Hydra 38. De existir, se parece a esto
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38. De existir, se parece a esto

De existir, se parece a esto

—¿Habrá cobertura? —le preguntó Helena.

Agarrada al mástil principal, analizaba cada movimiento de Marco, que terminaba de asegurar todos los cabos sueltos mientras ella sentía su pulso de nuevo.

—No —respondió él, igual de desubicado que ella. ¿Iba a pasar seis días acompañado?

Sin duda, un récord.

Aquellas fueron las primeras palabras que intercambiaron tras el apretón de manos que subió a Helena al velero. Marco se giró hacia ella y pudo escuchar las infinitas preguntas que su cabeza comenzaba a maquinar.

—¿Ves el faro? —Señaló hacia otra isla que se veía desde Hydra y se llamaba Poros—. En cuanto la pasemos, perderemos internet hasta que lleguemos a Creta. ¿Crees que es suficiente para que avises a tu familia?

—Sí, creo que sí —dijo pensando también en Clara—. Pero si pasa algo…

—No te preocupes por eso. Si pasa algo, tengo la radio de alta frecuencia. Podemos comunicarnos por ahí.

—Vale, pues si me das un segundo… —murmuró ella con la mirada ya centrada en el teléfono.

Abrió WhatsApp y tecleó rápido, sin meditar mucho las palabras por culpa de los nervios.

No se atrevía a llamarlos. No sabía ni siquiera cómo explicárselo.

Decidió escribirles un mensaje en el que puso el nombre del barco —tampoco sabía si eso servía de algo— y les pasó el número de Adhara, dejándoles claro que no iban a tener que utilizarlo.

Les dijo que ya les daría las explicaciones correspondientes y que tan solo se retrasaría cinco días respecto de lo establecido.

No sabía si lo entenderían, pero, con el barco ya meciéndose en dirección a Creta, prefirió no pensárselo dos veces y enviarlo.

Acto seguido, llamó a Clara. Se lo cogió al tercer bip.

—Dime.

—Clara, escucha —susurró pegándose el móvil al oído todo lo posible. Conocía a su amiga. Se moriría de la vergüenza si Marco escuchaba algo de lo que Clara estaba a punto de responder.

—¿Por qué susurras? —le preguntó masticando algo.

—Escúchame bien. Estoy en un velero. Con él. Nos vamos a Creta. Voy a estar tres días sin cobertura hasta que llegue allí. Todo está bien. Adhara se está encargando del carrete y para la semana que viene estará listo. Estoy feliz, no me he vuelto loca.

Al otro lado de la línea tan solo escuchó ruido de fondo.

—¿Clara?

—Helena.

—Clara.

—Es lo más bonito que te he escuchado decir nunca.

—¿Sí? Mis piernas no opinan lo mismo. ¡Estoy de los nervios! —susurró.

—Bueno, pues diles a tus piernas que no se preocupen mucho, que en unas horas Marquitos te va a dejar más que relajada.

—¡Clara! ¡Joder! —Se dio la vuelta, con el altavoz aún tapado, para comprobar que Marco no escuchaba. Deseó poder bajar todavía más el volumen.

—Ah, claro, que está ahí —dijo Clara—. Pásamelo.

—Antes muerta.

—¡Pásamelo! Que quiero decirle una cosa rápida.

—Clara, no. —No pudo evitar reírse—. Estaré bien, ¿vale? No sé qué estoy haciendo, pero me siento feliz y viva. Te quiero, te escribo en tres días.

—¡Lo estás, nena! ¡Ahora más que nunca! ¡Te quiero!

Helena colgó con una sonrisa de oreja a oreja.

La reacción de Clara ante la noticia tan solo podía significar que lo que estaba haciendo era una locura.

Volvió a revisar el chat de su familia. Había un mensaje nuevo y era de Adri.

«De locos», había sido la escueta y despreocupada respuesta de su hermano pequeño.

Marco terminó de comprobar que el velero hubiese puesto rumbo en la dirección correcta y se acercó a ella despacio. Llevaba un pantalón de lino blanco y una camiseta gris de tirantes anchos agujereada, además de los anillos plateados a juego con el simbólico collar.

