23. Canela y un poquito de cúrcuma
Canela y un poquito de cúrcuma
No se permitió a sí misma pensarlo tanto esa vez.
Comprobó de nuevo la postal y la guardó en el bolso.
Respiró hondo y entró. El local tenía el mismo aspecto desordenado y misterioso que en su anterior visita.
En esta ocasión, la luz rosada de última hora se colaba por la puerta creando un pasillo de luz hasta el libro antiguo que descansaba sobre el atril.
La tranquilidad y el olor a incienso, imperturbables, la atrajeron hacia el interior.
Agudizó el oído y escuchó una ligera melodía que provenía de la trastienda.
Avanzó despacio y se apoyó sobre el viejo mostrador de madera, conmovida al descubrir a la dueña de aquella hermosa voz a través del visillo que cubría la portezuela de acceso a la parte trasera de la tienda.
Una mujer de avanzada edad cantaba y ordenaba distintos objetos al ritmo de las notas musicales que entonaba, acompañadas de alguna que otra conversación con ella misma.
Sus cabellos, largos y plateados, la seguían en su ir y venir recorriendo una robusta mesa de madera de roble.
Su cuerpo estaba cubierto por un amplio vestido rosa cuya falda descendía en grandes capas de tela, creando volumen y moviendo el polvo y la luz de la habitación a su paso.
Cesó la risueña melodía y limpió los restos de especias de su vaporosa falda mientras miraba hacia el trabajo recién terminado sobre el tablero con satisfacción.
—¿Te gusta, Éter? —Un gato negro salió de entre sus pies y se subió a la mesa para contemplar lo mismo que ella.
Aquel pelaje negro brillante, aquellos ojos, la media luna. Helena dio un paso atrás y la madera crujió con un quejido. La anciana se detuvo un instante y se volvió a escuchar.
—¿Quién anda ahí? —preguntó.
Salió de la trastienda y la vio. Los ojos de ambas se cruzaron solo un instante, pero fue suficiente.
Su cara, su aura, aquel gesto de curiosidad.
Supo lo que aquella muchacha buscaba nada más verla.
Ambas dudaron dos segundos antes de hablar.
Helena, asombrada por la profunda mirada de la mujer, y la anciana, por la sorpresa de encontrarse con aquella presencia en su tienda.
—Oh, perdona mis malos modales. —La mujer sacudió la cabeza—.
Qué descortés por mi parte. Estoy con algo entre manos y me has pillado en el momento culmen.
—Se limpió de nuevo las palmas de las manos en el vestido—.
Soy Adhara, encantada—. Bajó la barbilla y cerró los ojos al mismo tiempo, antes de volverse hacia el local alzando los brazos en un gesto de ofrecimiento—.
¡Esta es tu casa! Cualquier cosa que necesites, me dices, ¿de acuerdo?
—Perfecto, muchas gracias. —Los nervios de Helena se esfumaron ante la cálida bienvenida—. Tan solo estaba echando un vistazo. Me llamo Helena, por cierto. Es precioso este lugar. ¿Es suyo?
—Oh, sí —respondió Adhara dando una vuelta sobre sí misma—. Es mío. Muchas gracias, querida. Muchos años de cuidados y mantenimiento. —Alcanzó un plumero y comenzó a sacudir el polvo de las estanterías.
Helena la siguió con la mirada, fascinada. Parecía volar sobre el suelo, flotando por cada rincón, como salida de un cuento de hadas. Reconoció la magia de aquel local en ella. Su peludo acompañante salió de la trastienda siguiendo sus pasos.
—Una pregunta. —Helena carraspeó—. Ydisculpe mi impertinencia, pero… el gato ¿es suyo?
—¿Éter? —Adhara miró al felino—. Oh, no, querida. Éter es un alma libre.
—Ah, perdone. Pensé que era suyo. —Se secó las palmas de las manos, nerviosa—. Como la he escuchado decir su nombre.
—Que este pequeñín tenga nombre no significa que esté bajo la posesión de nadie.
—Sacudió el plumero sobre el hocico del felino para molestarlo—.
Tan solo viene por aquí con frecuencia porque le encanta la leche que le preparo en la trastienda.
—Se llevó la mano a la boca y susurró—: Le añado canela y un poquito de cúrcuma.
Helena asintió y se quedó en silencio. Disimuló mientras daba vueltas por la tienda, fingiendo analizar las estanterías o estar interesada en los productos.
Tenía muchas preguntas que hacerle a aquella mujer, pero no quería invadir su espacio.
Se sentía una extraña en aquel lugar, aunque algo le impedía marcharse.
—¿Quieres un té, querida? —Adhara rompió el ensordecedor silencio que las separaba, conocedora de lo que pasaba por la mente de aquella muchacha.
—Oh, sí, por favor. ¿La ayudo? —se ofreció.
—Ni se te ocurra.
Adhara se acercó a la ventana que había junto a la puerta principal, bajo la cual descansaba una vieja tetera de porcelana. Helena la observó. Sus movimientos eran firmes y etéreos. Hipnotizada, quiso saber más.
—Y, si el gato no es suyo, ¿cómo es que usted sabe su nombre?
—Me lo dijo él —respondió la anciana sin mirarla mientras preparaba los utensilios.
