17. Las doce
Las doce
La frialdad de la mañana contrastaba con la calidez del matutino ambiente de la plaza.
El centro de Hydra era un espacio circular que se abría entre las casas, invitando a la vida y a la pausa.
Helena descubrió aquel lugar un día que volvía molesta de la playa.
Una mujer maleducada le había gritado algo en francés por darle de comer un poco de helado a su hijo pequeño.
Pensó que lo más probable era que fuesen veganos o algo por el estilo, pero había sido el niño el que se lo había pedido, ¿cómo iba a saberlo ella?
Sacudiéndose la arena y haciendo aspavientos, se marchó en dirección contraria y se adentró sin darse cuenta en la plaza del pueblo.
El malestar se esfumó en cuanto respiró el ambiente de aquel lugar.
Un espacio de unos quinientos metros cuadrados, delimitado por el portón de la iglesia y varios comercios que se levantaban sobre un suelo de pintorescos baldosines brillantes.
Si afinabas la vista, creaban la silueta de la flor típica de la isla: lirios de Pascua.
Balcones, ofrendas y mosaicos hacían honor a aquella especie, que, al igual que los gatos, se expandía por toda Hydra como una plaga.
Se lo contó el panadero cuando le preguntó por el sello con el que marcaban sus hogazas.
¿Venderían en la floristería de su barrio en Madrid lirios de Pascua?
Sin duda, serían unas flores que pondría en su balcón en un futuro.
Los edificios blanco crudo que rodeaban la plaza albergaban locales y comercios destinados al turismo: la oficina de información, varias tiendas de souvenirs y una cafetería de especialidad para los turistas más exquisitos.
La entrada a la iglesia estaba flanqueada por dos rampas sobre las que los niños jugaban con sus bicicletas.
Gritaban, hacían piruetas y se retaban entre ellos reiteradamente, lanzándose tan emocionados como si cada bajada fuera la primera.
De vez en cuando pasaba un carromato cargado de panes recién horneados rumbo a la panadería del pueblo, alguien se asomaba a observar desde su balcón o los gatos se reunían contentos ante la presencia de algún turista que les daba de comer a cambio de conseguir la famosa «foto con los mininos de la isla».
Pero no fue la belleza de la plaza lo que más embaucó a Helena aquella tarde, sino los peldaños de la iglesia. La foto de Giulia en su Erasmus, rodeada de gatos, era allí. La piedra de la catedral y las rampas laterales eran las mismas que recordaba haber visto en la fotografía.
Cada tarde, después de su rutinario baño en la playa, se sentaba sobre los escalones a secarse y observar a la gente.
Hacía alguna que otra llamada a Clara o a sus padres para dar señales de vida, rehuyendo siempre las preguntas sobre su estado de ánimo o posibles nuevos amigos.
No había vuelto a tener una conversación con nadie desde aquel día con Sebas en el supermercado.
Tampoco se había dejado caer por el bar, como le prometió.
No es que hubiese estado muy ocupada, pero su desilusión y su falta de ánimos no habían ayudado.
Con el pareo mal atado a la cintura, el pelo aún mojado y lleno de salitre, creaba un charco sobre los peldaños cada día a las siete.
Aquellas escaleras habían sido el detonante de toda esa locura, su punto de partida.
Qué irónico que, tras una semana en Hydra, tan solo las viese como una derrota.
Cinco peldaños de piedra que al final de cada día le recordaban que seguía igual de perdida que el primero.
Esa misma mañana, una llamada entrante la había despertado antes de las diez: su maleta llegaría al puerto a la una de la tarde. Su maquillaje, ropa, zapatos, bolsos y utensilios para dar forma a su ondulada melena llegarían hasta ella en dos horas.
Con la hogaza de pan diaria bajo el brazo y el mismo conjunto del día anterior, pensaba en la poca ilusión que le había hecho la noticia de su equipaje.
De hecho, al escucharla, una parte de ella pensó en lo mucho que entorpecía su rutina tener que ir hasta el puerto a esa hora.
