Hydra 39. En otra vida
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39. En otra vida

En otra vida

Helena subió las escaleras que conectaban la camareta con la cubierta, desubicada y con dificultad, por no estar acostumbrada a tener que subir peldaños en movimiento.

No recordaba a qué hora se había dormido, tan solo que había sido pronto y que, ya fuera por la falta de sueño de los días anteriores o por el mecer del velero, no tardó en sumirse en un profundo sueño sobre el sofá de Marco.

Se sonrojó al recordar cómo había insistido él en que durmiera en su cama, sin éxito.

Lo que sí aceptó fue su pantalón de pijama azul marino a cuadros y una sudadera.

Él jamás lo sabría, pero se acostó y se levantó arropada por su olor corporal.

Aquel aroma le transmitía lo mismo que él: serenidad y seguridad.

Al subir a cubierta, tras cerrar la escotilla, dirigió su mirada hacia el horizonte para apreciar la aurora que se posaba sobre él abriéndole camino al sol.

Estiró las mangas de la sudadera para cubrirse las manos por completo y se sentó sobre dos grandes cojines que había en los asientos de popa, con la barbilla apoyada en el guardamancebos.

Marco seguía dormido, las aguas en calma, y tan solo escuchaba el inmenso saludo del mar al nuevo día. Sin brío, dejó que el silencio y el aire fresco les abrieran paso a los primeros pensamientos del día.

¿Sería un estorbo? ¿Qué estaba haciendo ella realmente en ese barco?

Aesas alturas, ¿podía estar segura de que aquel chico sentía algo por ella o no?

, ¿o solo quería acostarse con ella y por eso había aceptado dejarla subir?

¿Y luego qué? Al terminar el viaje, ¿se despedirían y ya?

¿Quedarían en ser dos amigos que volverían a reencontrarse en algún punto de sus vidas? «Silénciate».

Sorprendida ante la puntualidad de su reloj interior para decidir la hora de levantarse, dejó que los primeros rayos de sol le acariciaran los pómulos. El astro iluminó el velero, el mar y el cielo con un tono dorado que pintó los pensamientos de Helena de otro color.

Divisó su pequeño bolso colgado de lo que parecía un perchero apañado sobre una caja de madera. Recorrió la cubierta para alcanzarlo, con los pies descalzos, y sentándose de nuevo escribió.

29 de mayo de 2025

Navego hacia Creta con el corazón tranquilo ante la decisión de alargar mi viaje. Te mentiría si negase que me vienen mil dudas y miedos a la cabeza. Pero, ya que estamos siendo sinceros, me dan igual.

Si he podido hacer esto, puedo hacerlo todo.

Nunca había sentido tanto miedo como cuando Marco me miró ayer a los ojos y se despidió de mí.

Elijo ser vulnerable y mostrarle todas mis debilidades antes que volver a arriesgarme a no poder disfrutar de su compañía nunca más.

Una vida es mucha vida, y empiezo a entender que compensa arriesgarse y que duela antes que pasársela entera a merced de la insensibilidad.

No he traído ropa, no sé qué opinan mis padres de esto y no sé qué va a ser de mí cuando vuelva a una ciudad que no echo de menos, pero, ante todo, qué más da.

¿Qué importa todo cuanto me pregunto si, al levantar la vista, tengo ante mí la inmensidad?

Un camino sin construir. Un folio de color azul sobre el que desenvolverme como quiera, vivir lo que quiera, gritar lo que quiera.

En realidad, todo se reduce a la inmensidad.

Aque soy diminuta y, por lo tanto, mis problemas y preguntas absurdas también lo son.

Helena leyó aquellas últimas palabras varias veces.

«Qué más da» eran un pronombre exclamativo, un adverbio de cantidad y un verbo que, en sus últimos diez años de vida, no había pronunciado o escrito nunca juntos.

Cerró rápidamente el cuaderno al escuchar los pasos de Marco subiendo a la cubierta.

Él la observó mientras se estiraba. Al verla de espaldas con su sudadera, el pelo alborotado y el salitre pegado a sus piernas, tuvo que coger aire y exhalar despacio.

No recordaba lo que eran de verdad los «buenos días».

Helena giró la cabeza hacia él, al tiempo que guardaba con disimulo el cuaderno detrás de su espalda. Se fijó en su cara de recién levantado: hinchada y con la marca de las sábanas en la mejilla izquierda. ¿Se despertaba así de guapo todos los días? ¿Era acaso posible?

—Buenos días —le saludó ella.

—Buenos días —respondió él—. ¿Llevas mucho despierta?

—Nada, me he levantado hace media hora.

—Vaya, pues sí que tenías sueño. Temía que, después de irte a dormir a las siete y media de la tarde, caerías en una siesta larga y te despertarías a las cuatro de la mañana. Pero veo que no tenía de qué preocuparme.

—¡¿Siete y media?! —exclamó Helena—. No recordaba la hora. Madre mía, perdona. Te dejé solo toda la tarde.

—Qué va. Me encanta estar solo. Se quedó Éter conmigo. No hay problema.

Helena asintió. Era cierto. El último de los problemas de aquel chico era tener que estar solo.

