Hydra 32. Te siento cerca #2
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32. Te siento cerca #2

Al llegar al local, realizó el ritual del saludo al gran sauce. Podría acostumbrarse a aquello. Fue un domingo tranquilo, resumido en turistas curiosos, conversaciones con Adhara y colocar lo que Éter desordenaba.

—Adhara, ¿cómo sabes si la voz de la que me hablaste es tu propia voz o algo externo a ti? —le preguntó en una de ellas.

Adhara levantó la vista por encima de las gafas mientras cosía una de sus faldas.

—Entiendo tu pregunta, querida, mas no veo la necesidad de diferenciarlas. La energía universal no se priva de recursos a la hora de manifestarse y ayudarte en tu camino. Puede hacerlo a través de algo externo a ti o a través de ti.

—Es decir, en ambas situaciones, es algo externo a mí, ¿correcto?

Adhara dejó de coser y la miró seria.

—Jovencita, en ambas situaciones, eres tú. ¿Acaso no sabes de qué estás hecha?

—Hummm… —Helena miró su cuerpo sopesando la respuesta—. La verdad es que no. Tan solo sé que venimos del mono. Ylo de las células, las reacciones químicas y todo eso.

Adhara negó con la cabeza y le ordenó a Éter subirse a su regazo, este obedeció deleitándose al instante en el suave tacto de la vaporosa tela que ella tenía entre las manos.

—¿De qué está hecho Éter, entonces? —El felino soltó un delicado maullido al escuchar su nombre en boca de la anciana.

—¿De reacciones químicas, células y mucho pelo?

Adhara rio por lo bajo. Le divertían mucho ese tipo de conversaciones. Nunca se cansaría de asombrarse ante lo divergentes que podían ser las distintas mentes humanas.

—No hay diferencia entre este gato y tú, querida —sentenció finalmente—.

Puedes creerlo o no, eso ya no está en mi mano.

Sin embargo, te digo que, a pesar de vuestra forma física y manera de procesar vuestro entorno, la energía, la misión y la trascendencia en esta vida son las mismas.

Ambos sois un canal por el que la energía universal se manifiesta y viaja para continuar con su eterna creación y expansión.

No somos nada, tan solo una forma de expresión más convertida en materia.

Helena sopesó aquellas palabras mientras separaba pétalos de flores por colores en unas cajas de mármol perlado.

—Una vez que entiendas eso —continuó Adhara—, comprenderás que no hay diferencia entre tu voz interior y cualquier señal externa que el universo te mande.

Muchas veces serás tú misma llevada por tu intuición y tus impulsos.

Otras veces verás, escucharás y sentirás a través de los sentidos para llegar hasta tu destino.

Pero, en todas ellas, se trata de energía vital buscando una vía.

Manifestándose. —Miró a Éter, que se estaba quedando dormido con sus caricias—.

Yun día, sin darte cuenta, ni siquiera importará.

Cuando aprendas a abrirte al mundo y a estar atenta a todo lo que la vida quiera comunicarte, procesarás cada mensaje que te llegue sin esfuerzo.

Te enseñaron a leer en la escuela, ¿verdad?

—Sí. —Helena respondía rápido a sus preguntas para que siguiera hablando y así no perder el hilo de todo lo que decía.

—Al igual que, con práctica, puedes leer letras y pronunciarlas, también puedes aprender a leer e interpretar los mensajes y las señales que andan ocultos en lo más primitivo de nuestra psique.

No se trata de ir un paso más allá, sino un paso más atrás.

Olvidar lo aprendido. Hay que recordar que un día fuimos animales perdidos en la selva y que todo lo que teníamos era instinto.

Eso sigue intrínseco en ti. En todos. Se trata de volver a desarrollar nuestra parte más sensorial, genuina y curiosa.

Sin juicio ni esquemas establecidos. Dejándonos guiar por nuestra madre creadora, a quien muchos han decidido olvidar.

—Es decir, que, si practico, ¿podría ir por la vida escuchando mensajes y percibiendo sensaciones?

—Sí, algo así. —Adhara rio cerrando los ojos y sintiendo ternura por aquella curiosa muchacha—.

Pero sin obsesionarte, ¿de acuerdo? La energía no se manifiesta al desearla, se manifiesta cuando pasas a la acción.

Sal al mundo, camina, vive, siente. Avanzar es la única manera de que la energía encuentre nuevas formas de llegar hasta ti.

De que se transforme y esté en constante flujo de cambio.

Helena sintió una pequeña punzada en el corazón al escuchar aquello.

Si la energía se transformaba con cada cambio, lo más probable es que llevase diez años estancada en su interior.

Se imaginó su cuerpo apagado flotando entre un montón de colores que iban y venían, atropellándola y pasándole por encima, sin percatarse de su presencia.

Estuvieron las siguientes horas en silencio.

Adhara respetaba sus tiempos y su espacio, lo que le aportaba a Helena una calma y una seguridad que no había encontrado nunca antes con un desconocido.

De pronto recordó lo que se había prometido la mañana anterior y, mientras la anciana podaba la salvaje enredadera de la entrada, alcanzó su bolso y se acercó a ella.

