Hydra 34. ¿Postre?
68%

34. ¿Postre?

¿Postre?

Helena soltó una carcajada al sentir los primeros efectos de aquel albariño griego. Podía sentir su cuerpo relajado, las mejillas sonrojadas y la visión nublada. Estaba a gusto, muy a gusto.

—¿Le dijiste eso y te fuiste? ¿Sin darle las gracias ni nada? —le preguntó.

—¡Qué iba a hacer! ¡Tenía trece años y estaba muerto de la vergüenza! No tenía otra opción. —Marco sonreía con las mejillas también ardientes.

Recostado sobre el respaldo de la silla, sirvió más vino en ambas copas.

Helena levantó la suya brindando al aire y se la llevó a los labios mientras miraba una vez más a su alrededor.

Tras ella se alzaba una estantería llena de libros, dividida en dos por la escalera que ascendía hacia la cubierta.

Un sofá de piel marrón, a juego con la encimera y las sillas, separaba la zona de estar de la cocina, la cual era pequeña, pero disponía de todo lo necesario.

Al fondo, una puerta de caoba maciza abría paso hacia el dormitorio.

Todo estaba limpio y bien cuidado. Olía a pasta con verduras mezclado con el frescor de la madera.

Si se concentraba, podía notar el ligero vaivén de las olas bajo el suelo.

—Esa forma de brindar quiere decir que ya te fías de mí. Vamos progresando. —Marco bebió con aire triunfante.

—¿A qué te refieres?

—No has chocado tu copa con la mía. Eso es que estás cómoda.

—¿Perdona? —Helena abrió los ojos de sorpresa—. Joder, ¡que tiemble Freud! Veo que psicoanalizarlo todo es una de tus pasiones.

—No es psicoanálisis. —Negó con la cabeza—. Es tradición. Antiguamente brindaban como símbolo de unión, lealtad, pacto o, mi favorita, para comprobar que el de enfrente no los estaba envenenando.

Helena miró su bebida con curiosidad.

—La idea de chocar las copas —prosiguió él— surgió con el objetivo de que parte del líquido de una de ellas pudiera saltar a la otra, para asegurarse de que no existía veneno alguno en ninguna.

Helena le mantuvo la mirada, estimulada por el vino y por la manera tan serena y sensual que tenía de explicar las cosas.

—Es decir —dijo tras unos segundos, volviendo a apoyar la copa sobre la mesa—, que, según tú y tu teoría, ¿ahora ya me fío de ti porque he comprobado que mi copa no está envenenada?

—Eso es.

—Qué raro eres —rio.

—Gracias.

Sus miradas achispadas se encontraron. Un espeso silencio llevó los ojos de Marco hacia los labios de Helena.

—Qué calor, ¿no? —Se levantó ella de pronto—. Voy a abrir aquí. ¿Puedo?

—Adelante —dijo Marco, divertido.

Helena abrió la redonda ventana por la que horas antes le había observado.

—Bueno, me estabas contando sobre tu infancia por España. Viviste en Alicante y luego os mudasteis a Grecia. ¿Puedo preguntar por qué?

—Claro que puedes preguntar. Pero es una pregunta que, ahora mismo, no me apetece responder.

—Ah, genial, claro. Se me olvidaba cómo funcionan nuestras conversaciones. —Volvió a sentarse con una sonrisa irónica.

—Antes de eso… —Marco apoyó los codos sobre la mesa—. Me estabas contando sobre mi abuela y el carrete de fotos. ¿Te ha dicho cuánto tiempo necesita?

—Me dijo que, entre que llamaba a Judith, iba a verla y el tiempo de revelado, una semana más o menos.

—Guay. ¿Y luego? ¿Qué vas a hacer con esas fotos?

—No lo sé. Ni siquiera sé de dónde salen.

—¿Ni quién las hizo?

El pecho de Helena se paralizó por un instante.

—Esa es una pregunta que no me apetece responder. —Trató de imitarlo sin lograr disimular cierta amargura en su voz.

—¿Porque no quieres responderla o porque no estás preparada para hacerlo?

—Lo primero —mintió.

—Bien. En ese caso, cuando el carrete esté listo, me avisas. Tengo curiosidad.

—No tienes curiosidad. Lo que eres es un cotilla.

—En absoluto. Tan solo me gusta un buen misterio. Igual que a ti. Por eso estamos aquí.

Helena tuvo que retirarse la copa de los labios para impedir que su risa lo salpicara todo.

—Perdona, esa no me la esperaba —dijo limpiándose.

