Hydra 21. ¿Tienes fuego? #2
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21. ¿Tienes fuego? #2

Y entonces reaccionó. Miro a su alrededor, avergonzada ante la idea de que alguien la hubiese visto en trance.

Se dio la vuelta de golpe y se enfadó con ella misma por haber perdido el control de la situación de aquella forma.

Buscó con su mirada algún sitio en el que refugiarse.

Se sentía expuesta y vulnerable. Nunca antes su armadura se había hecho trizas tan rápido.

¿Qué había sido eso? ¿Por qué la presencia de un hombre acababa de sobrecogerla de esa manera?

¿Era ahí a donde quería llevarla el gato? ¿Y el puto gato?

Fue hasta el bar de Sebas y se sentó, abrumada y confundida, de espaldas al muelle. Dejó su bolso sobre la mesa y le hizo una seña al camarero.

—¡Pero bueno! Ya temía que no volvieras por aquí. —Sebas se echó el trapo al hombro y retiró un café y dos platos de la comanda anterior—. Déjame adivinarlo, ¿un helado de pistacho?

—Sí, por favor. —Disimuló su repentino mareo con la mejor de sus sonrisas—.

Dos bolas, bien grandes. Me ofende que dudes de eso.

En algún momento debía volver a deleitarme con el helado más rico de la isla.

—Hablaba nerviosa, tratando de olvidarse de la presencia que sentía tras ella sin tener que darse la vuelta.

—Ya. Más que nada porque te fuiste sin pagar —la vaciló él—, y porque, efectivamente, nadie puede pasar más de tres días sin volver a por uno de esos. —Afirmó señalando la vitrina de sabores—. Marchando dos bolas de pistacho bien grandes —anotó.

Estaban solos. Aquel chico y ella. Aquel chico al que daba la espalda y que, por fortuna, no la había visto observándolo.

«¿Se habría fijado él en ella?». Era la primera vez en su vida que le interesaba la respuesta a esa pregunta.

Quiso mirar una vez más. «¿Para qué? —se preguntó para quitarle importancia—.

No es nadie, solo es un chico guapo. Has visto muchos chicos guapos en tu vida.

Va. Es una gilipollez». Se volvió disimuladamente hacia el banco, suplicando para que no se hubiese ido.

El chico había terminado de liarse el cigarrillo y miraba al mar, pensativo. «¿Qué hace ahí? ¿Adónde está mirando?». Se volvió a girar de golpe y respiró. «No me importa una mierda adónde esté mirando».

—Dos bolas de pistacho para la señorita.

—Joder, qué rápido —se asustó ella.

—Es que, si no, te me escapas.

Helena juntó los labios con fuerza para no reírse. Su insistencia no dejaba de sorprenderla.

—Sebas, Sebas —canturreó—. No vas a cansarte, ¿verdad?

—No lo creo. —Retiró la silla y se sentó a su lado—. Tengo dos preguntas.

—¿También tienes descanso ahora?

—Yo elijo cuándo tengo descansos. Primera pregunta: ¿has valorado lo de ir a ver peces conmigo? —Se cruzó de brazos y sonrió con picardía.

—Sigo en ello —afirmó con sorna.

—Genial. Quien la sigue la consigue. No creo que esté muy lejos. —Ella se rio y él se incorporó sobre la mesa—. Yla segunda pregunta: ¿por qué te sientas así?

—¿Así cómo? —Los sentidos de ella se pusieron en alerta de golpe.

—Así. De espaldas a todo. Entiendo que te gustan los helados, pero sentarte mirando a la vitrina de sabores cuando tienes un precioso mar frente a ti… No sé. La experiencia cambia.

La estaba vacilando, pero los nervios de Helena no podían disimular al pensar en las vistas.

—Me gusta así. Mirar la vitrina. —No era capaz de formar las frases. Hacía mucho tiempo que no le pasaba aquello.

—Vale, entiendo —contestó él, desconcertado—. Es porque quieres ver cómo trabajo, ¿verdad? Las vistas al local son mejores que las del puerto.

Helena resopló, divertida, y se cambió de lado. Se arrepintió al instante.

—¿Contento? —preguntó con los ojos fijos en Sebas—. Con la vista hacia el puerto, como el señorito me recomienda porque la experiencia culinaria en su bar es mucho mejor de esta forma.

