Hydra 28. Unas cuantas baldas vacías #2
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28. Unas cuantas baldas vacías #2

—Ese dinero ya no está, al igual que ese jefe o esas ventas.

En tu memoria tan solo quedan aquellas cartas escritas por dos niños y cargadas de ilusión.

Las noches de luna llena rodeada de mujeres maravillosas con infinitas cosas que aportarse unas a otras.

Los momentos del proceso en los que fuiste plenamente feliz, en los que estabas justo donde tenías que estar a pesar de que no supieras verlo en ese instante.

—Anudó el final de la trenza de Helena con el tallo sobrante y se agachó a su lado, mirando en su misma dirección—.

Encuentro más bella la estantería ahora porque es la viva imagen del proceso.

En tres días habremos abierto las cajas, colocado los productos, y los turistas comenzarán a fijarse en ella.

La tocarán, revisarán y se llevarán los objetos que más les gusten, haciendo de estos anaqueles algo suyo.

Pero ahora es nuestra y solo nuestra, querida.

—Se levantó y ayudó a Helena a hacer lo mismo—.

El proceso, el crecimiento de una idea, es algo íntimo y sagrado.

Ella flota en el éter y tú la atrapas. Os conocéis y comenzáis a bailar y a crear juntas.

Vais de la mano. Os comunicáis. Debatís sobre qué opción es mejor.

En ocasiones os distanciáis e incluso os tiráis alguna que otra foto.

Pero, en el momento en que el proceso llega a su fin y la idea está terminada, debe volar y pasar a pertenecer al resto.

Harry dejó de depender de J. K. Rowling el mismo día en que vendió su primer ejemplar.

Hasta entonces estoy segura de que lo pasaron muy bien juntos.

Debe tratarse de un proceso muy divertido el de ser la primera persona que descubrió Hogwarts o la primera transeúnte del callejón Diagon.

Es ahí donde encuentro la belleza de las cosas.

En los primeros andares. En el arte de disfrutar del proceso.

En esta estantería vacía que, en tres días, estará llena.

Helena permaneció callada, reposando aquellas palabras. Buscó su pelo trenzado con las manos y se miró en el espejo de la pared que le mostraba su reflejo. Era una trenza preciosa. Adhara la dejó sola con la tarea que le había asignado antes de pedirle la foto y desapareció en la trastienda.

Mientras organizaba facturas y cuadraba cuentas de años anteriores, Helena asentaba aquella información en su cabeza.

¿De qué se acordaría ella cuando tuviera su misma edad?

¿Del puesto de trabajo que tuvo en la empresa de sus padres?

¿De las influencers que le hablaban sin mirarla a los ojos?

¿De todo el dinero que tendría ahorrado en el banco?

Una tremenda necesidad de escaparse a escribir se apoderó de ella.

De llamar a Clara, a su familia. Demasiadas preguntas para responderlas ella sola.

Dos horas después, con el pelo aún recogido en una trenza y las manos manchadas de tinta, terminó de organizarlo todo. Estaba en el suelo, de espaldas a la puerta principal y rodeada de un montón de papeles y archivadores de color camel.

—¡Buenos días! —gritó Marco desde la puerta.

Helena no lo sabía, pero llevaba un minuto observándola desde ahí.

Se la había encontrado nada más entrar. Estaba de espaldas a él y, al verla, se había quedado sin aire, nervioso.

Sus caderas, sus piernas descubiertas, aquel vestido verde, su pelo trenzado y…

la letra S tatuada en su nuca con tinta fina.

¿Tenía un tatuaje? Era una chica demasiado correcta como para tener un tatuaje.

¿Una letra? ¿Tendría novio? ¿Por qué acababa de hacerse aquella pregunta?

—Buenos días —respondió ella, tratando de disimular su sorpresa—. Es viernes, ¿qué haces aquí?

—¿Vas a hacerme esa pregunta cada vez que me veas aparecer en la tienda de mi abuela?

Helena puso los ojos en blanco y volvió a girarse. No le apetecía tener que lidiar con su energía en ese momento. Las palabras de Adhara aún seguían latentes en su interior.

—¿Está mi abuela? —preguntó Marco, buscando cruzar alguna palabra con ella.

