Hydra 21. ¿Tienes fuego?
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21. ¿Tienes fuego?

¿Tienes fuego?

—Tengo que contarte algo más. —Las comisuras de los labios de Helena estaban llenas de azúcar glas.

—¿Algo más, aparte de que has estado en la tienda de mis sueños, has encontrado la puerta de la postal y has hecho un amigo nuevo?

—Clara andaba dando tumbos por las calles de Madrid, distraída—.

Aesto último tendríamos que darle un par de vueltas.

Está genial que hables con gatos, pero, después de diez días ahí, quizá deberías plantearte buscar otro tipo de compañía.

Helena se limpió las comisuras con el escote palabra de honor de su nuevo vestido, que, por suerte, también era blanco.

—Déjate de compañías. —Negó con la cabeza—. No las necesito. Tan solo me distraerían de mis misiones aquí.

—¿Qué misiones? ¿La de toparte con la puerta misteriosa y no tener los ovarios de hablar con la dueña, o la de buscar una estatua que ya has encontrado? Se te acaban las excusas, nena, no te quedan misiones por resolver. —Dudó por un momento—. Bueno, a no ser que quieras revelar el carrete.

Aquellas palabras le recordaron a Helena el motivo de su llamada.

—Escúchame, ya que hablamos de carretes. —Se rascó la cabeza y buscó las palabras adecuadas para decir aquello—. Mira, mejor te lo enseño.

Clara acercó la cara al móvil con verdadera curiosidad.

Su amiga se había convertido de pronto en una caja de sorpresas y nada la entretenía más que aquellas conversaciones.

Al ver lo que sacó del bolso, no pudo evitar soltar un chillido de emoción.

Helena vio cómo varios transeúntes se giraban asustados.

—¿Es puta coña? —gritó Clara.

—Espera, espera. —Helena respiró hondo—. No es lo que piensas. Bueno, en parte sí. —Alzó la cámara analógica y se la mostró a través de la pantalla—. Es mi cámara, sí. Pero no la estoy usando. Es por eso por lo que te llamo.

—Helena, esto es muy heavy. —Su amiga no daba crédito—. ¿Cuándo ha pasado esto?

—Fue un impulso. El primero de todos los de este viaje, supongo. La metí al capazo sin pensar. —Se encogió de hombros y esperó una respuesta, pero su amiga permaneció inmóvil y callada.

—Yo sé que siempre tengo algo que decir. —Clara retomó la marcha, porque se había quedado paralizada en mitad de la acera ante aquella información—. Pero, ahora mismo, no tengo ni puta idea de qué.

—Pero ¡qué dices! —rio Helena—. ¿No te lo esperabas ni un poquito?

Clara negó en silencio, con los ojos abiertos como platos.

—Ni un poquito, Helena, estoy flipando, te lo digo en serio. No paro de comprobar la pantalla y la cobertura porque no me creo estar viéndote con una cámara en la mano.

Helena de pronto fue consciente de lo que aquello podía significar para sus seres queridos.

Había estado tan centrada en sí misma y en hallar respuestas que no se había permitido darles a sus impulsos la importancia que tenían.

Fue al ver la cara de sorpresa de su amiga cuando sintió con firmeza el peso de la cámara sobre su mano.

El peso de su decisión. El peso de un acto tan valiente como el de enfrentarse cara a cara con lo que un día había terminado con ella.

—Ya, ya, tienes razón. Es fuerte. —La volvió a meter en el bolso con sumo cuidado—. Supongo que debería habéroslo dicho. Es importante, ¿no?

—Mucho más de lo que crees. —Clara reprimió las lágrimas y continuó—: Pero lo entiendo. No querías compartirlo hasta estar segura.

Helena asintió. Le dio un mordisco a su bougatsa y volvió a dejarla a un lado, sobre una servilleta.

—Vale, pues cuéntame —dijo su amiga, recomponiéndose—. La cámara. La tienes contigo y no la estás usando. Te has quedado ahí. ¿Qué necesitas?

—Necesito que me des uno de esos discursos motivacionales que tan bien te salen.

—Puso la mejor de sus sonrisas, llena de azúcar y nerviosismo—.

Ayer estuve a punto de tirar una foto. De hecho, era para poder enseñarte el local cuando llegue a Madrid.

El problema fue justo ese, que, al ir a disparar, los recuerdos, los revelados, me dio miedo que…

—Helena —Clara la cortó—. No tengo ningún discurso motivacional esta vez.

—Quiso decirle cuánto valía y cuán poco importaban todos esos miedos—.

Pero sí que puedo decirte que, pase lo que pase, yo estaré contigo.

Iremos juntas a revelarlo, no tienes por qué hacerlo en casa.

En cuanto llegues del viaje, lo llevamos al local de revelados.

Pasé justo ayer por él y entré a preguntarles.

Me dijeron que, si no lo han vendido antes de verano, lo alquilarán.

Están de mudanza, por lo que hay tiempo.

Podemos pasarnos juntas. Lo dejamos y esperamos a que nos las entreguen en unos días.