Sebas negó con la cabeza y, con una media sonrisa, suspiró.

—Qué raros sois los de ciudad.

—No me hagas hablar de los isleños.

Ambos se rieron. Sebas le preguntó por su rutina en Hydra con verdadera curiosidad. Helena le respondió con una creciente decepción, pues, ahora que se había sentado de cara al muelle, había echado un vistazo y el otro chico ya no estaba.

Se miró en el reflejo de su móvil. Su piel ya había cogido cierto moreno con los días que había pasado en Hydra y las ondas de su pelo, moldeadas por la humedad de la isla, tenían más vida que nunca.

Se recogió la melena en un moño alto mientras escuchaba a Sebas, a la vez que echaba pequeños vistazos a su alrededor buscando aquella presencia que su alma ya anhelaba. ¿Dónde se había metido?

—Chinchín —brindó Sebas alzando un helado de pistacho que otro camarero puso sobre la mesa.

—Vaya. —Helena le imitó, sorprendida—. ¿Qué celebramos?

—Que la chica más guapa de la isla está adaptándose a sus ritmos y a su gente con éxito. ¡Y que somos jóvenes y guapos y la vida hay que celebrarla!

—Pero ¿qué estás diciendo? —Helena se rio en alto, haciendo que los de la mesa de al lado se girasen—. ¿Vas borracho o algo?

Le caía muy bien. No podía negarlo. Además, la ayudaba a distraerse del torbellino de emociones que se habían hecho con el control de su cuerpo minutos antes.

El volumen de su risa no le permitió darse cuenta de que, sin reparo, alguien arrastraba una silla hacia su mesa, le daba la vuelta y, apoyando los brazos sobre el respaldo, se sentaba con ellos.

—¿Tienes fuego? —preguntó rescatando el cigarrillo de su oreja izquierda.

—Que va, tío —respondió Sebas.

No era posible.

—Espera, que le pregunto a mi padre. ¡Papá! —gritó Sebas en griego.

Griego. No le había preguntado por fuego en griego ni en inglés. Hablaba un perfecto español. ¿Por qué hablaba español? El padre de Sebas le respondió algo que ella no entendió.

—¿En mi chaqueta? Pero ¿qué dice este tío? —dijo Sebas rebuscando en todos sus bolsillos.

Sumidos en aquel breve silencio, el chico miró a Helena.

Sus ojos se encontraron por primera vez, curiosos.

Deseó haber captado ese momento para siempre porque, de algún modo, pudo ver cómo una leve, imperceptible y fugaz chispa se prendía dentro de los suyos.

Un incendio entre ambos que duró los tres segundos que Sebas tardó en encontrar el mechero.

Fue en ese instante cuando Helena supo que tres segundos son más que suficientes para mirar a alguien a los ojos y sentir que no hay vuelta atrás.

—Ahí va. —Sebas se lo lanzó y él lo cogió en el aire—. Por cierto, esta es Helena. Con hache. Helena, este es…

—Marco —dijo él, cortando a su amigo.

—Encantada. —Ella no sonrió, tan solo lo observó encendiéndose el cigarrillo.

Sus nervios se evaporaron dando lugar a una furia repentina por las formas con las que aquel chico se había sentado, presentado e interrumpido a Sebas. ¿Qué tipo de modales eran esos? ¿Y quién lo había invitado a sentarse?

—Bueno. —Sebas se rascó la garganta y Helena lo miró.

No parecían sorprenderle los pocos modales de su amigo—.

¿Por dónde íbamos? Ah, sí. Pues eso, que el día que me vaya de esta isla lo primero que haré será visitar Latinoamérica.

Argentina, lo más probable. La Patagonia debe de ser impresionante, ¿no crees?

Marcó se acomodó en el respaldo esperando su respuesta. Helena lo fulminó con la mirada. Miró sus brazos fornidos y llenos de pecas apoyados sobre el respaldo de la silla y de nuevo a Sebas. ¿A qué estaba jugando? ¿Quién era ese tío y qué hacía ahí sentado? No iba a malgastar su energía en él.

—Sí, debe de serlo —respondió Helena con firmeza—. Además, no necesitas esperar tanto como yo para descubrir mundo. Si fuera tú, en cuanto pudiera y tuviese dinero ahorrado, me iría. —Eso era algo que jamás habría salido de su boca en circunstancias normales.

