23. Canela y un poquito de cúrcuma #2
—Querida, tutéame, por favor. —Dio un sorbo a su taza con elegancia y se limpió con el borde de la servilleta bordada que acompañaba al juego de porcelana—.
No soy de España, pero mi hija y su marido vivieron allí.
Yo en concreto soy de muchos lugares del mundo, aunque me gusta decir que soy chilena porque son las tierras en las que mi madre me trajo al mundo. En la Isla de Pascua, ¿la conoces?
—No, no la conozco. —Helena no quería hablar, tan solo escuchar a aquella mujer durante horas.
—Recuerdo poco, pero es un lugar mágico. Pasé allí toda mi infancia y adolescencia.
—Y ¿por qué te fuiste?
—Esa es una larga historia. —Sacudió la mano y sonrió llena de entusiasmo—. No quiero aburrirte con mis setenta años de vivencias sin importancia por el mundo entero. ¿Por dónde iba? ¡Ah, ya sé! ¡España! En blanco y en botella, jovencita.
—¿A qué te refieres?
—A que es normal que te cueste procesar este tipo de mensajes o ideas sobre el mundo.
Vives en un país demasiado desarrollado para prestar atención a lo espiritual o ancestral.
Los que os criais en países primermundistas y capitalistas desconocéis la magia que os rodea y vuestras capacidades psíquicas para desenvolveros en el medio.
No os enseñan a ir más allá, a despertar, a desarrollar todos vuestros sentidos.
No somos tan diferentes de un gato o de un ave, pero nos han hecho creer que sí.
Nos han hecho pensar que somos mejores que el resto de los seres vivos, anulando nuestro instinto y nuestra esencia.
En mi caso es práctica y un largo linaje de curanderas, brujas y boticarias, aunque, con el paso del tiempo, he perdido muchas de mis capacidades.
Helena escuchaba fascinada, dando pequeños sorbos al té ardiendo. Adhara hablaba lento y con la ilusión y carisma propios de una auténtica contadora de historias.
—Por lo tanto, responder a tus preguntas me resulta complicado. Hay mucho camino por recorrer antes de poder explicarte cómo he metido el éter en un tarro y cómo podemos usarlo.
—No tengo ninguna prisa. —Helena arrugó la nariz, ansiosa e ilusionada por saber más, y se arrellanó en la silla.
—Vaya, me alegra oír eso. Hacía mucho que no tenía un cliente tan curioso.
—¿Sueles vender todas estas cosas? —Helena miró a su alrededor y abrió los brazos.
—Sí, el negocio va bien. Los turistas son el verdadero sustento de esta tienda, no te mentiré.
Con los souvenirs, piedras y libros que me compran, me da para ir tirando.
Pero si por «estas cosas» te refieres a las ancas de rana o a las virutas de jengibre cristalizado —rio alzando una ceja—, sí, también.
Quedan pocos en la isla que sepan de estos temas, pero alguno que otro hay.
Todos de mi edad o cercanos a ella, por supuesto.
—Qué fuerte, jamás lo habría dicho —dijo Helena—. Si mi amiga Clara hubiera venido conmigo a este viaje, estoy segura de que en un mes ya sería clienta habitual.
—Esa amiga vale oro, querida. —Éter se subió al regazo de Adhara y se acurrucó en él, buscando caricias—. ¿Estarás un mes en Hydra?
—Sí, aunque llevo ya once días. Me quedo todo el mes de mayo.
—¡Qué alegría! Practicar mi español durante un mes me vendrá muy bien. Espero que vuelvas por aquí, querida. Dime, ¿qué te trae a la isla?
Adhara hizo aquella pregunta sabiendo la respuesta, pero prefirió formularla y observar cómo Helena se perdía inmersa en sus dudas.
—Esa, como tú dirías, es una larga historia. —Supo salir bien del paso—. Digamos que algo en el éter me dijo que este sería un buen destino de vacaciones. —Sonrió moviendo las manos en círculos.
—Vaya, entonces veo que tú también sabes hacer caso a las señales e información que flotan a tu alrededor —dijo Adhara, divertida ante la elocuencia de la muchacha para evadir su pregunta.
—De hecho… —Helena cayó de golpe—. De hecho, sí. Bueno, no. Parecido. Si te cuento algo, ¿podrías darme una explicación para ello?
—Probemos.
Helena se recogió el pelo en un moño y se levantó. Se puso a dar vueltas sobre sí misma buscando en su memoria el momento en que todo aquello había empezado.
—Verás, llevo un tiempo sintiendo… impulsos. Perdón por el vocabulario racional y psicoanalítico que estoy a punto de usar, pero no sé hacerlo de otra manera.
—Querida, habla sin sentirte juzgada, aquí nadie lo hará, ¿verdad, Éter? —El felino maulló, adormecido.
