19. Abrecaminos
Abrecaminos
Se detuvo jadeante y se apoyó sobre la pared del callejón.
Cuanto más aceleraba el paso, más parecía hacerlo él.
Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba corriendo.
Ni siquiera sabía dónde estaba. No tenía cobertura en aquella zona y tan solo podía intuir que había ido en dirección sur porque, al final de la estrecha callejuela, podía ver el mar.
Su orientación le decía que habían atravesado la isla, pero, siendo realistas, estaba perdida.
Miró a su alrededor, sudando e intentando respirar con normalidad.
El camino se dividía en dos y no había ni rastro del gato.
—¿Dónde estás? —gritó justo antes de preguntarse si se estaría volviendo loca.
Entonces, para su sorpresa, el gato apareció de nuevo. «Genial. Ahora, si tu plan no es matarme, corre un poco menos, hijo de puta», pensó.
—No te muevas, ya voy —dijo apoyando el cuerpo contra el muro y descansando las piernas.
Con las manos sobre los muslos y la cabeza baja, respiró hondo.
Las cuestas de Hydra iban a ponerla más en forma que cualquier gimnasio de Madrid.
De pronto, el gato maulló y Helena levantó la cabeza.
Metido dentro de la cesta de una bicicleta, la miraba sereno.
—¿Qué? ¿Quieres que te lleve?
Maullido.
—No es mi bici, ¿lo sabes? No puedo robarla.
Un nuevo maúllo. Helena puso los ojos en blanco.
—¡Está bien! ¡No sé montar! —Se cruzó de brazos y se incorporó—. ¿Contento? Venga va, tira. No sé adónde me llevas, pero iremos andando.
El felino no se movió.
—¡Venga! ¿Qué pasa? ¿Ya no te apetece correr más? Vaya, ¡perfecto! Hemos venido hasta aquí para nada. Fíjate que, si me paro a pensarlo, tiene sentido. Resulta que estoy siguiendo a un gato callejero y que no me está llevando a ningún sitio ¡Qué sorpresa!
Helena dio varias vueltas sobre sí misma.
Con los brazos en jarras, observó que la calle terminaba en un muro bajo tras el cual podía verse el mar.
Caminó hacia él en busca de un poco de aire fresco.
Al salir de entre las calles, pudo ver un sendero de piedra que se extendía hacia ambos lados.
Se trataba del camino que rodeaba toda la isla.
Si andaba por él, en algún momento llegaría a su casa, a la estatua o al puerto.
—¡Ah! ¡Genial! —Se giró para gritarle al gato, que seguía metido en la cesta de la bicicleta—.
¿Me has traído hasta aquí por calles estrechas y malolientes cuando podríamos haber llegado por el camino principal?
Perfecto, muchas gracias por el tour. —Esa sería la última vez que seguiría a un estúpido animal que lo más probable era que solo quisiera comida.
Se volvió hacia el mar y avanzó hacia él llevándose las manos a la cabeza y exhalando con fuerza.
Prefirió no pensar en cuánto tiempo tardaría desde allí hasta su casa.
Apoyándose sobre el murete de piedra blanca que la separaba del vertiginoso acantilado y que delimitaba la isla, pudo ver cómo el mar la saludaba, invitándola a calmarse.
No importaba cuánto camino recorriese o cuánto tiempo estuviera perdida, él siempre estaría esperándola al final del recorrido.
Aquello la tranquilizaba. Que Hydra tuviese forma circular le transmitía simetría y calma.
Respiró hondo y contempló aquel lado de la isla por primera vez. Cerró los ojos y se limitó a sentir la brisa marina enredarse en su pelo, su monótono sonido y suave tacto. Pudo percibir las notas musicales que tocaba y frescura al rozar su piel. Se dejó llevar y se relajó.
Estaba inmersa en aquel torrente de placeres sensoriales cuando, de repente, algo se posó sobre su clavícula.
Un pétalo seco. Uno no, dos pétalos la rozaron mientras, alrededor de sus pies, volaban multitud de ellos.
Se giró para seguir el rastro y el corazón le dio un brinco al descubrir su origen.
Justo detrás de ella, al otro lado de la senda circular, una puerta de madera rodeada de hiedra se alzaba junto a un atril de cobre que sostenía una cesta llena de piedras y pétalos secos.
Helena miró el callejón por el que acababa de salir, cuya pared hacía esquina con aquel extraño local.
El gato seguía allí, mirándola. La vista se le nubló y las manos comenzaron a sudarle.
Sacó la postal del bolso con torpeza y la alzó interponiéndola entre la puerta y ella.
