Hydra 29. Silénciate
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29. Silénciate

Silénciate

—Esa es —señaló Helena—. La de las escaleras empinadas y la puerta azul.

Marco detuvo la bicicleta, apoyó el pie derecho y la invitó a bajar.

—Joder —dijo mirando hacia la puerta del apartamento—. ¡Cómo te lo montas!

—¿A qué te refieres? —Helena soltó su falda y se recolocó la trenza, despeinada por el viento.

—Pues que es un casoplón.

—¿Sabes cómo es por dentro?

—Ah, sí. —Marco se encogió de hombros—. Muchos años yendo a fiestas de turistas. Unas americanas la liaron parda en esta casa una vez. Sebas y yo salimos por patas.

Helena sintió una punzada de celos al imaginárselo en el apartamento, de fiesta, con unas turistas americanas. Eso era ella, una turista más, en otro apartamento turístico más.

—Ya —contestó con desgana—. Pues sí. Iba a pasar un mes aquí, no quería cualquier cosa. Me apetecía estar cómoda.

Marco disimuló su interés por aquel dato y Helena pudo notarlo.

—Ya —respondió—. ¿Y cuánto tiempo llevas en la isla?

—Diecisiete días. —Se recolocó el bolso y avanzó hasta ponerse delante de la bicicleta—. Me voy el 30 de mayo en el ferri de las seis.

Él hizo un rápido cálculo mental. Trece días.

—Guay. —Se puso recto y adoptó el mismo gesto neutro que de costumbre—. Pues que los disfrutes.

—Pues gracias —repuso Helena imitando su tono de voz y comenzó a caminar hacia la escalera—. Oye, una última cosa.

Marco se puso en alerta sin pronunciar palabra.

—Sobre lo de tu abuela —siguió ella—. No sé de qué se trata, pero lo más probable es que pueda ayudar. Tengo una empresa y un despacho de abogados muy grande que trabaja para nosotros. Por el tono de Adhara, sé que ni se lo planteará, pero tenlo en cuenta. Si hay algo que pueda hacer…

Marco contempló la cesta, desde donde le observaban el mazo de papeles y las llaves. Volvió a mirarla y suspiró llevándose los dedos al puente de la nariz.

—Voy a intentar gestionarlo yo. Pero lo tendré en cuenta, gracias.

Helena asintió con dulzura. Pudo notar cómo él le agradecía el gesto. Se observaron durante varios segundos, esperando a que uno de los dos dijera algo, y a Helena se le encogió el pecho al darse cuenta de que no recordaba la última vez que había querido que alguien se quedase un poco más.

—Bueno, será mejor que vaya tirando —dijo él agarrando el manillar con fuerza—. Y, hazme el favor, pilla una bicicleta para los días que te quedan aquí. Si vas andando a todos lados, te perderás muchas cosas. La experiencia de Hydra también incluye coger la bici y perderse.

—Ya —respondió con cierto tono de tristeza—. Sí, alquilaré alguna. —Trató de disimular el miedo que le producía aquella frase.

—Bien —respondió él en tono neutro—. Hasta otro día, madrileña.

Helena puso los ojos en blanco y se despidió con un «adiós» más bien seco, pero lleno de esperanza.

Esperanza de que se diera la vuelta, detuviese la bici y se quedase con ella toda la tarde.

De que la llevase a todos esos sitios que tenía que descubrir.

De que le contase cualquier cosa y poder saber más de él.

Sin embargo, no se detuvo. Desapareció tras la última esquina de la calle y la dejó esperanzada con la llave en la cerradura, sin saber que, cuesta abajo, Marco trataba de asentar sus emociones con más esfuerzo de lo normal.

Se descalzó, se desvistió y caminó desnuda por toda la casa hasta el cuarto de baño.

Ir sin ropa, expuesta de aquella forma ante el mundo, era algo que jamás habría hecho la Helena del pasado.