—Vale. —Hizo una pausa antes de seguir hablando—.
Hace unos meses me dio lo que podríamos llamar una crisis.
Todo es irrelevante y podemos resumirlo en que, después de años trabajando sin descanso, me venían bien unas vacaciones.
El caso es que, desde que llegué a la isla, he estado experimentando una serie de impulsos repentinos que me llevan a distintos lugares.
—¿Y qué lugares son esos? —preguntó Adhara.
—Hummm… —Helena dudó—. ¿Ese dato es importante?
—Si quieres que te ayude, sí.
—De acuerdo. Sentí esa fuerza por primera vez al perseguir el rastro del rayo solar de la estatua, que se proyecta sobre la plaza a las doce. Ytambién…, también con Éter —confesó.
—Tiene sentido. Éter puede manifestarse como gato o como muchas otras cosas. ¿Adónde te llevó?
—Me trajo hasta aquí. Ytambién hasta el puerto, ayer.
—¿Y bien? ¿Esos son lugares a los que querías o sentías que debías llegar?
Helena pensó en la estatua y en la tienda, percibiendo una fuerte certeza interior. Al pensar en el puerto, le vino Marco a la cabeza.
—Digamos que, al llegar a ellos, sí que sentí cosas muy fuertes, pero no sabría identificar ninguna de ellas ni expresarlas con palabras. Solo sé que esa fuerza me mueve, pero no entiendo el motivo ni el fin con el que lo hace en algunos de los casos.
Adhara asintió. Sabía que abordar aquel asunto sin rodeos no era una opción.
—Veo que haces preguntas sin querer obtener las respuestas.
—¿Cómo dices?
—Que, por lo que escucho y siento cuando hablas, no estás preparada para hacer las preguntas correctas. —Adhara se levantó y se sirvió otra taza de té—. Eres una muchacha inteligente y estoy segura de que no necesitas que te diga que se trata de tu voz interior guiándote en tu camino.
—¿Mi voz interior? —Helena retuvo el aire. Jamás había hablado con nadie sobre las voces más que con Clara. Ymucho menos de adulta.
—Sí. Todos la tenemos. Unos sabemos escucharla mejor que otros. Los que alguna vez han sentido su llamada la denominan instinto, intuición e incluso Dios. Puedes ponerle el nombre que quieras, pero todo se reduce a lo mismo: fe.
—Oh, no. —Helena negó con la cabeza—. No creo en Dios.
—Insisto, no estamos hablando de dioses, sino de fe. Como humana que eres, tienes consciencia y ser consciente implica, en muchos casos, despertar y escuchar. Escuchar al más allá es un acto tan humano como respirar o comer.
—Pero entonces mi voz interior ¿es alguien?
Adhara sonrió con ternura.
—Tu voz interior eres tú, querida. Ytú eres Dios. Todos lo somos.
Helena volvió a sentarse, confundida.
—Seguirte el ritmo es una carrera de fondo para mi cerebro.
Adhara se rio.
—Tienes razón, perdóname. Mi respuesta a tu pregunta es la siguiente: has despertado. No sé si quizá lo hiciste cuando eras una niña o si es algo reciente, pero ya estás despierta. Es algo bueno, pues no todo el mundo lo hace.
—¿Despierta?
—Sí, consciente. Tus impulsos, como tú los denominas, son llamadas a lo nuevo, a lo que debes descubrir en esta vida para sanar y aprender.
Todos tenemos una voz interior, pero escucharla es de valientes.
Seguirla, tomar decisiones teniéndola en cuenta e ir en contra de lo establecido o de lo que la sociedad ha planeado para ti, te convierte en alguien despierto.
No es fácil de identificar, pues hay muchos que la confunden con pensamientos normales o que la anulan por completo con sus ajetreadas vidas y quehaceres.
Pero tú no solo te dejas guiar por ella, sino que además sientes su fuerza y su poder.
Yeso, Helena, es algo bueno. Muy bueno.
Helena inhaló hondo. Estaba todavía llena de preguntas, pero se sentía comprendida y acompañada.
—Me alivia esa respuesta —confesó.
—Eso también es bueno.
—Más que nada por el hecho de que, aunque siga sin entender bien a qué te refieres, existe una explicación.
—Buscar explicaciones está bien, jovencita; sin embargo, por mucho que yo te responda preguntas y resuelva tus dudas, nadie mejor que tú puede darles un sentido a las cosas.
—Sí, sí, estoy segura, pero me cuesta. —Suspiró y miró hacia arriba posando los ojos en la copa del gran sauce—. No dejo de ser una chica de ciudad cuyo trabajo no le llena, que lleva años en piloto automático y que no sabe ni por dónde empezar a cambiar su manera de vivir y pensar.
—Replantearte las cosas ya es un gran paso. El más importante, de hecho.