Sin duda, era la misma que la de su recuerdo descolorido.
Sin separarse del muro y con las piernas todavía temblando, agudizó la vista.
La madera de la puerta era fibrosa y gruesa, y la cesta del atril de cobre no tenía frascos como en la postal.
La hiedra era mucho más abundante que en la foto y ascendía sin dificultad por los muros encalados, trepando hacia un tejado inexistente porque, en lo alto de la edificación, la frondosa copa de un enorme sauce cubría el local.
Todo había sido construido alrededor de aquel inmenso y majestuoso árbol, cuyas ramas crecían cobijando la totalidad de su interior.
Helena no daba crédito. Estaba frente al local de la postal. Se esperaba que aquella puerta no fuera la de un lugar común, pero jamás se había imaginado algo así. ¿Era un herbolario? ¿O un local abandonado en cuyo interior la maleza había hecho de las suyas?
Entonces cayó en la cuenta. Volvió a mirar la postal y luego al felino que aún reposaba dentro de su trono improvisado en la cestilla de la bicicleta.
—Tú —susurró casi sin aliento.
Aquel felino tenía la misma cola negra y brillante que asomaba por la puerta en la postal.
No, no era posible. Una angustia repentina se apoderó de ella.
Quizá no estaba preparada para asumir que todo aquello era real.
Que ese lugar existía, que algo la conectaba con él.
Que ese felino de ojos azules era el mismo que aparecía en la fotografía y que había llegado hasta allí guiada por él.
No por un mapa, ni por internet, ni por algo mínimamente lógico, sino por un animal al que había perseguido durante una hora y con el que había mantenido más de una conversación.
La angustia se fue transformando en certeza.
Tenía que alejarse de allí. Los recuerdos no eran suyos.
Aquella isla, aquel colgante, el sauce, el carrete, el gato.
Eran elementos sacados de lo cotidiano que escondían algún tipo de magia oscura a la que no quería acceder y, si alguna vez hubieran formado parte de su pasado, los recordaría.
Miró a su alrededor. ¿Por qué dirección llegaría antes a casa o al puerto?
No sabría volver por el mismo camino por el que había venido.
Miró por última vez el local, sujetó su bolso con fuerza e hizo el amago de comenzar a andar colina abajo, pero el gato maulló de nuevo.
—Ahora hablas, ¿no? —Se giró hacia el animal, que la observaba desde la puerta—. Me voy, no debería estar aquí.
El felino se bajó de la cesta y se adentró en el local, que tenía la puerta entreabierta. Helena lo observó. Aquel maldito gato. ¿Quién la mandaba seguirlo?
—¡Me voy a ir y no voy a volver a seguirte nunca! ¿Me oyes? —Prestó atención al silencio, con intriga—. ¿Y bien? ¿Vas a salir a maullarme antes de que siga alejándome?
Sin darse cuenta, sus pies dieron pequeños pasos hacia la puerta maciza, que comenzaba a atraerla como si fuera un imán.
—¡Me voy a ir sin hacerte caso porque no estoy tan loca como piensas!
—Seguía avanzando hacia el silencio, esperando una señal que la hiciera retroceder, pero ya era tarde.
Los pocos metros que la separaban ahora de la entrada le permitieron leer la inscripción del cartel que también había visto en su postal: «Si busca y no consigue encontrar, bienvenido.
Aquí le daremos un sentido». Se llevó la mano al pecho al tener la impresión de que su corazón se detenía.
La boca se le secó y sus ojos se cubrieron de lágrimas.
No podía creer lo que estaba leyendo. Lo comprobó una y otra vez.
«Donde todo cobra sentido». ¿Hacía referencia aquella frase a la misma incógnita que trataba de resolver?
Una lágrima se deslizó por su mejilla y supo que ya no había marcha atrás. Tenía que entrar.
Se tomó un momento para calmarse. Debía disimular. Fuera quien fuese el dueño de aquel establecimiento, iba a asustarse si la veía entrar con la cara descolocada. Se detuvo frente a la puerta y la miró intentando convencerse de que aquello era una buena idea.
Hundió la mano en la cesta de pétalos y piedras, cogió una de ellas y la reconoció al instante.
Era cuarzo de todos los colores y tamaños.
Conocía su origen por Clara, quien coleccionaba cientos de piedras y las recargaba a la luz de la luna cada mes para llevarlas colgadas del cuello después.
«Ni se te ocurra tocarlas —le increpó una vez—.
Puedes descompensar su energía o, peor aún, contaminarlas».
Helena siempre se reía ante aquellas afirmaciones.
