Hydra 25. Las cajas
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25. Las cajas

Las cajas

Una recurrente pesadilla la mantuvo en vela toda la noche.

Estaba sola en un espacio en blanco. Su subconsciente le mostraba su reflejo sobre un espejo que tenía delante y, al atravesarlo, se adentraba en un escenario teñido de color vino tinto.

Aduras penas avanzaba un poco hasta que, al final de la sala, divisaba dos cajas.

En la primera había una cámara y la segunda contenía una carta.

Siempre intentaba coger primero el sobre lacrado, pero salía volando y Helena corría tras él hasta perderlo de vista.

Tras volver a la ubicación de las cajas, la primera también había desaparecido.

En su lugar, se encontraba una sepultura, oscura y fangosa.

Alguien le entregaba una pala y le ordenaba cavar.

Helena cavaba y nunca terminaba de hacerlo.

Se le cansaban los brazos y se le secaban los ojos de llorar, pero aquel agujero sin fondo se regeneraba a medida que sacaba cantidades ingentes de arena.

No había fin. Lloraba y lloraba pidiendo clemencia, hasta que alguien la empujaba dentro, y entonces se despertaba.

La pesadilla iba cambiando de forma, pero la sensación al despertar siempre era la misma: angustia y miedo.

A eso de las seis se rindió a la noche y esperó a que los primeros rayos de sol se asomaran por la ventana.

Por suerte, era lunes y Adhara la había citado pronto para empezar a descargar desde primera hora.

Una brisa de alegría al recordarlo la hizo levantarse y arrastrar los pies hasta la cocina.

Ojerosa, alcanzó la cafetera y el sobre de café molido.

Aquel aroma la volvía loca. Desenroscar, agua, cinco cucharadas y alisar.

Empezaba a gustarle aquella nueva manera de hacer café.

Dejó la cafetera sobre el fuego. Fue a su cuarto, alcanzó el móvil y buscó Bon Iver.

La música comenzó a viajar por cada rincón de la estancia, cubriendo de calma el silencio angustioso que la noche había creado.

Esa mañana optó por un crop top azul cielo de palabra de honor a juego con unos pantalones de seda del mismo tono.

La verdad es que tenían prendas preciosas en aquella isla.

Mientras disimulaba sus ojeras con kilos de corrector, el café le chilló desde la cocina.

Cuando corría hacia él, se paró en seco al contemplar la estampa.

Con «Skinny Love» de fondo, los primeros rayos de la mañana se posaban sobre la porcelana de la encimera.

El humo, tintado de dorado, ascendía hacia el techo encontrándose con la melodía.

Una ligera brisa la hizo estremecerse, erizándole la piel.

Se sirvió una taza y la envolvió con las manos, calentándose y deleitándose con su aroma.

Mientras sus ojos despertaban poco a poco con la luminiscencia del mar, respiró y dio las gracias por un día más sin reuniones, prisas, gritos o problemas de última hora.

Se estaba acostumbrando a aquello más de lo que le gustaría reconocer.

Tras terminarse el café, comprobó el reloj. Tardaba una hora desde su casa a la tienda. Si salía ya, llegaría puntual. Se recogió la larga melena en dos gruesas trenzas de raíz y se adornó el cuello, las muñecas y los dedos con sus brillantes accesorios de plata.

Turistas madrugadores, pájaros piando, niños corriendo de un lado a otro entregando periódicos, carromatos cargados de cajas, las bocinas de los ferris anunciando su llegada a la isla y algún que otro gato curioso acompañaron a Helena hasta el local de su nueva y única amiga en la isla.

Al llegar, colgó su bolso en la silla de la entrada y saludó a Éter, que le devolvió los buenos días con un agudo maullido.

—¿Adhara? —Escuchó ruidos en la trastienda—. ¡Buenos días! ¡Ya estoy aquí!

La mujer salió con los brazos abiertos.

—¡Querida! ¡Qué bien que hayas venido! —Le dio un cálido abrazo, al que Helena respondió con timidez—. ¡Qué puntual!

—Sí, bueno, me he adelantado un poco incluso.

—De hecho, sí. Las cajas aún no están aquí.

El barco acaba de llegar y somos uno de los comercios más lejanos al puerto, así que me temo que hasta dentro de un rato no tendremos trabajo.

Pero, bueno, ya que has llegado temprano, te enseñaré cómo entramos a la tienda cuando volvemos después de un tiempo.

Creo que es importante que conozcas cómo dar los buenos días a nuestro viejo amigo.

—Señaló al techo, en dirección a la copa del sauce.

Helena se quedó ensimismada con la manera en la que los rayos de sol se colaban entre las ramas del árbol a esas horas.

Más de una vez se le olvidaba que aquella tienda estaba construida alrededor de un grueso y fibroso tronco.

Sonrió con timidez, disculpándose ante el frondoso amigo por no haberlo saludado a él también.

Adhara le pidió que se quitara las sandalias.

