24. Escucha
Escucha
Ayer fue un día increíble. Me atrevo a decir que mi favorito desde que llegué a Hydra.
Conocí a la encargada de la tienda del sauce.
Una mujer maravillosa llamada Adhara. Desconozco su edad, pero su vitalidad interior le resta años de vida.
Sus ojos esconden tantas vivencias. Es como si mil espíritus habitaran en ella.
Emana demasiada sabiduría como para ser una humana convencional.
He llamado a Clara esta mañana para contárselo.
Se llevarían muy bien. En cierto modo, me recuerda a ella.
Tras tomar el té le pregunté si podía quedarme y aceptó, pues necesitaba ayuda limpiando las estanterías.
El sol se fue y se nos hizo de noche contándonos nuestra vida.
Me habló de todos los países en los que ha vivido, unos doce en total, siendo España su estancia más larga después de Grecia.
No me confesó qué hacía en Hydra, ni qué la había traído hasta la isla, pero sí por qué había abierto ese negocio: para mantener la tradición de sus ancestros.
Ella se interesó por el motivo de mi viaje varias veces.
Le conté cuánto tiempo llevaba en Hydra, pero le mentí sobre lo que me ha traído hasta aquí, porque ni yo misma lo sé y porque esa pregunta saliendo de los labios de alguien que no sea Clara o mis padres trae el verdadero motivo al presente.
Lo hace tan real que duele. Además, confesárselo sería tener que exponerme al juicio de alguien que no estaba ahí, que no lo vivió conmigo.
Apreguntas que no sé responder. Aun dolor no compartido.
Aun hueco en el corazón que no puede cubrirse con el consuelo de alguien que no ha pasado por ello.
Aunque, si existe un tipo de persona al que me abriría, en caso de querer hacerlo, es Adhara. No sé qué huecos tendrá ella en el corazón, pero parece una mujer sabia y, como bien me dijo ayer, la sabiduría no se adquiere de una vida sencilla.
En un momento dado, Éter se puso a jugar con mi bolso y Adhara vio la cámara.
Me preguntó por ella y a eso sí que me atreví a responderle.
Supongo que conseguí darle la vuelta y justificarme con la pasión.
Sin necesidad de ir al pasado o dar detalles.
Compartir ese sentimiento con Adhara es sencillo.
Se nota que es una mujer que ama muchas cosas.
Hablamos durante un rato sobre el arte, la escritura, la fotografía.
Expresar en voz alta el sentimiento que me produce llevar una cámara al cuello (aunque ella no sepa que hace años que no la uso) me sentó muy bien.
Me sentí agradecida por aquella conversación, la cual acabó cuando me preguntó: «¿Te dedicas a ello? ».
Cuando quisimos darnos cuenta, eran las once de la noche.
No parecía molestarle que la hubiera distraído tanto tiempo.
Puede que fuera porque yo le caigo bien o porque tampoco tiene mucha compañía allí.
Entraron varios clientes a la tienda a lo largo de la tarde, pero eran turistas ansiosos por llevarse algún souvenir de la isla o personas conocidas con las que se quedaba un rato hablando.
Mientras conversaba con ellos, limpié algunos botes y clasifiqué por aromas y colores lo que llamó «aceites esenciales».
No sé decirte muy bien qué eran, pero me encantó.
Me sentí acompañada por ella, por Éter y por la relajación que encontré al ordenar aquellos frascos.
Le propuse volver otro día y le encantó la idea.
No solo le gustó, sino que me citó el lunes para descargar cajas juntas.
Comentó que los ferris de mercancías llegan a la isla el primer día de la semana para proveer a todos los comercios de suministros.
Acepté encantada. Un pequeño cambio en mi rutina isleña no me vendrá mal.
Pero no solo dije que sí por eso. Acepté también porque aún me quedan incógnitas por descifrar y algo me dice que Adhara tiene las respuestas.
Quizá si sigo estrechando este lazo pueda llegar a abrirme con ella.
También dijo que Éter se manifiesta de muchas formas —algo que no entendí, al igual que todo lo que gira alrededor de ese gato— y que conocía a las voces.
«Voz interior, fe, Jesús, yo…». Lo llamó de muchas maneras y aun así no terminé de captar lo que me quería comunicar.
Sea como sea, sí que me quedó una cosa clara: algo ajeno o superior a mí me trajo hasta esta isla y me guía a través de ella.
Y, ahora más que nunca, estoy dispuesta a escuchar.