18. Mesa siete #2
«En honor a la vida y a la magia del presente» era una frase que había estado todo el día resonando en su cabeza.
El presente. ¿Qué era eso? Es decir, sabía su definición como tiempo verbal.
Presente, pasado y futuro. Había aprobado la teoría mucho tiempo atrás en quinto de Primaria, pero ¿por qué harían honor a un tiempo verbal?
¿Se puede vivir como tal en ellos? ¿Acaso eran como una sala a la que pasar y sentarse?
¿Cómo se siente el presente? ¿Se puede oler, tocar, saborear, escuchar, ver?
Tampoco eran cuestiones que se hubiera planteado mucho en los últimos años.
Sus eventos llenos de globos de colores que no coincidían con el corporativo, influencers pegados a un teléfono reclamando hashtags a los que nadie haría ni caso y sus —mínimo— doscientos correos nuevos cada día no eran cosas que le permitieran ponerse a pensar si el futuro o el pasado se podían sentir y ni mucho menos «vivir» en ellos.
Lo anotó en su móvil para escribir sobre ello más tarde.
Había decidido implementar el hábito de escribir sobre nuevos conceptos en los que pensar.
Cada mañana, mientras desayunase tostadas de pan recién hecho por su amigo el panadero con queso feta y rúcula, escribiría en su diario sobre todos los conceptos que fuese aprendiendo, por miedo a olvidarlos y por su recuperada sed de respuestas.
Pensó que quizá, cuanto más supiera sobre Hydra y los hidriotas, más podría averiguar sobre el contenido de la vieja caja de cartón que la había estado esperando en su habitación durante tantos años.
—Pues, si quieres, puedo enseñarte más lugares como ese. No hay más estatuas doradas en la isla, pero tenemos colinas preciosas donde ver un buen atardecer o playas libres de turistas en las que bucear. —Sebas se recostó en la silla abriendo los brazos—. Estoy a tu entera disposición.
Helena le agradeció el ofrecimiento con la mirada.
—Estoy segura de que eres un guía estupendo —dijo con delicadeza—. Pero no creo que pueda aceptar. No quiero darte falsas esperanzas.
Él se rio y echó la cabeza hacia atrás, expectante.
—¿Siempre eres tan fría?
—No soy fría, soy clara. No quiero ir a ver un atardecer contigo y que me entres. Eres un hombre, Sebas, no hagas como que me quieres llevar a bucear a una calita recóndita solo porque te apetece ver Nemos y Doris un jueves por la tarde.
—Vale, vale. Soy un hombre y mis intenciones son claras. —Se levantó ante el grito de atención de su padre para que volviera al trabajo—. Pero también cumplo mi palabra siempre y he prometido no entrarte. Tú y yo, un atardecer y un helado de pistacho. Va, no puedes negarte.
—Me lo pensaré —contestó ella.
—Me vale. —Cogió la bandeja y recolocó la silla—. Marchando otro helado de pistacho.
Helena vio cómo desaparecía en el interior del bar y suspiró para sus adentros. Era un chico audaz, con mucha labia y cierto encanto, pero era un crío.
La necesidad de hacer una lista de «próximos movimientos» la invadió.
Sacó su libreta y escribió. ¿Qué quería hacer ahora que ya sabía que estaba en el lugar correcto?
¿Buscar la puerta de la postal? Tendría que recurrir de nuevo a aquella suerte extraña que la había ayudado con la estatua.
Pero ¿cómo encontrarla de nuevo? ¿Cuál era su escondite?
Quizá tuviera que rogar por ella. Ovolver a quedarse dormida sobre los escalones de la plaza.
«Sí, claro, y ahora eres Alicia y persigues a un conejo blanco. Céntrate, Helena», pensó.
Justo cuando iba a retomar la escritura, un burro comenzó a darle violentas coces a un carromato cargado de fruta.
Frente a ella, el pobre animal de carga rebuznaba y se revolvía, alarmado por la presencia de algo en su camino.
El arriero gritaba tratando de calmarlo, forcejeando con un brazo y sujetando las cestas de fruta con el otro.
Helena dirigió la mirada hacia el suelo para ver qué lo estaba alarmando y se quedó de piedra cuando vio un gato.
Un gato que no era como el resto. La presencia de aquel felino era espectral, como si se tratara de una raza que solo encontrarías en un bosque oscuro lleno de espinas y niebla violeta.
Estaba sentado sobre las dos patas traseras y mirando en dirección a ella.
Los bigotes, largos y plateados, transformaban el aire que acariciaban.
Los ojos azul turquesa, dotados de personalidad, la atravesaban, y, justo encima del entrecejo, tenía una mancha blanca en forma de medialuna que contrastaba con su pelaje negro carbón.
Se frotó los ojos y volvió a mirarlo. Cuanto más se mantenían la mirada, más atracción sentía hacia él.
La expresión del animal, serena y mística, la transportó a otra realidad.
La curiosidad, la incomodidad y el miedo se trenzaron en su interior.
Era el gato más bonito y espeluznante que jamás había visto en su vida y Helena se quedó prendada de su belleza.
Miró a su alrededor. Como de costumbre, nadie más parecía percatarse de su presencia.
El carromato de fruta retomó la marcha y el gato comenzó a moverse, caminando lentamente hacia el interior de la isla.
Su subconsciente regresó del trance. Miró al bar y de nuevo al gato.
El animal se alejaba y el pecho de Helena se aceleró al pensar que no volvería a verlo.
De nuevo aquella llamada, aquella fuerza.
«Mierda», pensó. Recogió sus cosas con rapidez y se levantó para correr en la misma dirección que el felino de pelaje negro y ojos azules.
No pensó, no cuestionó, tan solo echó a correr.
Dejó atrás el puerto, el bar y a Sebas, que la vio desparecer, parado junto a la mesa siete, con un helado de pistacho en la mano y su número de teléfono anotado en una servilleta, escondido bajo la fría tarrina.