28. Unas cuantas baldas vacías
Unas cuantas baldas vacías
—Un poquito más a la derecha. —Helena hizo un gesto con la mano a la vez que miraba por el objetivo de su cámara—. Ahora un poco más a la izquierda. Ahí, justo ahí. Quietos.
El leve chasquido del obturador anunció la inmortalización de aquella preciosa estampa.
Adhara con un vestido azul marino que arrastraba por el suelo y Éter en sus brazos, delante de la nueva sección de la tienda que ambas llevaban varios días preparando y acicalando.
El día anterior, la mujer le había anunciado a Helena, emocionada, su nueva idea: «El rincón de los novatos».
Una pequeña sección para principiantes, destinada a personas jóvenes como ella, provenientes de sociedades en las que la medicina tradicional y lo místico eran conceptos marginales.
Les llevó un par de días adecuar la tienda y encontrar un espacio para la nueva estantería, pero por fin estaba lista.
«Un espacio en blanco lleno de posibilidades», repetía Adhara ilusionada, alzando los brazos.
Helena tan solo veía una estantería vacía con un par de plantas y demasiado espacio, pero la ilusión de la anciana por su nuevo rincón le hacía imposible no maravillarse ante su alegría —y la de su gato— por un trozo de madera que rellenar donde ella tan solo veía polvo acumulándose.
El hecho de que tuvieran que esperar al lunes siguiente para poder colocar los nuevos productos inquietaba a Helena.
Acostumbrada a la rapidez de la ciudad, de la empresa de sus padres, el ansia por ver aquello terminado la reconcomía por dentro.
Y, sin embargo, ahí estaba Adhara. Pidiéndole que le hiciese una foto con su gato en brazos, delante de una estantería vacía, pero llena de ilusión y de sueños que no llegarían hasta tres días después.
—Acuérdate de enviármela por correo en cuanto la reveles, ¿de acuerdo? —le pidió Adhara mientras dejaba a Éter en el suelo—. La pondré en la trastienda y será un bonito recuerdo.
—Sin problema, me das un correo electrónico y yo te la envío.
—¿Un correo electrónico? —Adhara rio—. No, querida, me temo que te voy a hacer ir a la oficina de correos y meterla en algo seguramente desconocido para ti llamado sobre.
Helena dudó unos segundos.
—Sé lo que es un sobre —la vaciló—. ¿Tienes playlists , pero no cuenta de correo? No estás tan actualizada como yo pensaba.
—Actualizada. —Sacudió la cabeza—. ¡Tonterías!
Tampoco tendría playlists si no fuera por Marco.
Él me obligó. Me dijo que ya era hora de ir comprando un nuevo tocadiscos o de abrirme una cuenta en el «Espofi» ese.
Optamos por lo segundo porque en Hydra ya no fabrican vinilos y me resulta muy caro importarlos.
Si por mí fuera, seguiría con mi radio y mis cuatro canciones de cuando era joven.
—De acuerdo. —Helena guardó la cámara de nuevo en su funda—. Te enviaré la foto por correo. Si te parece, cuando la estantería esté llena, le hacemos otra, ¿quieres? Así podrás ver el antes y el después.
—¡Qué idea tan bonita! —exclamó Adhara con sinceridad—. Pero no hace falta, querida, muchas gracias.
Helena se quedó sorprendida ante la negativa. Aella también le había parecido una idea bonita y mucho mejor que la de tener una foto delante de una estantería vacía.
—¿Segura?
—Claro. —La mujer la miró buscando la inexistente obviedad en los ojos de la joven—. ¿Para qué quiero una foto del después? Ya lo tendré aquí cada mañana. No quiero que gastes carrete en eso. Quiero la foto del antes, de los inicios. Con eso me basta y me sobra.
—Entiendo —dijo Helena, contemplando de nuevo la estantería—. No ha quedado mal y la foto es muy tierna, pero no me malinterpretes, no dejan de ser… —ladeó la cabeza ligeramente en dirección al mueble— unas cuantas baldas vacías.
Adhara arqueó una ceja y miró a su compañero, que la observaba desde el suelo apoyado sobre sus dos patas traseras.
Negó con la cabeza, se sentó en el mostrador y pensó que aquel era un buen momento para empezar a deconstruir la mente de aquella muchacha, amasada, moldeada y pulida por una sociedad rápida, eficiente y analítica.
—¿Podrías explicarme por qué te parece más atractiva una balda repleta de enseres que una recién montada y vacía?
Helena notó el cambio de tono en su voz y cierto nerviosismo se apoderó de ella. No quería hacerla enfadar, aunque tampoco parecía estarlo.