—Miró a su amiga, que la escuchaba con suma atención mientras se chupaba el azúcar de los dedos—.

También me dieron recuerdos para ti y para tu familia.

Me dijeron que os pasarais antes de que se fueran.

Lo más probable es que no vuelvan por la ciudad.

Helena sintió aquello como una jarra de agua fría cayendo sobre su cuerpo.

—Pasarme —dijo muy despacio—. Ya. Me lo pensaré.

—¿Lo harás, de verdad?

—De verdad. Le daré una vuelta.

—Vale. —Clara soltó de golpe todo el aire que había estado aguantando en los pulmones.

—Ah, y gracias. —Esta vez fueron los ojos de Helena los que se llenaron de lágrimas—. Por ir, por preguntarles y por contármelo. Ningún discurso motivacional es mejor que esto.

—Lo sé. Te quiero.

—Te quiero.

Se rieron a la vez dejando ir toda la tensión, aliviadas.

—Ah, y cuéntaselo a tu madre, ¿vale? —Los ojos de Clara suplicaron—. Por lo menos a ella. Le darás una alegría enorme.

—Vale, sí. Luego la llamo.

Su amiga colgó y Helena miró al frente. La vida en la plaza seguía igual. «No importa cuánto llores, cuánto duela o cuánto miedo dé. Siempre que alces la vista, el mundo seguirá igual». Recordaba aquella frase porque la llevó dos años como fondo de pantalla en su primer móvil con catorce años.

Cuando fue a coger su bougatsa , descubrió que ya no estaba sobre la servilleta.

Miró a su alrededor. ¿Se la había terminado?

Pero ¡si le quedaba más de la mitad! Observó a los niños.

Ni rastro. Se levantó para buscarla mejor y fue entonces cuando lo vio.

Al otro lado de la plaza, con la bougatsa en la boca y sentado sobre las patas traseras, estaba el mismo gato que la había llevado hasta el misterioso local hacía tres días.

Aquellos ojos azules y aquella mancha en forma de medialuna eran inconfundibles.

Enfurecida y hambrienta, se dirigió hacia él. ¡No solo hacía con ella lo que quería, sino que, encima, le robaba! Pero no le dio tiempo ni a acercarse porque el felino salió disparado calle abajo en dirección al puerto.

—¡Mi bougatsa ! —gritó, aunque a nadie pareció importarle—. Joder —dijo antes de salir corriendo, de nuevo, tras él.

Ya fuera por la bougatsa o por orgullo, pudo sentirlo de nuevo.

Aquella fuerza superior, instintiva y ajena a ella.

Aquella curiosidad que la embestía en cada esquina que cruzaba, esperanzada en encontrar algo mágico al doblarla.

Su racionalidad no le permitía analizarlo.

No era ella misma cuando se trataba de guiarse por aquello.

Pero ¿por qué ahora? ¿Adónde la llevaba?

Al centrarse en la figura que perseguía, su visión se convirtió en un túnel. Su vista se distorsionó. No existía nadie más que ellos, doblando esquinas y esquivando bicicletas. Estaba a punto de alcanzarlo. Aceleró todo lo que los carromatos y los caminos estrechos le permitieron.

La luz blanca, el sonido de las gaviotas, el olor a mar.

Helena dobló el último vértice y frenó en seco.

Estaba en el puerto. Demasiada gente, demasiado alboroto.

¿Dónde se habría metido aquel maldito gato con su maldita bougatsa ?

Por un momento recordó las cajas de pescado fresco junto a la lonja la mañana de su llegada.

Dirigió su mirada hacia ellas y entonces lo vio.

El corazón le dio un vuelco. Sus sentidos quedaron eclipsados y el mundo se redujo al ritmo frenético de su pecho.

Fue como si el universo, por un segundo, contuviera el aliento.

Enfrente de ella, en el muelle al que había llegado once días atrás, había un banco.

Sentado sobre el respaldo y apoyado sobre las rodillas, un chico con las piernas ligeramente abiertas permanecía concentrado en la tarea de liar un cigarrillo.

Su expresión, serena y paciente, no transmitía ningún tipo de preocupación más allá de que su manualidad quedase perfecta.

Helena se percató de que ya tenía un cigarro en la oreja izquierda, enredado entre sus rizos negros, opacos y gruesos como las cejas que enmarcaban su mirada.

Estaba situado de perfil hacia ella, dejando al descubierto la delicadeza de su nariz, cubierta por un manto de pecas que se expandía por las mejillas y los pómulos.

Su postura encorvada dejaba a la vista los músculos de su espalda, de la que sobresalían dos grandes escápulas bajo una camiseta negra de tirantes de corte irregular, seguramente recortados por él mismo.

La estela de pecas viajaba desde su rostro, pasando por sus hombros y hasta cubrir sus manos.

Quedó prendada ante la ligereza con la que estas se desenvolvían en la tarea que tenían asignada.

Tres anillos de acero adornaban sus dedos de pianista, que bailaban en sincronía con el papel del cigarro.