30. Energías contrarias
Energías contrarias
—Gracias —soltó Helena de pronto, sentada a su lado, con la respiración aún entrecortada por la última subida.
—¿Por qué?
—Por obligarme a subir a esa cosa. —Se giró para contemplar su nueva bicicleta, tirada sobre la hierba.
Marco se encogió de hombros sin cambiar de expresión.
—No te he obligado. Tarde o temprano ibas a tener que pillar una. No tenía sentido que fueras andando a todas partes. Dar la vuelta a la isla es imposible de esa forma.
Helena miró hacia otro lado y Marco supo lo que no quería confesarle.
—¿Has dado la vuelta a la isla andando? —Hizo una breve pausa para digerir aquello—. ¿Qué cojones?
—La mitad. Es una buena forma de pasar la mañana. Pero no lo hice queriendo. Fue por… —Pensó en Éter y en todos los lugares hasta los que la había llevado—. Bueno, no importa. No volví a hacerlo. Lo probé y ya está.
—Joder con los madrileños —murmuró Marco volviendo a mirar al frente.
Se quedaron en silencio, sentados sobre una roca que los alzaba por encima del mar, de la tierra y del cielo.
Era una roca grande, gris ceniza, que coronaba uno de los acantilados más impresionantes que Helena había visto jamás.
Las olas rompían contra sus paredes y, al desvanecerse, dejaban al descubierto grandes muros de piedra caliza brillante y húmeda.
El ir y venir del oleaje rompiendo contra la ladera rocosa los acompañaba en sus respiraciones.
Inhalaban y exhalaban al ritmo del mar que retumbaba en sus tímpanos como una caricia suave.
Marco se había sentado en la zona más elevada de todas y desde ahí miraba de vez en cuando a Helena, que descansaba en una de las rocallas más bajas.
Estaba despeinada después del viaje y su pecho se movía rápido, al ritmo de sus aceleradas pulsaciones.
Apartó la vista al percatarse de que llevaba un rato perdido en su figura.
—Aquí es donde vengo cuando quiero estar solo —dijo de pronto sin separar la mirada del horizonte—. Me ayuda a pensar. Medito mejor con el sonido del mar.
Helena le miró. Sus pecas eran aún más intensas con los contrastes del mar reflejados sobre su piel.
—¿Meditas?
—Menos de lo que me gustaría, pero sí. —Le restó importancia con naturalidad—.
Te he escuchado antes, cuando le has dicho a mi abuela que necesitabas pensar y estar sola.
Creo que este es un buen lugar para hacerlo.
—Su expresión no cambiaba, era neutra y serena en todas las frases que salían de su boca.
Helena sintió una punzada en el pecho. Muy tierno por su parte. Sería mejor que se protegiese.
—Desde luego que lo es. —Miró el interior de su bolso, buscando distraerse—. Y¿cómo la descubriste? La meditación, digo.
Marco la observó sacar su cámara mientras respondía.
—Hace unos tres o cuatro años. Con veintitrés, creo recordar. Siempre he pasado mucho tiempo solo. Me inicié en ella para hacer con mi tiempo algo de valor. Empecé a practicar entre descanso y descanso del curro. Ahora forma parte de mi día a día y de mi rutina.
—¿Y cuándo meditas? —Helena miró por el objetivo, buscando capturar aquel precioso horizonte—. ¿En qué momento del día?
—Suelo hacerlo antes de irme a dormir o recién levantado. Aquí vengo solo cuando necesito un descanso del trabajo.
—¿Y te funciona? —El clic del obturador coronó su pregunta.
—Claro que me funciona. Meditar es lo único que me mantiene mínimamente cuerdo. Sobre todo con mi tío como jefe y mi abuela pidiéndome recados cada dos por tres.
—¿Puedo preguntarte a qué te dedicas exactamente? —Helena bajó la cámara para mirarle, con un brillo de curiosidad e ilusión que intensificaba el verde de sus iris.
Marco respiró hondo. Como volviese a mirarle así, iba a tener un problema.
—Ayudo a mi tío en el negocio. —Se recolocó, tratando de recomponerse—.
Arreglamos barcos. Ya sabes, desperfectos, averías, chapa y pintura, etcétera.
—Agarró un guijarro y lo lanzó lejos, lo perdió de vista en su caída—.
También nos encargamos de ellos cuando sube la marea.
Hay que estar atento por si la cosa se descontrola, pero en días así de serenos hay poco trabajo.
Mayo es el último mes tranquilo. El alboroto llega ahora, en verano.
—Vaya —respondió ella con genuino asombro—. Qué trabajo tan… de isla. —Sonrió soltando el aire por la nariz—. ¿Yte gusta?
—Sin más. No se me da mal, pero en ocasiones es bastante monótono.
—¿En qué sentido?
—Pues que no cambia mucho. Turistas por aquí, clientes por allá.
Todos ricos, egocéntricos y lo suficientemente superficiales como para no tener que dedicar ni un ápice de su tiempo a replantearse su ética o manera de actuar en el mundo.
Para ellos soy el que les arregla los barcos.
Y ellos para mí, unos pijos prepotentes que me pagan un sueldo de puta madre.
—Buscó otra piedra que lanzar—. Es siempre lo mismo.