—Vale, bueno —respondió Helena—. ¿Quieres que haga el desayuno? Soy una ayudante de primera. Además de una ayudante consciente de que está aquí de gratis. Te ayudo con todo lo que necesites, no quiero ser un estorbo.

Marco negó con la cabeza.

—No te preocupes, si necesito algo te digo. Ahora bajo a calentar café. —Señaló con la cabeza hacia su espalda—. ¿Qué escondes?

Helena se sobresaltó ante la pregunta y luego recordó que no tenía por qué hacerlo.

—Es una libreta. Diría que un diario, pero me da bastante vergüenza llamarlo así. Suena muy infantil.

Marco abrió los ojos lo poco que pudo por las legañas.

—¿Escribes un diario? Es decir, tienes una libreta en la que pones «querido diario…» ¿todos los días?

—¿Ves? Suena muy infantil —respondió Helena, riéndose—. No. Bueno, más o menos. No pongo «querido diario», pero sí que le cuento bastante mi vida.

—Tu vida tipo… ¿tus problemas?

—Sí. Sobre todo, mis problemas. Cuando algo me pesa o no sé cómo gestionarlo, escribir me ayuda bastante.

Me pasa desde que soy pequeña. Siempre he necesitado alguien a quien contárselo todo.

Pero no me valía con las personas. Siempre he sentido la necesidad de contárselo a un mazo de hojas de papel porque sé con seguridad que él no me juzgará.

—Vaya, qué interesante. Te da… rollito —dijo Marco apoyándose de brazos cruzados sobre el mástil—.

He oído hablar de eso. Los grandes artistas, genios, matemáticos…

Todos llevaban un diario. He leído biografías sobre cómo muchos sentían esa misma necesidad y escribían cada mañana unas dos o tres hojas con cualquier cosa que se les pasara por la cabeza.

Incluso muchos de ellos tenían más de una libreta.

¿Estoy ante una genia y me entero ahora?

—Claro que no. Ellos lo hacen porque son genios. —Se encogió de hombros y cerró la libreta con la cuerda del costado—. Yo solo soy una chica que no tiene la suficiente capacidad para calmar su mente por sí misma y tiene que recurrir a papel y boli. Nada más.

—Te menosprecias. Eso ya es mucho más de lo que hace mucha gente. El acto de coger papel y boli ya me parece algo excepcional.

—Bueno, entiendo que no todo el mundo sea capaz.

Más que nada porque enfrentarse a la mierda que tenemos en la cabeza no es agradable.

De hecho, por eso estoy aquí. Porque ni con papel y boli pude enfrentarme a ello.

Tuve que coger unos billetes de avión y venir a una isla enana a descifrar un misterio y convencerme a mí misma de que estaba saliendo de mi zona de confort y haciendo una locura.

Ysigo igual de perdida. Con la misma libreta y el mismo boli.

—Le miró divertida—. Pero en un velero y tostándome al sol. Te diré que eso ameniza la situación.

—Te quitas mucho mérito, madrileña —respondió él negando levemente con la cabeza—. Lo que has hecho te servirá de algo, estoy seguro. Te vuelves a Madrid con un viaje en solitario, una cámara llena de recuerdos y algunos otros recién revelados. No es poco.

—Ya… —Helena suspiró y dirigió su mirada de nuevo hacia el mar.

Hubo un breve silencio que Marco rompió, impulsado por la curiosidad.

—Has dicho toda tu vida… ¿Tienes toda tu vida escrita?

—No, toda no. —Helena pensó en aquellos años.

En los diarios abandonados. En su cuerpo sobre la cama, inerte, sin capacidad de hacer nada más que respirar y llorar—.

Hubo una época… —intentó continuar, sin encontrar las palabras correctas—.

No siempre es fácil, ¿sabes? Escribir en una libreta es sencillo cuando tus problemas son las tonterías del día a día.

Cuando todo parece que pesa, pero en realidad es leve; cuando estás mal, pero no tienes ningún problema de salud o de mayor gravedad.

Sin embargo, hubo una época en la que no fui capaz.

De hecho, me lo recomendaron. Aunque no podía.

Enfrentarse a ciertos asuntos a veces es tan grande que prefieres bloquearlos.

—Sí, conozco esa sensación —respondió él, para sorpresa de ella.

—¿En serio?

Marco asintió invitándola a continuar hablando. No era el momento de que lo hiciera él.

—Pues… sí. Hubo un par de años en los que no escribí.

No tenía fuerzas ni ganas. Pero el resto de mi vida, desde que sé hacerlo, he tenido diarios.

De hecho, de vez en cuando los leo. La Helena de seis años tan solo te cuenta lo que ha comido, cenado o desayunado.

La de ocho, que ha ido a casa de la abuela y ha jugado a la Nintendo más de dos horas porque estaba con su prima y sus padres le habían dejado.

La de doce describe con pelos y señales al chico que le gustaba de cada curso y la de trece va a un enfado por día con sus amigas.

Es muy divertido y raro al mismo tiempo.

Porque no recuerdas nada de eso y lo lees como si la persona que lo escribió no hubieras sido tú misma.

Marco la miró con admiración. Estaba seguro. Aquella chica era especial.