Hydra 26. Por instinto
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26. Por instinto

Por instinto

—¿Eso te dijo? ¡Tienes que estar de broma! —Los ojos de Clara gritaban de la emoción al otro lado del teléfono. Helena reía ante la intensa manera que tenía su amiga de experimentar las vivencias ajenas en su propia piel.

—Sí, pero ¡porque yo le pregunté! —dijo, tumbada bocarriba sobre un muro de piedra. Una de sus manos sostenía el teléfono y la otra jugaba con uno de sus ondulados mechones, haciendo círculos.

—Hermana, hacía años, no, ¡siglos!, que no te veía hacer lo del pelo. —La imitó al otro lado de la pantalla—. ¡Por un hombre!

—Tienes razón. —Helena se incorporó de golpe—. ¡Qué horror! ¿Qué me pasa? —Soltó el mechón y se peinó con brusquedad.

—Vale, vale. —El tono de su amiga se tornó serio de nuevo—.

Recapitulemos. El mismo gato que te lleva hasta el tío misterioso, resulta que es el de la tía chula que trabaja en un árbol mágico y, a la vez, resulta que esa tía chula es la abuela del tío misterioso.

—Abrió la boca exageradamente y prosiguió—: Esto da pa escribir un libro, eres consciente, ¿no?

Bueno. —Se incorporó y se acercó el móvil a la cara—.

Yno contentos con esto, me cuentas que estamos ante un enemies to lovers , en el que no os habláis en toda la mañana, pero te percatas de que no para de buscarte con la mirada por toda la tienda. Estoy completamente in .

—No. —Helena sacudió la cabeza—. Sí que hubo un momento en el que hablamos.

Tuve que acercarme a él porque Adhara se fue a por cambio a la tienda de al lado y no sabía dónde iban unas plumas de halcón de no sé qué.

Así que le pregunté, porque quería hacer las cosas bien y que todos los objetos estuvieran en su sitio.

Ante todo —recalcó esas dos últimas palabras—, aquí no hay ningún enemies to lovers ni mierdas de esas que lees.

Tan solo un tío borde y callado y una chica educada a la que no le gusta hacer las cosas mal —puntualizó.

—Claro, porque él es lo peor del mundo —puso los ojos en blanco, alargando las palabras—, y tú una chica buena y simpática que no ha roto un plato en su vida y solo quiere ayudar a su abuela.

Más cliché imposible. —Hizo una mueca de triunfo y continuó—: ¿Y entonces?

Os ponéis a hablar de las plumas esas y, por primera vez, él te explica algo sin ser un puto chulo.

Increíble. ¿Te tiró alguna ficha en ese momento?

—No, Clara.

—Bueno. Termináis de hablar de las plumas, te dice que no puede entretenerse mucho porque tiene que volver al puerto a currar y ¡se pira! Fuerte. Muy fuerte, Helena.

—Eso es. Yyo, que ante todo soy simpática, le digo que ánimo. Yél, muy seco, coge su bici, me mira, asiente y se pira. ¡Sin decirme nada! ¡Ni un «igualmente» o un «adiós»!

—Es fuerte —afirmó su amiga por tercera vez.

—Sí.

—¿Y luego?

—Luego, pues eso. —Helena miró al horizonte. Podía ver el puerto desde allí—. Terminé de ordenar y Adhara me pidió que descansara, así que le hice caso. Me fui a pasear un poco y descubrí este spot . Fíjate.

Helena le mostró a Clara dónde estaba. Sentada sobre un muro de piedra, reposaba a la sombra de una de las capillas de la isla.

Pequeñas iglesias de paredes encaladas que se alzaban en distintos puntos de Hydra, siempre al borde de acantilados, junto a una playa o en la cima de alguna colina como en la que se encontraba la diminuta estructura que la cobijaba del sol del mediodía.

—Me encanta porque tengo vistas a la plaza y al pueblo desde aquí. Ytambién a la estatua. ¿La ves? La cosa esa dorada que brilla. —Señaló con el dedo y su amiga asintió.

—Es precioso.

—Sí, me alegra haberlo descubierto. Se respira muy bien aquí arriba.

Ambas se quedaron unos segundos en silencio.

—Cuando quieras, puedes admitir que también te gusta porque tienes vista directa a Marquitos —la vaciló Clara.

—¡Clara! —Helena soltó una carcajada—. Te pido, por favor, que no vuelvas a llamarle así. Yno. Me la suda el puerto y me la suda Marco.

—Pero ¿qué dices? —Su amiga resopló echando la cabeza hacia atrás—. Me ofende que intentes colármela de esta manera.

—Lo que oyes.

—Te vuelve loca.

—No. Su presencia me incomoda, pero ni me gusta ni me vuelve loca. Nadie me vuelve loca, Clara, lo sabes bien. No sé qué estás diciendo.

—Lo que oyes —la imitó—. Estás acostumbrada a que todos te bailen el agua. Aque te miren durante toda la noche hasta acercarse a entablar una conversación contigo. Este tío ni te sigue la corriente ni te hace caso. Por eso te gusta.