Ahora caminaba, ligera, de un lado a otro.

La Helena del otro lado del espejo sonreía sin motivo alguno.

¿Por qué esa felicidad repentina? Tan solo la había llevado en bici a casa y habían cruzado dos frases.

¿Por qué se sentía tan volátil y entusiasmada con algo tan simple e insignificante como aquello?

Se pegó una ducha rápida y decidió dejarse el pelo trenzado.

Adhara tenía arte para todo, incluso para hacer peinados.

Se tumbó sobre el esponjoso colchón de la cama y jugó con uno de sus mechones sueltos, pensando sin parar.

¿Tendría Instagram? Abrió la aplicación rápidamente, buscó varios nombres, entre ellos el suyo, el de Sebas e incluso el de Adhara.

Se rio de sí misma ante esto último. Se giró y miró al techo.

¿Cómo podía saber más de él? Quería verle, preguntarle cosas, conocerle.

Pensó en el número de teléfono de Sebas.

¿Cómo de caradura sería preguntarle por su amigo por WhatsApp?

Se rio de nuevo ante aquella idea absurda.

Cuando su mente se cansó de pensar en Marco, el recuerdo que Adhara había plantado en su cabeza horas antes le cayó encima como una jarra de agua fría. Alcanzó su diario y, con ansia, comenzó a escribir.

17 de mayo de 2025

Si la magia se encuentra en el proceso, ¿cuál es el mío?

¿Cómo puedo encontrarlo?

El timbre de una bicicleta la distrajo de su momento de escritura. Volvió a concentrarse.

¿Qué recordaré de mi vida cuando tenga casi ochenta años como Adhara?

Helena se levantó de un salto ante el incesante sonido. Se cubrió el cuerpo con una toalla y se asomó a la ventana, dispuesta a decirle cuatro cosas a quien estuviera haciendo semejante escándalo.

Cuando vio a Marco junto a la escalera, trató de esconderse, pero ya era demasiado tarde. Él se sonrojó de forma sutil al verla así. Con el pelo trenzado, la toalla blanca alrededor del cuerpo y el ceño fruncido. Estaba guapa hiciera lo que hiciese.

—Perdona. —Se llevó la mano derecha a la nuca y señaló lo que era una segunda bicicleta—. Te he traído esto.

Helena supo de inmediato lo que estaba ocurriendo. ¿Le había traído una bicicleta? ¿Era esa su excusa para verla otra vez?

—No tenías por qué.

—Ya lo sé. Pero tengo varias que me sobran. No me costaba nada traerte una.

Helena maldijo aquel detalle. Prefería al Marco seco y chulo antes que al Marco detallista y simpático, que era el que realmente podría darle problemas.

—Pues te lo agradezco. —Se recolocó la toalla, nerviosa.

—Lo sé. —Marco se encogió de hombros—. ¿Bajas? Quiero enseñarte un sitio.

El corazón de Helena se encendió ante aquella pregunta. El de Marco tembló de miedo ante una posible negativa. ¿Desde cuándo le importaban a él las negativas de las mujeres?

—¿Ahora?

—Sí.

—Pero ¿no tienes que currar?

—No, Helena, es viernes por la tarde y quiero llevarte ahora. —Marco resopló—. ¿Tienes que ser así siempre?

—Así ¿cómo?

—Así de preguntona y controladora. ¡Todo tienes que pensártelo cien veces! ¿Puedes bajar y ya?

Aquella acusación hirió el ego de Helena. Claro que tenía que hacerlo. Ahí estaba de nuevo el Marco que no soportaba. ¿Qué más le daba a él cómo actuara o pensase?

—¡No veo el problema en preguntar! Me aseguro antes de actuar. Creo que es algo normal.

—No lo es. Hazlo y ya. Pierdes el tiempo haciéndote tantas preguntas.