—¡No! —gritó ella de pronto mirándose de arriba abajo—. ¡Tan solo llevo esto! ¡No tengo nada más de ropa! ¡Qué horror, no he caído! ¡No puedo estar seis días con el mismo vestido!

Por suerte, llevaba siempre un bikini en el bolso, por si acaso, y el vestido de seda azul que había escogido para ese día era cómodo.

—Tres días, técnicamente —puntualizó Marco—. En Creta podrás coger algo más de ropa y un par de mudas. Te puedo dejar mis camisetas, pantalones y sudaderas, sin problema. Incluso tengo ropa interior de tía, por si necesitas.

—¿Perdón? —soltó Helena.

—Es broma.

—Ya veo. Graciosísima. —Hubo un silencio en el que los dos se miraron sin saber cómo continuar—. ¿Han pasado muchas por aquí o qué? —Helena volvió a agarrarse al mástil.

—Sí, unas cuantas. —Él comenzó a enrollar las cuerdas y a amontonarlas todas en una misma esquina—. Digamos que vivir en una isla en la que todos los días llega gente nueva es divertido.

—Ya. —Helena no pudo evitar una sonrisa llena de celos y diversión—. Me imagino. ¿Y qué dicen cuando descubren que eres un lobo solitario que decide irse sin avisar a otra isla durante seis días?

—Nada. Porque con ninguna he tenido algo más allá de una noche y, por lo tanto, a ninguna le he tenido que dar explicaciones de nada. Ni yo a ellas, ni ellas a mí.

—Entonces… —Helena se soltó y anduvo hacia la proa dando vueltas sobre sí misma— sí que podemos decir que soy la primera que navega contigo en este barco.

—¿Te hace ilusión serlo? —Marco la siguió con la mirada hasta la proa.

Helena dudó un instante.

—Hombre, ¿tú qué crees? Ni que no nos hubiésemos sincerado hace quince minutos. Ni que te hubiera dicho de subir porque me apetecía un paseíto en velero.

Las comisuras de los labios de Marco se elevaron.

—Te confieso que sigo esperando que me digas que te arrepientes y que quieres que demos la vuelta. No termino de creerme que seas la misma que conocí hace tres semanas o la misma de ayer.

—A veces soy una caja de sorpresas.

—No, no lo eres. Desde que te vi, he sabido lo que ibas a decir en cada momento. Eres tan predecible que asusta. Pero esto… Esto no me lo esperaba, madrileña.

Helena dejó de mirar las pecas de su perfecta nariz y dirigió la vista hacia el horizonte.

—Yo tampoco…

Marco se acercó a la proa y se quedó de pie junto a ella.

—Por cierto, ya le he escrito a mi abuela —dijo él de pronto, sin mirarla—. Le he dicho que estás conmigo. Conociéndola, lo leerá mañana cuando se acuerde de que tiene un teléfono, pero para que sepa que no te vas sin despedirte y que vas a poder ver las fotos con ella.

Helena se giró hacia él. En muy pocas ocasiones sus cuerpos habían llegado a estar así de cerca.

—Gracias. No había caído en Adhara. Demasiadas cosas que gestionar de golpe en treinta minutos.

Helena vio cómo pasaban cerca del faro y sacó su móvil del bolsillo para revisarlo por última vez. No le habían respondido aún. Lo verían luego. Escribió un último «Os quiero» y lo apagó.

—Saben que estarás bien —la tranquilizó Marco.

—Supongo que tendré que confiar en eso.

—Ya lo verás. Llegaremos antes de lo que crees. Tenemos el viento y las condiciones meteorológicas a favor.

—Bien, me daba miedo que se hiciera largo. Tres días flotando me asustan un poco.

—El tiempo en el agua pasa de forma diferente. Ni más rápido ni más lento. Tan solo diferente. ¿Has traído algo en el bolso para entretenerte?

—Bueno, mi diario y mi cámara —respondió sacando ambos objetos.

—Perfecto, te puedo dejar algún libro si no.

Helena asintió con la cabeza sin demasiada emoción.

—No soy mucho de leer, pero quizá me va a tocar hacerlo.

Marco la miró sorprendido.

—Qué pasa, ¿en Madrid no leéis o qué? —preguntó, irónico.

