Hydra 37. Última carta
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37. Última carta

Última carta

Sigo sin saber qué hacer. He venido al bar de Sebas a que me dé el aire y a escribir, en lugar de ir a la tienda.

¿Por qué quiero volver? ¿Qué echo de menos de Madrid?

Escribió aquellas palabras y miró al frente. En una de las mesas, dos chicas conversaban sentadas la una al lado de la otra, disfrutando de un cóctel de color rosa. Helena sonrió para sí al verlas y continuó.

Echo de menos a Clara. Su risa mientras pide otra cerveza, su mirada de pocos amigos cuando se acerca algún hombre a preguntarnos la hora e incluso su insoportable perseverancia cuando existe algún plan de noche al que no quiere ir sola.

También echo de menos los muses en la sobremesa con mamá, papá y Adri.

Echo de menos…

Soltó el bolígrafo y resopló. ¿No echaba de menos nada más?

¿Veintiséis años viviendo en esa maldita ciudad y lo único que echaba de menos era a su gente y, si acaso, un bar de Malasaña con sillas rojas y mesas oxidadas?

¿Se le puede llamar hogar a un lugar si, al marcharte, no encuentras motivos por los que volver?

Miró de nuevo a las dos chicas, apoyando la cabeza sobre las manos y saboreando la estampa que le regalaban.

No debía llamar a Clara por mucho que le apeteciera.

Sabía que aquella decisión tenía que tomarla sola.

La echaba tantísimo de menos… Sacó la cámara del bolso y las capturó para recordar lo mucho que le habría gustado vivir ese viaje con ella.

En cuanto escuchó el clic, supo que iba a ser una de sus fotografías favoritas del viaje.

Dos amigas, sentadas al sol, con un cóctel de fresa y mango, los útiles de sus diminutos bolsos esparcidos por la mesa, muchas horas por delante para estar juntas y una buena conversación.

¿Había, acaso, algo más valioso y poderoso que eso?

Orgullosa de su captura, dirigió la mirada hacia el puerto.

Enfocó la vista y pudo distinguir cómo izaban la vela del cuarto barco empezando por el final.

Un mal presentimiento se apoderó de ella.

Sin pensárselo dos veces, guardó el diario y la cámara en el bolso y se dirigió hacia él.

Al llegar al muelle, alzó las manos y las movió sobre la cabeza para que Marco la viera.

Este le devolvió el gesto mientras ella se acercaba.

Dejó lo que estaba haciendo y bajó al pantalán intentando poner la mejor de sus sonrisas.

—¿Te vas? —preguntó Helena en cuanto llegó hasta él.

—Sí, señora —respondió Marco lanzando un cabo suelto a la cubierta.

—¿Algún encargo en otra isla? —preguntó con más preocupación de la que le habría gustado.

—Sí, algo así. —Marco se sacudió las manos y se sentó despacio sobre un poyete del pantalán, después las apoyó sobre las rodillas y adoptó la misma postura en la que Helena le vio por primera vez.

—¿Algo así? —repitió ella.

—Tengo… —Se rascó la garganta, nervioso—.

Tengo que viajar unos días. Seis, para ser exactos.

Mi tío tiene clientes en diferentes puertos de Grecia, Italia y Turquía.

Una vez al año tenemos que ir a verlos, por temas de contratos o averías que no les permiten llegar hasta Hydra.

—Hizo una breve pausa, pero ella no respondió—.

Suele ser por estas fechas, para dejarlo todo zanjado antes de la temporada alta.

Cada uno de los trabajadores vamos a una zona.

Amí me toca ir a Creta. Son tres días de ida y tres de vuelta.

—Helena entornó los ojos tratando de comprender eso último.

Su cerebro había dejado de funcionar en cuanto había escuchado «seis días».

—¿Seis días? —quiso asegurarse de que había oído bien.

—Sí. —Marcó se encendió el cigarro que llevaba en la oreja. Sabía muy bien lo que Helena estaba pensando. Ambos lo sabían.

—Pero hoy es miércoles. No vuelves hasta… ¿el martes que viene?

Exhaló el humo y asintió.

—Noto cierto tono de preocupación, madrileña. ¿Me vas a echar de menos o qué? —la vaciló él tratando de quitarle hierro al asunto y esperando que ella le siguiera el rollo.

—¿Y te ibas ya? Quiero decir… —Helena no era capaz de emplear ningún otro registro que el de asombro—. ¿No ibas a despedirte?

Marco sopesó sus palabras. Aquello iba a doler, pero tenía que hacerlo si no querían salir mal parados.