Nunca se lo reconoció, pero admiraba su fe ciega en los cristales recogidos del suelo y las cosas que le contaba sobre ellos.
«Quién podía comprarse una de esas piedras y pensar que por eso le iba a ir bien en el amor», se decía siempre que Clara sacaba un trozo de cuarzo rosa del bolso.
Se olió la mano e identificó un ligero olor a rosas. Dirigió su mirada de nuevo hacia el cartel. Ya no había gato al que seguir o fuerza a la que aferrarse. Eran ella y su instinto contra aquella decisión.
Apoyó la mano contra la puerta y empujó.
Se abrió sin dificultad, desvelándole el interior de aquellos imponentes muros.
Un tronco, un grueso y robusto tronco de árbol fue lo primero que vio en el centro del local.
Sus raíces se hundían bajo la tierra y volvían a asomarse para reptar por las paredes, moldeando la estancia a su antojo.
Estanterías y vitrinas habían sido instaladas allí donde las raíces lo permitían.
Cada una de las baldas sostenía piedras, enseres y plantas de todos los tamaños y formas.
Cientos de llamas de velas danzaban felices por todo el local, abriéndose camino entre los objetos expuestos y creando una atmósfera de olores primigenios para Helena.
«Hierbas medicinales, runas, aceites, hongos, flores silvestres, agua de luna, destilados, grillos cantasecretos, susurros de cuervo, sangre azul, abrecaminos…
», decidió dejar de leer a medida que los elementos se iban tornando más siniestros.
Diminutas ventanas de colores impedían la entrada de la luz solar y una tenue neblina cubría el fondo del local.
Bajó con delicadeza para no hacer ruido los tres escalones de la entrada y, rodeando el tronco, se acercó a un gran bloque de piedra negra para verlo mejor.
Un atril de madera sostenía un viejo y roído libro.
Era el volumen más grande que había visto nunca.
Sus páginas centenarias acumulaban polvo y restos de esencias.
Asu alrededor, un montón de frascos vacíos aguardaban a ser rellenados.
Del techo colgaban un centenar de cristales blancos, verdes y violetas.
Allí dentro no corría el aire y, sin embargo, parecían estar en un constante movimiento, reflejando sus colores por toda la estancia.
El olor a incienso en aquella parte del local era aún mayor.
Miró a su alrededor y descubrió un montón de palos desprendiendo el aroma que ascendía en forma de humo hacia las ramas del sauce.
«¿Dónde estoy?», se preguntó hechizada por la belleza y el magnetismo de aquel lugar.
No podía creerse que aquello fuera el mundo real.
Había leído sobre sitios como aquel en los cuentos de hadas, los había visto en películas, pero jamás había pensado que un lugar tan ancestral y natural pudiera seguir existiendo en pleno siglo XXI .
Sonrió ilusionada y pensó en Clara. Quiso llamarla, pero no deseaba hacer ruido.
Hizo un par de fotos con su móvil, pero no consiguió captar la esencia del entorno.
Probó con un vídeo, sin éxito. Entonces recordó lo que había guardado en el bolso aquella misma mañana.
La emoción de un nuevo día y la esperanza de que fuera diferente de los anteriores la habían impulsado a llenarlo de cosas sin pensar.
Con mucho cuidado la sacó del bolso y la observó.
Acarició la cámara con la yema de los dedos, sintiendo su tacto y cada una de sus aristas.
Sostenerla de nuevo ya era mucho más de lo que jamás se habría imaginado.
«Un clic», pensó. No podría enseñarle el local a Clara hasta después de revelar las fotos, pero sin duda aquel objeto sí que podría captar la magia que tenía ante ella mucho mejor que su móvil.
—¿Quién anda ahí? —gritó una voz al otro lado de la pared—. ¡Ahora mismo le atiendo, deme dos minutos!
A Helena no le dio tiempo a pensar. Su cuerpo salió disparado del local sin detenerse.
Echó a correr cuesta abajo con el corazón palpitando en sus oídos y el miedo agarrado al pecho.
No estaba asustada por aquella voz ni por aquel lugar.
Huía colina abajo por el camino de piedra para no tener que enfrentarse a la verdad: era real.
Aquel establecimiento existía y era de alguien.
Alguien a quien preguntar y que quizá podría resolver el puzle caótico en que su vida se había convertido.
Todo aquello estaba pasando, aunque pareciese una locura. Una locura a la que todavía no podía enfrentarse o, por lo menos, eso creía su mente, que la hacía correr a toda prisa mientras su corazón luchaba por girarse una vez más para robar un último destello de lo que dejaba atrás.