aquello era algo que jamás se había planteado que sus ojos llegarían a ver.
Supo responder a la pregunta que se había hecho en ese mismo lugar el día anterior.
Sí. La magia existía. Tan solo había que salir a buscarla.
Las horas pasaron, el sol cayó y Helena avanzó por las hojas del libro. Metida de lleno en sus páginas, no se percató de la presencia de Marco tras ella.
—Podría acostumbrarme a lo de levantarme y tener compañía. —Se sentó a su lado y observó la portada—. Conque Brian Weiss.
—Sí. He estado hurgando en tu biblioteca.
Espero que no te importe. —Le sonrió con una mueca nerviosa—.
He leído la sinopsis de este y no he entendido absolutamente nada.
Llevo unas cuantas páginas, pero sigue sin quedarme claro.
¿Cómo es posible? Me refiero, ¿cómo es posible que yo, Helena, cuando muera, me vaya volando a otro cuerpo y nazca de nuevo en otra persona?
Marco se rio y se frotó los ojos, obligándose a despertar.
—Pues porque no es así exactamente —afirmó—. Tú no vuelas y vuelves a nacer. Eso es ponerle una explicación humana, racional y científica al asunto. Para leer a Brian tienes que deconstruir tu cabeza y hacer caso a la intuición y a los sentidos. ¿Lo has percibido alguna vez?
—¿El qué?
—La sensación de ver algo y estar casi seguro de que ya lo habías vivido. La de sentir que tienes una misión en la vida o la de… —Miró a Helena a los ojos y dudó antes de decir lo siguiente—. Que ya conoces a alguien de antes.
Helena sintió una leve sacudida en el corazón al ver cómo la miraba mientras decía eso último. La misma sacudida que sintió el primer día.
—¿Cómo es esa sensación? —Se hizo la desentendida.
—Es, como te decía, intangible e intuitiva.
No se puede definir con hechos científicos o con una fórmula.
Es un presentimiento que llega sin que te lo esperes.
Como una especie de escalofrío que te recorre el cuerpo enviándote un mensaje nítido.
Incluso en ocasiones, el corazón da un vuelco, como hablándote de manera clara mientras te dice: eso es.
Helena miró al horizonte y sonrió. Claro que lo sabía.
Lo sabía desde que era pequeña. Aquel poder, aquella magia indescriptible la había acompañado a lo largo de su vida hasta que dejó de lado todo lo que no fuera racional o práctico.
Recordó a Clara hablando de rescatar a la Helena encerrada bajo llave.
En ese instante, con Marco sentado a su lado y el velero guiándola hacia la luz, decidió abrir la celda y dejar que la otra Helena saliera.
Por el bien de ambas. Porque cualquier dolor que pudiera llegar tras hacerlo ya no le importaba.
Porque, cuando has nacido con magia dentro, es inevitable que esta termine encontrando la llave con la que la encerraste.
—Me ha pasado varias veces en este viaje, ¿sabes? —le confesó a Marco, volviendo a mirarle.
Él no pudo evitar mostrar su asombro. Cada vez que se abría con él, aunque fuera mínimamente, su corazón se sorprendía como la primera vez.
—¿Sí? Bueno, con Éter ya me dijiste ayer que te pasaba —respondió, incapaz de disimular sus nervios—.
Quizá tengas alguna conexión especial con él o quizá en otra vida ya os conocíais y él sabía que en esta teníais que volver a encontraros.
Tal vez tú hiciste caso a tu intuición y él… Él tan solo te estaba esperando.
—Puede ser. —Rio Helena mirando al felino, que estaba recostado a su lado y maulló en modo afirmativo—. ¿Sabes cuándo más me ha pasado?
—Dime —inquirió Marco, firme y ansioso.
—Como te dije ayer —hablaba despacio, asegurándose de que él la seguía—, cuando seguí a Éter, el primer día que lo vi, me llevó hasta el puerto.
Yte encontré. Estabas sentado en el respaldo de un banco.
Liándote un piti. La escena más costumbrista y ordinaria del mundo.
Al verte sentí justo eso. Mi corazón y mis sentidos hablando.
No sé si me hablaban de otras vidas o de qué —rio nerviosa—, pero lo hacían.
Yme costó moverme, ¿eh?, ¡durante un rato, además!
Tendrías que haberme visto ahí parada… Ridícula.
Marco respiró hondo. Helena pudo distinguir cierta satisfacción en su rostro.
—Eso es porque soy un tío bastante guapo, es normal —la vaciló.
Helena se sonrojó al percatarse de lo que acababa de decir, aunque no se arrepentía de una sola palabra.
—Es curioso —continuó Marco—. Pensaba que te había caído fatal. Bueno, de hecho, tú a mí también. ¿Quién me iba a decir que la primera semana habías podido llegar a sentir algo positivo al verme? —Sus pecas brillaron y una sonrisa pícara se dibujó en su rostro.
Helena decidió decir algo para no volverse loca ante aquel gesto suyo que tanto le gustaba.
—Fue un encantamiento que se disipó rápido. En cuanto te sentaste a la mesa con esos humos de tío pasota que llevas siempre y pediste fuego sin tan siquiera presentarte, se esfumó.
—También suele pasar —añadió él con chulería.
—Fue bonito mientras duró. —Helena se encogió de hombros con ironía.
—No lo creo —afirmó Marco acercándose a ella.
Sus cuerpos se juntaban cada vez más sin darse cuenta.
—Pues créetelo. ¿Un tío que no se presenta y que no dice nada en toda la conversación? No, gracias. —Sonrió con los labios cerrados y entornó los ojos girándose hacia el frente.
Marco agarró su cara con una mano y la giró de nuevo hacia él.
—Entonces ¿qué haces aquí? ¿Por qué no has vuelto a casa, madrileña?
Preguntó aquello con la mirada fija en los labios de Helena, quien hacía lo mismo sintiendo el calor de su mano aferrándose a sus mejillas. Se acercó a él y volvió a buscar sus ojos.
—Porque, de haberme ido, no habrías tenido la oportunidad de confesarme que tú sentiste exactamente lo mismo al verme por primera vez —le soltó.
Los ojos de Marco se encendieron. Las comisuras de sus carnosos labios repletos de pecas se elevaron levemente y la miró de cerca durante varios segundos. Aesa distancia, en ese preciso momento, su corazón lo supo: no había vuelta atrás.
Un ruido a sus espaldas los sacó de aquella nube.
La botavara giró impulsada por el viento que inflaba la vela, desviando el barco y haciendo que los cabos sueltos golpeasen contra la madera caoba del barco.
Marco maldijo para sus adentros al viento más que en toda su vida.
Helena le vio levantarse e ir corriendo a cazar las velas para recuperar la sujeción.
Se giró para que no la viera reírse, nerviosa aún por la tensión suspendida en el ambiente los últimos segundos.
Después se levantó y le ayudó a sujetarla mientras él terminaba de fijar el cabo.
—Se supone que no volverá a pasar. —Sonrió dudoso—. Con tanta conversación interesante no me he dado cuenta del cambio de dirección del viento. ¿Por dónde íbamos? —dijo acercándose a ella y agarrándola por la cintura.
Helena soltó una carcajada separándose de él. Aquel chico no dejaría de sorprenderla nunca.
—Estábamos teniendo una conversación muy interesante —asintió todavía riendo—. Me contabas cosas sobre la intuición, otras vidas y fumadas de esas.
Se retiró a seguir leyendo su libro y Marco la observó alejarse, cruzándose de brazos mientras se mordía el labio inferior y alzaba la mirada al cielo.