—Sí que me hace caso.

Clara se rio moviendo la cabeza de lado a lado. Helena se ruborizó, frunció el ceño y dirigió la vista hacia el puerto. ¿Le gustaba? No recordaba lo que era aquello.

Mientras dejaba reposar aquella idea en su cabeza y en su corazón, se percató de que no solo podía divisar el puerto, sino que, si agudizaba la vista, podía distinguir el muelle, el banco y la figura de un chico amarrando barcos con el torso al descubierto y los pies descalzos sobre la piedra húmeda. Sus sentidos se pusieron en alerta.

—¿Me das unos minutos? Te llamo en un rato —anunció sin separar la vista de su objetivo.

—¿Qué dices, por qué? ¡Si acabamos de llamarnos!

—Te prometo que te llamo en unos minutos. Te quiero.

—¡Helena!

Pero ya había colgado. Metió el teléfono en el bolso y se recogió el pelo como pudo a pesar del viento que la azotaba, incesante.

Sabía con certeza que se trataba de él. Se permitió a sí misma observarle sin vergüenza ni orgullo.

Nadie la veía y, desde allí arriba, la presencia de Marco era insignificante, diminuta.

El tacto de un pelaje suave y oscuro le hizo desviar la vista hacia su regazo.

Lo contempló con ternura dejándose, por primera vez, llevar por él.

Éter la miró y sus ojos se entendieron sin necesidad de gesto alguno.

El felino hurgó en su bolso y tiró de la cuerda del pequeño saco de color amarillo mostaza.

—Está bien —dijo separando sus zarpas de la funda—. Lo pillo. Pero suelta eso.

Se rio en silencio pensando en lo absurdo que le habría parecido aquello a la Helena de hacía un año.

Abrió la funda y sacó la cámara. La apretó con fuerza contra su pecho, respiró hondo y la observó.

Se vio reflejada en el gran objetivo y sonrió ante su imagen.

Con cuidado, se llevó el visor al ojo derecho y sintió un fuerte cosquilleo por todo el cuerpo al volver a mirar el mundo a través de aquella rectangular y minúscula ventana.

Comenzó a apuntar a todo como una niña pequeña emocionada con un regalo en un día de Reyes. Aquellas proporciones, el paisaje a través del cristal, la vida de aquel tono. Lo recordaba, había sido muy feliz viendo la vida desde aquella perspectiva.

Giró la cabeza nerviosa hacia el puerto con la cámara pegada a la nariz.

Movió la palanca con el pulgar e hizo todo el zoom que la cámara le permitió.

Su respiración se detuvo. Podía verle. Veloz, bajó la cámara, inhaló aire y volvió a mirar.

Podía ver cada uno de sus movimientos, de sus expresiones.

Estaba amarrando un barco, con el cigarro encendido entre los labios, unos pantalones beis atados a la cintura con un cinturón de cuero y el torso al descubierto.

Pudo distinguir que un collar le rodeaba el cuello.

Una cuerda de color negro con una chapa redonda y plateada cuyo motivo era difuso.

Su expresión, como de costumbre, era neutra y serena.

¿Es que acaso no sabía gesticular? Chasqueó la lengua, molesta.

Hechizada por cada uno de sus movimientos, no se percató de cómo su respiración se ralentizaba al verle trabajar.

Tampoco fue consciente de que, cuando Marco tiraba con fuerza del cabo, por instinto posó su dedo índice sobre el botón de disparo.

Un chasquido y un parpadeo de color negro.

La cámara movió sus oxidados engranajes para guardar aquella imagen en sus entrañas.

Helena sintió cómo su mente, su cuerpo y su alma vibraban sincronizadas con la pieza de aluminio.

Pudo notar cómo volvían a fundirse en un solo ser para hacer lo que mejor se les daba: capturar instantes.

Cuando sus sentidos volvieron al mundo real, bajó la cámara y la miró con asombro.

Acababa de hacerlo. Diez años sin disparar, sin sentir aquel poder ni escuchar aquel sonido.

Recordaba lo que era aquello: la inspiración.

Sentir que lo tienes, que debes capturarlo, plasmar, escribir, crear.

No sabía si esta vez había sido el empujón de Éter, su voz interior o una fuerza superior a ella, pero estaba ahí de nuevo.

Yaquel chico, amarrando barcos a plena luz del día, con el torso al descubierto, lleno de pecas, y los mechones negros deslizándose por la frente, le había devuelto la inspiración.

«Definitivamente me he vuelto loca. Aver cómo explico yo ahora que mi primera foto después de tantos años se la hice a un chaval que no conozco de nada, desde lo alto de una colina griega», pensó.

Guardó la cámara, se soltó el pelo y dejó que el viento la peinara.

Abrazó aquel sentimiento y se sintió feliz y llena de nuevo.

Al fin y al cabo, ¿de qué rincón podía volver a brotar algo tan sublime e inescrutable como la inspiración sino del tentador abismo de la locura?