Marco la miró sonriendo de lado. Le gustaba más de lo que quería reconocer.

—Bueno, pues si no me respondes a esa, cuéntame. —Se cruzó de brazos dejándose caer sobre el respaldo—. ¿En qué consiste exactamente tu trabajo? No me ha quedado muy claro.

—Ya te lo he dicho —contestó ella—. Organizo eventos. Dentro de la empresa cada uno tiene un departamento. Mi especialidad son las redes sociales. Junto en un mismo espacio a influencers y a marcas.

—Emocionante —dijo Marco con sorna.

—Al principio lo era. —Helena sonrió con nostalgia, jugando con su servilleta—.

Cuando era más joven, solía ser nuevo y entretenido.

Además, me distraía de…, de todo. El problema es que ahora es lo mismo, una y otra vez.

Siempre ha sido un mundo frío, superficial y drenante, pero ahora, encima, es aburrido.

Mismas campañas, mismas problemáticas y los mismos egos a los que llevo años enfrentándome.

—Volvió a coger su copa de vino—. No sé.

Tampoco sabría decirte por qué me he cansado de ello.

Fue un sentimiento que llegó un día de pronto y, al parecer, lo hizo para quedarse.

—Bueno, no importa de dónde haya salido. Con que tú lo sientas así, es más que suficiente.

Helena miró su copa en silencio, sopesando sus palabras.

—De hecho —continuó Marco—, no sé mucho de redes, como podrás deducir, pero no creo que sea un nicho o mercado del que aprender ni disfrutar. Entiendo que tienen que existir todo tipo de curros, pero, bajo mi punto de vista, no podría dedicarme a algo que no me hace crecer espiritualmente hablando.

—Eso en Madrid no existe, Marco. —Helena sonrió con ternura—. Lo conocéis aquí porque sois gente de isla, de vida lenta. En Madrid no puedes permitirte un trabajo que te apasione o que te haga crecer espiritualmente hablando. —Lo imitó endulzando las palabras.

Marco la observó con detenimiento. Desde luego, eran personas muy diferentes.

—Por cierto, hablando de redes. —Helena sonrió divertida, oxigenando su vino—. ¿Puedo saber qué te ha llevado a querer estar desconectado del mundo de esa manera? Que un chico de veintiséis años no tenga redes sociales no es algo que se vea todos los días.

—Eso será en tu ciudad, madrileña. —A Marco le asombró su pregunta—. Somos muchos los que no tenemos Instagram. Lo que pasa es que no lo sabes porque no lo tenemos. Entiendo que, por tu entorno, tanto laboral como social, es algo poco común, pero por aquí no lo es.

—Sebas sí que tiene.

Marco sonrió ligeramente.

—Sí, Sebas sí que tiene.

—¡Anda! —Helena juntó las manos fingiendo sorpresa—. ¡Entonces no es tan normal en Hydra vivir desconectado del resto del mundo! ¡Ahora cuéntame por qué tú no! ¡Porfa! ¡Me interesa más de lo que crees!

—Pues, tía, yo qué sé. —Llevó la cabeza hacia atrás, pensando su respuesta—. Nunca me ha llamado la atención la vida de otra peña. Estar conectado. —Hizo unas comillas con los dedos—. Como dices, me parece una pérdida de tiempo.

—Pero ¡no son solo para ver la vida de otra peña! También sirven para mantenerte informado de lo que pasa a tu alrededor y en el mundo.

—Si quiero estar informado, recurro al telediario o al periódico.

Aunque tampoco me mola nada el rollo corrupto y politizado que se traen.

Soy más de YouTube o de pódcasts. No hace falta tener redes sociales para mantenerse informado de todo.

—Dio un sorbo a su bebida—. Al final, el objetivo por el que se crearon está claro: para que te centres en cualquier otra vida menos en la tuya.

—No, perdona, no estoy de acuerdo. Son una forma de entretenimiento más —sentenció Helena—. Yo no vivo menos mi vida por ver la de otros.

—Sí lo haces. Yo me levanto, me hago un café y me voy a currar. Tú haces lo mismo, pero, entre tanto y tanto, ves stories. Y,mientras te hacías el café, tu cerebro ha vivido la vida de muchos otros, además de la tuya. —Se encogió de hombros y añadió—. Yo solo vivo la mía.

Helena entreabrió los labios, pero volvió a cerrarlos. No podía negar eso último.

—Creo que se pueden tener ambas cosas. Que puede existir un equilibro —argumentó.

