32. Te siento cerca
Te siento cerca
Por supuesto que llevaba horas meditando los detalles de aquel conjunto.
Un bikini llamativo con varias capas de tela encima que lo disimularan.
Algo sexy pero sutil. Que diera la sensación de que había estado todo el día por la isla viviendo aventuras y despreocupada, pero con estilo.
Lo más probable era que no le viera en todo el día, a pesar de que iba a pasar la tarde en el local de su abuela, pero por si acaso.
Lo más probable también era que, si Marco se dejaba caer por la tienda un domingo por la tarde, le dieran bastante igual su ropa y su aspecto despreocupado, pero de nuevo, por si acaso.
Estaba radiante y lo sabía. Se veía bien por fuera y, sobre todo, por dentro.
Sus hombros y su gesto nunca habían estado tan relajados.
Su mente iba más despacio de lo normal. Las respiraciones eran más largas y profundas.
Escribía con menos urgencia, recurriendo a la libreta solo con el fin de disfrutar del rasgar de la pluma sobre el papel, más que con el de controlar lo que pasaba en su cabeza.
El talismán dorado, el carrete y la postal descansaban sobre la mesilla de noche, tallada en madera blanca, esperando a que les diera una respuesta.
¿Hacia dónde iba? ¿Qué estaba haciendo? ¿Recordaba por qué había ido y cuál era su objetivo?
¿Quería acaso volver a su vida normal después de todo aquello?
Su vida normal. ¿Era lo que tenía en Madrid, una vida normal?
Se había distraído con factores externos que no esperaba encontrar cuando partió de la ciudad.
¿Qué esperaba? ¿Que en un mes de estancia todos los días serían iguales?
¿Que encontraría las respuestas que estaba buscando y se volvería a Madrid con la vida solucionada?
Sí, eso era justo lo que esperaba. Aquella Helena le parecía muy lejana a la que ese domingo de mayo estaba al otro lado del espejo, adornando su cabello con pequeñas trenzas que se mezclaban con su larga melena.
La Helena del pasado estaba llena de dudas y de miedos.
Aún no conocía la calma de levantarse cada mañana con todo el día por delante para ella misma y sus pensamientos.
No había paseado por las calles de una isla cuyos habitantes sonreían y caminaban despacio.
No recordaba lo que era sentirse inspirada y tener ganas de inmortalizar sus recuerdos.
No había descubierto una tienda en lo alto de una colina cuyos cimientos se levantaban sobre un árbol mágico.
Su instinto no había seguido a Éter. Su cuerpo no había escuchado la voz de Adhara.
Su corazón jamás había palpitado de esa forma tras descubrirse ante la mirada serena de Marco.
Claro que no era la misma. No estaría cuerda si lo fuera. Pero, aun estándolo, todo aquello le parecía una locura. Si le preguntaran por aquel viaje, no sabría cómo responder acerca de lo vivido. Las personas que había conocido, los sentimientos con los que había reconectado.
—Tú me ves así vestida y ¿qué piensas? —Clara apoyó el móvil en un jarrón y acercó los ojos a la pantalla para analizar todos los detalles.
—Pues que eres una tía chulísima que no ha pasado por casa en todo el día, pero que aun así siempre va guapa y con estilo —respondió Clara ipso facto .
Helena asintió y volvió a mirar su reflejo.
—Si es que por algo somos amigas —añadió satisfecha.
—Estás espectacular. Te queda muy bien ese moreno. Muy sexy.
—Es cierto. Estoy espectacular.
—También te digo… —Clara se puso las gafas de sol. Estaba sentada en el bar de siempre haciendo el vermut de los domingos—. No necesitas estar espectacular por fuera. Lo eres por dentro. Con eso te valdrá para conquistarlo.
Helena soltó una carcajada.
—Menuda pelota de mierda. Tan solo dices eso porque estás enganchada a esta historia y quieres más contenido.
—Puede ser —dijo Clara riéndose—. ¿Sabes qué más contenido me gustaría? Una foto de su cara. Décima vez que te la pido, hermana, mi paciencia se agota.
—Clara. —Helena volvió a girar la cámara para mirar fijamente a su amiga—.
Por décima vez. No le voy a hacer una foto.
Ya se la hice y tengo pánico a que descubra que, en el carrete de la cámara que llevo colgando del cuello, guardo una foto suya, tomada desde lo alto de una colina, amarrando barcos.
—Se llevó la mano a la boca, preocupada—. Joder, qué vergüenza.
—¡Qué tortura, por Dios! Estoy cansada de tener que imaginármelo y no poder ponerle cara. Si publica alguna historia, le haces screen y me la pasas. Espero que hayas movido tus cartas y le hayas dado un like tonto o le hayas respondido a algo.
—Primero de todo. —Helena se sentó sobre la cama para atarse las cuerdas de sus nuevas sandalias romanas y dejó el móvil sobre la alfombra—. ¿Por qué me toca a mí jugar alguna carta?
—Porque, por todo lo que me constaste ayer, él es el último que ha movido ficha.
—Clara hizo una breve pausa para dar un sorbo a su copa haciendo sonar sus voluminosas joyas—.
