Hydra 18. Mesa siete
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18. Mesa siete

Mesa siete

—Te juro que no me puedo creer lo que me estás contando. —Clara, al otro lado de la pantalla, degustaba un helado de açaí sentada sobre el capó de un coche y Helena la imitaba con uno de pistacho. Era el primero que probaba en el bar-heladería de Sebas, a quién por fin se había animado a visitar.

—Sabía que justo a ti iba a gustarte. —Arrugó la nariz y no pudo disimular su emoción—. No sé qué fue exactamente, pero no fui yo. Una fuerza superior a mí supo que tenía que correr hacia la luz.

—¡Nena! —Su amiga se llevó la cuchara a la boca, ansiosa—. ¡Es evidente lo que fue! ¡Las voces!

Helena se apresuró a bajar el sonido del móvil, pero luego recordó que nadie entendía español y su expresión se relajó.

—No vuelvas a decir eso en alto, por favor te lo pido.

—Comprobó de nuevo que nadie la estuviera mirando y bajó el tono de voz—.

No sé si llamarlas «las voces». Pero, sin duda, mi parte controladora, serena y lógica no habría echado a correr de esa manera.

Yla sensación de después. —Se quedó pensativa unos instantes—. Esa adrenalina, esa emoción…

—¡Viva! Helena, te sentiste viva. Adrenalina y emoción son dos cosas que llevabas mucho tiempo sin experimentar y te aseguro que generan justo eso: esa sonrisa que tienes.

—Sí, sí. —Se puso seria de nuevo y rebañó la cuchara—.

Pero, si lo piensas, esas sensaciones también son peligrosas.

¿Qué hago ahora? Me refiero, en realidad no he descubierto nada.

Tan solo que, efectivamente, los recuerdos de la caja son del verano del 2016 y son de aquí.

¿Y bien? ¿Por qué me emociono tanto? ¿De qué me sirven esas emociones ahora mismo?

—Joder, qué pesada —le espetó Clara—. De nada, hermana.

No te sirven de absolutamente nada. No son una herramienta, no van a darte dinero para irte de casa y no puedes hacer un pros y contras con ellas.

—Movió la cabeza de lado a lado, haciendo una pausa para suavizar el tono—.

Pero ¿sabes lo que pasa? Que no importa.

No importa que no te sirvan porque son mucho más que eso.

Has dado un paso gigantesco, nena, y en un futuro te darás cuenta de ello.

Esto que me acabas de contar importa mucho más que una lista de objetivos o un mapa del tesoro.

Helena la miró desconcertada. No la estaba entendiendo. Clara lo supo y dejó que sus palabras dejaran poso en ella. Cambió de tema tras dos cucharadas de helado en silencio.

—Lo que sí que no me entra en la cabeza es lo de la maleta. ¿Quién eres y qué has hecho con mi amiga?

—En realidad, esa parte sí que tiene una explicación lógica —aclaró Helena—.

No fui a recogerla por pereza, porque no era el momento y, sobre todo, porque nada de lo que contiene me sirve aquí.

¿Te acuerdas de los crop tops de lana y las botas que metimos?

Voy todo el día en sandalias y vestido, con el pelo mojado y la sal pegada al cuerpo.

¿Qué sentido tiene recuperar mis pantalones vaqueros y la plancha de pelo?

—Negó con la cabeza y rebañó la tarrina con la lengua.

—No te haces una idea de lo orgullosa que me siento escuchándote decir eso.

—Qué exagerada. —Helena puso los ojos en blanco.

—¿Puedo ofrecerle algo más, señorita? —Sebas le retiró la tarrina y se colocó la bandeja plateada bajo el brazo.

—Sí, otro de pistacho, por favor. —Helena sonrió disimulando su sobresalto.

—Otro de pistacho. —Anotó justo antes de retirar la otra silla que había junto a la mesa—. ¿Puedo? —preguntó.

Helena miró el móvil que tenía apoyado sobre el servilletero y de nuevo a él.

—Em… Sí, dame un segundo —respondió incómoda.

—Ni se te ocurra colgarme. —La risa de Clara al otro lado la hizo sonrojarse—. ¡Hola, Sebas! Soy Clara, encantada. Gracias por hacerle compañía a mi amiga.

—Hola, Clara, encantado. —Puso la mejor de sus sonrisas, divertido.

—Luego te llamo —le prometió Helena.

—Oh, venga, ¡qué más te da! Podemos charlar los tres. Tú déjame ahí apoyada y yo escucho. Prometo ser educada.

Sebas se rio y Helena le hizo un ademán para que se sentara.

—Te quiero, venga, no seas pesada. —Le colgó antes de que pudiera decir algo más.

—¿Qué hacía subida al capó de un coche? —preguntó él mientras se acomodaba en la silla.

Helena dudó.

—Pues esa es una buena pregunta que no te sé responder. —Ambos se rieron—. Oye, pero ¿no estás trabajando? Que me parece genial que te sientes un rato aquí conmigo, eh, pero pensaba que ibas a traerme mi helado de pistacho —comentó con cierto tono de sorna.

—Bueno, si tantas ganas tienes de él, te lo marcho ahora mismo, claro. Ya estoy en mi descanso, pero dame un segundo. —Hizo el amago de levantarse y Helena lo frenó.

