Hydra 20. Ducha mágica
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20. Ducha mágica

Ducha mágica

La fina capa de agua caía sobre sus hombros desnudos y tostados tras una semana de sol.

Una suave y cálida brisa entraba por la pequeña ventana arqueada del baño.

Helena, con los ojos cerrados, dejaba que el sonido del agua corriendo por su cuerpo le inundara los tímpanos y los párpados.

Que inundara todo cuanto pasaba por su mente, recogiéndolo en un gran charco de agua sobre el plato de ducha y arrastrándolo hasta hacerlo desaparecer.

«Ducha mágica», lo llamaba cuando era pequeña.

Le gustaba imaginarse que el chorro de agua fría actuaba como un río que corría por su cuerpo.

Dejaba de ser una persona para convertirse en un cauce de arena y grava por el que el agua se lo llevaba todo.

Por unos minutos, olvidaba el ruido y el peso de sus pensamientos.

Al crecer, usaba las duchas sobre todo para desconectar del trabajo.

Las llamadas, los horarios, los comentarios de su madre, los clientes ansiosos con emergencias de última hora y el sonido de las notificaciones.

El trabajo y la rutina no eran tan duros, no importaban nada, mientras pudiera volver a convertirse en río por un ratito.

Cuando terminaba, todo se había evaporado.

No recordaba bien cuándo había aprendido aquello, pero era de las escasas costumbres que conservaba de cuando era niña.

La Helena pequeña no habría huido ante aquella voz proveniente de la trastienda.

Habría entrado curiosa a saludar al interior de la cueva.

Habría traspasado el portal mágico en busca de hadas e incluso encontrado magia, aunque los adultos no pudieran verla.

La Helena del día anterior se había dado la vuelta y había descendido por la colina con el corazón acelerado y el cerebro funcionando a mil por hora.

Su calma interior, la que parecía visitarla cada vez con más frecuencia, se había esfumado en cuestión de segundos, derrotada por el miedo a lo desconocido.

«Claro que sentí pánico», pensó. Yel agua se lo llevó. «No creo que esté preparada para enfrentarme a ello», se dijo. Yel río se lo llevó. «Quizá un paso más signifique reencontrarme con el pasado».

Los hilos de líquido incoloro navegaron por su pecho, sus caderas y sus piernas hasta llegar al desagüe. Y,como todo lo anterior, sus temores se perdieron por las tuberías de la isla hasta llegar al mar.

Cerró la llave del grifo, que tenía forma de caracola, y presionó las palmas de las manos contra su cara, volviendo al mundo real.

Se cubrió el cuerpo con la toalla y, con los pies descalzos mojando el suelo, caminó hasta el balcón, donde su rincón de escribir la esperaba como cada día.

Su pequeño recoveco de paz y de luz. Con los mechones de pelo goteando sobre las hojas de su diario, agarró el lápiz y escribió.

9 de mayo de 2025

Sé que debo volver, pero no consigo encontrar las fuerzas para enfrentarme a ello. Quizá no encuentre respuestas, quizá la dueña (me pareció que la voz era de una mujer) no tenga ni idea de qué le hablo cuando le muestre la postal o quizá el gato negro tan solo sea una mera coincidencia.

Pero ¿qué ocurriría si no fuera así?, ¿si las respuestas al misterio que ansío resolver estuvieran justo al otro lado, en la trastienda?

Creo que, en parte, el miedo que me bloqueó y me hizo huir afloró debido a la rapidez con la que sucedió todo.

En cuestión de dos días he recibido mucha información que no me he parado a procesar.

Y, de pronto, tras seguir a un gato negro, frente a mí, esa maldita puerta.

Tan claro, tan fácil. Delante de mí, para tomarlo o dejarlo en ese instante.

Para descubrir qué une a la caja de mi estudio con aquella frase.

Para saber quién protege la fortaleza de mi postal. Para que… ¿todo esto acabe?

¿Qué supondría encontrarle un final a toda esta historia? ¿Poder afrontar el pasado con más valentía? ¿Hacer frente a todo cuanto quise enterrar?

Me asusta pensar en la posibilidad de que, una vez obtenidas las respuestas, no me sirvan. No me resuelvan nada. Pensar en volver a Madrid con la mente aún más confundida que cuando llegué me angustia.

Aunque, en realidad, Hydra ya me ha dado mucho con lo que irme satisfecha.

Estoy viajando sola, algo impensable para mí hace un año.

He sobrevivido con cinco conjuntos de ropa a la semana, he hecho nuevos amigos y metido mi cámara de fotos en el bolso cada mañana, aunque luego nunca haya hecho uso de ella.

He respirado aliviada al saber que no me equivoqué de destino.

He vuelto a sentir calma al despertar y sueño al acostarme.

Son avances y, sin embargo, todavía no me siento preparada ni para enfrentarme al pasado ni para irme de esta isla.

Sí, debería volver. No te puedo explicar el torbellino de emociones paralizantes que siento al pensar en esa afirmación, pero debería.

Por mí, por irme de aquí sabiendo que, ante todo, me enfrenté a ello.

Que di la cara, aunque supe que iba a estrellarme.

Sin duda, me aterra, pero más lo hace vivir para siempre con la incertidumbre de lo que nunca fue.

¿Por qué esa frase?

¿Por qué un carrete de fotos que jamás se llegó a revelar?

¿Por qué Hydra?