16. Al ritmo que quiera
Al ritmo que quiera
Escribo desde la terraza de mi apartamento. He encajado la pequeña mesa de madera de cedro en ella y ahora tengo un rincón donde no solo puedo observar a las personas que pasan, sino también sentarme a escribir. El tiempo que quiera, al ritmo que quiera.
Es mi tercer día en la isla y no hay noticias nuevas.
Las horas aquí pasan más despacio que en la ciudad, permitiéndome empezar los días más tarde y acostarme sin la ansiedad de pensar que quizá el sueño no venga a visitarme esa noche.
Me traje las pastillas por si acaso, pero no creo que vaya a necesitarlas.
El mar me agota; esta humedad y este ritmo no consiguen que me ponga en marcha, que mi cuerpo entre en alerta.
En cierto modo es algo que me preocupa, porque no solo he venido a estar de vacaciones, he venido también a buscar respuestas. Ypor ahora no tengo ninguna.
Me levanto todos los días a las diez y me hago un café con mucha espuma y bien de canela.
La cafetera de esta casa es de esas metálicas en las que tienes que esperar cinco minutos a que el agua hierva.
El primer día me puso de los nervios. Ayer se me hizo eterna la espera y casi me voy sin tomármelo.
Hoy, sin embargo, he encontrado cierta relajación en quedarme mirando ese maldito cacharro.
Cuando ha empezado a hervir, llevaba un rato con la mente en blanco, observando el gas arder en un círculo perfecto.
Luego escojo uno de los tres conjuntos que me compré el primer día en una tienda cercana al súper.
Un vestido ibicenco blanco de escote barco y corte a capas, un top verde oliva a juego con una falda larga estilo africano y dos bikinis, uno azul cielo y otro fucsia, con los que voy a todos lados, acompañados de un par de sandalias de esparto y un pareo blanco.
Adiferencia de lo de la cafetera, esto me gusta.
La ligereza de las telas y el placer de no llevar los pies sobre tacón de aguja es algo a lo que podría acostumbrarme.
Tras asearme con calma, salgo de casa y dedico algunas horas a explorar la isla. No hay grandes avances, por no decir ninguno.
Sobre el collar, la estatua existe, pero no consigo encontrarla.
He preguntado en varias ocasiones a los locales.
Les enseño el colgante y me esfuerzo horrores por pronunciar bien el inglés.
Ninguno entiende el idioma, y los que lo hacen me señalan hacia el norte.
Siempre con el mismo entusiasmo y la misma seguridad.
Tras media hora caminando, nada. Callejones sin salida y muros de piedra es lo único que encuentro.
Me he topado con puertas parecidas a la de la postal, pero ninguna es igual. Deduzco que es una especie de herbolario, por la cesta de la entrada. He buscado en Google y ni rastro de tiendas de hierbas en esta isla.
Tampoco hay locales de revelado fotográfico en Hydra. ¿Qué me pensaba? No tuve el valor de revelarlo en Madrid, tampoco iba a hacerlo aquí, sola, en una isla que nada tiene que ver conmigo. Es absurdo… ¿A cuento de qué me lo traigo en el bolso? La próxima vez me lo ahorro.
Tres días sin respuestas, tres días con la misma duda: ¿qué es lo que cobra sentido aquí?
Me voy a la cama pensando en esa maldita frase.
«Donde todo cobra sentido»… ¿Quizá lo leí mal?
La recuerdo con claridad escrita a rotulador negro sobre el cartón viejo, pero, aun así, me da miedo que sea una vivencia falsa, un espejismo provocado por el cansancio acumulado esos días.
Nada más que destacar. Quizá el hecho de que no echo de menos el trabajo y de que sí, esta isla está llena de gatos, repleta de cientos de ellos.
Cada esquina que doblo esconde alguno descansando o maullando con la esperanza de que tenga algo de comida para darle.
Cada calle que recorro, me pregunto a mí misma si de verdad uno de mis motivos para venir hasta aquí han sido unos putos gatos.
Hoy estoy bastante más desanimada, como podrás leer. Dudo de mí, de esta decisión, a todas horas. No sé a qué clavo agarrarme, ni qué fue lo que me trajo hasta aquí con tanta fuerza.
Creí que sería una buena idea viajar al lugar de origen de los objetos, a la cruz en el mapa del tesoro.
Supuse que aquí obtendría respuestas sobre mí y sobre…
el pasado. Pero, ahora que puedo pensar con claridad y en frío, ¿qué me iban a desvelar una estatua y una puerta?
Además, ¿qué respuestas busco si no soy capaz de revelar un carrete en el que es muy probable que estén todas las incógnitas resueltas? Es absurdo. Eres absurda, Helena.
Esta idea, este viaje, hoy me abruma. Ysé que lo que abruma no lo hace siempre, pero cuando aparece lo nubla todo.
Ypesa. Pesa en lo más profundo de mi pecho.
Un peso que me recuerda por qué dejamos de darles importancia a los impulsos.
Porque luego todo asfixia y ahoga. Ytengo que concentrarme hasta que deje de hacerlo.
Tan solo hay un momento del día en el que la desilusión desaparece.
Cuando el sol se pone y la isla se tiñe de dorado, entonces algo dentro de mí vibra.
Siento un rayo de esperanza en el pecho y la angustia y la sed de respuestas se evaporan.
Miro al sol mientras se funde con el horizonte y me pregunto cómo sería despedir así todos los días el resto de mi vida.
Pero esa paz dura poco. Porque, con la última pincelada de luz sobre el mar, llega la noche. Ycon ella las dudas y el vacío.
Un vacío que viene conmigo sin importar adónde escape o huya.