25. Las cajas #2
—¿Qué hago yo aquí? —preguntó con falso asombro—. Eso mismo podría preguntarte yo a ti.
Helena respiró hondo. Se había dejado llevar por los nervios, pero recordó de inmediato dónde estaba. Ayudando un lunes por la mañana en una tienda que no era suya y con Adhara en la trastienda.
—He venido a ayudar —trató de mantener un tono neutro y agradable—. Lo mismo que tú, vaya.
Marco dejó otra caja junto a las demás y la observó. Ambos sintieron el espeso aire que los separaba.
—Conque a ayudar, ¿eh?… Perfecto. Mira, ven. —Le hizo un gesto para que lo acompañara fuera—. Fíjate en todo lo que tengo que descargar.
Helena no se movió. No porque no quisiera ver la mercancía, la cual llevaba esperando toda la mañana solo para descubrir qué escondían aquellas enormes cajas, sino porque no podía.
No iba a acercarse a él. Eso implicaría estar más cerca de ese cuerpo, de esos hombros esculpidos, de esos ojos penetrantes.
Ni un solo día había pasado sin recordar cómo la había mirado por primera vez.
Marco vio que Helena no se acercaba, bufó mientras negaba con la cabeza y cogió otra caja. Mejor.
—¡Ya estás aquí! ¡Maravilloso! —Adhara salió de la trastienda seguida por Éter, que se subió a las cajas de madera que Marco ya había metido en el local. Helena lo miró y recordó cómo se había posado de esa misma manera sobre ellas hacía una semana. Comprendió muchas cosas de golpe.
—Buenos días, abuela. —Marco le dio un beso a Adhara en la mejilla mientras sostenía una caja más pequeña—. Esta vez me ha costado subir, ¿eh? Cada vez me pides más cosas —la regañó con cariño.
—¿Abuela? —preguntó Helena, sin poder disimular su asombro.
—Oh, sí, querida. —Adhara se dirigió hacia ella emocionada—. Qué maleducada soy, este es Marco, mi nieto. —La cogió de la mano y la acercó hacia él—. Marco, hijo, esta es Helena. Nos conocimos el viernes pasado y hoy ha venido a ayudarme con las cajas. Es de España y está de vacaciones por aquí.
Se miraron a los ojos.
—Sí, ya nos conocemos. —Marco se encogió de hombros y se giró para continuar descargando.
—Oh, ¡qué me dices! —Adhara se dirigió a Helena—. ¿Ya os conocíais? ¡Qué casualidad!
—Sí, también nos conocimos la semana pasada —consiguió decir Helena.
—Sí, el miércoles, de hecho —añadió Marco.
—Jueves —corrigió ella.
—Y la hora, ¿te la sabes? —la vaciló él.
Los separaban unos escasos metros. Helena echó de menos la mesa del bar entre ambos.
—Bueno… —Adhara distinguió sin esfuerzo la tensión que estaba interrumpiendo—.
Dado que veo que no estáis muy habladores los lunes por la mañana, vamos allá con estas cajas, ¿no?
Querida, Marco trabaja en el puerto. No es su trabajo traerlas, debería ir yo.
Pero es un buen nieto y me las sube hasta aquí, ¿verdad? —Adhara le pellizcó la mejilla.
—Abuela… —Se apartó con delicadeza.
Helena escondió una sonrisa ante aquel gesto tan tierno. Sería un imbécil, pero, si era nieto de Adhara, tendría que disimular. Al fin y al cabo, quería seguir conociendo a aquella mujer y, si eso implicaba soportar a su prepotente nieto, estaba dispuesta.
Él siguió descargando y ella se perdió en la entretenida tarea de abrir aquellos embalajes y colocar todos los objetos que escondían.
Absorbida por la relajación que experimentaba al organizar y ordenar, olvidó por completo la presencia de Marco en la tienda, quien no podía evitar buscarla de reojo cada vez que realizaba un movimiento.
La observó con detenimiento cuando se puso a ordenar uno de los cajones del fondo, de espaldas a él.
Respiró hondo buscando volver a sus cabales.
¿Qué probabilidades había de que esa tía hubiera acabado ayudando a su abuela en la tienda?
¿Y cómo era que justo había terminado allí?
Con la cantidad de turistas que había, su abuela se había tenido que ir a llevar bien con la tía más controladora y egocéntrica de la isla.
Aunque a ella la trataba con amabilidad, respeto y educación.
Algo que lo derretía, ponía celoso e incomodaba a partes iguales.
Trabajaba en el puerto y observar las caras nuevas que desembarcaban en Hydra cada semana era uno de sus pasatiempos favoritos, pero jamás le habría ocurrido algo como aquello.
Era nuevo para él sentir cómo alguien, con tan solo estar sentada en el bar de su amigo comiendo helado de pistacho, podía atraer su atención de aquella manera.
No era su físico, que también, ni mucho menos su cosmopolita y pija forma de hablar, igualita a la de las muchas chicas que había conocido en sus innumerables noches de verano en la isla.
Eran aquellos malditos ojos. Aquellos ojos verdes y azulados por el reflejo del mar.
No había necesitado más que una sola mirada para desear reflejarse en aquellos iris todas las veces que ella se lo permitiera.
Y ahora era peor todavía, porque ya no solo se trataba de los ojos que tanto había buscado por el puerto en los últimos tres días.
Ahora también era su cálida forma de desenvolverse en la tienda de su abuela, de observar y cuidar los objetos que sostenía y colocaba.
Ahora que había vuelto a encontrarla, sabía con más certeza que nunca que le iba a ser difícil sacársela de la cabeza.