—No mucho.

—¿Cómo no vais a leer? Si es lo más humano e instintivo que existe.

—No tenemos tiempo para hacerlo.

—¿Y qué hacéis cuando queréis huir a otros mundos o vivir otras vidas? Los humanos necesitamos una vía de escape, no estamos diseñados para pasar tanto tiempo encerrados en nuestra cabeza.

—Supongo que, como tú bien me dijiste la semana pasada, recurrimos a las redes. Esa es nuestra manera de desconectar del día a día.

—Oh, venga, Helena, no es lo mismo.

—No, estoy segura de que no lo es. De hecho, me das mucha envidia. Hoy en día mi cerebro no es capaz de concentrarse más de cinco minutos en una sola cosa. —Se puso frente a él apoyándose en el guardamancebo que la separaba de caer al mar—. ¿Qué tipo de libros lees?

—Pues… —meditó la respuesta—. De crecimiento personal, filosofía, mitología y novela histórica, sobre todo.

Helena fue a responder, pero su mirada se vio inevitablemente desviada hacia la escotilla.

—¿Éter? —dijo anonadada.

El animal maulló apoyado sobre las patas traseras con los bigotes peinados por el viento. Marco se giró para confirmar que aquel gato había vuelto a hacer de las suyas.

—¡Esta vez no te he visto subirte! Serás cabrón.

—Pero ¿qué hace aquí? ¿Y tu abuela? ¡Ya no nos da tiempo a avisarla de que está con nosotros!

—Qué va, por mi abuela ni te preocupes. —Comenzó a caminar para cogerlo, pero el felino salió corriendo hacia el interior para evitarlo—.

Está acostumbrada a que desaparezca días e incluso semanas.

Ni te rayes. Se autoinvita a estos viajes porque sabe que significan pescado fresco durante seis días.

No es listo ni nada. —Se lanzó a por él y esta vez consiguió atraparlo—.

Claro, porque el que los tiene que pescar y limpiar no eres tú, ¿verdad? —Éter maulló y se dejó acariciar.

—Qué susto. —Helena respiró de alivio—. Es increíble, pero, haga lo que haga, siempre está presente. ¿Cómo es posible? Estoy segura de que todo tiene una explicación, pero es que este gato parece un gato mágico.

—¿Un gato mágico? —Marco se giró divertido hacia ella mientras seguía acariciando a Éter.

—Sí. Aparece de repente. —Se encogió de hombros—.

En los momentos más inoportunos, cuando menos te lo esperas, me da unos sustos…

Ya me pasaba en Madrid con algunos gatos, pero aquí en la isla era él, siempre él.

De hecho —carraspeó—, el día que nos conocimos yo estaba en el puerto por él.

Llegué al muelle guiada por este pequeño bicho liante de ojos azules.

—Decidió omitir la parte en la que se le paralizaron los sentidos al verlo sobre aquel banco.

—Vaya, conque mágico, ¿eh? Te lleva a los sitios o se te aparece cuando lo necesitas, qué guapo. Es como ¿tu guía?

—Sí, algo así, supongo. —Helena hizo una pausa, confundida—. Qué raro que no me lleves la contraria o trates de buscarle una lógica a lo que digo.

Marco dejó a Éter en el suelo, que se estiró y ronroneó con gusto.

—¿Te tengo que recordar que mi abuela es Adhara?

¿O la historia por la que este gato se llama Éter?

—rio—. No quisiera ser yo el que le lleve la contraria a una mujer que afirma ver, sentir o hacer cosas que yo no comprendo.

Si algo me ha enseñado mi abuela es que a una mujer segura de algo no se le lleva la contraria.

Helena sonrió enternecida.

—No sé si creo en la magia —bajó el tono de voz y lo miró fijamente—, pero, sin duda, de existir, se parece a esto.

Ambos se miraron, tímidos, antes de volver a posar sus retinas en el horizonte.

Se dejaron envolver por el sonido del mar, el vaivén del velero y el calor del sol sobre sus pieles.

Los dos respiraron hondo, con la mirada posada en la fina línea que fundía el color del mar con el del cielo.

Agua y más agua. Lo único que verían a su alrededor durante las siguientes setenta y dos horas.