30. Energías contrarias #2
—No voy de nada. La imagen de tipo duro te la has formado tú sola en tu cabeza porque el primer día no me presenté como te habría gustado o porque no cumplí —buscó el paquete de tabaco en su bolsillo trasero— con esos códigos de conducta sociales tuyos.
—Ladeó la cabeza, divertido, al recordar aquello, llevándose un filtro a los labios—. Pero no me las doy de nada.
Helena rememoró lo que sintió al verle por primera vez. Aquellos nervios y aquella tensión. Quizá tan solo hubiese estado en su cabeza; sin embargo, aquella chispa en la mirada al encontrarse sus ojos por primera vez la mantenía firme en lo contrario.
Se quedaron en silencio mientras Marco se liaba el cigarrillo. Helena miraba sus manos de reojo. Tenía dedos de pianista y los movía con una elegancia y una gracia dignas de ser observadas durante horas. Él podía notar cómo le contemplaba. Se dejaría arropar por aquellos ojos durante horas.
Marco selló el papel con la lengua y la respiración de Helena se aceleró. Quizá fuera el momento de volver a casa.
—Me fumo esto y te dejo sola, ¿te parece? —soltó él como si le hubiera leído el pensamiento.
—¿Y eso?
—Querías estarlo, ¿no?
Helena le miró desconcertada.
—Sí, sí quería. —Observó su cámara y de nuevo el mar—. Es un buen lugar, desde luego.
—Lo es —afirmó mientras se encendía el cigarrillo.
—¿Fumas mucho? —preguntó ella.
—¿Qué importa?
—No sé, por saber.
—No creo que sea relevante.
—Joder. —Helena resopló—. Yo seré una preguntona y una controladora compulsiva, pero ¿tú qué? ¿Tú no vas a dejar de hacer eso?
—¿El qué? —respondió él siguiéndole el juego.
—Considerar qué es relevante y qué no. Responder a lo que te da la gana cuando te da la gana. Chico, no sé. Un poco de diálogo, de información básica y no profunda sobre ti. Esas cosas que hace la gente cuando se está conociendo. —Miró al horizonte, molesta, cruzando los brazos.
Él le dio una calada larga al cigarrillo y ella resopló otra vez.
—¿Nos estamos conociendo? —La observó, sonriendo con picardía.
De nuevo aquella sonrisa de medio lado. Ese chico no le iba a traer nada bueno. Tan solo dolores de cabeza y más incógnitas por resolver.
—No creo que lleguemos a hacerlo. No a este ritmo.
—¿Existe un ritmo?
—Oh, ¡por Dios! —Helena se llevó una mano a la frente—. Termínate ese piti ya, por favor. Hablar contigo es agotador.
Marco le dio una última calada al piti y se levantó, liberando la tensión que había entre los cuerpos de ambos.
—Bueno. —Apagó el cigarro y se recolocó el pelo—. Si te puedo dar mi opinión, no creo que haya un ritmo. Y, sobre lo de conocernos, opino que no todo está en las palabras.
La piel de Helena se erizó ante aquella frase.
—Por supuesto que dirías eso. ¡Qué ibas a responder si no! —rio liberándose de aquel escalofrío.
—¿Ves? Ya nos vamos conociendo. —Le guiñó un ojo mientras recogía su bici del suelo—. No te quedes hasta muy tarde, ¿vale? Aunque no hay pérdida. En cuanto bajes la cuesta, sigues el camino y llegas al puerto.
—Guay —respondió ella, con la esperanza de que dijese algo más.
—Guay. —Él también aguardó a que lo hiciera—. Ya nos veremos. Que vaya bien. —Miró hacia el frente y se subió a la bicicleta.
—¡Espera! —Un impulso se apoderó de ella—. ¿Cuándo nos veremos? Para devolverte la bici, digo. —Sintió como sus mejillas se encendían.
Marco se sorprendió al escucharla decir aquello. Helena no lo sabía, pero, bajo su punto de vista, la infranqueable era ella y, por primera vez, aquella fortaleza que la rodeaba se había permitido abrir las puertas.
—Cuando termine tu viaje. Ya te he dicho que me sobra y que es para que te muevas por la isla. Controlas bastante. Se nota que no se te ha olvidado.
—Vale —contestó. Se había quedado sin excusas.
—Pero, si lo que querías decir es que quieres volver a verme —hizo una pausa permitiéndose saborear aquella cuestión—, puedes encontrarme en el puerto. Siempre estoy por allí.
Helena se cruzó de brazos.
—Eso no era lo que quería decir. —Su sonrisa la delató—. Pero, ahora que lo dices, hace mucho que no veo a Sebas. Debería pasarme por el puerto, sí —le vaciló.
Marco se rio.
—Intenta no caer en sus redes. Es un rompecorazones —anunció.
—Lo intentaré —contestó ella—. Por cierto, ¿sabes si tiene Instagram? Perdí su número de teléfono y por contactarle de alguna forma —mintió.
—Sí, creo que sí. Pero no tengo ni idea de cómo se llama. No tengo redes. —Puso la bici en marcha y comenzó a bajar la colina—. ¡Pásate por el puerto mañana y se lo preguntas! ¡Estará encantado!
Helena no respondió. No solo porque él ya hubiese desaparecido tras el manto de hierba verde, sino porque le costaba digerir aquellas últimas palabras.
¿No tenía redes? ¿Qué tipo de persona joven no tiene redes?
¿Y cómo coño iba a saber más de él si no podía estudiarse su Instagram entero?
Sin duda, dolores de cabeza eran lo único que ese chico iba a traerle.
Ymuchas preguntas nuevas que no se veía capaz de responder.
Volvió a sentarse sobre la roca fría, mirando al mar.
¿Qué era aquello? ¿Por qué él? Trató de buscar una respuesta en su interior.
De poner en práctica eso de la fe y el despertar que le había dicho Adhara.
¿Podía acudir a esa voz interna cuando quisiera o había unas normas?
Preguntó por aquellos sentimientos, buscando encontrar cobijo en el brillo del mar.
Pero, para su sorpresa, no hubo respuesta por parte del inmenso manto de agua salada, sino por parte de su corazón, que aún le latía con fuerza.
Supo de inmediato que ya no era por el ejercicio físico del último tramo.
Se llevó la mano al pecho sintiendo cómo se desperezaba tras un largo sueño. «Hola de nuevo, viejo amigo», susurró.
Y sonrió cerrando los ojos para poder sentir de nuevo el ritmo de la vida.