Hydra 33. Maktub
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33. Maktub

Maktub

Un cartel de madera mohosa contenía indicaciones claras.

Ala izquierda, su casa. Ala derecha, la plaza y el puerto.

Detenida frente a él, se mordía las uñas sopesando la idea que se le acababa de ocurrir.

Miró hacia arriba, confusa. El cielo, teñido de rosa, empezaba a oscurecerse.

Los pájaros ponían rumbo a sus nidos y la velada figura de la luna comenzaba a dibujarse.

«¿Cómo es posible que me esté replanteando si ir o no a ver a un tío que no ha querido verme en todo el día?

¿En qué momento he llegado a esto?», se decía sin moverse, fulminando el cartel con la mirada. «Silénciate», pensó de pronto.

Giró el manillar en dirección al puerto y pedaleó ignorando sus dudas. «Silénciate», era lo único que se decía, impulsada por la adrenalina y con los nervios aumentando tras cada esquina.

Jamás se habría imaginado haciendo algo así.

Jugar sus cartas con un hombre era algo a lo que nunca había tenido que enfrentarse.

Siempre esperaba. Ya llamaría, ya vendría.

Pero en esta ocasión no podía esperar. No estaban en Madrid.

Quién sabía cuándo volvería a verle o si aquello era recíproco.

Quién podía imaginar cuántas veces más experimentaría lo que sentía al estar cerca de él, incluso qué excusa se inventaría al aparcar la bicicleta cuando llegase al puerto y le viera.

«¿Cuántas vidas hay?», escuchó decir a Clara en su mente.

La respuesta «Solo una» resonó en su garganta, y ahogó un grito de emoción mientras los pedales la guiaban hacia donde su corazón le indicaba.

Vislumbró la hilera de barcos a lo lejos.

Su respiración se aceleró. Al llegar al puerto, aparcó la bicicleta en los maceteros del bar de Sebas y trató de calmarse antes de dirigir su mirada hacia el muelle.

Tenía que disimular. Estaría jugando sus cartas por primera vez, pero sabía que presentarse con los nervios a flor de piel ante él no era una buena opción.

Mirándose en la cristalera del bar, se aseguró de volver a su aspecto aliñado. Se secó las manos y peinó sus ondas con ellas, recolocando las pequeñas trencitas a ambos lados. En realidad, podría haber pasado por casa a cambiarse. «Silénciate».

Terminó de asegurar la bici antes de mirar hacia el frente.

Sus ojos se encontraron con un manto de estrellas posándose sobre el muelle, en el que buscó la presencia de Marco, sin éxito.

De pronto, una calma repentina se apoderó de su cuerpo.

No había turistas, timbres de bicicletas o bocinas de barcos.

No pasaban burros ni carretas. Tan solo se escuchaba el choque de las embarcaciones entre sí, el vaivén de las olas contra el muelle y algún que otro murmullo proveniente del interior de los locales, ya cerrados o a punto de hacerlo.

Adiferencia de la gran ciudad, allí todo se apagaba cuando el cielo lo hacía.

Aesas horas habitualmente ya estaba en la cama cenada y lista para irse a dormir, pero aquel domingo de mayo se le había hecho tarde.

Todo era distinto a esa hora. Más sereno, más misterioso.

El sonido metálico de unas cadenas la sacó de su estado de calma. Asu izquierda, Sebas recogía las últimas sillas de la terraza. Helena le saludó con la cabeza cuando sus miradas se cruzaron.

—¡Pero bueno! ¿Qué trae a una chica como tú, a estas horas, a un sitio como este? —Colocó una última silla bocabajo sobre la mesa.

—He venido a echar un vistazo —improvisó.

—¿Un vistazo? ¿Al puerto, un domingo pasadas las nueve?

—Sí, eso es. Quería… verlo. Está todo precioso y muy… calmado —dijo mientras se acercaba a él y contemplaba otra vez el muelle.

—Desde luego que sí. Es así todo el año, menos los meses de verano, que también hay vida por la noche. En cuanto el sol se va, la isla parece otra. —Sonrió y le echó el cerrojo a la puerta.

—Qué gusto —dijo Helena despacio, inhalando con fuerza.

—Y tanto. Qué bien verte por aquí de nuevo. Te confieso que tenía la esperanza de que llamarías —comentó esto último con aire despreocupado.

—Sebas…

—Es lo último que se pierde. —Se encogió de hombros sin dejar de sonreír—. ¿Te vas a quedar? Yo me iba ya, pero puedo estar un rato contigo si quieres compañía. —Se secó las manos en la camisa y guardó la llave en el bolsillo.

Helena sonrió como muestra de agradecimiento.

—Venía a ver a alguien. —Miró hacia el muelle de nuevo.

—Vaya, ¿y quién es el afortunado o afortunada? —le vaciló Sebas.