—Eso es —siguió él—. Y mientras sigan viniendo chicas tan guapas como tú a tomarse helados cada mañana, no me importará seguir dedicándome a esto.

—Sebas le guiñó un ojo y Helena miró de soslayo a Marco.

La luz del sol delató la vena de su cuello hinchada a pesar de su aparente calma, y ella se sorprendió a sí misma alegrándose ante aquel detalle. La tensión era mutua.

—Tío, ¿te puedes creer que esta tía trabaja en una empresa millonaria de Madrid y ha decidido tomarse unas vacaciones de tres meses para descansar?

¡Tres meses! Al final va a resultar que la vida de las ciudades no está tan mal como nos han contado —dijo Sebas intentando integrar a su amigo en la conversación.

Marco le dio una calada al cigarro. Se encogió de hombros y, justo cuando iba a decir algo, saludó con la mirada a una de las camareras y se levantó a darle dos besos. Helena no daba crédito a tanta mala educación y descaro. Aquella indiferencia la encendió.

—Llegas, te sientas, ¿y te vas sin decir nada? Muy educado por tu parte. —Se arrepintió de decir aquello en el mismo momento en que salió de su boca.

Sebas disimuló la risa, acostumbrado a la forma de ser de su amigo. Marco se giró despacio y, por primera vez, Helena pudo ver cómo un amago de sonrisa se dibujaba en su rostro.

—No sé dónde ves la mala educación en el hecho de que vaya a saludar a mis amigas. —Su tono de burla mosqueó aún más a Helena.

—Y tú no sé dónde ves los modales en sentarte en mesas ajenas. Además, cuando lo haces, es para aportar algo, ¿no? Si estás en silencio, es incómodo. Te sientas para comentar, presentarte, esas cosas. No para estar callado y cruzado de brazos.

—¿Quién lo dice?

—Los códigos de conducta sociales, supongo. Podrías aprendértelos.

—Los códigos de conducta. —Marco dijo aquello muy despacio mientras se apoyaba en la mesa, divertido—. ¿Y qué dicen esos códigos sobre el hecho de que requieras de una participación por mi parte para sentirte más segura y menos incómoda en una conversación?

Helena se lo quedó mirando. Le hervía la sangre de furia y vergüenza. No tenía el control de la situación en absoluto. Por unos segundos odió a aquel individuo, a pesar de reconocer que había conseguido que todos sus sentidos se pusieran en alerta después de tanto tiempo dormidos.

—¡Está bien! —los interrumpió Sebas—. Veo que estamos todos un poco tensos. Marco, dejemos a esta amable chica disfrutar de su helado de pistacho como se merece. —Se levantó y apoyó la mano en el hombro de su amigo.

—No hace falta. —Helena se levantó—. ¿Me cobras, Sebas? Lo de hoy y lo del otro día. Perdona por irme así. Fue que…

—Invita la casa. —Sebas le guiñó un ojo y rebuscó en sus bolsillos—. Ah, y esto es para ti. —Le entregó a Helena el papel que no tuvo ocasión de darle la última vez, con su número de teléfono.

—Oh, vale. —Ella lo aceptó y miró a Marco, que observaba la escena aún apoyado en la mesa—. Lo usaré. Aunque con tu arroba me habría servido —añadió sonriendo con ternura.

—Nah. —Sebas se encogió de hombros y alzó la bandeja—. Los isleños griegos somos más… románticos. —Recogió las tarrinas vacías y le dio una palmada en la espalda a su amigo—. Que vaya bien, tío. Nos vemos mañana.

Marco asintió con un leve movimiento de cabeza, le echó una última mirada a Helena y se retiró.

Ella cogió su bolso, puso los ojos en blanco y salió del bar en dirección al apartamento.

Caminó con firmeza, sintiendo su fuerte presencia detrás de ella.

¿Se habría dado la vuelta para ver hacia dónde iba?

¿Estaría observando cómo se marchaba? Por primera vez en su vida dudó de que así fuera.

Llegó a la última esquina y, antes de desaparecer tras ella, se volvió con sutileza.

No la estaba mirando. Ni siquiera seguía con su amiga la camarera. Había vuelto a desaparecer.