36. Me lo dice tu alma
Me lo dice tu alma
Era su último lunes en Hydra, la cual amaneció recordándoselo.
Un manto gris cubría el cielo bajo el que pedaleaba, encapotando sus ganas de disfrutar de los últimos días.
Aún no se había ido y ya se le encogía el pecho al pensar en la partida.
Recorriendo el camino hacia la tienda, se sentía como un ovillo dejándose caer cuesta abajo, liberándose de sus vueltas y aflojando lo apretado.
Al llegar al local, se detuvo en la entrada y vio lo bonita que la había dejado Adhara esa mañana.
Por fin había terminado de podar la enorme enredadera y repuesto los minerales y los frascos del atril junto a la puerta.
Le hizo una foto y entró bostezando y desperezándose, esclava del cansancio después de toda la noche intranquila por el final de su viaje.
Al abrir los ojos, se encontró con los de Marco tras el mostrador, repasándola con la mirada.
Sorprendida, se recolocó el pantalón de chándal alrededor del vientre y se bajó el crop top gris, que se había subido más arriba de lo normal debido al estiramiento.
—¿Una mala noche? —le preguntó él devolviendo la atención a la caja registradora.
—Eso parece. —Sonrió ella.
—Seguramente fueron los calamares que pedimos ayer con Sebas, mira que le dije que estaban crudos —dijo atornillando algunas piezas de la caja.
—No, no fue la cena. Ha sido… mi cabeza. Qué te voy a contar que no sepas —respondió Helena acercándose al mostrador.
—¡Qué me vas a contar que yo no sepa! —Marco negó con la cabeza sin levantarla de lo que tenía entre manos—.
Bueno, la próxima vez repetimos cena en mi casa.
No me puedes negar que yo cocino mejor y más ligero.
Con eso y un buen vino, no le dejarás a esa de ahí —la miró señalando su cabeza— hacer de las suyas.
—¿Repetir? ¿Me estás invitando a una cita en tu cocina?
Marco había dejado de atornillar y Helena, apoyada con ambos brazos sobre el mostrador, le sonreía de una forma que le impedía continuar con lo que tenía entre manos.
Sonrió ligeramente al sentirla tan cerca y le miró los labios.
En la última semana lo había hecho más de lo que debería.
Se centró con rapidez en su tarea al escuchar los pasos de su abuela.
—¿Has terminado, hijo? —Dejó de tejer y alzó la mirada—. ¡Oh, Helena! ¿Qué tal, querida? No te he escuchado llegar.
—No, perdona, Adhara, buenos días. Ybuenos días a ti también, gran sauce. —Se volvió hacia el tronco alzando la mano a modo de disculpa—. He dormido fatal y me he levantado más tarde hoy. ¿Hay algo en lo que pueda ayudar? Me quedan cinco días aquí y estaré feliz de echar una mano con lo que sea.
Marco y Helena se miraron de reojo cuando dijo «cinco días».
Adhara, observando lo cerca que estaban y la mirada rápida que su nieto le había echado a aquella muchacha, no pudo dar la espalda a lo que su sabia y experimentada mente le pedía hacer.
Pensó rápido para romper el silencio que aquellos dos jóvenes ilusionados no se atrevían a quebrar.
—El viernes te vas, ¿verdad, querida?
—Sí, eso es —asintió Helena—. En el ferri de las seis de la tarde.
—Vaya, pues Judith me comentó anteayer que le está costando más de lo normal revelar el carrete que trajiste —mintió—.
¡Me informó de que iba a necesitar una semana o dos más!
—fingió preocupación—. Me explicó no sé qué de una marca antigua, no me enteré muy bien.
Voy a hablar con ella a ver qué podemos hacer.
Sus sentidos se pusieron en alerta. El carrete. Se había olvidado por completo del carrete. Éter maulló haciéndola reaccionar.
—Vaya…, qué raro, no tiene tantos años. —Helena sopesó sus opciones, no se esperaba aquello—. Si no, puedes mandármelas por correo electrónico o por correo postal —propuso.
—Sí, alguna solución encontraremos, eso seguro.
—Adhara se hizo la despistada y continuó con el patrón que estaba cosiendo—.
Pero ya sabes cómo son estas cosas, querida, si se pierde por el camino, no quiero quejas.
Que no me apaño nada yo con las moderneces estas del correo electrónico y los paquetes voladores.
Si no me veo capaz, le asignaré la tarea a este mozo de aquí.
Helena sintió una pena inmensa al pensar en que se iba a ir de la isla sin haber revelado su carrete.
—Claro, no había caído. —Helena se sentó en una de las sillas del té—. No me esperaba que llevase tanto tiempo, perdona. Me sabe fatal irme de aquí y dejarte con algo tan importante para mí entre manos. Es trabajo y esfuerzo extra para vosotros.
—Pues espera a que Judith lo tenga. Es fácil —saltó Marco, de pronto, mientras seguía atornillando piezas sin levantar la vista, pero con la oreja puesta.
—Y dale con el «fácil» —le imitó Helena—. Pero ¡si acaba de decir tu abuela que hasta dentro de una semana nada! Repito: mi ferri sale el viernes a las seis.
—Piérdelo. Alarga tu viaje —concluyó sereno—. ¿No cobras un sueldo de chica de ciudad directora de departamento? Estoy seguro de que esa cabeza no te permitió coger los billetes sin opción de cancelación.