Debido a las largas y voluminosas faldas con las que iba vestida, Helena no se había percatado de que ella andaba descalza.

Ácaros, astillas, cristales, polvo, bichos y tornillos oxidados fueron algunas de las cosas que se le pasaron por la cabeza al verse obligada a posar los pies descalzos sobre el viejo suelo de madera, pero era imposible llevarle la contraria.

La anciana le explicó que estaban conectadas con el sauce piel con piel y que todo lo que tocaran o limpiasen él lo percibía como un acto de ayuda al cuidado de sus raíces y su gran tronco.

Era importante pedirle permiso y darle las gracias por poder usar sus raíces un día más como refugio en el que poder desempeñar su trabajo para subsistir.

Le asignó una tarea temporal hasta que llegaran las cajas: limpiar un estante lleno de libros sobre pociones y conjuros que Helena observó con detenimiento, sin entender ni una de las palabras que contenían.

Adhara la observaba desde la puerta mientras podaba algunas de las plantas que habían tapado la entrada en el último mes: su manera de llevar la vista al suelo cada vez que daba un paso, queriendo asegurarse de que no sería en falso, su curiosidad ante tantas cosas desconocidas o su modo de mirar a Éter como si fuera a hablarle.

Ya había visto aquella racionalidad antes, aquella mirada y aquella energía.

Un alma que no sabe lo que busca, aunque lleve la respuesta dentro.

Pero si algo sabía Adhara era que las cosas no se pueden forzar, y menos con gente tan sensible y tan rota.

Aquella chica tenía uno de esos corazones que sabes que te hablan desde la inocencia y la bondad.

De los que se habían protegido hacía mucho con armadura y algodones porque, en caso de caer y romperse, quién sabía en cuántos cachitos podrían descomponerse.

Estaba segura de que Helena ya había contado esos cachitos.

De que sabía el número exacto en los que podría quebrarse porque ya había tenido que recogerlos en algún momento.

Su mirada y sus acciones la delataban. Sabía muy bien cómo hacer para que el pegamento se mantuviera intacto, para que la unidad existiera en su pecho a pesar de las grietas.

—Voy a ir a la trastienda un rato hasta que lleguen las cajas, que deben de estar ya al caer —anunció Adhara—.

Prepararé un par de ramos de romero y cajas de incienso.

Mientras tanto, te dejo encargada de escoger una buena playlist y de limpiar los cristales que cuelgan del techo, ¿de acuerdo?

—Le entregó el plumero mientras se levantaba la falda y se apresuraba a entrar en la trastienda.

—¿Has dicho playlist ? —Helena abrió los ojos y se rio—. Por primera vez desde que entré en este local he vuelto al mundo moderno. Jamás pensé que te escucharía decir esa palabra.

—Por Dios, hija, que parezco centenaria, pero vivo en el mismo siglo que tú —suspiró Adhara riéndose—. Te dejo con ello. ¡Es una gran responsabilidad! Recuerda que los clientes son atraídos por las notas musicales. Aquellas que escojas harán que quieran pasar o marcharse.

Desapareció tras la cortina de hojas que separaba ambas estancias y dejó a Helena con el plumero en una mano y un viejo portátil en la otra.

¿Qué tipo de música se pone en una tienda con raíces de sauce trepando por las paredes y calderos burbujeantes desprendiendo aromas?

El perfil de Spotify de Clara se iluminó en su mente como una bombilla.

Sus manos, las plumas y los cristales comenzaron a moverse al compás de las notas musicales.

Cantaban al chocarse unos con otros, divirtiéndola.

El polvo viajaba por entre los rayos de sol que atravesaban la estancia.

Instintivamente, Helena comenzó a hacer círculos con el plumero.

Su estela la hipnotizaba, introduciéndola en un relajante trance.

De repente, una voz masculina la sacó del encantamiento del que tanto estaba disfrutando.

—¡Las cajas! —se escuchó desde el exterior.

Aquella voz. Helena, de espaldas, se quedó inmóvil.

¿Era posible? Su boca se secó y su cuerpo se giró en dirección a la puerta.

Su corazón se aceleró al verlo en la entrada sosteniendo una caja casi más grande que él.

Vio su cara de asombro. Sintió cómo la miraba, de arriba abajo.

Después dirigió la vista al plumero, a ella otra vez y de nuevo a la tienda.

Fueron unos segundos muy largos para ambos.

El primero en reaccionar fue él, que soltó la caja dentro del local y agarró el carrito para seguir descargando, sin decir palabra.

¿Qué hacía ella ahí? ¿Por qué estaba limpiando?

¿Y por qué coño le quedaba tan bien ese top azul?

Trató de concentrarse en su tarea, pero ella no continuó con la suya, lo que lo incomodó aún más.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Helena, con el corazón aún acelerado.

La comisura izquierda del labio de Marco ascendió, vacilando ante la pregunta. Soltó otra caja dentro del local.