Mismos problemas que solucionar y mismo tipo de gente en un escenario poco emocionante como es el puerto.
Helena resonó con aquellas palabras más de lo que Marco podía imaginar.
—No creo que el puerto sea poco emocionante. Creo que es un lugar lleno de vida. La gente viene y va cada día. Buscando nuevas historias por descubrir y nuevas experiencias que llevarse a sus casas.
—Lo ves así porque eres una turista. —Lanzó otro pedrusco con fuerza hacia el horizonte—. Cuando lleves años trabajando ahí, me cuentas si es emocionante o no.
Se produjo un breve silencio.
—¿Te gustaría probar otra cosa? —Helena le hizo aquella pregunta sabiendo al momento que, en realidad, no se la hacía a él.
—Qué va, estoy bien. Es monótono y no es el trabajo de mis sueños, pero no me quejo. Me gusta mi vida y mi rutina aquí. Con eso me basta.
—Entiendo. —Helena se preguntó si ella podría decir lo mismo.
Marco se recolocó el collar mientras buscaba otra piedra que lanzar y Helena tuvo un flashback de la vez en que lo había visto hacer lo mismo a través de su objetivo el día que lo observaba desde la colina. Cayó en que aún no se había parado a mirar de cerca el colgante.
—Ese collar. ¿Qué es? —preguntó sin disimular su curiosidad.
Marco lo agarró, sorprendido por la pregunta.
—¿Esto? El símbolo del yin y el yang. ¿Has oído hablar de él?
—Hummm… —Helena dudó antes de responder—. Algo, sí. Quiero decir, sé lo que es y de dónde viene, pero ¿por qué lo llevas colgado al cuello?
—Me lo regaló mi abuela por mi veinte cumpleaños.
Desde entonces no me lo he quitado. —Tras dar varias vueltas, encontró una piedra que le pareció buena por su tamaño—.
Cuando era pequeño le gustaba contarme historias sobre viejos símbolos y runas.
Este era mi favorito. —La lanzó con fuerza hacia el mar—.
Me gusta pensar que el mundo se rige por energías contrarias, que se complementan y se balancean en una eterna danza.
—¿Crees en ello?
—Creo en muchas cosas. Pero sí, una de ellas es que algo, para existir, debe tener un contrario. En que no existe luz sin oscuridad, masculino sin femenino o luna sin sol. —La miró midiendo la forma de seguir.
Sus ojos se cruzaron y hablaron por sí solos durante varios segundos. Helena fue a decir algo, pero él giró la cabeza cortándola.
—Muchas preguntas y poca información por tu parte, madrileña. —Se cruzó de brazos sobre las rodillas y la miró desde lo alto—. Te toca. Trabajas en la empresa de tus padres. Lo pillo. La parte de los curros podemos saltárnosla. Mi pregunta es: ¿qué estás haciendo aquí? En esta isla. Un mes.
Helena echó la cabeza hacia atrás y luego miró a los lados. No tenía escapatoria.
—Vacaciones. Trabajo mucho.
—Mientes.
—No, no lo hago. Trabajo de sol a sol y la vida me ha obligado… —dibujó unas comillas con los dedos en el aire— a parar. Necesitaba salir de la ciudad. No lo hacía desde… Ni lo recuerdo. —Cierto tono de tristeza se coló en sus palabras.
—Entiendo —dijo él—. Yo tampoco salgo mucho.
—¿Porque no quieres o porque no puedes?
Marco la miró sin decir palabra, se levantó y se sentó a su lado sintiendo cómo se tensaba el cuerpo de Helena.
—¿Ves aquello? —Señaló al horizonte adoptando la misma postura que ella.
—¿El horizonte?
—Sí.
—Lo veo.
—¿Qué crees que hay en él?
Helena se giró a mirarle y se arrepintió de inmediato. Estaba muy cerca.
—Pues no lo sé. Italia, supongo. —Le pareció una pregunta absurda.
Marco dejó escapar una ligera sonrisa.
—Más allá de él, no, madrileña. En él.
—¡Ah! —Helena se encogió de hombros—. Agua y más agua, supongo. ¿A qué viene esto?
—Me has preguntado el motivo por el que no salgo mucho de Hydra.
—Hummm, sí. —Helena aguardó expectante.
—Las veces que lo hago, que suele ser por trabajo, no le encuentro aliciente.
—La miró de reojo, sin apartar los ojos del mar—.
Ylas veces que he intentado ir a algún lugar por ocio o por disfrute, nunca llego a mi destino.
En cuanto llego allí —señaló de nuevo al punto en el que sus campos de visión se unían—, cualquier ciudad o país me parece insignificante y vacío, al lado de lo que siento flotando con mi barco en mitad de la inmensidad azul.
No necesito ir más allá. Con quedarme justo ahí me basta.
Helena esperó unos segundos, intentando aguantarse la risa.
—¿Cada vez que te haga una pregunta vas a ser así de intenso?
—rio—. Una roca para pensar, meditación, el yin y el yang, navegar hasta la línea del horizonte y quedarte flotando en mitad del mar.
—Le dio un ligero codazo que sintió como una descarga eléctrica—.
¡Eres todo un romántico! Quién lo diría con esos aires de tipo duro con los que vas por la vida.
A Marco no le molestaron aquellas palabras, para sorpresa de ella.