De pronto cayó en que tal vez aquel chico fuera su última oportunidad de saber dónde estaba su amigo.

—Marco —confesó sin rodeos.

Sebas llevó la cabeza hacia atrás exhalando una risa que Helena no supo cómo interpretar.

—¡Será cabrón!

—No es lo que piensas. —Se sonrojó—. Tengo que darle unos papeles que me ha dado su abuela. Debe tenerlos para mañana sin falta. —Nunca dejaría de sorprenderse a sí misma con el don de improvisación que le había dado la vida.

—Ah, entiendo. —Sebas se cruzó de brazos—. Aclárame una cosa entonces, ¿venías a echar un vistazo o a entregarle unos papeles a mi amigo el guaperas?

Puede que sus dotes de improvisación no se hubieran lucido en aquella ocasión.

—Lo segundo, supongo. Pero sin lo de guaperas —se rindió Helena.

Sebas negó con la cabeza, divertido, justo antes de saltar la fila de maceteros que los separaba y se giró hacia el puerto.

—Creo que terminó su jornada hace un par de horas. —Dio un par de pasos tratando de ver algo—. Sí. Mira, ven. —Le hizo un gesto con la mano para que se acercara—. ¿Ves el cuarto barco empezando desde los últimos? El velero que tiene las ventanas iluminadas—señaló.

Helena afirmó.

—La luz está encendida, así que está en casa.

Ella apartó los ojos del velero y se giró bruscamente hacia Sebas.

—¿Has dicho «en casa»? —Debía de haber oído mal.

—Sí, eso he dicho. Vive ahí.

Se hizo el silencio entre ambos. No había oído mal.

—Vive ahí —repitió Helena en voz baja—. ¿En un velero?

Sebas soltó una carcajada.

—No le hagas esa pregunta si no quieres hacerle enfadar.

Es un velero crucero oceánico —puntualizó imitándolo—.

Como un velero, pero más grande. Decidió invertir en él todos sus ahorros hace un par de años y, desde entonces, vive ahí.

—Se metió las manos en los bolsillos y se volvió hacia ella—.

Si tienes más preguntas, se las vas a tener que hacer a él.

No sé por qué me da que me puedo llevar una buena si me voy de la lengua con la chica que se deja caer por el puerto a las nueve de la noche para entregarle unos papeles.

Helena sonrió al escuchar aquello y le agradeció su ayuda.

Se despidieron y volvió a quedarse sola frente al manto de estrellas.

Esta vez, sola de verdad. Aquello la tranquilizaba.

Una parte de ella respiraba aliviada al pensar que nadie sería testigo de lo que estaba a punto de hacer.

Si salía mal, nadie lo sabría. Si él la mandaba a paseo, tan solo tendría que borrar aquel capítulo de su memoria para siempre y disfrutar de sus últimos días en Hydra.

Se repitió «silénciate» varias veces mientras avanzaba por el espigón hacia el cuarto barco comenzando por el final.

En cuanto estuvo frente a él, se detuvo a observar su belleza.

Era, sin duda, un velero más grande de lo normal.

Sus velas, imponentes, descansaban plegadas sobre una cubierta cuya borda estaba enmarcada por una cuerda gruesa y elegante.

La cálida luz proveniente de sus redondas ventanas alumbraba la superficie sobre la que flotaba.

Se mecía lento, de manera casi imperceptible, al compás del mar y del resto de los barcos.

Las estrellas revelaban el blanco marfil de su casco y, en azul marino, sobre su costado de estribor, pudo distinguir la palabra «Maktub» escrita a mano y en cursiva.

No daba crédito. ¿Cómo era posible que un chaval de veintiséis años hubiera podido comprarse semejante barco con sus ahorros?

¿Empezó a trabajar con nueve? ¿Tan bien marchaba el negocio de arreglar barcos?

¿Pasaba droga? Decidió que esa sería una cuestión que resolvería más tarde.

¿Cómo se hacía en aquellas ocasiones? Ni siquiera veía un timbre al que llamar o una puerta por la que entrar.

Avanzó hacia la luz de uno de los ojos de buey y se inclinó ligeramente para mirar al interior.

Marco se estaba haciendo la cena en la pequeña cocina del velero, de espaldas a ella, y se movía al ritmo de una ligera melodía que llegó a los oídos de Helena.

Se quedó embelesada por la sintonía que desprendían sus movimientos.

Lentos pero firmes. En bañador y sin camiseta, con el trapo de cocina de cuadros rojos al hombro, estaba concentrado en cortar algunas verduras y meterlas en la sartén.

Agudizó el oído y pudo identificar la canción: «Bring It on Home to Me», de Sam Cooke. Le encantaba esa canción.

Todo en aquella estampa era perfecto. Helena se maldijo a sí misma por no llevar la cámara encima.