—Sí, en la trastienda —respondió Helena sin mirarle.

—¡Abuela! —gritó.

Adhara se asomó sobresaltada.

—¿Lo tienes? —preguntó.

—Sí, me los acaban de dar. —Marco le entregó un bloque de papeles y se puso a su lado—. Aquí tienes la fecha límite y aquí las condiciones. —Pasó un par de hojas—. Y,en este anexo, todo lo que ellos te ofrecen a cambio. En especies y en dinero.

—Pamplinas —protestó Adhara—. ¿Cuándo dice que es la fecha límite? No tengo las gafas.

—El 1 de abril de 2026. En un año.

—Espléndido. Tengo un año entero para darles por culo. —Rio moviendo los hombros de manera exagerada, claramente nerviosa.

—Abuela. —Marco pronunció aquello con un tono que a Helena no le gustó en absoluto.

—¿Qué, hijo? ¿Qué quieres? ¿Que llore? Que les den.

—No, pero quizá podamos hacer algo más.

—Sí, mira. —Alcanzó unas llaves del mostrador y las puso sobre el bloque de papeles, entregándoselo a su nieto—.

Vas a ir ahora mismo y les vas a dar esto.

Sus llaves y su contrato, que, por supuesto, no pienso firmar.

Ni residencia temporal ni cuernos en vinagre.

No quiero sus casas ni sus locales ni hacer negocios con ellos.

Ymucho menos tener que verles las caras.

Helena se incorporó. Si había algo con lo que podía ayudar, era con cuestiones legales.

—¿De qué se trata, Adhara? —preguntó.

Marco dudó unos segundos, pero Adhara se adelantó:

—Nada, querida. Chorradas de las que no hay que preocuparse en el momento presente.

—Pero tal vez pueda ayudar. No se me dan mal estos temas —insistió Helena.

—Tal vez pueda ayudar, abuela —dijo Marco con firmeza.

Helena se sorprendió ante aquella primera lanza a su favor.

—He dicho que no. Este asunto no tiene nada que ver con vosotros y no quiero involucrar a nadie más en ello. ¿Entendido? Marco, hijo, hazme el favor —volvió a insistir con los papeles y la llave aún en la mano—. Un año. Era toda la información que necesitaba. Ahora, quita esto de mi vista.

—Puedo hacerlo yo, si quieres. Ya me iba. ¿Adónde hay que llevarlo? —se ofreció Helena para sorpresa de ambos—. Con suerte me pilla de camino.

—Oh, ¿ya te vas? —Adhara miró hacia los archivadores y los papeles y vio que estaban todos organizados y clasificados sobre el suelo—. Vaya, ¡qué velocidad! ¡Cómo se nota que esto es lo tuyo! Yo suelo necesitar semanas. Muchas gracias, jovencita.

—No me ha costado nada. —Helena le acarició el brazo e insistió—. Me voy a ir a casa un rato. Quizá luego me pase otra vez, pero por ahora necesito descansar. Reposar lo que acabas de contarme. Llevo un rato dándole vueltas y me apetece estar sola.

Adhara asintió, orgullosa de escuchar aquello.

—Haces bien. —Miró a su nieto y sus ojos se encendieron—. No te preocupes por los papeles. El notario queda más allá de tu calle, pero está en la misma dirección, así que Marco te llevará.

Los cuerpos de ambos se pusieron en tensión. Aquella, sin duda, era la peor idea del mundo.

—¿Cómo? —preguntó Helena.

—¿Yo? —preguntó Marco.

—Sí, hijo, tú. Su apartamento está en la calle Miaouli, que te pilla de camino.

—No hace falta —respondió Helena, nerviosa.

—Por fin estamos de acuerdo en algo —dijo Marco juntando las manos—. Yo también creo que no hace falta.

—Sí que la hace porque lo digo yo. —Adhara comenzó a llevarlos hacia la puerta con delicadeza—. Si vais juntos, tardará menos en llegar a casa y descansar que si va andando.

Marco se detuvo divertido. Las mejillas de Helena ardieron.

—¿Vas andando? —Intentó aguantarse la risa—. ¿Hasta la calle Miaouli?

—Sí, me gusta caminar —sentenció ella, molesta ante los gestos burlescos de él.