—¿Tendría que hacerlo? —soltó con pasividad.

—Hombre, pues no sé… —Helena notó cómo su pecho se encogía.

Marco pudo ver la tristeza en sus ojos. No era capaz de ser duro con alguien como ella. Estaba bien jodido.

—Te mentiría si no te dijera que lo he pensado —reculó adoptando un tono más cálido—.

El otro día, cuando te insistí en que te quedaras, en parte era porque sabía que, si te ibas el viernes, esa iba a ser la última vez que nos viéramos.

Pero entendí que el tema te agobiaba y decidí dejar de insistir.

—Dio una calada y exhaló encogiendo los hombros—.

Además, ni que fuéramos pareja o algo. Eres una chica que ha venido a esta isla a resolver un par de asuntos y yo un chico que ve pasar a personas resolviendo asuntos todos los días.

Si lo piensas en frío, no tenía mucho sentido que te insistiese.

—Pues deberías haberlo hecho. —Helena cruzó los brazos. No quería enfadarse. ¿Por qué se iba a enfadar?

—Pues perdona que te diga, pero yo creo que no. Si te quieres quedar, lo harás. Si tienes que marcharte, lo harás. Tampoco pensé que te sorprendería tanto. Tengo un trabajo que cumplir y nos conocemos desde hace tres semanas.

—Ya, pero un adiós… por lo menos. —No, no sentía enfado. Era decepción. Eran sus expectativas haciendo de las suyas.

—No quería agobiarte más. Oque pensaras que pretendía entrometerme en tu decisión.

Helena le miró a los ojos y buscó algún signo de debilidad. Algo que le confirmara que mentía, que no era cierto, que también para él había algo especial entre ellos.

—Cualquier opción habría sido mejor que zarpar sin despedirte.

Quizá yo para ti sea una turista más, pero tú para mí has sido una de las personas de las que me llevaré un buen recuerdo de este viaje.

De un animal y de dos personas, una de las cuales eres tú.

Ysí: sé que ya lo sabías y que no hacía falta que te lo confirmase.

—Helena le retiró la mirada tras decir aquello, avergonzada.

Marco permaneció sereno, aunque asombrado ante la confesión.

No se lo había planteado siquiera. ¿Ser alguien en la mente de aquella chica?

Llevaba toda su vida mirando por él y solo por él.

Claro que no había pensado en cómo podría sentirse ella al izar velas.

La observó cruzada de brazos, esperando una respuesta por su parte, enfadada por algo que no era tan grave, y cierta rabia opacó su culpabilidad.

Era una pija de ciudad que pensaba que todo giraba en torno a ella y que iba a tener todo lo que quisiera como por arte de magia.

—Ya veo. No vas a decir nada, como siempre —le espetó ella.

—¡Oh, por Dios, Helena! ¿Qué quieres que te diga?

—Marco se levantó, sin saber cómo manejar aquello—.

¡No sé qué soy en tu cabeza ni en tu maldito viaje porque no me lo has dicho!

De estas tres semanas, hemos estado una sin hablar porque pensabas que era un gilipollas.

Otra en la que tuve que perseguirte para que cedieras.

Yla última en la que por fin tu orgullo se limitó a darme la oportunidad de tener una puta conversación en una cena.

—Alzó las manos tratando de encontrarle alguna lógica—.

¡Una conversación en la que tampoco me contaste nada de ti!

¡Nada más allá de lo superficial que es tu trabajo, el ritmo de la ciudad o afirmaciones que desviabas enseguida con tal de no abrirte conmigo!

Yesto último me parece perfecto. Cada uno se abre con quien quiere hacerlo.

Pero ¿de verdad piensas que yo, de todo eso, voy a interpretar que quizá te apetece despedirte de mí?

¿Que te gustaría recibir algún tipo de explicación por mi parte?

¡Y encima me vienes con esos aires de enfadada con la vida y conmigo, cuando lo único que te disgusta eres tú misma!

¡Porque quieres decir y hacer muchas cosas y no puedes porque tu única enemiga eres tú misma!

¡Y tu puto orgullo! ¡Y tus ganas de controlar cada puta palabra que sale de tu boca!

El rostro de Helena cambió de la tristeza a la furia en cuestión de segundos.

—¿Y tú? —Su corazón se aceleró, perdió el control de lo que decía—. ¿Acaso tú eres un chico abierto? ¿Acaso tú me has contado algo más allá de tu infancia en Alicante o me has dado la confianza para sentir que puedo abrirme contigo?

Marco sonrió de lado, pero con tristeza. Dio una última calada al piti y lo chafó sobre el poyete en el que estaba sentado.