—Siéntate, por favor. Estaba de broma, ya no lo quiero. Llevas toda la tarde de un lado para otro. Descanso más que merecido.

—Veo que hoy estás de mejor humor que en el supermercado. ¿A qué se debe esa preciosa sonrisa?

—No vuelvas a decir eso —le cortó ella riéndose—. He venido para tener una conversación agradable con una amiga y a comer helado, no a que me tiren fichas y se me insinúen en cada frase. ¿Podrás soportarlo?

—No creo. Pero probemos. —Sebas cruzó los brazos y los apoyó sobre la mesa—. Yahora en serio, ¿a qué se debe? ¿Tanto te está gustando mi isla?

—Tu isla es preciosa. Bastante húmeda y lenta, pero preciosa.

—¿Lenta? ¿A qué te refieres con lenta?

Helena dudó dos segundos.

—Pues… No sé cómo explicarlo. Supongo que los de la ciudad lo tenemos más interiorizado.

Digamos que aquí las cosas van más… despacio.

Nadie corre, la gente se mueve a dos por hora sorprendiéndose si les pides pasar y lo más probable es que, si preguntas algo, te den una respuesta dicharachera y ambigua, sin ir al grano. Eso, una isla lenta.

Él la miró con los ojos entrecerrados.

—Si con lenta te refieres a eso, ¿por qué sería algo malo?

—No es malo, es molesto.

Sebas negó con la cabeza mientras dejaba escapar un suspiro, divertido.

—¿Por qué te molesta? ¿Qué prisa tienes?

Esta vez fue Helena la que entrecerró los ojos. No tenía una respuesta para eso. Se encogió de hombros y se quedó pensando. ¿Qué prisa tenía?

—Veo que ya te has llevado algo de recuerdo —dijo él cambiando de tema—. ¿Dónde lo has comprado? No me suena ninguna tienda de souvenirs que venda uno como ese. Los de ahora son más simples y no brillan tanto. —Sus ojos señalaron hacia el cuello de Helena.

—Oh, no. No lo he comprado. —Se llevó la mano al colgante del sol—. Es de… una tienda de Madrid. Justo da la casualidad de que tiene la misma forma que vuestra estatua, ¿te lo puedes creer? —mintió.

—Vaya, sí que es casualidad, sí. —Sebas abrió los ojos, incrédulo—. ¿Has ido a verla ya? La estatua, me refiero.

—Sí, justo ayer me topé con ella. —Miraba nerviosa a su alrededor. No quería confesarle nada de lo ocurrido la pasada tarde, para no parecer una loca—. Estaba explorando calitas por el norte y la vi. Es preciosa.

—Desde luego. ¿Sabías que funciona no solo como faro para los barcos o como atracción turística, sino también como un reloj? —Helena se hizo la sorprendida ante la pregunta.

No solo lo sabía, sino que ya se había encargado de investigarlo todo acerca de ella.

La noche anterior se había dormido buscando en internet información sobre el sol dorado de expresión serena, sin encontrar gran cosa.

Ala mañana siguiente, el panadero, su otra fuente de información, le había narrado con todo lujo de detalles y cierta emoción lo que las leyendas contaban sobre aquella pieza.

Había sido construida cientos de años atrás con el fin de que fuera un molino de viento, no una estatua.

Las aspas onduladas del sol giraban cuando a la madre naturaleza le apetecía jugar con ellas.

La cara, con aquella mirada que tanto había hipnotizado a Helena, representaba el rostro de Apolo, símbolo del arte, la música, la poesía y el sol en la mitología griega.

Con ese rostro quisieron hacer honor al lugar en el que estaban y a aquel cachito de paraíso griego.

Seguía siendo un misterio quién la había construido y su origen, pero los primeros escritos que se tenían sobre la estatua mencionaban que se había hecho en memoria del tiempo y la fugacidad; para recordar la importancia de vivir el presente, que la vida es movimiento, que cada instante cuenta y que la madre tierra y el universo no se detienen en su infinita danza hacia lo eterno.

Más adelante, los hidriotas se percataron de la otra intención de sus constructores al colocarla justo en aquella ubicación: el reflejo del sol sobre la plaza a las doce.

Quisieron que cada mañana a esa hora los rayos del astro pudieran recordarles un breve mensaje: disfrutad de un nuevo día.

Un nuevo día para estar aquí, para sentir mi luz y para observar y disfrutar el momento.

Antiguamente se hacían fiestas y rituales para celebrar el regalo que el gran sol les hacía, pero la costumbre se perdió con la modernización de la isla y la llegada de grandes cantidades de turistas.

El panadero no lo contaba con tristeza, todo lo contrario, su negocio funcionaba mejor gracias a los nuevos visitantes, pero sí admitía echar de menos aquellos bailes de los que tanto disfrutaba cuando era un niño.

Asus setenta y nueve años, seguía recordando los lirios de Pascua esparcidos por la plaza cada mañana a las doce y los cánticos en honor a la vida y a la magia del presente.

Helena, fascinada por aquella historia, les dio las gracias al anciano y a su niño interior por compartir esos recuerdos tan bellos con ella y abandonó la panadería con su hogaza favorita bajo el brazo una mañana más.