—¿A los de Madrid no os enseñan a usar la bicicleta o qué?

—¿Te tengo que repetir que me gusta caminar?

—Oh, ¡por Dios! Sois más pesados que Éter y el perro de al lado.

¡Venga, tirad! Tengo mucho que hacer y aquí me estáis estorbando.

Hijo, comunícales alto y claro mi mensaje.

Helena, cielo, gracias por ofrecerte. —Les dedicó una dulce sonrisa antes de empujarlos hacia el exterior del local—. ¡Venga! ¡Fuera de mi vista!

Ambos se quedaron quietos, con la puerta cerrada tras ellos y mirando hacia la bicicleta de Marco, que solo tenía un sillín, un trasportín en la parte trasera y una cesta de esparto vieja y roída.

—Bueno, que vaya bien. —Helena se colgó la cámara al cuello y giró el cuerpo en dirección contraria a él—. Con lo del notario y eso.

—¿Adónde vas? —preguntó Marco con desgana—. Ya has oído a mi abuela.

—Te he dicho que prefiero ir andando.

—Estás a una hora de tu apartamento.

—Bueno, quizá encuentre una bici de alquiler por el camino o algo. Si la veo, la cogeré —mintió.

Marco la miró a los ojos, firme y directo, y se le escapó una media sonrisa.

—Venga, que no tenemos todo el día. —Cruzó el camino y se montó en el sillín.

—Marco, lo digo en serio, no hace falta.

—Yo también. Déjate de tonterías y sube.

Helena se cruzó de brazos y miró hacia los lados. No había forma de escaparse de él. Luego vio su cámara y recordó la foto que le había hecho el día anterior. La guardó rápidamente en el bolso, como si él pudiera saberlo de algún modo, y se acercó hasta la bicicleta.

—¿Y dónde me subo? ¿Ahí? —Señaló el transportín.

—Sí —dijo Marco despacio, armándose de paciencia.

—Nada, no te preocupes —contestó Helena nerviosa—. Voy a ser una carga molesta si me tienes que llevar ahí todo el camino porque…

—Helena —la cortó Marco, observándola fijamente para después desviar la vista al frente—. Sube.

Su nombre saliendo de su boca la estremeció. Nunca le había impactado tanto que alguien pronunciara aquellas tres sílabas. Sus tres sílabas. Helena era ella, ¿verdad?

—Hablo en serio —acertó a replicar—. ¿No te gusta andar? No creo que sea necesario ir en bicicleta, si lo piensas.

Marco apoyó los codos en el manillar con la vista hacia abajo y suspiró. Luego levantó la cabeza y la volvió a mirar, tratando de entenderla.

—¿Te da miedo? —Aquella media sonrisa de nuevo.

—No —respondió Helena con rapidez—. Es que… —Buscó una excusa, nerviosa—. ¡Este vestido! Es muy largo, tendría que ir de lado y es más pesado, ¿no? Llevar a alguien de paquete de lado quizá te cueste y te desequilibre.

—¿Me has visto tirar de un cargamento de cajas con esta bicicleta y me estás diciendo que no voy a saber llevar un paquete que va de lado? Hazme el favor de subir.

Helena supo que la discusión terminaba ahí.

Se levantó la falda para recogérsela lo más cerca de la cadera posible y Marco tuvo que apartar la mirada de sus piernas descubiertas.

Se montó de lado y se agarró a la parte trasera del transportín con la mano que le quedaba libre.

Le sudaban y tuvo que concentrarse para no caerse.

No le daba miedo y le importaba una mierda el vestido, pero tenerlo ahí, a dos centímetros de ella, le aceleraba las pulsaciones.

Observó de reojo los músculos de su espalda, moviéndose y tensándose cuando se sentó.

Lo sabían. Ambos sabían perfectamente lo que estaba ocurriendo.

—Lista —anunció no muy convencida.

—¿No te agarras?

—Estoy agarrada.

—A mí, digo —dijo Marco, girándose hacia ella—. Irás más segura.

Helena lo miró tratando de disimular una sonrisa. Él le aguantó la mirada, sin disimular la suya, pícara.

—Tira, anda —dijo ella.

—Como quieras.