¡Y encima tendría que llevarlo un pobre burro colina arriba!
Aún con tiempo hasta la llegada del barco y con un calor adormecedor, observaba a dos dicharacheras mujeres discutir sobre algo entre susurros y aspavientos.
Poco a poco sus voces se convirtieron en un eco lejano.
El calor del sol y el ruido ambiente la fueron meciendo, llevándola al mundo onírico.
Su cuerpo seguía despierto, alerta a su alrededor, pero su mente se sumió en un ligero sueño al que no opuso resistencia.
De pronto, pudo salir de su cuerpo y flotar sobre los baldosines de la plaza, sentir la alegría de los niños jugando en la rampa y escuchar las voces de los locales y de las casas a través de las ventanas.
Desde allí arriba, volvió a mirar su cuerpo y pudo observarse desde fuera.
Observó la mueca de sus labios, la falta de brillo en su rostro y la expresión cansada de sus hombros.
Los brazos cruzados y el bolso cargado de preguntas sin respuestas.
Y entonces su subconsciente lo supo: se había rendido.
Después de tanto tiempo, no quedaba ni rastro de la chispa de emoción que había aflorado en ella.
Con tristeza, ascendió hasta ver la isla desde lo alto.
Respiró hondo, cerró los ojos y suplicó.
Pidió desesperada, con fuerza, con fe. «Dime cómo seguir, qué debo hacer y hacia dónde ir.
Si debo volver, volveré. Si no hay nada que ver o que descubrir aquí, también volveré. Pero ayúdame, por favor».
Cuando volvió a abrir los ojos estaba de nuevo sentada sobre la piedra, aturdida y desubicada.
Se había quedado dormida. ¿Qué hora era?
¿En qué estaba pensando? En ese preciso instante, un reflejo del sol la deslumbró.
Se puso la mano sobre los ojos e, incómoda, se apartó.
Al hacerlo observó cómo el haz de luz pasaba de largo y se posaba sobre la puerta de la iglesia, creando una línea resplandeciente dibujada sobre la plaza.
—¡Las doce! ¡Las doce! —exclamó un niño mientras hacía un caballito sobre las ruedas traseras de su bicicleta.
Aquel grito la sacó por completo del estado de somnolencia en el que se había quedado atrapada.
—¿Son las doce? —preguntó.
—Sí —contestó el más pequeño de los cuatro niños presumiendo de su inglés.
Helena los miró desconcertada. No llevaban móvil ni reloj encima.
—¿Cómo lo sabéis? Es importante, tengo que estar en el puerto a la una.
—Pues queda una hora. Lo sabemos por el rayo.
—¿El rayo? —Helena se giró hacia el destello, intrigada—. ¿Sabéis de dónde viene esa luz?
—Sí, del reloj —confirmó otro—. Cuando el rayo llega a la puerta, son las doce.
—¿Qué reloj? —Helena no entendía cómo podían decir aquello con tanta firmeza y seguridad.
—Al norte, el reloj de la isla. Las aspas se reflejan sobre la plaza cuando el sol llega a la mitad del cielo. Significa que es la hora de comer. Nos vamos a casa, pero luego volvemos para seguir jugando.
Aspas. Luz. Norte. Helena no les dio las gracias porque, antes de que aquellos niños pudieran terminar de contarle su día, sus pies ya habían puesto rumbo en dirección a aquel destello.
Anduvo sin pausa, lo más rápido que pudo.
Pequeños flashbacks de lo que acababa de ocurrir mientras había estado dormida se le venían a la cabeza.
Se había visto a sí misma, había visto su cuerpo.
Yno solo eso, sino que, además, le había pedido a quién sabe quién que la ayudara.
Que no podía sola. ¿Cómo que no podía sola?
¿Qué trataba de decirle su subconsciente?
Quiso convencerse de que tan solo había sido un momento de debilidad y cansancio.
Aquellas palabras, aquella súplica, no habían sido fruto de su mente.