—En eso estamos de acuerdo —afirmó Marco—. El problema es que el equilibrio es para los valientes. Para alcanzarlo, hay que poner conciencia. Yno todo el mundo es capaz de eso. De hecho, predomina la falta de ella. Por eso funcionan tan bien las redes sociales.

—Considero que tu decisión es muy radical. Creo que puede existir un punto medio.

—¿Tú has llegado a él?

—Pues no lo sé. Nunca me lo había planteado. —Helena se apuntó mentalmente aquello para desarrollarlo en su diario más tarde—. Entonces, cuando quieres mantener el contacto con alguien, ¿cómo lo haces? —preguntó, cambiando el rumbo de la conversación.

—¿Con mi teléfono móvil? —respondió Marco con ironía.

—Ah, es decir, que, si ligas y quieres mantener el contacto con una chica, ¿le mandas un mensaje de buenos días?

Marco sonrió de lado. Sabía muy bien por dónde iba. No pensaba caer.

—Sí, eso es. Las veces que he querido hacerlo, he mandado un mensaje. No pasa nada, ¿sabes? Un «hola» por WhatsApp no es una declaración de amor ni mucho menos.

—Ya lo sé, imbécil. Tan solo que… me parece curioso. Incluso… un poco aburrido —confesó arrugando la nariz.

—¿Aburrido?

—Sí, joder. Con lo que mola darse unos likes tontos o… ¡Con la ilusión que hace que te respondan a una historia!

Marco la miró, realmente preocupado por ella.

—Te confieso que no me había dado cuenta de lo diferentes que son nuestros mundos hasta ahora.

—Ya. Desde luego. —El vino le impedía ver con claridad el curso que estaba tomando la conversación—. Aunque viviste en Alicante, ¿eh?, no vayas tan de tío interesante y desconectado, que tú también fuiste un chico de ciudad.

—Te lo dije el otro día. Yo no voy de nada. Eres tú la que se crea una imagen de mí en tu cabeza. —La miró a los ojos, dejando que el vino hiciera su trabajo—. Conque un tío interesante, ¿eh?

Helena no pudo evitar sonreír.

—Pues sí. Sí que lo eres —afirmó para sorpresa de ambos.

—Vaya, ahora soy yo el que no se la esperaba. —Marco se levantó y acercó su silla a la de ella, tal y como había hecho la primera vez que se vieron—. Y, en tu cabeza, ¿qué más soy?

—Hummm… —Ella bebió, tratando de calmar sus nervios ante aquel acercamiento—. Si respondo a tu pregunta, ¿luego tú responderás a la mía?

—Depende. ¿Cuál es tu pregunta? —dijo él llevando la mirada hacia su boca.

Helena le observó de cerca, sopesando su respuesta. El grosor de sus labios y el color miel de sus ojos eran aún más tentadores a esa distancia.

—El día en que nos conocimos en el bar de Sebas. Cuando me viste por primera vez, antes de presentarnos, ¿qué pensaste?

Marco perdió el control de sus latidos. Sabía muy bien cuál era la respuesta. Pero aún era pronto. Se despegó de ella y se incorporó, tenso. Respiró hondo y trató de disimular.

—¿Postre? —dijo al tiempo que recogía los dos platos terminados.

Helena le miró sorprendida.

—Entonces ¿decides no responder?

—Decido no responder —afirmó él dejando los platos en el fregadero, de espaldas a ella.

—Ah, genial. Pues nos quedamos con la duda, entonces —protestó Helena.

—Eso parece. ¿Podrás vivir con ello?

—Por supuesto que sí. —Se cruzó de brazos, sintiendo que su orgullo era mayor que la curiosidad que sentía por la reacción de Marco—. ¿Qué tienes de postre?

—Tarta de pistacho con base de frutos rojos.

Los ojos de Helena se encendieron de emoción.

—¿De verdad? —preguntó con una sonrisa de oreja a oreja.

Marco se giró hacia ella.

—Joder, es la primera vez desde que te conozco que sonríes así —le dijo.

Helena no podía dejar de hacerlo.

—Es que… ¡tienes tarta de pistacho! —gritó entusiasmada.

Él asintió, triunfante.

—Creo que acabo de desbloquear una manera fácil de que me perdones cualquier gilipollez que pueda decir. Guay. Me las voy apuntando.

Helena no respondió. Tan solo le miraba con ilusión, esperando con impaciencia a que sacara el dulce de la nevera. Sus ojos brillaban sin dejar de sonreír.

Aquella fue la primera vez que Marco conoció a la niña que llevaba dentro y, mientras sacaba la tarta y la partía en varias porciones, se prometió a sí mismo que no sería la última.