—No sé —dudó—. Quizá porque cuando la estantería esté llena será más bonita. Estará terminada, por así decirlo. Con más vida.
—Interesante. —Adhara pegó un pequeño brinco para bajar del mostrador y comenzó a acercarse a ella—. Entonces, según tú, tiene menos vida ahora que cuando esté terminada.
—Eso es.
—Bien. Es válido. Me gusta. ¿Podrías decirme cuándo empieza exactamente, para ti, a tener vida un proyecto o una idea? Según lo que estás diciendo, una vez que está terminado, ¿verdad?
—No, hombre, empieza con la idea, después con la planificación de unos objetivos a corto y largo plazo, con la elaboración de un calendario de implantación, etcétera. —Helena hizo un gesto repetitivo con las manos.
—Exacto. —Adhara la cortó—. Yo a eso lo llamo proceso y, personalmente, encuentro más belleza en él que en el resultado final.
—Oh, ¡venga ya! ¿Cómo vas a encontrar más belleza en elaborar un plan y plantear objetivos que en alcanzarlos? —Helena abrió los ojos al notar que su pregunta divertía a la anciana.
—Porque los objetivos no se disfrutan como tales. Cuando los cumples, se te olvidan, pasas a otra cosa.
—Claro, de eso se trata la vida, de ir cumpliendo objetivos y alcanzando metas —afirmó Helena, encogiéndose de hombros.
Adhara le sonrió con la mirada y suspiró, viéndose reflejada en los ojos de aquella muchacha.
Comenzó a danzar por la tienda mientras peinaba su cabello gris ceniza en una gruesa trenza de espiga.
Daba vueltas sobre sí misma y miraba hacia el sauce buscando las palabras correctas.
Helena la observaba. Comenzaba a acostumbrarse a aquellos bailes y vaivenes.
De pronto, Adhara se detuvo junto a una de las ramas que descendía desde la copa del árbol, le pidió permiso con la mirada y le arrancó una ramita llena de hojas verdes y alargadas, luego decoró su trenza con aquel regalo que su amigo le hacía.
—De eso se trata la vida hasta que estás a punto de cumplir ochenta y te das cuenta de que lo único que recuerdas es lo bien que te lo pasaste mientras llegabas a los objetivos.
—Sus manos bailaban, fundiendo el color plata de su pelo con el verde de las hojas—.
Con casi ochenta años no sé lo que he logrado y lo que no.
No recuerdo cuánto dinero gané cada año o cuántos ascensos tuve en aquella empresa italiana de cuyo nombre ya ni me acuerdo.
La piel de Helena se erizó. ¿Cómo no iba a recordar esas cosas?
—De hecho, si te soy sincera, tampoco recuerdo cómo fue el beso con mi primer amor; sin embargo, sí que recuerdo las largas cartas que nos escribimos durante meses hasta darnos cuenta de que éramos correspondidos.
Diecisiete años de pura inocencia, de soñar cada noche con él.
Sí que recuerdo lo mucho que luché para conseguir que me cogieran en la empresa italiana, pues ya era muy mayor, y lo que me costó llegar a tener un salario digno a pesar de las condiciones de las mujeres por aquel entonces.
Recuerdo el apoyo de mis compañeras hasta lograr aquel puesto que nos beneficiaría a todas y las largas tardes de tomar té juntas, riéndonos de todas las personas incompetentes que trabajaban con nosotras.
De alargar las tardes a las noches, disfrutando de la música y la luna y llegando al día siguiente a la oficina sin haber dormido, pero con experiencias de vida que aún hoy me siguen sacando una sonrisa.
—Sus ojos brillantes miraron de nuevo a Helena—.
Tampoco recuerdo los apuntes contables que conseguí escribir ese día a pesar de la resaca ni el dinero que no ahorré en margaritas y martinis.
Cogió otra ramita y se acercó a ella pidiéndole permiso para trenzar su pelo. Helena se sentó de cara a la estantería y se dejó hacer, pues tan solo quería escuchar y aprender.
—Encuentras belleza en los objetivos cuando tienes veintiséis años y te crees imparable.
Crees que podrás con todo cuanto te lancen, que llegarás a la posición social con la que siempre has soñado, que cambiarás el mundo.
—Manejaba el pelo de Helena con la delicadeza propia de una madre que algún día había peinado a una hija—.
Lo que pasa es que, sin darte cuenta, tienes ochenta y no recuerdas en qué momento no supiste apreciar la belleza de aquellos recuerdos que todavía perviven contigo.
Helena suspiró hondo. Sus ojos no se separaban de las baldas vacías que tenía delante.