Cuanto más pensaba su parte racional en ello, menos entendía la exactitud de aquel rayo de luz sobre sus párpados en aquel preciso instante.
«Casualidad, habrá sido casualidad», concluyó.
Andaba veloz, con el pulso en la garganta.
Bajando cuestas y doblando esquinas, su corazón se aceleraba cuando perdía de vista aquel destello y respiraba al volver a encontrarlo.
Comprobaba que iba en la dirección correcta y continuaba rumbo al norte.
Rumbo al único rayo de esperanza que le quedaba de encontrar algo distinto.
Pasada casi una hora, pudo ver cómo el haz de luz se perdía tras una pared.
Se detuvo en seco. Apoyó la mano sobre la piedra fría y respiró hondo.
Al asomarse, el destello fue cegador. Se puso la mano en la frente para evitarlo y sus ojos lo vieron.
Ante ella, una colosal estatua con forma de sol dorado de unos tres metros de altura se alzaba hacia el cielo.
Tenía veinte rayos de acero alrededor del centro.
Algunos rectos y lisos, en contraposición con otros que eran ondulados, de modo que el conjunto evocaba movimiento.
En el centro, una cara. Una cara con expresión serena y calmada, con los párpados y los labios relajados. Observándola.
Sacó rápidamente el colgante del bolso. Lo miró, lo palpó y analizó de nuevo el hallazgo que tenía delante.
Iguales, eran exactamente iguales. Era allí, era el lugar.
Aquel colgante, diez años atrás, había pertenecido a esas aguas y a aquellas tierras.
Puede que no supiera cómo había llegado hasta la caja de su estudio, pero aquel talismán era de Hydra, estaba en el lugar correcto.
«Donde todo cobra sentido» eran palabras que hacían referencia a aquella isla y por fin tenía la certeza de ello.
Una ola de adrenalina y de nostalgia le recorrió el cuerpo sin poder creerse que esas emociones fueran suyas.
Hacía años que no sentía aquello. La sensación de entender, de descubrir, de perseguir algo con incertidumbre, con miedo y encontrar lo que estaba buscando.
Pero ¿había llegado ella sola?, ¿o ese maldito sueño tenía algo que ver?
Un fugaz pensamiento se coló en su mente recordándole la imagen de dos niñas jugando en el patio del recreo guiadas por «las voces», como ellas solían llamarlas.
Sus puños apretaron con fuerza el colgante y su mirada se volvió a posar sobre la serena cara del sol. No se había equivocado de destino, no era el momento de rendirse, aún no. Si sus pies, su impulso interior, su instinto la habían llevado hasta allí, podrían guiarla a muchos más sitios.
Se sentó sobre un banco a la sombra para descansar las piernas, aún temblorosas.
Se sentía como una niña pequeña en un día de Reyes.
Aquello era un regalo. La caja, la postal, el talismán, los recuerdos, todo era de allí, y, ahora más que nunca, estaba segura de que habían estado cogiendo polvo más años de los que deberían.
Con las manos sobre el pecho aún palpitante y el colgante entre los dedos, sonrió. Volvió a comprobar que eran iguales y se lo puso. Se cercioró de que estuviera bien cerrado y protegido alrededor de su cuello e inhaló. Ahí estaría mejor, con ella, para siempre.
Se rio en alto, se llevó las manos a la cabeza y tuvo ganas de gritar.
Se regocijó en el placer de la certeza durante un largo rato, no sin antes acordarse de la maleta que seguramente estaría llegando al puerto en ese preciso instante.
Con aquella estatua como compañía y el mar expandiéndose ante ella, calculó que ya estarían desembarcando su equipaje, y que, como no le daba tiempo de llegar a recogerlo, sería devuelto al aeropuerto esa misma tarde.
Sin embargo, nunca antes lo material le había importado tan poco, pues allí sentada, emocionada ante su hallazgo, supo que lo único que tenía que hacer en aquel instante era dejarlo marchar.
Desprenderse del peso de sus pertenencias y disfrutar del tesoro que acababa de encontrar.