Te ha prestado su bicicleta y te ha mostrado su rincón de pensar.
—Entonó esto último con una romántica ironía—. Está claro a quién le toca.
—Bueno, no te falta razón —contestó Helena metiendo en el bolso todo lo que encontraba por la casa—. Qué pena que no pueda darle ningún like tonto o responderle a ninguna historia.
—¿Por qué no puedes?
—Porque no tiene redes sociales.
Clara se tomó unos segundos para entender aquello. Helena, divertida, miraba a su amiga a través de la pantalla mientras cogía las llaves y cerraba la puerta del apartamento.
—¿Eso qué quiere decir? —dijo por fin, recolocándose las gafas.
—Eso quiere decir… pues lo que quiere decir. No tiene Instagram ni TikTok ni Twitter ni Threads ni BeReal ni Letterboxd ni nada que se te ocurra. Con suerte tiene WhatsApp o YouTube, pero ni idea.
Helena bajó las empinadas escaleras observando cómo Clara se retorcía sobre sí misma en la silla.
—Yo que tú me alejaría —la avisó—. Una persona de su edad que no tiene redes sociales no es de fiar.
—Pero ¿qué estás diciendo? —Helena no pudo evitar reírse.
—¡Lo que oyes! ¡Aléjate! —Clara gesticuló de manera exagerada queriendo que su amiga entrara en razón—.
¿Qué chico de veintiséis años no tiene redes sociales?
¿Cómo vas a ir por la vida sin seguir a tus ligues, guardar recetas de cocina o mantener el contacto con los amigos de la infancia?
No me transmite nada de confianza. Esconde algo, nena.
Si no tienes redes, es porque hay algo que no quieres mostrar.
—Efectivamente, hay algo que no quiere mostrar: su vida. No es que tenga nada que ocultar, es que no tiene la necesidad de enseñar. —Puso el móvil en la cesta de la bicicleta mientras se recolocaba el bolso y el pelo.
—¡A la mierda! Eso es lo que te ha vendido a ti porque va de tío misterioso. Esconde algo.
—¿Te lo dice tu inequívoca intuición? —la vaciló Helena.
—Me lo dice mi enfado hacia él por no ser una persona normal a la que poder dar un like en una historia. ¡Que me explique cómo pretende ligar si no dispone de las herramientas para ello!
—Tiene otras herramientas. Somos chicas de ciudad. No lo entenderíamos —dijo Helena imitando a Marco con una voz grave.
—Si ser chicas de ciudad implica ser personas de este siglo… —Clara puso los ojos en blanco y le pegó un sorbo largo al vermut.
—Veo que realmente te molesta. —Se rio Helena—. No seas así. No es para tanto.
—Claro que no lo es. Pero me enfada no poder saber más de él. Va de misterioso, se hace el interesante.
—Creo que por eso me gusta. —Aún se sorprendía a sí misma cada vez que decía aquello en voz alta.
—Ya. Pues a mí no tanto. No me ofrece muchas opciones como amiga que tiene que aprobar tus gustos.
—No tienes que aprobar absolutamente nada.
Ni controlar la situación —le indicó Helena—.
¿Sabes que justo por eso se mete conmigo?
—Una sonrisa tonta se coló entre sus frases—.
Descubrió mi faceta controladora desde el minuto uno.
Creo que hasta disfruta de no darme las respuestas o la información que le pido.
Te exasperarían sus silencios. Se toma todo el tiempo del mundo para contestar. ¡Agota mi paciencia diaria en segundos!
—Joder, pues teniendo en cuenta que, de las dos, la paciente con los hombres eres tú…
—Se recostó sobre la silla y se cruzó de brazos—.
Aunque sí que deberíamos darle un premio por hacer que mi amiga pierda los papeles.
Eso no se ve todos los días. Me caería fatal si no fuera porque está reavivando tu llama interior.
—¿Tenía que reavivarla un hombre? Ya me jode, ¿eh? —Helena se subió a la bici y cogió de nuevo su teléfono.
—A mí más, créeme. Pero, bueno, si es por amor, lo permito.
—Amor. —Helena repitió aquella palabra en voz alta muy despacio—. No creo que sea amor. Ilusión, quizá. ¿Obsesión? No sabría decirte.
—¡Todas válidas, nena! ¿A qué hemos venido a esta vida si no es para sentir todo eso al mismo tiempo?
—¡A recordar que me queda poco tiempo en esta isla y que no puedo sentirlas tan a la ligera! ¡Por lo menos si quiero salir bien parada de esta!
—¡Sentir a la ligera es todo lo que puedes y debes hacer!
—Clara saludó a quien estaba esperando y elevó el tono hablando con rapidez—.
¡Te quiero! ¡Cuéntame luego si le ves hoy!
¡Obviamente va a ir a la tienda! ¡Estás guapísima!
¡Te verá y quedará completamente prendado de tu belleza! ¡Llámame si hay novedades!
Llamar a Clara con la intención de calmar sus nervios en ocasiones daba el resultado contrario. Llevaba nerviosa por volver a verle desde que se había despedido de él en la colina. El simple hecho de pensar que podía pasarse por la tienda con alguna excusa la emocionaba y tensaba a partes iguales.