—Adhara, tengo una pregunta. Quizá sepas responderme o quizá no, pero, bueno, no pierdo nada por preguntarte.

—Sacó el carrete del bolso ante la mirada atenta de la anciana—.

Lo encontré porque… —Rectificó negando con la cabeza—.

Bueno, eso no importa. La cosa es que esto estaba en mi casa y hasta ahora no he tenido el valor de hablar con nadie sobre ello.

Podría haberlo revelado en Madrid, pero no estaba lista para hacerlo.

No sé qué contiene ni qué voy a encontrar aquí dentro, pero me preguntaba si, por casualidad, ¿conoces algún lugar en Hydra donde pueda revelarlo? Oquizá a alguien que pueda hacerlo.

Los ojos de Adhara brillaron de agradecimiento, reconociendo la confianza que aquella muchacha comenzaba a encontrar en ella.

—¿Puedo? —preguntó extendiendo la mano y dejando las tijeras de podar en el suelo.

—Claro. —Helena se lo entregó—. Creo que es del año 2016. —Su voz se quebró al recordar la fecha escrita a mano en la caja.

Adhara reconoció aquel carrete al instante.

—Es tu día de suerte, jovencita —anunció disimulando las lágrimas.

La esperanza afloró en Helena al escuchar aquella respuesta.

—¿Puedes ayudarme? ¿Sabes dónde revelarlo? He buscado en el mapa, pero no me salía nada. Quizá no esté actualizado o… —hablaba rápido, nerviosa por la emoción.

—Claro que sí —la cortó la mujer—. Hay pocas cosas que esta vieja no sepa resolver, querida. ¡Éter! Tráeme la libreta, anda.

Helena, llena de emoción y curiosidad, vio cómo el gato entraba en la trastienda.

Se miró rápidamente en el espejo con forma de sol que había a su izquierda, al recordar que Marco podía pasarse por allí en cualquier momento, y se recolocó una de las pequeñas trenzas.

Seguía guapa. El gato salió con una libreta diminuta en la boca y se la entregó a Adhara.

—Vamos a ver —murmuró mientras se ponía las gafas de montura redonda y caminaba al interior de la tienda leyendo sus anotaciones. Pasó varias hojas antes de llegar a lo que buscaba, bajo la atenta mirada de Helena, que la seguía guardando las distancias.

—¡Aquí está! Judith, una vieja vecina con la que me llevo muy bien. Hace mucho que no la llamo, pero me debe un par de favores. Estoy segura de que podrá ayudarnos.

—¿Ella puede revelarlo?

—Sí. Judith llevaba la tienda de fotografía de la isla, pero la llegada de los teléfonos móviles y las cámaras digitales acabó con su pequeño negocio.

Helena pensó en la tienda de revelados de su barrio. El cartel de SE VENDE se dibujó en su mente de forma fugaz.

—Ya no tiene su tienda —prosiguió la anciana quitándose las gafas—, pero sé que aún guarda las viejas máquinas en su trastero. De vez en cuando sigue jugando con esas cosas. Estoy segura de que podrá revelarlo.

Aquella tarde, de vuelta a casa, pedaleó con más fuerza, confianza y certeza que nunca.

Su vida y su manera de enfrentarse a ella estaban evolucionando y, para su sorpresa, le encantaba esa nueva Helena.

Descubrir el contenido de aquel carrete y desempolvar sus secretos eran el primer paso hacia la verdad.

Con las fotografías y la postal tendría las evidencias suficientes como para preguntarle a Adhara sobre el origen de todo aquello.

Otro sentimiento que la acompañaba en su trayecto era la desilusión.

Ni rastro de Marco por la tienda. ¿Acaso no sabía que ella se pasaba por ahí todos los días?

¿No quería verla? El pedaleo constante y la velocidad que refrescaba su piel aliviaban la pesadez de sus pensamientos.

Abrazó con todo su ser aquella sensación de libertad, el descontrol de los pedales cuesta abajo, el no saber qué habría a la vuelta de la esquina y el no tener un segundo para pararse a mirar.

Hacía mucho que no sentía aquello. No recordaba que se pudiera liberar tanto solo con dejarse caer.

Los últimos rayos de sol se despedían de ella un día más. Su piel morena se volvió dorada, sus ojos brillaban como esmeraldas y sus pecas se intensificaron sobre el puente de la nariz. La isla entera le dijo adiós al astro, que reflejaba sus colores en casas, colinas y muelles.

Llevaba tres semanas viendo caer el sol tras el horizonte y cada día lo había observado con una sensación diferente.

La de hoy, sin duda, era su favorita. La de saber que lo estaba consiguiendo, que se había lanzado por fin a averiguar qué significaban aquella caja y aquella frase. Saber que estaba más cerca.

—Te siento cerca —le dijo al sol.

Y este se despidió con un ligero destello de color verde antes de esconderse por completo. Los ojos de Helena se llenaron de lágrimas al entender el mensaje que la gran estrella le mandaba. También ella podía sentirla. Estaban juntas en esto. Eran una.