La cabeza de Helena hizo clic. Echó un vistazo a su cuaderno, abierto sobre la cama y lleno de interrogantes sin responder. Volvió a mirarle de nuevo a él. «No, si encima va a tener razón». Quizá, y solo quizá, preguntaba más de lo normal.

—Bueno. —Marco apoyó la bici sobre el muro de la escalera—. Veo que pasas. Te la dejo aquí. Ya me la devolverás.

Quitó la pata de cabra de la suya y se dispuso a marcharse.

—¡Vale! Joder. —Helena agarró la contraventana—. Dame quince minutos. —Cerró de un golpe con el corazón acelerado por aquel repentino suceso. ¿Qué coño le pasaba? ¿Cómo se frenaba aquello?

Marco la observó bajar apoyado sobre la pared de la casa de enfrente, fumándose su quinto cigarrillo del día. Irradiaba una luz que hacía tiempo que no reconocía en nadie. Si no fuera por esa forma de ser controladora y maníaca…

—¿Y bien? ¿Puedo saber adónde me llevas? —preguntó subiéndose al transportín de la bici de Marco.

—Te llevo a un sitio que, por lo que has comentado, te va a gustar, pero… —Dudó dos segundos y miró la otra bicicleta—. Te he traído otra bici para que te subas en ella. Si quieres ir en la mía para arrimarte a mí, solo tienes que decirlo —dijo sin un ápice de vacile.

Helena se tensó ante aquella insinuación. ¿Había sido una ficha?

—No es eso —respondió al punto—. Es que creo que llegaremos antes si vamos juntos. Digamos que no soy de coger mucha velocidad.

Marco soltó una carcajada.

—¡Vaya! ¡No me lo esperaba para nada! No te preocupes, madrileña, no correremos. Nadie corre en Hydra.

—Bueno, pero mejor voy contigo. Ya usaré esta cuando esté sola.

Marco la miró callado durante unos segundos y, de pronto, cayó.

—Helena, ¿sabes montar en bici?

—¿Insinúas que no sé? —Maldijo aquel tono. Quizá no era el momento de ser chula.

A Marco se le dibujó una media sonrisa y ella le cortó antes de que pudiera decir nada.

—Ni te atrevas. —Le señaló con el dedo—.

No. ¿Vale? No sé. —Miró hacia otro lado, avergonzada—.

Bueno, sí que aprendí en su momento, pero hace mucho que no la cojo.

No me atrevo. Podría pasarme algo. Yentonces ¿qué?

¿Al hospital? ¿Aquí? ¿Cómo coño se va al hospital aquí?

¿En ferri? ¿Ycuánto me costaría arreglarme las dos piernas y la nariz en Grecia?

No he traído seguro, no estaba preparada para viajar a una isla en la que van de un lado a otro haciendo deporte de riesgo.

Marco se cruzó de brazos, divertido.

—¿Deporte de riesgo?

—Sí. —Ella también cruzó los suyos.

Marco cogió la otra bici y se la puso delante. Helena le miró anonadada. ¿Es que no había escuchado lo que acababa de decir?

—Vamos, sube.

—Pero vamos a ver. —Ella movió la cabeza de un lado a otro sutilmente—. ¿Estás tonto o qué? ¿Me has escuchado?

—Sí. Por eso te digo que subas. No te vas a ir de esta isla sin haber cogido una bicicleta.

—Me da a mí que sí. —Se cruzó de brazos y dio un paso atrás.

Marco acercó de nuevo la bici hacia ella.

—Sube.

—¡Joder! —Helena abrió las manos exasperada—. Ytú, ¿siempre haces eso?

—¿El qué?

—Pues ¡esto! —Señaló la bicicleta—. Decirme que suba sin importarte lo que te estoy diciendo. Te digo que no quiero, e insistes.

—Jamás insistiría en algo si no supiera que es por tu bien.

—Por mi bien, dice. ¡Porque tú lo digas! ¿Sabes acaso lo que me viene bien y lo que no?

—Helena, mira. —Se pellizcó el puente de la nariz con los dedos—.