Helena sintió frustración ante aquellas palabras. ¿Le estaba tomando el pelo?
—Creo que no la estoy entendiendo.
Adhara se giró, con entusiasmo.
—¡Sí! Esta es una historia muy buena. Siempre la contamos, ¿verdad, pequeño?
—Se dirigió al gato y se giró hacia la repisa de la ventana—.
Mira, querida, ven. —Alcanzó uno de los incontables botes de cristal apilados sobre una balda de madera—.
Cuando lo conocí, nos llevamos muy bien desde un primer momento.
Es un gato muy listo. Le pregunté por su nombre y se subió a esta misma repisa.
¿Y sabes qué hizo? ¡Efectivamente! ¡Tiró este bote al suelo!
¡Con lo difícil que es conseguirlo y lo caro que se vende!
Le entregó el bote de cristal a Helena y esta pudo leer la palabra «éter» escrita a mano sobre una etiqueta amarillenta. Lo miró con extrañeza. El bote estaba vacío.
—Vale —dijo despacio—. Entiendo la parte de que fue él mismo quien escogió su nombre de aquella forma, pero… —Meditó sus palabras porque no quería sonar insolente—. ¿Por qué éter? ¿Y qué es el éter? Disculpe mi ignorancia, pero este tarro está vacío.
Adhara le devolvió una sonrisa cálida mientras le pedía el frasco de vuelta.
—El éter es incoloro, querida. Digamos que es como el aire, pero más denso.
Es una sustancia omnipresente que conecta todo cuanto existe en el universo.
Un espacio vivo entre los cuerpos, la materia, la energía y la conciencia.
—Devolvió el frasco a su lugar y puso agua a calentar—.
En Oriente lo llaman akasha . Quizá te suene más de esa manera.
Se refieren a él como la quintaesencia que está más allá de la tierra, el agua, el fuego y el aire.
Es lo que permite que el espíritu y la materia interactúen.
—Vaya, nunca había oído hablar de ello —respondió Helena, realmente fascinada.
—Me lo imaginaba, jovencita, es normal. —Se giró de nuevo hacia ella—.
Mira, para que lo entiendas, ¿alguna vez has tenido una idea brillante y has sentido que siempre había estado ahí?
, ¿o has escuchado una canción y no solo la has oído, sino que has podido sentirla, recrearte en ella y teletransportarte a escenarios más allá de tu realidad?
—Sí, supongo que sí —dudó.
—Pues, para la próxima vez que te pase, que sepas que no son tus ideas.
Ni tus pensamientos. Ni tus creaciones. Que sepas que esa canción que escuchas tiene un cuerpo y una energía.
La música es un buen hilo conductor entre lo que flota en el éter y lo terrenal.
—Se volvió hacia la tetera y sirvió dos tazas de agua hirviendo—.
Tan solo están flotando en el éter y, cuando estás lista para atraparlos, bajan a ti.
Todo cuanto alguna vez se ha inventado o creado ya estaba en el éter.
Simplemente no existía todavía ningún humano abierto a ello o capaz de recibir dicha información.
Por eso es caro. Porque posee información valiosa y su energía, si se trabaja bien, puede llegar a ser muy potente.
—Se volvió hacia Helena y le enseñó dos sobres—. ¿Menta o chai?
—Menta, por favor. —Se acercó a ella, llena de dudas—. Pero ¿por qué usted puede verlo y yo no? ¿Y por qué usted puede atraparlo? ¿Hay acaso en ese bote una idea o una canción?
—Es complicado de entender, querida. Nos han enseñado que lo que existe es aquello que vemos, olemos y tocamos.
Pero no es así. Existen muchos conceptos, energías y fuerzas imperceptibles para la raza humana.
Somos animales, pero sentimos y percibimos menos elementos que ellos.
Alo largo de la historia hemos aprendido patrones de razonamiento basados en lo material, lo superficial y lo tangible.
Adía de hoy puede que seamos el ser vivo más listo, pero no el más inteligente.
La inteligencia la perdimos cuando desaprendimos a percibir lo esencial.
—Espere. —Helena se llevó la mano a la frente, aturdida ante aquella información tan nueva para ella—.
Me cuesta. Entiendo adónde quiere llegar, pero no consigo comprender cómo puede venderlo y ponerle un precio.
¿Para qué? Si el resto de los humanos no podemos usarlo.
Y, aun así, ¿cómo ha conseguido meterlo en un tarro de cristal?
—Es normal que te cueste. —Adhara le entregó una de las tazas y la invitó a sentarse—. Dime, Helena, ¿de dónde eres? Me alegra escuchar español. Hacía mucho que no tenía una conversación en mi idioma natal.
A Helena ya no la sorprendía el hecho de que en aquella isla todo el mundo hablase su mismo idioma. Pensó en Sebas y en Marco. Se perdió unos segundos en aquel último nombre y volvió a la tierra.
—De España. Madrid, concretamente —respondió.
—Oh, mi querida España —suspiró Adhara con una nostalgia latente—. Cuántos años y cuántas vivencias por aquellas tierras.
—¿Es usted de allí? —le preguntó Helena, pues no conseguía averiguar el origen de su acento.