Helena lo fulminó con la mirada. Adhara sonrió divertida ante la picardía de su nieto. Igualito que su madre.
—Los de ida no —le corrigió.
—Pero los de vuelta sí. —Le sonrió él—. No vas a irte de aquí sin volver con todos los frentes de tu viaje cerrados. Eso sí que no te pega nada.
—Oh, ¡por Dios, Marco! —Helena se levantó y dio un par de vueltas sobre sí misma mientras pensaba en alguna otra posible solución—.
No puedo hacer eso. Ni tan siquiera planteármelo.
¿Os hacéis una idea de lo que implica alargar este viaje?
¿Decirles a mis padres que su pequeña aún no vuelve?
—dramatizó—. Tener que decirles: «Oye, que voy a seguir tomando el sol y comiendo helados dos semanas más.
No contéis con que vuelva a casa hasta nuevo aviso». ¿Sabéis lo que eso supondría?
—No, no lo sabemos —negó Adhara—. ¿Lo sabes tú?
—Sí. —Tampoco lo sabía, en absoluto—. Que no les haría ninguna gracia —mintió.
—Pues, si estás tan segura de que esa será la respuesta, nosotros no podemos hacer mucho más.
—Adhara se encogió de hombros mirando a su nieto—.
Amí tu ayuda me viene muy bien y tu compañía estos días me ha sido muy agradable.
Te enviaré tus fotografías, sin problema.
Serás una turista más a la que echar de menos.
Por mí no tienes que preocuparte, estoy acostumbrada —dijo con ternura.
Hizo una pausa y se dirigió a ella por lo bajo—.
Aunque, hablando de turistas a los que echar de menos, te diré que a este jovencito no le había visto insistir en algo nunca.
—Abuela, te estoy oyendo. Estoy aquí —se enfadó Marco.
—Lo sé, hijo. No he dicho nada que no sepas.
Helena se rio y vio cómo Marco se ruborizaba antes de recomponer su postura neutra y seria. Lo mucho que le gustaba aquel gesto era algo a lo que no terminaría de acostumbrarse.
—No lo sé, no lo sé… —dudó—. Son tantas cosas que gestionar. Ni siquiera sé si habrá vuelos de vuelta para más tarde. Comienza la temporada alta, los ferris se llenan…
Adhara la cortó negando con la cabeza.
—Siempre habrá plazas en los barcos y asientos en los aviones, jovencita.
No busques obstáculos donde no los hay. —Le acarició la mejilla, un gesto que Helena no se esperaba, pero que le resultó familiar—.
Sé valiente, hazme el favor. Puedo sentir que tus días aquí no han terminado.
Me lo dice tu alma, que aún no está completa.
Yno creo que sea únicamente por el carrete.
Aquellas palabras resonaron en el interior de Helena tanto como la anciana sabía que lo harían. Por primera vez desde su llegada a la isla, no necesitaba que Adhara se explicara mejor. Sabía muy bien a qué se refería.
—¿Qué te impide quedarte? —insistió Marco.
—Muchas cosas —respondió Helena, encarnándose de nuevo en su ser más racional—.
El dinero perdido, acortar los días libres en Madrid antes de volver al curro, tener que darles explicaciones a mis padres, un hermano pequeño y una mejor amiga diciendo «te lo dije», encontrar un alojamiento decente a estas alturas…
—enumeró con los dedos dejándose llevar por el estímulo de ordenar inconvenientes—. ¿Sigo?
—Por favor. —Marco, divertido, la retó con la mirada.
—No es necesario —los cortó Adhara—. Querida, siempre hay motivos que enumerar. Estoy segura de que, si te pusieras, también te saldrían motivos por los que quedarte. Hacer listas mentales en este caso no tiene sentido. Haz lo que tu corazón te pida.
Helena respiró hondo y miró a Éter, que los observaba debatir desde lo alto de una estantería con sus grandes ojos de cristal fijos en ella. Le pidió ayuda y este soltó un ligero maullido que hizo sonreír a Adhara.
—Me da a mí que nuestro pequeño está de acuerdo conmigo.
Ambas se sonrieron con ternura. Marco las observó y se maldijo a sí mismo por haber visto aquel gesto entre ellas. Le gustaba y encima se entendía con su abuela. Tenía que alejarse de aquella chica si no quería acabar roto en mil pedazos en cinco días.
—Me lo tengo que pensar —dijo finalmente Helena.
—Y, si resulta que te vas el viernes, recuerda que puedo enviarte el carrete de vuelta a tu país —le recordó la anciana tranquilizándola—. No lo hagas por eso. Piensa en cómo quieres irte de aquí y si estás lista para hacerlo dentro de cinco días.
—Lo haré. Gracias, Adhara.
Helena miró a Marco, esperando alguna señal o insistencia más por su parte, pero él ya no participaba en la conversación.
Ni siquiera las miraba. Concentrado, continuó con su tarea y permaneció sin pronunciar una palabra más en toda la mañana.
Ante su silencio, ella sintió un agudo pinchazo en el centro del pecho.
Un dolor que la hizo cerciorarse de que todo esmero pasado por proteger su corazón había sido en vano.
Ahí estaba de nuevo, vulnerable y expuesta, queriendo frenar lo imposible: sus sentimientos hacia Marco cruzando el punto de no retorno.