—Siéndote sincero, sí. —La miró a los ojos y Helena se tensó de golpe—.

Estarás muy acostumbrada a la vida metropolitana.

Alos chicos abiertos, a conocer gente cada día y a contarte todos tus secretos con el primer desconocido que pasa.

Pero yo no soy así. Cada uno de los pasos que he dado contigo me ha supuesto un esfuerzo enorme, que he hecho consciente de que jamás había tenido las ganas de hacerlo por nadie.

Mi abuela te lo dijo ayer y decidiste, de nuevo, no escuchar.

Por eso no me he despedido. Porque seguramente, aunque me subiera a este barco y me alejara gritándote que me esperes hasta la vuelta, seguirías sin escucharme.

Helena no supo qué decir. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no permitió que ninguna de ellas se deslizara por sus encendidas mejillas.

—Lo que te decía. —Marco soltó un suspiro irónico acompañado de una sonrisa triste—. Buen viaje de vuelta, Helena.

Le dio la espalda y deshizo otro de los nudos de amarre que mantenían su casa unida a la isla.

Helena no se movió. Permaneció inmóvil, mirándole.

Le odiaba. Le odiaba y a la vez le fascinaba cómo alguien podía tener tanta razón en todo lo que decía.

Su garganta quería gritarle, quería pedirle que se despidiese de ella.

Pero su cuerpo permanecía quieto, helado ante la imagen de aquel chico tomando la decisión de partir sin despedirse.

Quería que se diese la vuelta y le dijera algo más.

Pero sabía que no ocurriría. Había agotado todas sus cartas y Marco no tenía pinta de ser de los que vuelven a barajar cuando dan la partida por finalizada.

—Voy contigo —soltó de golpe.

Marco se giró muy despacio.

—¿Cómo que vienes conmigo?

—No me hagas repetirlo porque no sé de dónde ha salido ni si sabré volver a decirlo en alto.

El sonido del mar se coló en la conversación.

—Necesito que vuelvas a decirlo —dijo Marco muy serio—. ¿Te vienes conmigo, a Creta?

—Sí, a Creta. —Una risa floja se adueñó del final de su frase.

—Te has vuelto loca. —Marco negó con la cabeza soltando la cuerda.

—¡Me he vuelto completamente loca! —gritó Helena.

Marco se deslizó las manos por el pelo mientras subía a la cubierta del barco. Resopló varias veces y se agachó para mirarla desde arriba e intentar ver aquello con otra perspectiva.

—Helena —dijo tratando de poner algo de cordura—.

¿Eres consciente de lo que estás diciendo?

Ayer te costaba decidirte entre si alargar un par de días tu viaje o no hacerlo y ahora, de repente, ¿esto?

Se te va la cabeza por momentos. No puede ser un extremo u otro.

Yyo tengo que irme ya. Yme estás reteniendo.

¡Y no sé qué cojones hago que aún no me he ido!

Helena no se movió.

—No te vas aún porque voy contigo. —Cada frase que pronunciaba la cercioraba aún más de su locura.

—¿Y qué pasa con tu vida en Madrid? ¿Y con el ferri de las seis? Según tú, tus padres mandarán gente a buscarme como sepan que de un día para otro su hija ha desaparecido con un tío en un velero.

Fue justo en aquel instante cuando Helena lo comprendió todo.

—No quiero saber nada de mi vida en Madrid, Marco.

No tengo ni puta idea de qué hago en mitad del muelle de una puta isla griega diciéndole a un tío que conozco de hace tres semanas que me voy con él en un viaje de seis días.

Solo sé que, como te vea arrancar este velero y desaparecer por el horizonte, me arrepentiré y tendré que ir nadando a por ti.

Cosa que no podría hacer porque moriría en el intento.

Así que déjame subir. —Dio un paso al frente, colocándose justo debajo de él—. Déjame jugar mi última carta.

Marco seguía de cuclillas, con los puños sobre los labios y la mirada clavada en ella.

Quiso que aquella chica que había desordenado sus planes, su mente y su manera de actuar se fuera y le dejara tranquilo.

Pero, al verse reflejado en sus ojos, tal y como ocurrió por primera vez en aquella mesa en la que nunca se tendría que haber sentado, supo que no podría.

Que, por mucho que se esforzara, no iba a poder volver a su vida de antes, nunca más.

Se puso en pie y, con un gesto firme y lleno de intenciones, alargó la mano para que Helena pudiera agarrarla. Ella no se lo pensó dos veces, la asió y subió de un salto a aquel velero de madera color caoba y velas blanco perla.