Cosa que al mismo tiempo agradeció. Tenía que dejar de llenar su carrete con fotos de aquel chico que despertaba sus sentidos y su inspiración de manera salvaje.

Aquel pelo, aquella espalda y aquellas manos eran lo más estimulante que había visto en mucho tiempo.

Marco se giró levemente, quitándose el trapo del hombro, y Helena se apartó veloz de la ventana.

Por muy poco. Decidió que dejar de comportarse como una adolescente sería lo mejor si no quería quedar más en ridículo de lo que ya lo estaba haciendo.

Inspiró hondo y dio tres golpes secos sobre la ventana.

Marco miró hacia el cristal y sus ojos se encontraron.

Las vibraciones de la música se sincronizaron con el compás de sus latidos.

Desde luego, esa sí que no se la esperaba.

¿Qué hacía ella allí, a las nueve y media de la noche, dando golpes a la ventana de su casa? Y¿cómo sabía que vivía ahí?

Helena le hizo un gesto con la mano pidiéndole pasar.

Sus hombros se destensaron, recuperándose de su asombro.

Relajó la mandíbula y le hizo un leve gesto con la cabeza mientras dejaba el trapo sobre la encimera.

Se apresuró a las escaleras y abrió la escotilla que daba a la cubierta.

La brisa de la noche le recordó que estaba en bañador y sin camiseta.

Saltó al pantalán y se acercó hasta ella.

Helena también se aproximó despacio mientras improvisaba lo que iba a decirle.

—Menuda sorpresa —dijo él rompiendo la densa distancia que los separaba.

—Sí, perdona si te he asustado. No sabía cómo llamar. —Ella se disculpó aferrándose a su fina chaqueta con fuerza—. ¿Qué se hace en estos casos? ¿Hay algún timbre o algo?

Marco la miró de arriba abajo cuando la tuvo más cerca. Ella se tensó ante aquel escáner.

—Se hace justo así, como lo has hecho. —Dio dos golpes sonoros sobre el casco del velero—.

Es como suelen llamar mis invitados. Pero, claro, no te esperaba.

¿Has ido preguntando por ahí dónde vivo o qué?

—En su rostro se dibujó una media sonrisa que derritió a Helena, haciendo que fuera imposible responder sin que se le dibujara otra a ella.

—No es lo que crees. Pasaba por aquí y Sebas me ha dicho que estarías en casa.

—Miró de nuevo hacia el velero—. Me ha entrado mucha curiosidad al saber que tienes una casa flotante y he decidido pasarme a verla.

Pero nada, ya me iba. Es tarde y no son horas para estar dando paseos nocturnos. Muy guay el barco, por cierto.

—No vas a ceder, eh, madrileña. —Negó con la cabeza, mordiéndose el labio inferior—. Te vas a volver a tu ciudad sin haberme mostrado una faceta tuya que no sea orgullosa y buscaexcusas.

—No sé de qué me hablas. —Lo sabía muy bien—. Es la verdad.

—La verdad, yo creo que es otra.

—Ah, ¿sí? ¿Cuál crees que es? Sorpréndeme.

—La verdad es que te tocaba a ti jugar tus cartas.

Helena se rio nerviosa. ¿De dónde salía ese tío y por qué no conseguía colarle ni una?

—¿Qué cartas? Esto no es ningún juego, no sé de qué me hablas.

—No es ningún juego porque, de nuevo, jamás admitirás que lo es.

Pero sabes muy bien que, si querías volver a verme, te tocaba a ti ceder un poco.

—Se encogió de hombros—. Muy poco, claro, porque no es algo que suelas hacer.

Las chicas como tú esperáis a que juegue la otra persona.

Porque siempre juegan. Y,en cuanto has visto que no me he pasado hoy por la tienda, tu instinto te ha traído hasta mí.

Entiéndelo, ayer ya cedí yo acompañándote.

Te tocaba a ti un poquito. —Apoyó el codo sobre la pared del velero con una sonrisa triunfante.

Helena le miró incrédula. Quizá tan solo fuera más inteligente que ella y quizá eso era todo lo que había hecho que estuviera allí un domingo a las nueve de la noche, yendo detrás de él.

—No voy a darte la razón, pero ingenio no te falta. Asombroso.

—Guay. Yo voy a hacer como que acabas de dármela. ¿Quieres entrar? —Marco señaló la escotilla de la cubierta.

—Oh, no, no te preocupes. He visto que estabas haciéndote la cena. No quiero molestar.

—No molestas. He hecho mucha comida. Has aparecido por aquí y la cena ya está lista. ¿Quieres o no? Aesto sí que no te puedo obligar.

Helena le observó fijamente, aguantándole la mirada durante tres segundos que a él se le hicieron eternos.

—Está bien —pronunciaron sus labios.

—Está bien —le dijo él apartándose y haciéndole un gesto con el brazo para que subiera a la cubierta.