35. Vivimos a base de excusas
Vivimos a base de excusas
Ha pasado una semana desde la última vez que hablamos. Te daría cualquier tipo de explicación absurda, pero la realidad es que no lo he necesitado.
Hace siete días exactos, a esta misma hora, estaba acercándome a la casa de Marco sin certeza alguna de que aquello fuera a salir bien. Pero salió. Ytanto que salió.
Al terminarnos el postre, me despedí de él y me fui a casa. Su cuerpo y su expresión pedían a gritos que me quedase un poco más. Pero, como él bien dijo, había ido a jugar mis cartas. No iba a ponérselo tan fácil. Y, antes de que me regañes, permíteme decirte que funcionó.
A la mañana siguiente vino a dejar las cajas en la tienda, como cada lunes.
Al parecer tenía ganas de ayudar, porque se quedó con nosotras por allí todo el día.
Supongo que la barrera de orgullo que levantamos en un principio tan solo eran nervios.
No me juzgo por ello. Gestionar el torbellino de emociones que me despertaba las primeras veces no fue tarea fácil.
El resto de la semana he estado viéndole cada día. Vivimos a base de excusas. Que si los papeles de tu abuela, que si paseos por el puerto, que si cajas extra, que si Éter se ha perdido… Tenemos frita a la pobre Adhara.
Yo sé que lo normal con veintiséis años es dejarse de tonterías y pasar a la acción, pero es que…
¡me puede! Este romanticismo misterioso que se genera cuando está cerca es algo que no quiero que termine nunca.
Me siento de nuevo como una adolescente, mirando cada dos por tres la puerta de la clase para ver si lo veo pasar por el pasillo.
Si lo pienso mucho siento vértigo, pues no es algo a lo que esté acostumbrada, pero no puedo evitar querer vivir en este cuento eternamente.
Su presencia ya no me genera incertidumbre o dudas.
Nos vamos conociendo y se me da bien identificar sus puntos débiles, aquellos en los que flaquea y con los que cambiará el rumbo de la conversación en caso de tocarlos.
No le gusta hablar ni del pasado ni del futuro.
Es un tío de pocos amigos y muchos conocidos.
No menciona casi a su familia y no entiende la vida más allá de su barco y su rutina.
Quitando esos cuatro puntos, por lo demás, es un tío chill con el que se puede hablar de cualquier cosa.
Adhara, Éter y yo hemos pasado mucho tiempo juntos.
Las horas en la tienda se me van volando.
El otro día le pregunté por la posibilidad de comenzar a creer en algo superior a mí con veintiséis años.
No sé por qué me surgió esa duda, pero recuerdo muy bien la respuesta: nunca es tarde, porque la espiritualidad (así la llamó) va con nosotros desde que nacemos.
Descubrirla es cuestión de tiempo o de más vidas. Pero no hay una edad para hacerlo.
También he estado aprendiendo de hechizos, fases lunares, constelaciones y recetas.
Ayudar a Adhara en la tienda me nutre por fuera y por dentro.
Es un libro abierto de sabiduría. Me encantaría que se volviera a Madrid conmigo.
Tengo pendiente enseñarle a usar FaceTime.
Necesito una clase a la semana con esta mujer.
He nadado, tomado el sol, buceado, devorado helado de pistacho, comprado souvenirs para toda mi familia, capturado momentos, descansado y soñado más que nunca. Ha sido una semana maravillosa en la que, por primera vez desde que tengo uso de razón, no he necesitado recurrir a ti.
Me lo tomaré como algo bueno. Estoy aprendiendo a «no preguntar tanto», como diría Marco.
Esta semana, cada vez que me surgía una duda sobre la que reflexionar, en lugar de que el ansia me comiera por dentro hasta poder llegar a casa y contártelo, he dejado que se fuera.
Sí, como lo lees. Quién me ha visto y quién me ve.
En el momento en el que alguna duda asfixiante se ha posado en mi mente, al igual que ha llegado, la he dejado ir.
Supongo que el «silénciate» funciona. Al parecer, cuando dejas que las preguntas lleguen y se vayan no pasa nada.
Todo continúa igual. La vida sigue su curso y la ansiedad, con las horas, se disipa.
Yesta semana he podido comprobarlo. Han sido días llenos de paz.
Leo mis palabras y me emociono ante todo lo que estoy viviendo.
Jamás pensé que esta decisión pudiera salir así de bien.
¿Quién me iba a decir a mí que iba a conocer a una persona tan maravillosa como Adhara?
¿O que volvería a ilusionarme con la idea del amor?
Por no hablar de mi voz interior, espiritualidad o despertar (como quieras llamarlo).
¿Qué habría pasado si nunca hubiese volado hasta Hydra?
¿Habría despertado igualmente? ¿Estaba todo esto, acaso, planeado por la fuerza superior a nosotros de la que Adhara siempre me habla?
Como podrás comprobar, hoy sí que me ha apetecido manchar de tinta estas hojas para verter sobre ellas mis dudas. Te las voy a dejar a ti para que puedas responderlas por mí. Llegan, las plasmo y las dejo ir.