Podemos hacerlo fácil o difícil. Podemos quedarnos aquí discutiendo todo el día sobre lo que te hace bien o no, sobre mi forma de ser o sobre la tuya.

Bueno, de hecho, no. De hecho, si ese es el plan, me piro a casa.

—Agarró el manillar y se subió a su bici—.

Pero, si te apetece hacer algo diferente y explorar la isla a la que has venido a disfrutar durante poco tiempo, te recomiendo que dejes de darle tantas vueltas a todo y te subas a ese sillín sin pensártelo mucho más.

Helena abrió la boca para decir algo, pero la cerró al momento.

Estaba dando vueltas, era cierto. Siempre andaba dando vueltas.

Entornó los ojos y le dedicó una última mirada asesina.

Cogió la otra bicicleta y se sentó. Incapaz de separar los dos pies a la vez del suelo, volvió a fulminarlo con los ojos. Marco asintió, satisfecho.

—Esto no va a salir bien —aseguró con desgana.

—No pienses tanto. Mira. —Él se dejó caer por la cuesta sin pedalear—. ¡Déjate llevar! ¡Tan solo mantén el equilibrio! ¡Silénciate!

—¡¿Cómo que me silencie?! —gritó Helena sin entender eso último.

—¡Que no permitas que tu cabeza se interponga! ¡Silénciate y déjate caer!

Marco desapareció tras la misma esquina por la que lo había hecho horas antes. «Silénciate. Ni que fuera tan fácil, joder», pensó. Soltó el freno y fue poco a poco levantando ambos pies y tratando de mantener el equilibrio como pudo. «Silénciate, silénciate, silénciate, silénciate».

Avanzó un pequeño tramo. Comprobó si el freno funcionaba.

Lo hacía. Volvió a avanzar otro trecho. Los nudillos, blancos por la fuerza con la que cogía el manillar, le ardían.

Hacía mucho que no se concentraba tanto.

«Silénciate». Avanzó un poco más, pero esta vez no frenó.

Sus pies buscaron apoyo en los pedales. Estaba haciéndolo.

Estaba pedaleando. ¿Estaba pedaleando? «Silénciate».

Descendió la cuesta y dobló la primera esquina y luego, tras esa, otra más.

Marco la esperaba al final de la calle. Le sonrió y le hizo un gesto con la mano para que continuara siguiéndole.

Helena respiró hondo y se maldijo a sí misma por aquello.

Estaba subida a esa mierda por un chico que la esperaba al final de la calle.

Le gustaba. Después de eso, negarlo sería en vano.

Concentrada en la tarea de no perderle de vista y de no caerse hacia los lados, acabó encontrándose cómoda.

Sus pies y sus manos recordaban cómo hacerlo, por mucho que su cabeza le hubiera dicho lo contrario.

Tan solo tenía que silenciarla. Recorrieron varios callejones, la plaza y el pueblo.

Él echaba un vistazo rápido hacia atrás de vez en cuando, se reía al verla concentrada, disfrutando o sufriendo por algún turista o un gato que se cruzaba en su camino.

Al atravesar el puerto, Marco se puso detrás de ella, conocedor de la cantidad de movimiento y accidentes que solía haber por esa zona. AHelena le enterneció aquel gesto.

Pasado el puerto, avanzaron por el camino de baldosas de color marrón ocre en dirección oeste.

Pedalearon abriéndose camino entre la naturaleza de la costa y avanzando junto al mar azul.

Las gaviotas los perseguían y el viento los despeinaba.

El camino avanzaba con rapidez cuesta abajo y Marco soltó las manos del manillar, pegó un grito cargado de adrenalina y abrió los brazos.

Helena sonrió al sentir también aquella euforia en la piel.

Paró de pedalear y se dejó acariciar por la brisa.

Cerró los ojos y respiró hondo. ¿Era así, acaso, como se sentía la libertad?